Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche de carnaval que terminó con cuatro a la vez

Ilustración del relato erótico: La noche de carnaval que terminó con cuatro a la vez

Me llamo Renata y supe, antes incluso de entrar al local, que esa noche no iba a ser una más. Era la fiesta de carnaval que organizaban cada año en el club de moda del centro, y mis tres mejores amigas y yo teníamos un plan que veníamos preparando desde hacía semanas. Habíamos decidido disfrazarnos con la temática de una familia de vampiros, reaprovechando algunas piezas que nos habían sobrado de Halloween.

Con mis poco más de treinta años, me había convertido en la matriarca del clan: una condesa pálida, elegante y macabra. Mi pelo, negro y liso como el azabache gracias a la plancha, caía en cascada sobre mis hombros, enmarcado por un vestido largo y ceñido con un escote que bajaba más de lo prudente. Un sujetador con relleno realzaba mi pecho mediano, y varias capas de maquillaje blanco terminaban de darle al personaje ese aire de muerta seductora.

Mis amigas, en cambio, habían coincidido todas vistiéndose de hijas adolescentes del mismo clan. Qué típico. Me rodeaban riendo y bromeando como si yo fuera de verdad su madre mientras cruzábamos la calle hacia la entrada.

—¡Mami, vamos a causar sensación! —gritó Daniela, la más traviesa del grupo, colgándose de mi brazo.

—Sí, madre, vas a ser la envidia de todas —añadió Carmen entre risas.

No pude evitar sonreír. La idea de que me llamaran «mami» me resultaba divertida, y me dejé llevar un poco por el papel que me habían asignado.

El club era un hervidero de gente, con la música a todo volumen y las luces parpadeando sobre la pista. Nos abrimos paso entre la multitud, atrayendo miradas curiosas y admiradas. Mi disfraz de condesa, con su elegancia oscura y aquel escote profundo, parecía haberse llevado más atención de la que esperaba.

—Mira, mami, esos chicos no te quitan los ojos de encima —dijo Patricia, señalando con disimulo hacia un grupo apoyado en la barra.

Me giré despacio para echar un vistazo. Eran cuatro, todos con disfraces distintos y bastante currados, pero sus miradas estaban clavadas en nosotras. Sobre todo en mí. Sentí un cosquilleo en el estómago, y por un momento tuve un pensamiento impropio de una mujer casada: hay uno para cada una.

—Niñas, ¡a bailar! —propuse impostando un tono autoritario, con ganas de exprimir la noche.

Nos metimos en el centro de la pista, moviéndonos al ritmo de la música. Mis amigas y yo nos dejamos ir, girando y riendo, disfrutando de esa libertad que solo da el anonimato de una máscara. La gente alrededor se sumaba al baile, y pronto estábamos apretadas por el gentío.

En algún momento noté una presencia muy cerca. Uno de los chicos de la barra se había acercado y se movía a mi lado con una soltura natural. Iba disfrazado de estudiante de colegio pijo, con la corbata torcida a propósito, lo que le daba un aire travieso. Su sonrisa me hizo sonrojar bajo el maquillaje.

—¿Baila conmigo, condesa? —susurró pegado a mi oído, y su aliento cálido me erizó la piel.

Acepté sin decir nada. Nuestros cuerpos empezaron a moverse al unísono, y la electricidad entre los dos era imposible de ignorar. La noche acababa de torcerse hacia un lado inesperado, y yo, condesa por unas horas, estaba dispuesta a seguir.

El chico se presentó como Bruno. No era muy alto, pero sí guapo, con esa diversión pícara asomándole en los ojos. Sus amigos también iban disfrazados de personajes muy concretos: uno de marinero, otro de gladiador, y el último de un personaje de videojuego que me sonaba muchísimo pero que no conseguía ubicar.

Mientras bailábamos, sentí las miradas de mis amigas sobre nosotros.

—¡Dale, mami! —me animó Daniela, riéndose.

Los otros tres se acercaron a la pista, pero mis amigas, fieles a su personaje de hijas serias, se quedaron al margen observando y tapándose la boca para reír.

Bruno era un bailarín excelente, y cada vez que se pegaba a mí me recorría una corriente. Su mano en mi cintura me guiaba con suavidad, y su cuerpo se movía con una gracia que no esperaba.

—No sabía que la condesa de los vampiros bailara tan bien —dijo al oído.

Sonreí, dejando que la música y el ambiente me envolvieran en una burbuja.

—Mi marido y yo bailamos tangos —respondí, procurando que mi voz sonara misteriosa—. Pero esta noche me he soltado más. Es especial.

—Espero que al señor conde no le moleste este baile tan inocente.

Negué con una sonrisa.

