La señora madura que me sacó a bailar en esa boda
Tenía cuarenta y cinco años, el divorcio firmado hacía cuatro meses y pocas ganas de ponerme una camisa de lino para asistir a la boda de nadie. Pero Rodrigo me había llamado en persona para pedirlo, y su padre era uno de mis mejores amigos desde la adolescencia. Declinar hubiera sido una ofensa que ninguno de los dos habría olvidado.
Así que allí estaba yo, un sábado de junio en una finca a las afueras de Valladolid, con pantalones beige que llevaban dos temporadas en el armario y una actitud que era, en el mejor de los casos, educada.
Esa mañana me había llamado una mujer que no conocía de nada.
—Marcos, soy Carmen. La tía-abuela de Laura. Rodrigo me comentó que ibas a pasar por el hotel, pero no hace falta que te molestes. Beatriz y Andrés pasarán a buscarme.
—No era ninguna molestia —respondí, aunque en ese momento no recordaba muy bien quién era Laura ni qué hotel ni quiénes eran Beatriz y Andrés.
—Eres muy amable. Nos vemos allí.
Colgó antes de que yo pudiera decir nada más.
Llegué puntual, lo cual, según comprobé al aparcar, no era exactamente la norma en aquella boda. Había una treintena de personas junto a la entrada de la finca, vasos de bienvenida en mano, esperando que alguien organizara el desorden habitual de los asientos y las fotos.
Rodrigo me encontró entre el grupo y empezó a presentarme. Beatriz y Andrés, tíos de la novia. Ambos rondaban los sesenta. Ella era redonda y de trato fácil. Él, delgado y callado, del tipo de hombre que nunca toma la iniciativa en ninguna conversación.
Y luego estaba Carmen.
Pelo blanco, corto, perfectamente peinado. Un vestido negro con escote en ve que no dejaba mucho lugar a la imaginación. La piel de los brazos sin una arruga de más. Cuando Rodrigo dijo su nombre, ella me dio dos besos y sonrió de una forma que tardó un segundo más de lo necesario en retirarse.
—Así que tú eres el taxista que ya no hace falta —dijo.
—Solo era taxista si cobrabas —respondí, sin pensarlo demasiado.
Ella se rio. Una risa que no pedía permiso a nadie.
No sé qué esperaba de una mujer de setenta años. Lo que vi no encajaba con ninguna imagen preconcebida. Carmen era delgada, con los hombros rectos y ese porte que solo dan los años bien vividos. Las piernas, bajo el vestido que le llegaba por encima de la rodilla, eran las de alguien que camina mucho y sin prisa. El escote revelaba lo suficiente como para que yo tuviera que hacer un esfuerzo consciente por mantener el contacto visual con sus tetas asomando bajo la tela.
La ceremonia fue breve. Los novios se dijeron lo que tenían que decirse, hubo aplausos, fotos, el caos de las mesas. Encontré mi sitio: entre Carmen y Beatriz. Enfrente, Andrés. Las otras dos sillas de la mesa permanecieron vacías toda la noche porque la pareja que las ocupaba había cancelado por motivos de salud.
Éramos cuatro.
La cena fue larga y el vino hizo su trabajo. A medida que avanzaban los platos, la conversación fue perdiendo los bordes formales que tienen las primeras horas de una boda entre desconocidos. Aprendí que Carmen era viuda desde hacía catorce años, que vivía sola en Valencia y que no le interesaban los hombres de su edad porque, según sus propias palabras, «ya no se les levanta la polla ni con grúa».
—¿Y para qué sirve la vida, entonces? —le pregunté.
Ella me miró por encima de su copa de Ribera del Duero y, sin bajar la voz lo suficiente, respondió:
—Para follar, Marcos. Para follar hasta que el cuerpo diga basta. Todo lo demás es matar el tiempo.
Cuando Rodrigo y Laura pasaron por la mesa, se quedaron más tiempo de lo habitual. Antes de seguir, Laura me habló al oído:
—Cuidado con Carmen. Es una devoradora. Le come la polla a quien se descuide.
—Tiene setenta años —respondí.
—Exactamente —dijo Laura, y se alejó con una sonrisa.
