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Relatos Ardientes

La noche que Andrés me convenció de cruzar esa línea

Me llamo Elena, tengo treinta años y llevo casada con Andrés desde hace cuatro. Nuestra relación siempre fue buena: nos queríamos, nos deseábamos, y en la cama éramos compatibles de una manera que yo nunca había dado por sentada. Pero Andrés tenía una fantasía que, durante años, yo rechacé sin demasiada discusión: compartirme con otra pareja. No como carencia ni como insulto, sino como una imagen que le volvía una y otra vez —verme con otro hombre mientras él miraba, o participaba, o ambas cosas a la vez.

Al principio lo descartaba con una carcajada. «No seas loco, Andrés.» Pero él volvía al tema con una persistencia suave, nunca agresiva, que con el tiempo empezó a calar. Lo mencionaba a destiempo, en momentos en que yo no tenía defensas preparadas: mientras fregaba los platos, mientras él me ayudaba a abrocharse el vestido antes de salir, en el coche de camino a casa. Tardé varios meses en admitir, solo para mí, que cuando lo decía en la cama algo en mi cuerpo respondía antes de que mi cabeza pudiera censurarlo. Se me apretaba el coño sin permiso, y a veces me sorprendía cabalgándolo con más furia justo cuando él me susurraba al oído que quería ver otra polla partiéndome.

La cosa se volvió concreta una noche de otoño, después de una cena en casa. Habíamos invitado a Pablo —amigo de Andrés desde la infancia— y a su pareja, Vera. Pablo era alto, de mandíbula ancha y esa seguridad tranquila que da el deporte habitual. Vera era más delgada que yo, de ojos claros y una manera de mirarlo todo que transmitía curiosidad antes que juicio. Bebimos vino blanco, hablamos de trabajo y de los viajes que nunca terminábamos de hacer realidad, y la noche pasó sin nada fuera de lo normal.

Pero en algún momento, Andrés dijo algo que no era del todo inocente. Una broma con doble fondo sobre lo buena anfitriona que era yo. Pablo sonrió sin desviar la mirada. Vera se sirvió más vino sin bajar los ojos. Yo cambié de tema.

Cuando se fueron, Andrés me abrazó por detrás en la cocina mientras yo recogía las copas.

—Imagínatelo —murmuró contra mi oreja—. Pablo metiéndote la polla. Yo mirando cómo se te pone la cara cuando te la clava hasta el fondo.

—Andrés… —dije, pero su mano ya estaba en mi cadera, subiéndome la falda, buscándome la braga por debajo.

—Solo dime si la idea te parece tan imposible como dices. Estás empapada, Elena. Te la puedo tocar y me llenas los dedos.

Y era verdad. Me metió dos dedos por encima de la ropa interior y salieron brillando. No le respondí esa noche. Pero tampoco lo aparté, y cuando me follo sobre la encimera de la cocina no dejó de nombrar a Pablo ni un segundo, y yo me corrí dos veces mordiéndome el antebrazo.

***

Las semanas siguientes fueron así: Andrés plantando la semilla en momentos inesperados, yo resistiéndome con argumentos que cada vez sonaban más a excusa. Me mostraba cosas que había leído, hablaba de otras parejas que lo habían hecho y seguían juntas, me preguntaba con calma qué era exactamente lo que me daba más miedo. Yo decía que el arrepentimiento. Que algo cambiara entre nosotros y no hubiera manera de deshacerlo. Que no volviera a poder mirarlo igual después.

—¿Y si pasa lo contrario? —respondió una noche—. ¿Y si te acerca más a mí?

No supe qué responder.

Una tarde me confesó que había hablado con Pablo y Vera sobre la idea, que estaban abiertos. Me enfadé. Le dije que había cruzado una línea sin preguntarme, que eso era una traición aunque fuera de otro tipo. Discutimos durante un rato y luego nos callamos los dos. Pero esa noche, tumbada junto a él mientras dormía, me descubrí pensando en la escena que él describía —Pablo desnudo, con la verga dura mirándome; Vera observando desde un rincón con la mano entre las piernas; Andrés al lado— y tuve que reconocer en silencio que mi cuerpo no compartía mi indignación.