Las canciones se sucedían y, con cada una, Bruno se volvía más atrevido. Su mano bajó por mi espalda, siguiendo la curva de la columna, y su cuerpo se apretaba contra el mío en cada giro. Lo que me susurraba dejó de ser inocente hacía rato.

—Me vuelve loco cómo te mueves, mami. Eres una tentación —murmuró contra mi cuello.

El corazón me latía con fuerza y la excitación crecía por dentro. La fiesta alrededor se desdibujaba; solo existíamos Bruno y yo, unidos por la música y por esa atracción que ninguno de los dos disimulaba.

De pronto mis amigas se acercaron, cortando el momento.

—¡Nos cambiamos de local, Renata! ¿Vienes? —gritó Carmen.

Me separé de Bruno sintiendo una punzada de fastidio.

—Id yendo vosotras —les dije—. Me acabo la copa y os alcanzo. Pasadme la ubicación por mensaje.

Patricia me miró con preocupación.

—Renata, no hagas tonterías. Estás casada —me advirtió en voz baja.

Le guiñé un ojo, pensando un segundo en Gonzalo, mi marido.

—Tranquila, que ya soy mayorcita —respondí con una sonrisa enigmática—. Además, el conde me deja divertirme.

Mis amigas se perdieron entre la multitud y yo me volví hacia Bruno, lista para continuar lo que habíamos empezado en la pista.

—¿Te quedas? —preguntó esperanzado.

—Un rato más. Hasta acabarme la copa.

—Entonces te pido otra —dijo, sonriendo para alargar mi presencia.

La música cambió a un ritmo más lento y Bruno aprovechó para acercar su cara a la mía. Sin querer, se manchó la mejilla con mi maquillaje blanco. Sus ojos brillaban con una intensidad que me cortó el aliento, y antes de que pudiera reaccionar, sus labios estaban sobre los míos. Al principio aparté la cabeza, sorprendida, pero la tentación pesaba demasiado y terminé respondiendo con una urgencia que me asustó de mí misma.

Mientras nos besábamos, noté manos ajenas recorriéndome el cuerpo. Los amigos de Bruno se habían sumado sin ningún reparo, acariciándome el trasero y los pechos por encima del vestido. La ausencia de mis amigas debía de haberlos envalentonado. Me aparté, respirando agitada, contemplando cómo me rodeaban gracias a lo lleno que estaba el local.

—No empecéis algo que no podáis terminar —les dije con una sonrisa desafiante.

Bruno me tomó de la mano, la mirada cargada de deseo.

—Podemos seguir en mi piso. Está aquí al lado —ofreció con la voz ronca.

No dije nada, pero ya había decidido. Los seguiría y dejaría que la noche me llevara donde quisiera. Caminé unos pasos por detrás, por si me cruzaba con algún conocido, sintiendo la adrenalina disparada en las venas. Por el camino mandé un mensaje a mis amigas excusándome, diciéndoles que me había sentado mal la última copa y que me iba a casa. Me dio pena mentirles, pero tampoco quería preocuparlas.

Disfrazada de condesa, fui detrás del estudiante, el marinero, el gladiador y el personaje de videojuego que seguía sin saber nombrar.

***

El piso de Bruno era sencillo pero acogedor, con luces tenues y música suave de fondo. Me ofrecieron otra copa y acepté, sintiendo cómo el calor del alcohol me bajaba de nuevo por la garganta. La música pasó a un ritmo más sensual y, sin que nadie me lo pidiera, empecé a bailar moviéndome con una sensualidad que a mí misma me sorprendió.

Los chicos me rodeaban riendo y jaleando.

—¡Condesa, usted sí que sabe moverse! —gritó el del traje de gladiador.

El vestido se ceñía a mi cuerpo y resaltaba mis curvas. En un arranque de osadía, levanté los brazos y dejé que la tela resbalara por mis hombros, descubriendo el pecho aún sujeto por el sujetador con relleno. Los cuatro enmudecieron, los ojos encendidos. Me recoloqué la tela enseguida, pero el daño ya estaba hecho.

—Mami, ¿qué ha sido eso que acabamos de ver? —dijo Bruno, acercándose cada vez más.

—¿El qué? ¡Nada! —respondí poniendo cara de inocente sin dejar de bailar.

Los dos nos movíamos al compás. En un momento le di la espalda y empecé a restregar las caderas contra él mientras lo miraba sonriente. Él me contemplaba en silencio, como en trance. Decidí sacarlo de su ensimismamiento.

—¿Y tu amigo de qué va disfrazado? —pregunté señalando al del traje de videojuego.

—De fontanero, de un videojuego clásico —contestó.

—¡Ay, claro! No me salía el nombre.