Más tarde apareció Daniel, el padre de Rodrigo. Nos saludó a todos, estuvo un rato con nosotros y, antes de marcharse, me señaló con el dedo hacia Carmen:
—Ojo con este. Siempre le gustaron las mujeres mayores que él.
Carmen dejó la copa con cuidado en la mesa y respondió sin dudar:
—El que debería tener cuidado es él. Llevo muchos años sin aprovecharme de un hombre, y este tiene toda la pinta de acabar la noche con las marcas de mis uñas en el culo.
Andrés soltó una carcajada. Beatriz también. Yo bebí un sorbo de vino y noté cómo la polla se me empezaba a mover dentro del pantalón.
***
Cuando el DJ puso los primeros temas latinos, Carmen me miró desde el otro lado de la mesa.
—¿Sabes bailar o solo sabes beber?
La saqué a la pista sin responder. Al principio mantuvo la distancia razonable, la que se mantiene con alguien que no conoces. Pero conforme pasaron los minutos esa distancia fue desapareciendo. Para el tercer tema, su cuerpo estaba pegado al mío con una naturalidad que no tenía ningún pudor.
Sus tetas contra mi pecho. Sus manos en mi espalda, bajando poco a poco hasta acariciarme el culo por encima del pantalón. Un perfume caro que no supe identificar pero que guardé en la memoria sin que nadie me lo pidiera. Y entonces sentí cómo su muslo se metía entre los míos, cómo empujaba con calma, buscando el bulto que ya no podía disimular.
—Vaya, vaya —me murmuró al oído, apretándome contra ella—. Parece que al taxista se le ha despertado el motor.
—Tú tienes la culpa.
—Todavía no he hecho nada. Espera a que empiece.
Su mano bajó del todo y me apretó una nalga a través de la tela, sin ningún disimulo, aprovechando que la pista estaba oscura y llena. Con la otra mano me cogió la muñeca y me la llevó hasta su cadera, luego más abajo, hasta que noté la curva firme de su culo bajo el vestido negro.
—Llevas toda la noche mirándome las tetas —me dijo al oído.
—Tienes razón.
—Eso me gusta. Los hombres que no mienten se merecen que les den lo que quieren.
Bailamos tres temas más. Cuando volvimos a la mesa, Beatriz nos miró con una sonrisa que no necesitaba ninguna explicación.
***
La boda empezó a dar sus últimas boqueadas pasada la una. Los mayores se despedían. Los jóvenes seguían en la pista. Beatriz se inclinó hacia mí y dijo que ella y Andrés querían ir a tomar la última copa a un sitio que conocían. Que si los acompañábamos.
Carmen me miró. Me dejó elegir.
—Vamos —dije.
Fuimos en dos coches. Carmen y yo delante, Beatriz y Andrés detrás. Ella no habló mucho durante el trayecto, pero a mitad del camino puso la mano en mi rodilla y la fue subiendo despacio, sin dejar de mirar la carretera, hasta que me la posó directamente sobre la polla y empezó a apretar por encima del pantalón.
—Se te nota mucho —dijo—. Vas a tener que arreglar esto pronto o vas a explotar.
—¿Sabes adónde vamos?
—A un sitio donde te la voy a chupar hasta que veas el techo.
Casi me salgo del carril. Ella se rio bajito y siguió acariciándome por encima del pantalón, apretando la punta con dos dedos, midiéndome, aprendiéndose el tamaño.
El local estaba a las afueras, en una zona industrial completamente en silencio a esas horas. No había ningún letrero visible desde la calle. Solo una puerta negra con una pequeña cámara encima y una mujer al otro lado que reconoció a Beatriz y Andrés con la naturalidad de quien lleva años viéndolos.
Un club de intercambio de parejas.
Había estado en uno hacía muchos años, con mi ex mujer. No habíamos llegado a nada aquella noche. Solo habíamos mirado y nos habíamos ido a casa con algo que no supimos manejar.
Apenas cruzamos la puerta, Carmen me tomó de la mano, se acercó y me habló directamente al oído.
—Esta noche te voy a vaciar las pelotas hasta que me pidas piedad. ¿Algún problema?
—Ninguno —respondí con la boca seca.