Mis pezones se endurecían solo de pensarlo. Entre las piernas sentía una presión que no podía achacarle a otra cosa. Terminé metiéndome la mano bajo el pijama a la una de la mañana, mordiendo la almohada para no despertarlo, dedos frotándome el clítoris con círculos rápidos mientras me imaginaba a Pablo escupiéndome en la boca abierta y follándome contra la pared. Me corrí en silencio con las piernas apretadas y odiándome un poco. Lo detestaba un poco, esa incoherencia entre lo que decía y lo que me ocurría por dentro. Pero también dejé de ignorarla.

***

Accedí un sábado por la tarde. Andrés me dijo simplemente: «Si dices que no, lo dejamos. No voy a insistir más.» Había algo en su tono —no derrotado, sino genuinamente resignado— que hizo que yo me oyera decir «está bien» antes de haberlo decidido del todo. Como si la decisión ya llevara tiempo tomada en algún lugar al que yo no había querido asomarse.

Las condiciones eran claras: si yo decía parar, parábamos. Sin interpretaciones, sin negociaciones en el momento. Y Vera solo observaría; no participaría en nada conmigo a menos que yo lo pidiera expresamente, que no iba a pasar.

Me preparé con cuidado esa noche. Me duché despacio, me depilé con atención hasta dejarme el coño completamente liso, me sequé el pelo. Me puse un vestido entallado de color vino que no usaba desde hacía meses, lencería negra que Andrés me había regalado sin ocasión especial —sujetador con aro que me subía las tetas, braguita de encaje que apenas tapaba nada y ya la sentía húmeda antes de salir de casa— y unos zapatos de tacón bajo que me cambiaban el andar. Cuando salí del baño, Andrés me miró desde el borde de la cama con una expresión que no le había visto en mucho tiempo.

—Estás increíble —dijo—. Se le va a caer la baba a Pablo.

—No me hagas cambiar de opinión —respondí.

Se río. Nos reímos los dos. Eso también ayudó.

***

En casa de Pablo y Vera el ambiente era distinto a lo que había imaginado. Habían puesto música baja, encendido un par de lámparas de sal en el salón, y la mesa tenía champán ya abierto en una cubitera. Nada teatral, nada que gritara «situación preparada». Era casi normal. Ese detalle me tranquilizó más que cualquier cosa que Andrés pudiera haberme dicho en el coche.

Vera estaba sentada en el sofá con una copa, vestida con un mono de seda color crema que le quedaba holgado en los hombros. Pablo abrió la puerta con una sonrisa tranquila. «Elena, qué guapa.» Me lo dijo mirándome a los ojos, sin bajar la vista, y eso también ayudó.

Bebimos y conversamos durante un rato. Andrés tenía la mano en mi rodilla. Yo sentía el corazón en la garganta, pero en un momento dado me sorprendí riendo de verdad ante algo que dijo Vera, y pensé: Si puedo reír, puedo hacer esto.

Fue Andrés quien rompió el hielo. Me besó delante de ellos, despacio, con las dos manos en mi cara. Vera cruzó las piernas en el sofá. Pablo no dijo nada, pero dejó la copa en la mesa y yo vi cómo se le marcaba ya el bulto contra el pantalón.

—¿Puedo? —preguntó Pablo, dirigiéndose a mí, no a Andrés.

Me gustó que preguntara. Asentí.

***

Pablo se acercó y me puso las manos en la cintura. Eran manos distintas a las de Andrés —más grandes, con los dedos más largos— y esa diferencia fue lo primero que sentí de verdad, antes de cualquier otra cosa. Me besó el cuello desde atrás mientras Andrés se sentaba junto a Vera sin dejar de mirarme. El calor de Pablo a través del vestido era concreto, presente, imposible de ignorar. Sentí su polla dura apretándose contra mi culo por encima de la tela y se me escapó un suspiro.

—Respira —me dijo al oído—. Y ábrete un poco de piernas para mí.

Respiré. Y le hice caso.

