La trampa que dos mujeres maduras me tendieron
Esa misma mañana, nada más verlas en la oficina, Sandra y Lorena me dijeron que no hiciera planes para el sábado. Había cena. La palabra «cena» en labios de esas dos siempre sonaba a algo que no era solo comida. Supuestamente era en casa de Rodrigo y Lorena, para luego salir a bailar. Palabras textuales. Pero algo en su manera de mirarse entre ellas me dijo que la noche tenía un guion distinto al que me estaban contando.
Llegué puntual con dos botellas de vino. Cuando entré, ya estaban todos menos Lorena. Sandra cogió las botellas, las miró un momento y se acercó a mi oído.
—Muy acertado el vino —me susurró—. Les va a hacer falta.
Su sonrisa tenía algo de perverso que no supe descifrar del todo. Iba vestida con muy poco y lo que llevaba no dejaba nada a la imaginación. Tomás, su marido, le murmuró a Rodrigo que menos mal que se había puesto algo para salir a la calle. Rodrigo se acercó a mí con una sonrisa forzada.
—Marcos, todo olvidado, empezamos de cero —dijo, tendiéndome la mano.
No me cuadraba con lo que acababa de susurrarme Sandra. Algo estaba a punto de ocurrir y yo ya no sabía desde qué lado.
Lorena apareció al cabo de unos minutos. Llevaba un minivestido de malla transparente y ajustado, con abertura lateral que dejaba los muslos completamente al descubierto. El estampado hacía muy poco por ocultar que debajo no llevaba nada: sus pezones marcaban con nitidez y, cuando se movía, se veía que se había depilado el pubis entero salvo una línea vertical. Tomás le dio un codazo a Rodrigo sin decir una palabra. Rodrigo miraba con la expresión de quien no puede creerse lo que tiene delante.
Lorena se acercó a mí y me dio dos besos muy cerca de la comisura de los labios, lentos y deliberados. Sentí su perfume cálido y directo. Mi cuerpo reaccionó antes de que yo pudiera hacer nada al respecto.
Las dos mujeres desaparecieron hacia el interior de la casa y volvieron con algo en las manos. Lo reconocí al instante: era el mismo kit de depilación que mi hermana usaba de adolescente.
—¿Qué lleváis ahí? —preguntó Rodrigo, extrañado.
—Vamos a depilar a nuestro joven amigo —dijo Lorena con una naturalidad que helaba—. No puede ir por la vida así. Si os molesta que lo hagamos aquí, nos vamos al baño.
Nadie dijo nada. Me pidieron que me quitara los pantalones. Yo sonreí.
—Lo siento, chicas, pero ya no hace falta.
Era evidente que había fastidiado sus planes. Pero Sandra reaccionó rápido.
—Eso tenemos que verlo nosotras. Para asegurarnos de que está bien hecho.
Aun así, no cedí. Alegué que no creía que a sus maridos les hiciera gracia. Ellas los preguntaron directamente, con esa manera suya de plantear las cosas que no dejaba mucho margen para negarse. Me hicieron girar de espaldas a los hombres. En segundos me desabrocharon el pantalón y sacaron mi polla. La miraron despacio, con una atención que no tenía nada de clínica. Yo contaba mentalmente para no empalmarme. Me hicieron girar de frente.
—¿A que ahora sí se ve bien? —dijo Sandra.
—La pena es que no esté levantada —añadió Lorena, dirigiendo la mirada hacia los maridos—. Se vería mucho mejor. ¿No os parece, chicos?
***
La tensión en el salón era densa y callada. Rodrigo y Tomás no sabían muy bien qué hacer con sus cuerpos ni con sus miradas. Lorena rodeó mi polla con la mano, su palma húmeda y cálida. El contraste fue inmediato. Habló con voz ronca, mirando a su marido mientras me sostenía a mí.
—Está perfecto —dijo—. Buen tamaño, buen porte. Y ahora, con el camino despejado, es un regalo.
Sandra se arrodilló a mi lado. Sus dedos recorrieron la cara interna de mis piernas, acercándose despacio a mis testículos, que ya pesaban y se retraían.
—Hay que probar su resistencia primero —susurró, proyectando las palabras hacia Tomás aunque me miraba a mí—. Un hombre joven se dispara enseguida. Nosotras queremos disfrutar, queremos que dure. No queremos que se acabe en dos minutos. Queremos un semental de verdad.
Lorena estableció un ritmo lento y deliberado, deslizando el puño desde la base hasta el glande, donde el pulgar se detenía a presionar el frenillo. Sandra masajeaba mis testículos con una paciencia que era casi una tortura, mientras su otra mano exploraba más abajo y enviaba ondas de placer que me subían por la columna.