Nos sentamos en un sofá con Beatriz y Andrés. La música era suave, las luces bajas. Alrededor había otras parejas en distintos estados de desinhibición —una mujer arrodillada mamando la polla a un tipo maduro dos sofás más allá, otro trío moviéndose en un rincón—, pero esa noche yo solo tenía ojos para Carmen y para ese vestido negro que ya no era el mismo desde que sabía lo que había debajo.
Beatriz me tomó la mano. Andrés miraba, con las manos en el regazo, quieto como alguien que conoce perfectamente su papel en aquel escenario.
—¿Sabes exactamente qué tipo de local es este? —preguntó Beatriz.
—Creo que sí.
Me dio un beso largo, sin preámbulos, metiéndome la lengua hasta el fondo mientras su mano se colaba entre mis piernas y me apretaba la polla por encima del pantalón. Mientras tanto yo miraba de reojo a Carmen, que ya se había bajado los dos tirantes del vestido y tenía las tetas al aire mientras Andrés se las lamía de rodillas frente a ella. Los pezones se le habían puesto duros y oscuros. Andrés se los chupaba uno tras otro, con los ojos cerrados, y Carmen le tenía la cabeza sujeta con una mano, marcándole el ritmo.
Devolví el beso a Beatriz. Le bajé el escote y le saqué una teta. Se la mamé sin pedir permiso, cerrando los labios alrededor del pezón y lamiéndolo con la punta de la lengua hasta que la sentí temblar. Era una mujer cálida y generosa, de las que no necesitan aparentar nada, y su carne blanca se me deshacía en la boca con un sabor a crema y perfume.
—Este mama bien —le dijo Beatriz a Carmen, por encima del respaldo del sofá.
—Ya lo sabía —respondió Carmen sin dejar de sujetarle la cabeza a Andrés—. Se le nota en la boca.
Fue Carmen quien tomó la iniciativa. Se puso de pie, con las tetas todavía fuera del vestido, nos cogió a Beatriz y a mí de la mano y echó a andar por el pasillo sin mirar atrás. Andrés nos siguió en silencio, con la marca del pintalabios de Carmen en el cuello.
La habitación era pequeña y tenía luz cálida. Una cama grande, sábanas oscuras, un espejo en el techo. Carmen se desnudó con una calma que me desarmó. El vestido cayó al suelo. Debajo no llevaba nada. Sin sujetador, sin bragas. Solo un cuerpo delgado de setenta años que se había cuidado hasta el último centímetro: las tetas ya no eran de veinte, pero seguían firmes y con pezones grandes y oscuros que se le pusieron duros con el aire fresco de la habitación. El coño, completamente depilado, brillaba ya de humedad entre los muslos.
Sin pudor, sin prisa. Solo la certeza de alguien que sabe exactamente lo que quiere y lleva demasiado tiempo sin tomarlo.
Me arrancó la camisa. Los botones cedieron. Me bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón y la polla me salió disparada delante de su cara. Se quedó mirándomela unos segundos, con esa expresión de quien encuentra algo que había estado buscando mucho tiempo, y luego se pasó la lengua por los labios muy despacio.
—Menudo regalo —murmuró.
Se arrodilló. Me tomó la polla con la mano derecha, la sujetó firme por la base y se la metió en la boca hasta el fondo, sin arcadas, sin ceremonia. La lengua me trabajaba el glande mientras la garganta se le abría para tragarme entero. Escuché el ruido húmedo de su saliva y el suave gemido que le salía cada vez que subía a respirar. Beatriz, detrás de ella, se había desnudado también y le pasaba las manos por los pechos mientras Carmen me la mamaba.
—Chúpasela bien —le decía Beatriz al oído—. Cárgatela.
Carmen sacaba la polla con un chasquido y me la escupía encima, luego se la volvía a meter, hasta el fondo, con la mano trabajándome las pelotas por debajo. Yo le tenía la cabeza sujeta con las dos manos, follándole la boca con embestidas cortas mientras ella me miraba desde abajo con los ojos brillantes, disfrutando cada centímetro.
—Espera —dijo apartándose de golpe, con la barbilla mojada de saliva—. Todavía no. Quiero que dure.
