La pijamada con mis amigas se volvió un juego sin reglas
El plan empezó con un mensaje de Lucía un martes cualquiera. «¿Y si armamos una pijamada el viernes? Hace siglos que no estamos las cuatro», escribió, y le contesté que sí antes de terminar de leerlo. Hacía meses que la rutina nos había ido separando: el trabajo, las parejas, las excusas de siempre. La idea de una noche entera con ellas me devolvió algo que no sabía que extrañaba.
Llegaron las tres a mi departamento pasadas las nueve. Lucía con dos botellas de vino tinto, Antonella con una bolsa de cosas para picar y Florencia, la más callada de todas, con una pila de películas que sabíamos que no íbamos a ver. Nos instalamos en el living, sobre los almohadones que arrastré del dormitorio, y en menos de media hora ya estábamos riéndonos de cosas de hacía diez años.
El vino fue haciendo lo suyo. La primera botella desapareció entre anécdotas viejas, y para la segunda las conversaciones habían cambiado de temperatura. Antonella, que siempre fue la más lanzada del grupo, empezó a contar detalles de un encuentro reciente con un tipo que había conocido en un bar. No omitía nada, y nosotras la escuchábamos a medias escandalizadas, a medias fascinadas.
—No puedo creer que cuentes eso con esa cara de nada —dijo Florencia, colorada hasta las orejas, abrazada a un almohadón.
—¿Y qué tiene? Acá somos todas grandes —se rió Antonella—. ¿O me van a decir que nunca hicieron algo de lo que no se animan a hablar?
Se hizo un silencio corto, de esos que se llenan de miradas. Lucía giró hacia mí con una sonrisa torcida.
—¿Y vos, Marina? Estás muy callada para ser la dueña de casa.
Me mordí el labio. El vino me había aflojado la lengua más de lo que quería admitir, y solté lo primero que me cruzó por la cabeza, casi sin pensarlo.
—La verdad es que siempre tuve curiosidad por algo que nunca me animé a probar —dije, mirando el fondo de mi copa—. El sexo en grupo. Me da vueltas en la cabeza hace rato. ¿Alguna lo hizo alguna vez?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Florencia bajó la mirada, Lucía levantó las cejas, y Antonella, fiel a sí misma, sonrió como si llevara meses esperando que alguien abriera esa puerta.
—¿Por qué hablar de algo —dijo despacio— cuando se puede hacer?
Me reí, nerviosa, pensando que era una de sus bromas. Pero nadie más se rió. El living se quedó quieto, y de golpe fui consciente de lo cerca que estábamos las cuatro, de las piernas que se rozaban sobre los almohadones, del calor que el vino y la calefacción habían acumulado en la habitación.
—Esperen —dije, sentándome más derecha—. ¿Hablamos en serio?
—Solo si todas quieren —contestó Lucía, y su voz había perdido el tono de chiste—. Sin presión. Si alguna se siente incómoda en cualquier momento, paramos y listo. No pasa nada.
Lo dijo con tanta naturalidad que la propuesta dejó de sonar absurda. Miré a Florencia, que era la que podía echarse atrás. Ella se quedó pensando, jugando con el borde del almohadón, y al final levantó la vista con una media sonrisa tímida.
—Yo nunca estuve con una mujer —admitió en voz baja—. Pero si son ustedes, no tengo miedo.
***
Fue Antonella la que se acercó primero. Se arrodilló frente a mí sobre los almohadones, me tomó la cara con las dos manos y me besó sin apuro, como si tuviéramos toda la noche por delante. Su boca sabía a vino y a algo dulce, y sentí que el primer beso me borraba de un saque toda la vergüenza acumulada.
—Tranquila —murmuró contra mis labios—. Dejate llevar.
Le hice caso. La besé de vuelta, despacio al principio y después con ganas, mientras sus dedos se enredaban en mi pelo. Por el rabillo del ojo vi que Lucía se había girado hacia Florencia y la besaba con cuidado, conteniéndose, dándole tiempo a que se acostumbrara. Florencia tenía los ojos cerrados y las manos quietas, hasta que de a poco las apoyó en la cintura de Lucía y dejó de temblar.
El aire de la habitación cambió. Las risas se transformaron en respiraciones cortas, en susurros, en el roce de la ropa que empezaba a sobrar. Antonella me bajó los breteles de la remera con la que andaba por casa y me besó el hombro, el cuello, la línea de la clavícula. Cada beso me dejaba la piel más sensible que el anterior.
—¿Te gusta? —preguntó, y la pregunta sola ya era una caricia.
—Sí —contesté, y no me reconocí la voz.