—Tú no te mueves. Tú no tocas —dijo Lorena—. Solo sientes. Nosotras vemos cuánto aguantas. Si te corres antes de que te lo digamos, ganamos. Si aguantas, ganas tú. ¿Les parece justo, chicos?
El silencio de Rodrigo y Tomás valió como respuesta. Las mujeres lo tomaron por un sí.
El ritmo se hizo más firme, más preciso. Sandra se inclinó y trazó con la punta de la lengua una línea por mi abdomen, descendiendo despacio. Mi respiración se cortó. El orgasmo se iba acumulando en la base de la espalda, una bestia que despertaba y que no iba a poder frenar mucho más tiempo.
—Ah, ah —dijo Sandra, notando cómo se tensaban mis músculos, cómo mi polla palpitaba entre los dedos de Lorena—. Todavía no.
Lorena detuvo la mano en seco. Se quedó quieta, sosteniéndome, sin terminar lo que había empezado. El alivio fue tan intenso como la frustración. Sandra se rió, baja y muy tranquila.
—¿Lo ves, cariño? —le dijo a Tomás, levantándose frente a él—. Así se entrena a un buen semental. Se le lleva al borde, una vez y otra y otra, hasta que el único pensamiento en su cabeza es complacer. Hasta que la recompensa se vuelve algo que él no puede decidir cuándo recibir.
***
Lorena se levantó también. Se quitó el vestido despacio. Su cuerpo quedó completamente al descubierto: esa línea de vello oscuro que señalaba el camino, sus pechos sin sostén, la piel caliente. Se acercó, frotó sus pezones contra mi pecho y me susurró al oído, tan bajo que nadie más pudo escucharla.
—Quiero que te corras dentro de mí. Pero antes tienes que pedirlo. Quiero que lo desees hasta que duela. Hoy no. Hoy solo aprendes a esperarnos.
Luego se arrodilló y se lo llevó todo a la boca. El calor húmedo fue inmediato. Su cabeza empezó a moverse con un ritmo que sabía exactamente lo que hacía, exactamente cómo llevar a un hombre al límite. Sandra se unió, lamiendo y besando mis testículos con una devoción que me puso al borde del abismo.
Mis rodillas temblaron. Solté un sonido gutural, sin vergüenza, sin control.
—¡Me vais a hacer correr! ¡Por favor, no paréis!
Entonces las dos se detuvieron al mismo tiempo.
Se retiraron y me dejaron solo, temblando, con la polla palpitando en el aire y sin el último empujón. Sandra se vistió con la misma calma con la que se había desvestido, mirando de reojo a los maridos, que ya no eran espectadores cómodos sino algo difícil de definir.
—Ahora sí —dijo Lorena, pasándome un dedo por el pecho—. Podemos cenar. Pero mantente así, Marcos. Deseándonos. Porque en cuanto te bajes, te lo volvemos a levantar, y la siguiente lección será más larga.
***
No me hizo ninguna gracia. A sus maridos podían vaciarlos con ese juego cuanto quisieran, pero conmigo no iba a funcionar así. Agarré a Lorena del brazo y la giré hacia mí con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
—Con esos dos podéis hacer lo que queráis —le dije—. Yo no soy ellos.
Empecé a azotarle el culo. Cada golpe era directo, sin ceremonias, un sello sobre lo que era mío. Ella protestaba y gritaba, pero su cuerpo no protestaba en absoluto. Se entregaba al castigo como si llevara esperándolo toda la noche.
—Zorra —le siseé al oído—. Eso es exactamente lo que querías desde que abriste la puerta.
Rodrigo intentó intervenir con su autoridad doméstica, que ya no le servía de nada. Lorena lo cortó sin molestarse en mirarle.
—¿Qué haces, imbécil? Si él quiere azotarme, me azota. Somos suyas. Eso es lo que vosotros nunca habéis entendido: somos dos mujeres que necesitan un macho de verdad, y Marcos lo ha entendido a la primera. Vosotros lleváis años sin enteraros de nada.
La arrastré hasta el sillón donde Rodrigo y Tomás observaban sentados, inmóviles. La doblé sobre el respaldo y la embestí por detrás, metiéndole la polla hasta el fondo sin preámbulos. Lorena soltó un alarido que hizo retumbar las paredes. Sandra se colocó detrás de mí y comenzó a lamerme el culo con una concentración animal, intentando hacerme perder el ritmo antes. Pero tenía demasiada adrenalina encima. Lorena se corrió dos veces seguidas, aferrada al respaldo del sillón, gimiendo sin parar. Yo no me inmutaba.
Eso las puso más encendidas, si cabía. Lorena se volvía hacia su marido entre embestida y embestida, con la voz rota por el placer.