Me senté en el borde de la cama. Beatriz se colocó detrás de Carmen y me ofreció sus pechos para que los tomara con la boca. Los tomé. Eran grandes y suaves, y ella arqueó la espalda con un sonido bajo que no era exactamente un gemido sino algo más primitivo. Andrés, ya desnudo también, se arrodilló detrás de Beatriz y empezó a lamerle el coño desde atrás, con la cabeza metida entre sus muslos.
Carmen me miraba desde arriba.
—Esta noche haces lo que yo diga. ¿Entendido?
—Entendido —respondí.
Me empujó por los hombros hasta tumbarme boca arriba en la cama. Se subió encima de mí de rodillas, con las piernas abiertas, y avanzó hasta ponerme el coño sobre la boca. El sexo estaba completamente depilado y goteando. Le olía a mujer madura, a deseo guardado durante años. La tomé con la boca y ella respondió con un estremecimiento, aferrándome el pelo con ambas manos y empujando con una fuerza que no esperaba.
—Ahí —jadeó—. Ahí mismo, la lengua ahí. Sí, cabrón, cómemelo bien.
Le abrí los labios con los dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua. Lo encontré duro, hinchado, y empecé a lamérselo con círculos lentos mientras le metía dos dedos dentro. Estaba empapada. Los dedos me entraron sin resistencia y me los apretó por dentro con una fuerza que no correspondía a ninguna edad.
—Catorce años —dijo en voz alta, más para ella que para mí—. Catorce años sin que nadie me comiera el coño así.
Le chupaba el clítoris entre los labios, tirando de él con suavidad, y ella empezó a moverse contra mi cara, restregándose, follándome la boca desde arriba. Le metí un tercer dedo y curvé los tres buscando el punto que sabía que iba a hacerla gritar. Cuando lo encontré, ella dejó escapar un gruñido ronco y me apretó tanto la cabeza con los muslos que se me nubló la vista.
Se corrió de una forma que no anticipé: en silencio absoluto, con el cuerpo rígido y los muslos apretando mi cabeza durante unos segundos que me dejaron sin aire, y una descarga de líquido caliente empapándome la barbilla. Luego se relajó de golpe y se apartó con una suavidad completamente diferente a todo lo anterior.
Alcé la cabeza con la boca todavía brillante del coño de Carmen. Y entonces encontré algo que no esperaba: era Andrés quien me había estado atendiendo por abajo, no Beatriz. Tenía mi polla en la mano y me la había estado masturbando despacio todo el tiempo que Carmen se acababa en mi boca. Beatriz estaba de rodillas en la cama observándolo todo con una sonrisa tranquila.
—Sorpresa —dijo ella.
Andrés soltó la polla sin decir nada y se retiró un paso. Beatriz ocupó su lugar entre mis piernas y me la agarró con más fuerza, escupiéndose en la mano antes de empezar a bombeármela mientras subía a lamerme las pelotas. Carmen se tumbó a mi lado y me apretó el pezón entre dos dedos.
—Ahora Beatriz —dijo—. Cómele el coño como me lo comiste a mí.
Beatriz se subió a horcajadas sobre mi cara y le dediqué la misma atención que a Carmen, con idéntico cuidado. Le abrí los labios con la lengua, le chupé el clítoris entre los dientes, le metí la lengua tan hondo como pude. Ella era más ruidosa que Carmen: gemía sin filtro, se restregaba contra mi boca, me llenaba la cara de sus jugos. Y mientras lo hacía le decía a su tía:
—Este sabe lo que hace, Carmen. Menuda lengua tiene el cabrón. Me va a hacer correr.
—Ya lo sé —respondió Carmen mordiéndole un pezón—. Por eso lo elegí.
Beatriz se corrió sobre mi boca con un grito largo, agarrándose al cabecero de la cama, temblándome encima. Me dejó la barbilla empapada y las mejillas pegajosas. Cuando se apartó, tenía la cara roja y los ojos brillantes.