Me recosté sobre los almohadones y Antonella se acomodó entre mis piernas. Florencia, que había perdido la timidez en algún lado, se arrimó a mi lado y me besó la boca mientras Lucía se inclinaba sobre mí desde el otro flanco. Tenía las manos de tres mujeres recorriéndome al mismo tiempo, y la sensación era tan distinta a todo lo que conocía que se me escapó un gemido antes de poder contenerlo.
—Mírenla —dijo Lucía con una sonrisa, los dedos resbalando por mi vientre—. Le gusta más de lo que decía.
No lo negué. No podía. Antonella me terminó de sacar la ropa y bajó besando, sin saltarse ningún centímetro, hasta que su boca encontró exactamente donde la quería. La primera lamida me arqueó la espalda contra los almohadones. Florencia me tomó una mano y entrelazó sus dedos con los míos, como si necesitara aferrarse a algo ella también, mientras con la otra me acariciaba el pecho.
—Dios —jadeé—. No paren.
Nadie tenía intención de parar. Antonella mantenía un ritmo lento y preciso, leyendo cada reacción de mi cuerpo, y cuando creí que no aguantaba más, aflojaba y volvía a empezar. Lucía me besaba el cuello y me mordía apenas el lóbulo de la oreja, susurrándome cosas que me hacían temblar más que las manos. Florencia, la tímida, había encontrado un descaro nuevo y me besaba como si quisiera recuperar todo el tiempo perdido.
***
En algún momento dejamos de ser pares para volvernos un solo movimiento. Cambiamos de lugar sin ponernos de acuerdo, guiándonos por las ganas más que por las palabras. Me incorporé y fui yo la que se inclinó sobre Antonella, devolviéndole con la boca lo que ella me había dado. Tenía el cuerpo tenso bajo el mío, y escucharla a ella perder el control me prendió más que cualquier otra cosa de la noche.
—Así, justo así —gimió, agarrándome del pelo.
Florencia se había soltado del todo. Lucía la tenía recostada sobre los almohadones y la besaba bajando, despacio, mientras Florencia dejaba escapar unos sonidos que no parecían los de la chica callada que había llegado horas antes. La miré por encima del hombro de Antonella y nos cruzamos una sonrisa cómplice, la de dos personas que comparten un secreto que ya no se puede deshacer.
El living se volvió un enredo de piernas, bocas y manos que iban y venían. Nos turnábamos sin pensarlo: una boca acá, unos dedos allá, un beso que pasaba de una a otra. Yo nunca había sentido algo parecido, esa entrega sin egoísmo, ese darse placer entre todas al mismo tiempo. No había vergüenza ni cálculo, solo el deseo de hacer sentir bien a la otra y dejarse hacer sentir bien.
Lucía se acomodó detrás de mí en algún punto de la noche, abrazándome la espalda, sus manos por delante mientras Antonella y Florencia se ocupaban de lo demás. El placer me llegó como una ola larga, de las que no terminan de golpe, y me dejé caer entre ellas con la respiración entrecortada y la piel ardiendo.
—¿Estás bien? —me preguntó Florencia, apoyando la cabeza en mi hombro.
—Mejor que bien —contesté, y nos reímos las cuatro, todavía enredadas, todavía agitadas.
***
Nos quedamos un rato largo así, desparramadas sobre los almohadones, pasándonos la última copa de vino sin importar quién había tomado de dónde. La conversación volvió, pero distinta, más suave, sin filtros. Hablamos de lo que acababa de pasar como quien comenta un viaje que hicieron juntas, sin culpa, con esa intimidad nueva que solo aparece cuando ya no queda nada que esconder.
—No me arrepiento de nada —dijo Florencia, la que más miedo había tenido—. Capaz soy la que menos.
—Te lo dije —se rió Antonella—. Hablar está sobrevalorado.
Esa noche terminó como empezó, entre risas, pero ya nada era igual. Nos quedamos dormidas las cuatro amontonadas en el living, y a la mañana siguiente, mientras preparaba café, las miré durmiendo y supe que esa pijamada no iba a ser la última de su tipo. Lo que había empezado como una pregunta tonta de borracha se había convertido en algo que ninguna de nosotras estaba dispuesta a olvidar.
Lo que más me sorprendió no fue el sexo, ni el animarme a algo que llevaba años imaginando. Fue darme cuenta de cuánto nos había acercado. Volvimos a ser las amigas de siempre, las que se cuentan todo, pero ahora con un secreto compartido que nos pertenecía solo a nosotras. Y cada vez que Lucía propone una nueva pijamada, las cuatro sabemos exactamente de qué estamos hablando.