Sus manos subieron por mis costados hasta mis pechos. Los apretó con suavidad al principio, calibrando, y cuando notó que no me tensaba, aumentó la presión. Me pellizcó los pezones a través del sujetador con dos dedos precisos, y solté un gemido que no había planeado soltar. Andrés cambió de postura en el sofá; se le veía la erección tensándole el pantalón.

Pablo bajó la cremallera del vestido lentamente, exponiendo mi espalda centímetro a centímetro, besándome cada vértebra según iba apareciendo. El vestido cayó al suelo. Me quedé en sujetador negro y braguita de encaje, de pie en el centro del salón, con cuatro ojos mirándome. Era una vulnerabilidad distinta a estar desnuda con Andrés —más extraña, más eléctrica, más difícil de sostener sin mirar al suelo.

No miré al suelo.

Pablo me giró hacia él y me besó en la boca. Su lengua entró directa, sin titubeos, y el sabor era diferente al de Andrés. No mejor ni peor. Diferente. Sus manos desabrocharon el sujetador y lo dejaron caer. Me tomó las tetas, una en cada palma, y las masajeó con una presión constante, chupando primero un pezón y luego el otro hasta dejármelos duros y brillantes de saliva. Andrés, al fondo, se levantaba del sofá.

—Túmbate —dijo Pablo, empujándome con firmeza hacia el otro sofá—. Abre las piernas. Quiero ver ese coño.

Me senté en el extremo del otro sofá, luego me eché para atrás y separé las rodillas. Se arrodilló frente a mí y me quitó la braguita sin apresurarse, deslizándola por los muslos hasta sacarla del todo. Se la acercó a la cara, olió la entrepierna empapada, y sonrió sin decir nada. Se detuvo un segundo, mirándome el coño abierto delante de él, y fue ese segundo de pausa lo que más me excitó de todo lo que vino después.

Empezó con la lengua despacio, aprendiendo, repitiendo lo que funcionaba. Me lamió de abajo arriba, plano y lento, y después empezó a rodearme el clítoris con la punta. Cuando encontró el ritmo exacto, clavé los dedos en el cojín del sofá y aparté los ojos del techo. Andrés estaba de pie ahora, con los brazos cruzados, mirando. Vera lo miraba a él, con una mano deslizándose por dentro del mono de seda.

—Chúpaselo bien —dijo Andrés con la voz espesa—. Está lista.

Pablo metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando el punto, mientras seguía chupándome el clítoris con los labios pegados y la lengua vibrando. Yo no pude quedarme callada. Empecé a gemir sin poder frenarme, empujándole la cara contra mi coño con las dos manos, restregándome contra su boca sin ninguna vergüenza. El orgasmo llegó con una contracción larga que me dejó con las piernas temblando y la respiración cortada, apretando sus dedos sin querer, chorreándole la barbilla mientras él no paraba de lamer.

—Joder —murmuré—. Joder, joder…

Pablo levantó la cara con la boca brillante y se limpió con el dorso de la mano.

—Sabe increíble —le dijo a Andrés.

Andrés sonrió como si le hubieran hecho un cumplido a él.

***

Andrés se acercó. Me besó mientras todavía me recuperaba, y en ese beso había algo que reconocí: era posesión, pero también orgullo. Me metió la lengua a fondo y sentí en su boca el sabor de mi coño mezclado con el de Pablo, y ese detalle me apretó otra vez el vientre. Me tendió la mano para levantarme y me guió hacia el dormitorio. Pablo entró detrás, ya desnudándose por el pasillo. Vera se quedó en el umbral, apoyada en el marco de la puerta, con el mono de seda a medio bajar.

Pablo terminó de desnudarse sin ceremonia. Era más corpulento que Andrés, con el torso ancho y los hombros grandes, y la polla se le levantaba gruesa contra el vientre, con una vena que le subía por debajo. Más larga que la de Andrés, y bastante más ancha. Trago saliva sin querer.

—Ven —me dijo, sentándose en el borde de la cama—. Póntela en la boca.

Me arrodillé en la alfombra entre sus piernas y se la tomé en la mano. Pesaba. La lamí desde la base hasta la punta, lento, dejando un rastro de saliva, y luego me la metí en la boca todo lo que pude. El tacto era distinto, el sabor era distinto, y me concentré en esas diferencias concretas en lugar de pensar demasiado. Empecé a mamársela con las dos manos, una en la base girando y la otra sujetándole los cojones, subiendo y bajando la cabeza hasta que se me saltaban las lágrimas cuando la punta me golpeaba el fondo de la garganta.