Carmen le dio una palmada suave en la cara a Andrés y le ordenó que me preparara. Él obedeció sin rechistar. Cogió un frasco de aceite de la mesilla, se echó una buena cantidad en la palma y me untó la polla despacio, con las dos manos, resbalándome los dedos por toda la longitud y masajeándome las pelotas con la izquierda. La mano de un hombre era distinta a la de una mujer —más firme, más segura—, y por un momento pensé que no debería estar disfrutándolo tanto como lo hacía.
En ese momento entendí la dinámica completa de aquellos tres: Andrés era el hilo que hacía posible el placer de las dos sin reclamar nada para sí mismo. Un sumiso que encontraba en aquello algo que yo no sabría nombrar pero que reconocí como genuino.
Carmen se montó encima de mí. Se agarró la polla con la mano, se la pasó por los labios del coño empapándose bien, y luego se la metió despacio, centímetro a centímetro, hasta que la tuvo entera dentro. La sentí caliente y tan apretada que me arqueé involuntariamente.
—Está toda dentro —susurró—. Toda. Menuda polla más rica.
Empezó despacio, con una concentración absoluta, como quien retoma algo que lleva mucho tiempo sin hacer y quiere hacerlo bien desde el principio. Se movía en círculos, luego arriba y abajo, luego se dejaba caer con fuerza haciéndonos chocar las carnes con un ruido húmedo. Yo le sujetaba las caderas con las dos manos y la ayudaba a subir y bajar, mirándole las tetas que le rebotaban con cada embestida.
Beatriz volvió a poner su coño en mi boca, esta vez de espaldas a Carmen para poder besarla mientras las dos me follaban a la vez. Me entregué a ello. Le lamía a Beatriz el clítoris y el ojete al mismo tiempo mientras Carmen me cabalgaba con una energía que desmentía sus setenta años. Los cuatro nos movíamos con una coordinación que no había surgido del acuerdo sino de algún instinto colectivo, sin torpezas ni malentendidos.
En algún momento Carmen me miró a los ojos y dijo:
—Estás a punto de correrte.
—Sí —jadeé bajo el coño de Beatriz.
—Todavía no.
Se bajó de golpe, sacándome la polla con un tirón que casi me hace correrme allí mismo. Se la agarró con la mano y la apretó por la base para cortarme el orgasmo. Tomó a Andrés de la cabeza y lo colocó sobre mí. No me resistí. Cerré los ojos. La boca de Andrés se cerró sobre mi glande con una habilidad que no esperaba de alguien tan callado, y empezó a chupármela con un ritmo perfecto, la lengua trabajándome la punta, la garganta abriéndose para tragarme entero.
No fue tan diferente como había imaginado en el segundo antes de que ocurriera. Era una boca cálida y húmeda, y me la mamaba con más ganas que muchas mujeres que había conocido. Cuando abrí los ojos, Carmen me observaba con una expresión que mezclaba el deseo con algo que se parecía peligrosamente a la ternura.
—Eso fue lo más honesto que has hecho en toda la noche —me dijo.
Andrés se apartó justo antes. Carmen volvió a montarse. Se la metió entera de una embestida, esta vez a saco, y empezó a moverse rápido, apretándome por dentro con esos músculos de mujer madura que sabían exactamente qué hacer. Le agarré las tetas y se las apreté fuerte, tirándole de los pezones, y ella echó la cabeza atrás y aceleró.
—Córrete —jadeó—. Córrete dentro, cabrón, lléname.
Me corrí con un grito ronco, descargando dentro de ella con embestidas que me sacudieron hasta las plantas de los pies. Sentí cómo la lechada me salía a chorros mientras ella seguía moviéndose encima, ordeñándome hasta la última gota. Cuando se levantó, tenía el coño chorreando semen y me lo puso encima de la cara sin previo aviso. Beatriz se acercó y las dos lo compartieron en un beso largo y deliberado, lamiéndose la corrida entre las bocas. Luego me besaron a mí para que probara lo que quedaba, empujándome la lengua llena de mi propio semen mezclado con los jugos de las dos.
Andrés, en un rincón de la cama, sonreía con una calma que ya no me sorprendió, con la polla todavía dura pero sin tocarse.
***
Hubo un descanso. Alguien trajo agua. Carmen se apoyó en mi hombro y estuvimos un rato en silencio, sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de decir nada. Le acariciaba distraídamente un pecho y ella dejaba que se lo acariciara, con los ojos cerrados y una sonrisa muy leve.
