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Relatos Ardientes

La noche que mis becarias me abrieron los ojos

Ilustración del relato erótico: La noche que mis becarias me abrieron los ojos

Nunca imaginé que unas vacaciones aburridas, con dos adolescentes pegados a sus pantallas y una madre invisible para ellos, terminarían siendo el detonante de lo más excitante que he vivido jamás.

Pero no me adelanto. Como decía mi abuelo Anselmo, cada cosa llega a su debido tiempo y a su debida velocidad.

Me llamo Carmen, tengo cuarenta y ocho años y estoy divorciada desde hace seis. Soy madre de dos hijos de doce y dieciséis, con todo lo que eso implica: discusiones eternas por el móvil, tardes encerrados en sus cuartos y una mujer que, durante demasiado tiempo, se colocó a sí misma en el último lugar de la lista.

Vivo en Málaga, una ciudad de clima amable, buena mesa y noches largas para quien sabe aprovecharlas. Yo, sin embargo, apenas las había aprovechado. Entre el divorcio, los años raros que vinieron después y la costumbre de aplazarme siempre, llevaba seis veranos sin permitirme unas vacaciones de verdad. Este año decidí que eso tenía que cambiar.

A pesar de las protestas iniciales de mis hijos, conseguí sacarlos de casa. Mi amiga Marisa me alquiló uno de sus apartamentos en Pedregalejo, una de las zonas de playa más bonitas y menos saturadas de la costa, a diez minutos del centro. Lo que parecía una simple escapada para romper la rutina pronto se convirtió en algo mucho mayor.

Mido metro setenta y dos y peso poco más de cincuenta y ocho kilos. Marisa, siempre directa, jura que tengo un cuerpo que muchas veinteañeras envidiarían. Yo creo que exagera, pero no lo niego del todo: la figura se mantiene esbelta, el trasero firme y mis pechos, aunque no abundantes, conservan algo después de dos embarazos. Lo que más me gusta de mí, sin embargo, son mis pezones, con esas aureolas amplias y rosadas que más de uno ha calificado de pequeño tesoro.

Trabajo como interventora en el Ayuntamiento, igual que Marisa. Y he descubierto algo curioso este verano: a muchos hombres les enloquece la idea de acostarse con alguien que, por oficio, ejerce autoridad. No sé qué se les activa en la cabeza, pero el morbo de doblegar a quien suele mandar los pone como motos. Los más descarados sueltan comentarios sobre dejarse «inspeccionar a fondo». Otros son más sutiles, pero la mirada los delata. Antes me daba repelús. Ahora, lo confieso, empieza a divertirme.

Por el convenio del divorcio, las vacaciones con mis hijos caían en las primeras quincenas de julio y agosto. En julio no logré moverlos del sofá. En agosto me planté. Si ellos querían quedarse atrapados en sus móviles, allá ellos; yo necesitaba respirar. Pero, para entender cómo despertó lo que despertó, hay que retroceder a la cena de despedida que organizamos las compañeras de trabajo, una cena a la que, por fortuna, no se apuntó ningún hombre.

***

Acudimos las dos veteranas, Marisa y yo, y las dos becarias que hacían prácticas ese año en el departamento, dos chicas que no llegaban a los veintitrés. Si algo tiene Málaga es que puedes cenar frente al mar, en la Malagueta, y volver en taxi sin arruinarte. Esa libertad de no conducir hizo que todas nos pasáramos un poco con el vino. Y ya se sabe: cuando bebemos, las conversaciones se vuelven más atrevidas.

Las dos niñas hablaban con una soltura que me dejó pasmada. Empezaron a relatar sus experiencias con una mezcla de orgullo y desparpajo que para mí era de otro planeta. Lo contaban como quien exhibe trofeos. Al principio creí que exageraban, pero Marisa, mucho menos escandalizada que yo, me dejó claro con un gesto que no había broma alguna.

Carmen, tienes que ponerte al día, me había repetido mil veces. Hasta esa noche no entendí cuánto había cambiado el mundo. O, mejor dicho, cuánto me había quedado yo atrás.

Cuando me atreví a opinar, con cierta moralina, Vanesa, la más joven, soltó una carcajada tan espontánea que me hizo sentir ridícula. Por suerte, todas dieron por hecho que bromeaba gracias al vino.

—¡Qué cachonda eres, Carmen! —dijo entre risas—. Con ese cuerpazo que tienes, los chavales deben de estar locos contigo. Seguro que vas directa al grano.

No daba crédito. Miré a Marisa esperando que dijera algo, pero ella solo me dio un pellizco por debajo de la mesa para que cerrara la boca.

—Lo mío es otra cosa —intervino Noelia con una sonrisa traviesa—. La última vez fuimos dos compañeros de la facultad y yo. Uno delante, otro detrás. ¿Sabes lo que es sentirte completamente llena? Es indescriptible.

En ese momento sentí que el suelo se movía bajo mis pies. ¿Era el alcohol? ¿O la naturalidad con la que hablaban, como si fuera lo más normal del mundo? Nunca había oído a nadie describir algo así en persona, y mucho menos con semejante detalle.