—¿Lo ves? Así se folla a una mujer. Así se la posee. Así se la doma. Él ha entendido en diez minutos lo que tú no has aprendido en años.
***
Me senté en el sillón con la polla tiesa y brillante.
—Venid aquí. Una a cada lado.
Se acercaron obedientes y muy cachondas. Sandra se subió encima de mí, introduciéndome despacio, gritando cuando me tuvo entera. Lorena se colocó sobre el sillón y apretó su coño contra mi boca, ahogándome con su sabor. Las oí gemir y mirarse con esa complicidad que solo ellas compartían, mientras yo las llevaba donde quería.
—Mírame, Rodrigo —decía Lorena entre jadeos—. Mira lo que es un hombre de verdad. Él me está comiendo el coño y yo nunca, nunca me has hecho sentir así. Él toma lo que quiere y no pide permiso.
Sandra, con mi polla enterrada hasta el fondo y un ritmo lento que la deshacía, le habló a Tomás con una crueldad muy calmada.
—¿Lo oyes, marido? ¿Lo sientes? Esto es ser follada de verdad. Su polla me está rompiendo por dentro y me voy a correr otra vez. ¿Lo oyes? Este coño ya no es tuyo.
Lorena no aguantó más. Se convulsionó con un grito largo que llenó el salón, inundándome. Su orgasmo fue la mecha que encendió a Sandra, que se desplomó sobre mí con un temblor profundo, las uñas clavadas en mis hombros. Sus palabras para Tomás se rompieron en jadeos.
Les di una palmada en el culo a cada una y las aparté. Sus cuerpos siguieron temblando de rodillas en el suelo, mirándome con esa mezcla de adoración y hambre que ya no intentaban disimular.
—El banquete acaba de empezar —dije.
***
No pude aguantar mucho más. La tensión era física, casi insoportable.
—¡Juntas! ¡Ahora! —ordené.
Se arrodillaron una al lado de la otra con las bocas abiertas y los ojos levantados hacia mí. Me masturbé con fuerza hasta que el orgasmo llegó como una descarga que me sacudió hasta los huesos. Un chorro espeso golpeó el rostro de Lorena, el siguiente los labios de Sandra, y más y más, hasta que sus caras quedaron marcadas. Las dos se quedaron así, de rodillas, con mi semen goteando por sus mejillas y sus pechos. Lorena giró la cara hacia Rodrigo.
—Ahora ya lo sabes. Ahora lo has visto. Somos suyas, para siempre.
Sandra se lamió los labios y sonrió. Era una sonrisa de paz y de victoria al mismo tiempo.
***
La tensión en el salón cambió de naturaleza. Lorena miró a Rodrigo con una calma que era peor que cualquier grito.
—Acércate —le dijo—. Y haz lo que debería hacer un hombre de verdad. Ven aquí y limpia la cara de tu mujer. Lame la prueba de que he sido poseída.
Rodrigo retrocedió, horrorizado.
—¿Qué? No. Eso es una humillación. No voy a hacer eso.
Sandra le dirigió una mirada similar a Tomás.
—Tú tampoco, supongo. Pues bien: o venís aquí y lo hacéis, o mañana mismo les cuento a vuestras familias exactamente lo que ha pasado esta noche. Con todos los detalles.
El ultimátum funcionó. Tomás dio un paso vacilante hacia Sandra, se arrodilló y acercó la lengua a su mejilla. Al principio lo hizo con asco, con torpeza. Sandra le agarró el pelo y lo pegó contra su cara.
—Lame. Todo. Y no te atrevas a parar.
Algo cambió en los ojos de Tomás. La humillación se transformó en otra cosa que no quería reconocer pero que era innegable. Su lengua se volvió más audaz, más ávida. Se estaba poniendo cachondo con ello.
Rodrigo vio la escena y cedió. Se arrodilló frente a Lorena, que le sonrió con desprecio y satisfacción al mismo tiempo. Al principio lamía con asco. Muy pronto su respiración se agitó. Sus lamidas se hicieron más profundas, más voraces. Su cuerpo lo delataba por completo.
Lorena se lo susurró al oído, aunque yo lo escuché.
—Te estás empalmando, ¿verdad? Te gusta esto. Te gusta lamer a tu mujer llena de otro. Sigue. Lámelo todo, zorra.
Los dos hombres, sumidos en una lujuria que ya no podían controlar ni querían, lamían con devoción. Ya no era por la orden. Su humillación se había convertido en su fantasía más profunda, la que nunca se habían atrevido a reconocer. Las mujeres los dejaban hacer, victoriosas y tranquilas, sabiendo que esa noche lo había cambiado todo.
Yo los miraba desde el sillón. Las botellas de vino seguían en la mesa, sin abrir. No habían hecho ninguna falta.