—Mira cómo la chupa —le dijo Pablo a Andrés—. Qué buena boca tiene tu mujer.

Andrés estaba detrás de mí ya desnudo, la mano recorriéndome la espalda hasta el culo. Me abrió los muslos con la rodilla, se agachó y me metió la lengua por detrás, lamiéndome el coño y subiendo hasta el ojete. Yo no dejaba de mamársela a Pablo mientras Andrés me comía por atrás, y en algún momento perdí la noción de dónde estaba cada mano. Solo sabía que tenía las dos entradas atendidas y la boca llena de polla, y que me chorreaba tanto que sentía los muslos pegajosos.

Pablo me sacó la polla de la boca con un ruido húmedo y me tiró del pelo con cuidado.

—Súbete —dijo—. Quiero que te sientes en ella.

Se tumbó de espaldas en la cama. Me subí encima, agarré la polla, la centré contra la entrada y me dejé caer despacio. La sentí abrirme paso, más gruesa de lo que estaba acostumbrada, y tuve que quedarme quieta un segundo con las manos apoyadas en su pecho, jadeando, adaptándome. Cuando llegó al fondo solté un gemido largo que salió de más abajo del pecho.

—Dios mío —dije—. Estás dentro entera.

Empecé a moverme. Al principio despacio, subiendo y bajando con las rodillas clavadas en el colchón, y después más rápido, cabalgándolo con las tetas botando delante de su cara. Pablo me las agarró y me las apretó, chupándome un pezón mientras yo lo montaba. Andrés se acercó por detrás, la polla en la mano.

—Elena, mírame —dijo.

Giré la cabeza sobre el hombro. Se estaba masturbando mirándome cabalgar a su amigo. Le brillaban los ojos. Nunca lo había visto tan duro.

—Quiero entrar también —dijo—. Los dos a la vez. ¿Puedes?

Asentí sin pensarlo mucho.

Pablo me tiró contra su pecho, sujetándome pegada a él con un brazo alrededor de la cintura, dejando el culo expuesto y en alto. Andrés se puso lubricante en los dedos y empezó a prepararme el ojete despacio, un dedo primero, luego dos, girando, abriendo, mientras Pablo seguía dentro del coño sin moverse. Me mordía el hombro y me susurraba que me relajara, que respirara, que no había prisa.

Cuando Andrés se colocó y empezó a empujar, tuve que apretar la mandíbula. Entró de a poco, milímetro a milímetro, y yo sentía cómo se me estiraba todo por dentro con las dos pollas empujándose una contra la otra a través de una fina pared de carne. Cuando estuvo del todo dentro, se quedaron los tres quietos, respirando.

—¿Bien? —preguntó Andrés en voz baja.

—Sí —dije, y era verdad sin matices. Estaba tan llena que no me cabía el aire—. No os mováis todavía. Un segundo.

Esperaron. Cuando finalmente les di permiso empezaron a moverse alternados, uno saliendo mientras el otro entraba, encontrando un ritmo que nadie había ensayado pero que encontró su propio orden. Yo no podía hacer más que sostenerme sobre los codos y gemir con la boca abierta contra el cuello de Pablo. La sensación de estar llena por ambos lados era una presión densa que no tenía nombre exacto. No era dolor. Era una plenitud que me hacía respirar por la boca y concentrarme solo en lo inmediato, en cada embestida, en cómo se me sacudía todo el cuerpo cada vez que chocaban dentro.

—Qué apretada estás —murmuró Andrés detrás—. Joder, Elena, no vas a poder aguantar mucho.

—Está temblando —dijo Pablo, con las manos en mis tetas, torciéndome los pezones—. Se le mueve todo por dentro.