Yo seguía con la boca abierta, intentando distinguir si lo que sentía era incredulidad, una pizca de envidia o algo nuevo que no sabía nombrar. Las becarias seguían intercambiando anécdotas como en un mercadillo de historias, y yo, ajena por completo a ese mundo, no sabía si reír, llorar o pedir otra copa.

***

De vuelta a casa, ya solas en el taxi tras dejar a las niñas, Marisa decidió ir un paso más allá. Con cincuenta y un años, divorciada desde hacía más de diez y una lengua tan afilada como su carácter, no pensaba dejarme tranquila. Aprovechando mi desconcierto, me dio una clase improvisada sobre lo que ella llamaba los verdaderos placeres de la vida.

—Vamos a ver, cariño, que ya está bien —dijo con ese tono suyo de honestidad brutal—. ¿Cuánto llevas sin acostarte con alguien? ¿Seis años? Es que no puede ser.

El taxista, un hombre canoso de unos sesenta y tantos, no podía disimular del todo su interés y me miraba de reojo por el retrovisor. Yo, en el asiento del copiloto, deseaba que la tierra me tragara.

—Tienes que dejar de pensar en Ricardo de una vez. Pasa página y disfruta. ¡Mira esto! —Y sacó el móvil con la naturalidad de quien enseña fotos de una boda.

En la pantalla aparecía ella, medio desnuda, en lo que parecía el baño de un restaurante, con dos chicos jóvenes y una sonrisa de pura satisfacción. Pasó dos o tres imágenes más, cada una más explícita.

—¿Pero si son unos críos, Marisa? —protesté.

—Sí, cariño, pero te aseguro que de críos no tienen nada donde importa —se rio—. ¿Sabes lo que es tenerlos a tus pies, mirándote a los ojos? Es una sensación de poder que no te imaginas.

Yo estaba al borde del colapso. Cada palabra me dejaba más atónita y, sin embargo, una parte de mí empezaba a sentirse curiosa. No era asco. Era otra cosa.

—Desde la cena de Navidad rondan bastante por nuestra planta… —logré decir entre balbuceos.

Marisa soltó una de sus carcajadas, esas que siempre anunciaban que tramaba algo.

—Cariño, cambia. Esta no eres tú. Tienes un tipazo, hasta las niñas lo han dicho. Si te lo propones, dejas de ser una mojigata en un suspiro.

Al llegar a su portal, se despidió de la forma más inesperada. Se inclinó hacia mi asiento, me sujetó la cara y me plantó un beso en los labios, largo y descarado. Su lengua invadió mi boca con tal intensidad que no me di cuenta de que, con dos dedos hábiles, me había desabrochado un par de botones de la blusa.

—Esto es para que recuerdes cómo se hace, por si lo habías olvidado —bromeó.

Y desapareció en el portal dejando al taxista boquiabierto. Me quedé mirando la calle, intentando asimilar la noche entera. Una idea me golpeaba una y otra vez: quizá tenía razón. Quizá era hora de cambiar.

***

El taxi arrancó de nuevo y un silencio espeso llenó el coche, en contraste con las risas de minutos antes. El conductor había mostrado una paciencia admirable durante todo el trayecto. Ahora, sin embargo, la tensión era palpable.

No tardé en notar cómo sus ojos buscaban mi escote por el reflejo del cristal, furtivos, nerviosos. Al principio no le di importancia. Que mire, no hace nada malo, pensé. Pero algo me removió al ver el esfuerzo que hacía por controlar una emoción que claramente lo desbordaba.

Cerca de mi edificio, una pareja besándose junto a un coche mal aparcado nos obligó a detenernos un poco más adelante, junto a un descampado oscuro. Busqué el bolso para pagar los veintiocho euros del taxímetro y, al girarme hacia él, descubrí el motivo de su rigidez: tenía la mirada clavada en mi pecho, debatiéndose entre el miedo y el deseo.

Marisa, al desabrocharme la blusa, me había dejado los pechos casi al aire. Esa noche, además, me había puesto un sujetador de una talla menos para realzarlos, y las aureolas asomaban al borde de las copas. Al darme cuenta me apresuré a cubrirme, pero un tirante se deslizó y dejó uno de mis senos del todo expuesto.

Mi pequeño grito de sorpresa asustó aún más al hombre, que se puso rojo y empezó a balbucear:

—No le cobro nada, señora… Por favor, no me denuncie. Tengo familia que mantener…

Sus palabras me sacaron del apuro y me dieron pena. «Tranquilo, no pasa nada», dije con una sonrisa nerviosa mientras intentaba abrocharme. Pero la prisa lo empeoró todo: los billetes se me cayeron y rodaron entre los asientos. Me incliné a recogerlos y, al hacerlo, cedió el otro tirante. Ambos pechos quedaron al descubierto.

El hombre tragó saliva, petrificado. Había algo casi infantil en su mirada, como si no supiera qué hacer con aquella visión inesperada. Yo me quedé inmóvil un instante, sin saber si reír o gritar. Lo único que me salió fue una carcajada nerviosa.

—Menudo desastre, ¿verdad? —dije cruzándome de brazos sin demasiado éxito.