El aludido se acercó con su mono azul, la gorra y el bigote postizo, sonriendo. Di un giro y me apoyé de espaldas contra él. No solo no se intimidó, sino que me sujetó por la cintura y me apretó contra su cuerpo. Aquel fontanero de pega o escondía una buena herramienta en el bolsillo, o estaba muy excitado, pensé divertida. Sin cortarse un pelo, Bruno me acarició los hombros y empezó a bajarme el vestido desde arriba, mientras el fontanero se agachaba para terminar de quitármelo por las piernas, dejándome en ropa interior.

—Madre mía —susurró el del bigote, contemplando mi pecho con deseo.

Me relamí los labios y él respondió sujetándome la nuca para plantarme un beso profundo, con lengua.

—Esta mujer es increíble —oí decir a alguien del grupo.

No tuve mucho tiempo para corresponderle, porque Bruno me hizo girar hacia él para besarme. Sentí entonces una mano amasándome una nalga, deleitándose, apretando entre los dedos. Pensé que sería el fontanero, pero cuando pude mirar resultó ser el marinero, que se había sumado a la fiesta. El gladiador también quería su parte y estiraba el brazo para alcanzarme. Cuando logré soltarme del beso, me acerqué a él, y enseguida puso sus manos enormes sobre mis pechos, apretándolos y juntándolos en un escote imposible. Aquel disfraz le sentaba de maravilla: el chico que había debajo invertía muchas horas en el gimnasio.

Los cuatro se lanzaron sobre mí, las manos explorándome el cuerpo con urgencia. Me sentí abrumada por la intensidad, pero una parte de mí disfrutaba de la atención. La noche había tomado un giro salvaje y yo, en mi papel de condesa, estaba lista para tantear los límites.

Alguien me desabrochó el sujetador por detrás y mis pechos quedaron al aire. Erguí la espalda y al instante dos manazas los cubrieron por completo.

—¡Mami, eres increíble! —exclamó el marinero.

—No te vas a arrepentir de haber venido —añadió el gladiador.

—Eso espero, que mis amigas se habrán enfadado. A ver si dais la talla —respondí.

No hubo contestación. Solo sentí cómo el fontanero y el gladiador me succionaban cada uno un pezón, mientras el marinero me tapaba la boca con sus labios. No podía ver quién, pero una mano me acariciaba el tanga por encima del sexo.

—Qué buena está —oí decir a Bruno.

—Y bien mojada —añadió el marinero, que debía de ser el que me tocaba entre las piernas.

Cuando me separé del beso, los vi a todos manoseándome a la vez. Bruno y el marinero, sin desnudarse del todo, se habían sacado el sexo por encima del pantalón y se masturbaban despacio.

—Vaya par —dije relamiéndome—. Los demás sois más tímidos, ¿o qué?

Estiré los brazos y enseguida tuve los dos miembros entre las manos. El gladiador y el fontanero se habían colocado detrás de mí; notaba sus erecciones contra el trasero. Aquello no hizo más que excitarme, así que me contoneé de un lado a otro rozándolos.

—¿Vas a dejar que te follemos? —preguntó Bruno besándome el cuello.

—Ya lo creo, niño malo. Llevo imaginándomelo desde que os vi en el bar. Aunque a lo mejor os lleváis una sorpresa y soy yo la que os folla a los cuatro.

Me incliné hacia delante, apoyando las manos en los muslos de Bruno, y me llevé la punta de su sexo a la boca. Lo succioné despacio y profundo. A los lados, el gladiador y el marinero se masturbaban mirando la escena. Deduje que el fontanero era quien me frotaba el sexo por encima del tanga, golpeándolo contra mi entrepierna y volviéndome loca. Me giré hacia el marinero y, sujetándolo con una mano, empecé a chupárselo con ganas.

—¡Qué bien lo hace! —dijo con la lengua fuera.

—Un respeto para nuestra mami —le reprendió Bruno con humor.

A los pocos minutos cambié al gladiador, metiéndomelo en la boca mientras masturbaba con la otra mano al fontanero. Aquel me sorprendió cogiéndome en volandas, y alguien aprovechó para quitarme el tanga, dejándome del todo desnuda. Encaramada sobre su hombro fornido, me llevaba como si yo no pesara nada.

Solté un grito cuando sentí algo húmedo entre las piernas. Alguien había hundido la cabeza entre mis muslos y me lamía el sexo como un poseso. No había ningún espejo cerca, pero estaba segura de que mi maquillaje blanco haría rato que se había corrido por toda la cara. Delante de mí, el marinero y el fontanero se masturbaban mientras me toqueteaban los pechos con la mano libre.

—Tienes unas tetas increíbles, me pasaría el día tocándotelas —comentó el fontanero.

