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Relatos Ardientes

La primera vez que lo hice con una pareja

Todo empezó una tarde de miércoles, con una llamada que no esperaba.

Valeria sonaba rara al teléfono. No asustada, sino en ese punto exacto entre el enfado y la confusión que tiene la gente cuando le ocurre algo que no sabe cómo procesar. Me contó que la noche anterior, mientras cenaban, Marcos le había soltado la propuesta: quería tener un trío con otra mujer. Le había dicho incluso con quién le gustaría que fuera.

Con alguien como yo.

Lo escuché todo sin interrumpirla. No hice muchas preguntas. Pero había algo en su forma de contármelo, en cómo bajaba la voz cuando llegaba a los detalles y la subía después, que me hizo pensar que no me llamaba solo para desahogarse.

—Bueno —dije al final—. ¿Y tú qué piensas?

Hubo una pausa larga.

—No sé —respondió—. Llámame luego.

No volvió a llamar hasta las nueve de la noche.

—Compré cervezas —dijo—. Ven.

Debería haberlo pensado más. Debería haberme puesto lo primero que encontré en el armario y haber ido como cualquier otro día. Pero no lo hice. Me duché despacio. Me puse crema. Elegí el vestido ceñido de tirantes que sé que me queda bien, el que me llega justo por encima de la rodilla. Y debajo, por alguna razón que no me quise analizar demasiado, una tanguita de encaje que no tenía ninguna intención de enseñar a nadie.

Eso me decía mientras salía por la puerta.

***

Valeria abrió antes de que yo llamara. Llevaba un vestido blanco, escotado, con un corte que dejaba ver la parte alta de sus pechos. Tenía el pelo suelto, recién peinado, y olía a algo floral que yo no le conocía. Me miró de arriba abajo en el umbral con una sonrisa tranquila.

—Estás guapa —me dijo.

—Tú también —respondí, y era verdad.

El apartamento estaba en penumbra. Solo una lámpara encendida en el rincón, la televisión apagada. Nos sentamos en el sofá con las cervezas frías entre los dedos y empezamos a hablar. De cosas sin importancia al principio. Del trabajo, de una serie que las dos habíamos abandonado a medias. Y después, inevitablemente, de Marcos y de la propuesta.

Valeria me lo contó de nuevo, esta vez con más calma, con más detalles. Yo la escuchaba y notaba cómo la distancia entre nosotras sobre el sofá se iba reduciendo sin que ninguna lo propusiera. En un momento dado se inclinó para dejar su botella en la mesita y su hombro rozó el mío. No lo retiró.

—Hueles muy bien —dijo, mirándome de cerca.

Yo llevaba puesto ese vestido con plena intención de que algo así pasara. Eso era lo único que sabía con certeza en ese momento.

Unos minutos después, tomó el teléfono y le escribió un mensaje a Marcos. Me lo dijo sin rodeos:

—Le dije que viniera. Que trajera más cervezas.

Asentí. Tomé un sorbo largo. Y esperamos.

***

Marcos llegó veinte minutos más tarde con una bolsa de plástico que sonaba a botellas. Era un hombre moreno, de brazos fuertes y una voz pausada que siempre parecía tener todo bajo control. Nos miró a las dos antes de entrar del todo, evaluando algo sin decirlo.

—¿Ya le dijiste? —le preguntó a Valeria.

Ella se rio.

—Estás loco. Que no.

Yo fingí no entender nada, aunque lo entendía perfectamente.

Marcos se sentó con nosotras. La conversación siguió, pero había cambiado de temperatura. Debajo de cada frase existía otra más directa que ninguno de los tres pronunciaba. Él tenía una botella en la mano y nos miraba alternativamente con una calma que resultaba casi provocadora.

Fue Marcos quien se levantó primero. Arrastró la alfombra del centro de la sala y la extendió sobre el suelo.

—Hay más espacio aquí —dijo simplemente.

Valeria no protestó. Yo tampoco. Nos recostamos los tres sobre la alfombra, con las botellas entre nosotros. Valeria quedó a mi derecha, Marcos a mi izquierda. La lámpara del rincón los iluminaba de lado, y yo me di cuenta de que el apartamento entero olía a la colonia de Valeria.

Un rato después, sin que nadie diera ninguna señal clara, Valeria y Marcos se giraron el uno hacia el otro y se besaron.

No fue un beso rápido. Fue un beso largo, con las manos. A centímetros de mi cara.

Cuando terminaron, Valeria me miró.

—Bésala —le dijo a él.

Marcos se giró hacia mí con la misma calma con que hacía todo. Me tomó la cara con una mano y me besó despacio, sin prisa, como si llevara tiempo pensando en hacerlo exactamente así. Mientras tanto, sentí los dedos de Valeria deslizarse por mi brazo, bajar hasta mi cintura, quedarse allí un momento antes de seguir.

Todo aquello era real. Estaba pasando.

Valeria empujó el vestido hacia arriba. Yo la dejé. Metió los dedos por el borde de la tanguita y la corrió a un lado con cuidado, sin brusquedad. Primero un dedo, despacio. Después dos.

Mis piernas se abrieron solas. No fue una decisión. Fue un reflejo.

Marcos seguía besándome. Yo tenía las manos apoyadas sobre la alfombra porque no sabía dónde más ponerlas. Valeria se movía con una precisión que me descolocó: sabía exactamente qué hacer, cuándo acelerar, cuándo detenerse justo antes de que yo llegara adonde iba.