Él negó con la cabeza, frenético.

—Lo siento, no quería mirar… —murmuró desviando la vista al parabrisas.

Su nerviosismo, lejos de ofenderme, me enterneció. Parece un niño al que han pillado haciendo algo prohibido, pensé. Y mis manos, que peleaban con el sujetador, se detuvieron solas. Había en su mezcla de pánico y deseo algo que me dio una sensación de control inesperada. Y, para mi sorpresa, de excitación.

—¿Te gusta? —solté, casi sin pensarlo, con una sonrisa tímida pero juguetona.

No respondió con palabras, pero el rubor y la rigidez de su postura hablaban por sí solos. Entonces, sin medir las consecuencias, tomé su mano temblorosa y la posé sobre mi pecho desnudo.

Al principio se quedó quieto, como si cualquier movimiento pudiera arruinarlo todo. Poco a poco, sus dedos empezaron a explorar, tímidos primero, luego con una confianza creciente. Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro. Un gesto tan simple y, sin embargo, me sentía completamente viva.

Su otra mano encontró mi otro seno, y esta vez fui yo quien se inclinó hacia él. Su respiración era pesada, entrecortada. Cuando sus labios buscaron mis pezones, no hice nada por detenerlo. Su lengua, áspera y torpe, los rodeaba con un entusiasmo casi reverencial que me hizo arquear la espalda. Me mordí el labio para no gemir.

Era delicioso, a pesar de lo absurdo de la situación: un taxi, la madrugada, un desconocido bastante mayor que yo. Todos los ingredientes para un fracaso y, sin embargo, estaba consiguiendo lo que nadie había logrado en mucho tiempo. Estaba empapada, con ese cosquilleo en el vientre y en los muslos que anuncia mis mejores orgasmos.

Él se percató de mi estado y deslizó una mano hasta mi entrepierna, acariciándome por encima de los pantalones finos de lino que llevaba. Sentí un escalofrío recorrerme entera. Estaba perdiendo el control, y lo peor —o lo mejor— era que ya no me importaba.

De pronto abrí los ojos y me asusté de mí misma. ¿Qué estoy haciendo?, pensé incorporándome. El taxista, aterrorizado, se echó atrás balbuceando disculpas, implorando que no dijera nada. Pero verlo tan vulnerable terminó de desarmar mi vergüenza. Lo miré fijamente, bajé la mano hasta su pantalón y lo liberé.

Era un contraste inesperado con su aspecto sencillo. Sonreí. De perdidos, al río, me dije, y me incliné a recorrerlo despacio con la lengua. Sus gemidos eran bajos, contenidos, como si todavía temiera que lo descubrieran. Su control duró poquísimo: en cuestión de segundos su cuerpo se tensó y terminó sobre mi rostro y mis manos antes de que pudiera reaccionar.

Solté una carcajada mientras él murmuraba más disculpas. «Gracias por el viaje», dije con una sonrisa, recogiendo mis cosas. Dejé los billetes en el asiento y salí del coche.

***

En el ascensor, sentí aún la humedad cálida en las mejillas y las manos, restos de una noche sacada de un sueño. Frente al espejo me observé: el pelo revuelto, las mejillas encendidas, la blusa desarreglada. Algo en mí había cambiado y me pedía explorar sin límites.

Levanté la mano y miré el líquido espeso que resbalaba entre mis dedos. Era algo que jamás me había atrevido siquiera a imaginar. Y, sin embargo, una punzada de curiosidad me recorrió. Acerqué un dedo a los labios. Dudé, cerré los ojos. Pero la idea me resultaba terriblemente excitante, y al final lo hice. Mi lengua atrapó un poco de aquel sabor salado y extraño. No era desagradable. Había algo casi adictivo en ello, algo que me hacía querer más.

Me dejé caer al suelo del ascensor, la espalda contra la pared y las piernas ligeramente abiertas, el cuerpo temblando. Con los ojos fijos en mi reflejo, fui lamiéndome los dedos uno a uno, como quien saborea un manjar prohibido. Cada vez que lo hacía, una oleada de placer me invadía, como si rompiera todas las barreras que me habían contenido durante años.

Cuando el ascensor llegó a mi planta, aún quedaba algo en mi boca y no me molesté en limpiarme del todo. Lejos de querer borrar los rastros de aquella noche, quería recordarla, saborearla una y otra vez.

Esa madrugada no fue solo un despertar. Fue una liberación. En la cama, mientras repasaba cada detalle, mis manos no se detuvieron entre mis piernas. No sé cuántas veces me llevé al límite, pero cuando amaneció supe que algo había cambiado para siempre.

Y justo entonces empezaban mis vacaciones a solas con dos adolescentes y su adicción a las pantallas. No parecía el mejor momento para reinventarme.

O quizá era exactamente el momento. Pero eso es otra historia.

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Comentarios (3)

LauMendoza

excelente!!! me quede sin palabras

Rodrigo_SFE

Increible relato, tremendo final. Esperando la segunda parte con ansias!

Valentina_ok

Me encanto como describe esa tension del principio, se siente tan real. Sigue escribiendo por favor!

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