El gladiador me bajó y los otros formaron con sus brazos una especie de cama para sostenerme boca arriba en el aire. Bruno me metió dos dedos y empezó a moverlos sin descanso, mientras los demás me lamían los pechos en aquella postura imposible. Yo gemía, desinhibida, sin ningún control. Pronto cambió los dedos por la lengua y me comió como hacía mucho que nadie lo hacía.

—Me he ganado el derecho a ser el primero —dijo Bruno con restos de mí en los labios.

—Claro que sí, estudiante. ¡Fóllame ya! —le concedí.

Me ayudaron a bajar al sofá y, sin que nadie me lo dijera, me coloqué a cuatro patas. A los pocos segundos Bruno me sujetaba las caderas mientras se hundía en mí.

—Te voy a follar como el conde no te ha follado nunca. ¿Estás lista?

—Sí... fóllame —respondí lujuriosa, lanzándole una mirada que habría derretido el acero.

Me hizo gracia la alusión al conde, porque en la vida real estaba casada de verdad. Si Gonzalo supiera lo que estaba haciendo en aquel momento... El chico no se hizo de rogar y empezó un mete y saca intenso. Mis pechos se mecían con cada embestida mientras yo me apoyaba en el sofá para no caerme.

No me había dado cuenta de que, cegada por el placer, había cerrado los ojos. El roce de algo duro contra mis labios me los hizo abrir. Los otros tres se habían apiñado frente a mí, en un extremo del sofá, ofreciéndome sus erecciones.

—Sujetadme, que me caigo —les pedí, agarrando dos con las manos mientras me metía el otro en la boca.

Se lo comía como buenamente podía en aquel frenesí acrobático.

—Paro o me corro —anunció Bruno.

El gladiador casi se cae al suelo de lo rápido que corrió a ocupar su lugar dentro de mí. Yo aproveché para darme la vuelta y tumbarme boca arriba, con las piernas bien abiertas. El hombre me cubrió entero con su cuerpo, aplastándome contra el sofá, repartiéndome besos suaves.

Podía ver al resto masturbándose mientras nos miraban. Parecíamos una pareja de novios haciendo el amor, si no fuera por el público.

—No se te ocurra correrte dentro, ¿eh? —le advertí con la cabeza ladeada.

—Tranquila, que entre los cuatro te vamos a llenar esa carita tan guapa. ¿Te gustaría?

—Eso, si no os corréis antes —los reté.

Se retiró, dejando nuestros cuerpos sudorosos al descubierto. Me incorporé y vi que el fontanero ya estaba sentado a mi lado, listo. Me encaramé encima con cuidado, dispuesta a cabalgarlo. Entró con facilidad. Me sujetó por la cintura mientras se metía un pezón en la boca y empezó a moverse como un motor, sin compasión. En un momento se detuvo, y yo aproveché para devolverle la jugada: me moví a toda velocidad con las manos apoyadas en su pecho. Pillándolo por sorpresa, salió de golpe para no correrse.

El marinero, que estaba de pie, me tendió la mano para que me levantara y enseguida me sentó a horcajadas sobre él. Estiré el brazo, me lo introduje con habilidad, y él marcó el ritmo, follándome de forma salvaje mientras los demás se masturbaban a nuestro alrededor.

—¡Vamos, mami, grita para nosotros! —me animaba el fontanero.

Me dejé llevar, gimiendo sin censura. En un momento dado el marinero me depositó en el suelo y me senté en el sofá con las piernas temblando. Los cuatro se colocaron a mi alrededor, los sexos muy juntos apuntando a mi cara.

—¡Mami, te vamos a dar lo que mereces! —dijo Bruno mientras los cuatro se masturbaban a toda velocidad.

Fui alternando, metiéndomelos en la boca con hambre. Incluso conseguí meterme la punta de dos a la vez. Se miraron entre ellos y, de repente, el gladiador soltó el primer chorro contra mi cara. Como si aquello hubiera sido la señal de salida, los demás empezaron a correrse sobre mí, cubriéndome la piel con su líquido cálido. Goterones blancos me resbalaban por el rostro. Tenía un ojo cerrado por el impacto.

La sensación de aquello sobre mi piel, sumada a la intensidad de toda la noche, me llevó al borde del éxtasis. Gemí, rendida ante lo que yo misma había desatado, y me dejé caer sobre el sofá.

La noche de carnaval había sido una aventura que no olvidaría jamás. Y yo, Renata, la condesa de los vampiros por unas horas, había descubierto un lado de mí misma que ya no pensaba volver a ignorar.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (3)

Tomy_BA

tremendo relato!!! no pude parar de leer

LectorEncubierto

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de mas

solelover1969

Que bien escrito, se siente todo tan real. Me recordó a mi propio carnaval del 2019 jajaja. Sigue asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.