Pablo tenía las manos en mis pechos. Andrés tenía las manos en mis caderas. Yo estaba suspendida entre los dos sin apoyo propio, y eso era lo más extraño y lo más intenso al mismo tiempo. Vera se había sentado en la silla del rincón. No sé cuándo entró. Tenía los ojos fijos en nosotros, el mono bajado hasta la cintura y una mano metida por dentro de la braga, moviéndose deprisa. Verla masturbándose mientras nos miraba añadió una capa más a todo lo que ya estaba sintiendo. Nuestros ojos se cruzaron un segundo. Ella no apartó la vista. Yo tampoco.

El segundo orgasmo llegó sin que yo lo buscara. Me sorprendió. Solté un grito que no pude contener, largo y roto, y Pablo me sujetó por las caderas manteniéndome en su sitio mientras yo me sacudía sobre las dos pollas, contrayéndome alrededor de las dos a la vez. Vera se corrió casi al mismo tiempo en la silla, apretando los muslos, ahogando el gemido con la mano libre en la boca.

Andrés siguió un instante más, embistiéndome cada vez más rápido, y luego salió y terminó descargándose en mi espalda con un gruñido, chorros calientes de semen resbalándome hasta el culo, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración rota. Pablo acabó poco después, dentro de mí, con un sonido grave y los ojos cerrados, sujetándome fuerte contra su pecho mientras yo sentía cómo se vaciaba en pulsaciones calientes.

Me quedé un rato así, sobre él, con el semen escurriéndoseme por la espalda y otro chorro empezando a salírseme del coño en cuanto Pablo se retiró. Andrés me lo limpió con la mano, sin apuro, y yo cerré los ojos.

***

Nos quedamos en silencio durante un rato, los tres en la cama, respirando. Vera trajo toallas del baño sin decir nada. Luego se sentó en el borde y le puso la mano en la rodilla a Pablo.

Andrés me buscó la mano debajo de las sábanas. La encontré y la apretó.

—¿Estás bien? —me preguntó al oído.

—Sí —dije. Era la misma respuesta que antes, pero sonaba diferente.

***

Volvimos a casa tarde. En el coche no hablamos mucho. Andrés conducía con una mano en el volante y la otra en mi rodilla, sin apretarla, solo posada ahí. Yo miraba el asfalto pasar bajo los faros y trataba de hacer inventario de lo que sentía: cansancio, sí, y algo que no era arrepentimiento. Tampoco euforia. Era más parecido a la calma que queda después de cruzar algo que llevabas mucho tiempo mirando desde el otro lado. Sentía todavía el semen seco entre los muslos y una molestia dulce en el bajo vientre, y curiosamente esa incomodidad concreta me tranquilizaba.

Al día siguiente nos quedamos en cama hasta tarde. Andrés me preguntó qué había pensado en cada momento, y yo se lo conté con más detalle del que esperaba darle. Él escuchó sin interrumpir, sin aprovechar mis palabras para ninguna conclusión propia. Se me puso dura mientras se lo contaba, y terminamos follando otra vez, despacio, mientras yo le describía al oído lo que me había hecho Pablo. Se corrió dentro de mí murmurando mi nombre.

—¿Lo repetirías? —preguntó al final, todavía dentro.

Me lo pensé de verdad antes de responder.

—No lo sé —dije—. Pero no me arrepiento.

Era lo más honesto que podía decirle. Y él lo aceptó así, sin presionar, sin interpretarlo como una puerta abierta ni como una cerrada. Eso fue lo que más me importó de todo lo que había pasado la noche anterior: que cuando acabó, seguíamos siendo Andrés y Elena. Lo demás era una historia que ahora compartíamos, y eso, al menos de momento, me parecía suficiente.

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Comentarios(7)

GabrielCba

Que relato!!! me atrapo desde la primera linea, muy bien logrado

PrimeraLectora

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mucho mas!!!

karina_bsas

Se siente la tension de verdad, no es el tipico relato que va directo al grano. Me gusto mucho como construye la situacion antes de que todo pase.

RobertoSJ

Como hace para que suene tan real?? no parece inventado, increible

MarioDeRosario

Muy bien narrado, se nota que sabes escribir. Sigue así que tenes estilo propio

Valentina_2807

tremendo!!!

PicoVeloz

Lo del champan frio al llegar y todo ese ambiente previo... excelente arranque, me engancho enseguida

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