Después bajó la cabeza.

***

Cuando su boca me tocó, cerré los ojos. Era algo distinto a lo que había sentido antes con otras personas. Había una atención específica, una forma de leer el cuerpo que no se improvisa. Marcos me tenía una mano sobre el pecho, encima del vestido. Valeria trabajaba con la cabeza y los dedos al mismo tiempo, sin prisa, sin urgencia, como si tuviéramos toda la noche.

La teníamos.

Me pregunté cómo era posible que llevara tanto tiempo sin saber que quería esto.

Después, Marcos se sentó y me acomodó sobre él. Los dos de espaldas al sofá, mirando hacia Valeria, que estaba de rodillas frente a nosotros con el vestido subido a la altura de los muslos y el pelo algo revuelto. Metió los dedos en mí de nuevo. Los sacó. Nos los ofreció en silencio, primero a Marcos, después a mí.

—Me encanta —dijo en voz baja—. Me encanta hacértelo.

Marcos me abrió las piernas desde atrás con las manos. Valeria se inclinó y retomó lo que estaba haciendo, mientras con la otra mano buscaba a su marido. Lo tomó, lo acarició durante un momento, se lo llevó a la boca brevemente sin dejar de mirarme, y después lo guió hacia mí con una firmeza que no admitía dudas.

Lo sentí entrar despacio. Valeria lo fue empujando con sus propias manos, regulando la presión, controlando el ritmo como si dirigiera algo que había ensayado muchas veces. Después se colocó detrás de mí y me abrazó por los hombros.

Me besó la nuca. El lóbulo de la oreja. Me habló muy cerca.

—¿Te gusta cómo te cogemos? —susurró—. Dímelo.

—Sí —respondí. Era lo único que podía decir.

***

Cambiamos de posición sin que nadie lo coordinara. Yo me puse a cuatro patas sobre la alfombra. Valeria se recostó boca arriba delante de mí, con las piernas abiertas. Marcos tomó posición detrás de mí.

Desde ese ángulo podía ver la cara de Valeria con claridad: cómo cerraba los ojos cuando Marcos empujaba, cómo los abría de golpe y me miraba directamente, cómo se mordía el labio para no hacer ruido y después lo hacía igualmente.

Me acerqué a ella. Le aparté el pelo de los muslos con la mano. Y le devolví, con toda la atención que pude, lo que ella me había dado antes.

Era una cadena perfecta. Cada movimiento de Marcos me impulsaba hacia adelante. Cada vez que yo llegaba a Valeria, ella empujaba las caderas hacia mí. Los tres nos alimentábamos del ritmo de los otros sin tener que decir nada.

Pensé: ahora entiendo por qué la gente busca esto.

Valeria enredó los dedos en mi pelo. No para dirigirme, sino para tener algo donde aferrarse.

***

Valeria fue la primera en correrse. Su cuerpo entero cambió unos segundos antes de que ocurriera: los muslos se tensaron a los lados de mi cabeza, los dedos en mi pelo dejaron de moverse, su respiración se cortó. Y después, de pronto, un chorro caliente contra mi boca, mi mentón, mis manos.

Fue abundante. Fue inesperado. Fue lo más erótico que había vivido hasta ese momento.

Mis dedos dentro de ella lo prolongaron. Cada vez que los movía, más. Sus caderas me seguían, subiendo hacia mí, pidiéndome que no parara.

Marcos se movía cada vez más rápido detrás de mí. Escuché su respiración hacerse más irregular, más corta. Y yo empecé a sentir algo propio, algo acumulado que venía desde muy adentro y que no iba a poder contener.

—Me vengo —dije en voz alta—. Me vengo ya.

Marcos salió de mí en ese momento y bajó la cabeza. Valeria se giró también. Los dos estaban allí al mismo tiempo, su boca y la de ella, sobre todo lo que yo tenía ahí, sobre todo lo que yo era en ese momento.

La intensidad de eso —dos bocas a la vez, sin coordinar, sin plan, cada una haciendo lo suyo— fue lo que me hizo perder el control del todo. No grité. Gemí fuerte, con la frente apoyada contra la alfombra y los brazos temblando hasta los codos.

***

Después estuvimos los tres tumbados sobre la alfombra durante un rato que no medí. Las botellas seguían en el rincón. La lámpara seguía encendida. Nadie habló durante varios minutos.

Fue Valeria quien rompió el silencio primero, con una risa pequeña, casi para sí misma. Marcos la siguió. Yo también, aunque tardé un poco más porque seguía recuperando el aliento.

Esa noche fue mi primera vez con una pareja. No con una persona nueva, no con alguien que no conocía: con una pareja completa, con todo lo que eso implica. Con la complejidad de dos cuerpos distintos moviéndose al mismo tiempo sobre el mío. Con la rareza hermosa de compartir algo así con alguien que conoces de hace años y que, al mismo tiempo, esa noche te resulta completamente nueva.

No lo había planeado. No lo había imaginado siquiera. Pero cuando salí de ese apartamento, mucho más tarde de lo que tenía previsto, supe dos cosas con certeza: que había valido la pena cada minuto, y que no iba a ser la última vez que lo hacía.

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Comentarios (3)

Pelu_Mdq

Buenisimo!! me enganche desde el primer parrafo, no pude parar

NicolasR87

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber cómo terminó la noche. Que relato mas adictivo

MarcoRBA

Me recordó a una situación parecida que viví hace unos años. Esa mezcla de nervios y adrenalina la describís perfecto

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