Luego Beatriz anunció que todavía tenía energía y se montó encima de mí. Me la metió de una sentada, empapada como estaba, y empezó a follarme con esa carne blanda y generosa rebotando contra mis muslos. Mientras tanto Andrés atendía a Carmen, que le daba instrucciones al oído con la misma autoridad tranquila que había mantenido toda la noche.
—La lengua más lenta. Ahí. No, más abajo. Así. Ahora dos dedos. Sí, cabrón, así.
Beatriz se movía encima de mí con una lentitud pesada, apretándome la polla con cada bajada, inclinándose para que le mamara las tetas. Me clavó las uñas en los hombros cuando le busqué el clítoris con el pulgar y empecé a frotárselo mientras la embestía desde abajo.
—Ay, joder —jadeaba—. Este cabrón sabe lo que hace, Carmen, sabe lo que hace.
Me corrí por segunda vez dentro de ella, sin poder aguantar más, y ella siguió moviéndose hasta acabarse encima de mí con un grito ahogado. Cuando se levantó, el semen le chorreó por el muslo. Andrés lo lamió sin que nadie se lo pidiera.
Cerraron el local antes de que ninguno de los cuatro hubiera terminado. Salimos al aparcamiento, la noche todavía tibia y cargada de ese silencio particular de las zonas industriales a las tres de la mañana. Beatriz dijo que en su casa había una cama de invitados y que no le parecía bien que aquello terminara en un aparcamiento.
Nadie discutió.
Seguimos en su casa. En cuanto cruzamos el umbral, Carmen se me arrodilló en el pasillo, me bajó los pantalones y volvió a mamármela sin preámbulos, con Beatriz mirando desde el sofá mientras se metía dos dedos ella misma. Andrés servía copas en silencio. Follamos en el salón, en la alfombra, con Carmen a cuatro patas y Beatriz sentada en mi cara al mismo tiempo. Follé a Carmen por primera vez por detrás, con ella empujando el culo hacia mí y jadeando que se lo diera fuerte, que hacía años que nadie se lo daba así, que le rompiera el coño de tanto follármela.
El sol entró por las persianas de la habitación de invitados cuando por fin nos quedamos quietos. Yo tenía marcas de uñas en la espalda, marcas de dientes en el hombro y las pelotas vacías de tanto haberme corrido.
Dormí con Carmen. Los dos desnudos, ella con la cabeza en mi hombro, hablando en voz baja de cosas que no tenían nada que ver con lo que había pasado: su jardín en Valencia, un viaje que quería hacer a Portugal, que su vecino del tercero tocaba la guitarra los domingos y a ella le gustaba escucharlo desde la terraza.
Me desperté sin culpa. Sin arrepentimiento. Solo asombro y una polla que, contra todo pronóstico, empezaba a levantarse otra vez cuando Carmen me pasó la mano por encima medio dormida.
Y entonces Beatriz y Andrés entraron en el cuarto, desnudos y todavía activos, y desde el baño Carmen gritó:
—Ese es mío. Pedid permiso antes de tocarle la polla.
—Te lo devolvemos intacto —respondió Beatriz ya subiéndose a la cama y agarrándomela con la mano.
—Más vale que no —dijo Carmen.
Beatriz me montó a horcajadas mientras Andrés se ponía a chuparme las pelotas por debajo. Cuando Carmen salió del baño, se sentó en el cabecero con las piernas abiertas encima de mi cara, y le comí el coño otra vez mientras Beatriz se corría encima de mi polla y Andrés me tragaba las últimas gotas de la mañana.
Y empezamos de nuevo.
***
Pedí unos días de vacaciones. Me quedé con Carmen en Valladolid hasta que ella tuvo que volver a Valencia. La llevé yo, porque no tenía ninguna prisa y porque en algún momento del trayecto ella puso la mano en mi rodilla de la misma forma que lo había hecho la primera noche, subió hasta la polla y me la sacó por la bragueta para mamármela en un área de servicio mientras yo intentaba mantener las manos en el volante. Entendí que aquello no iba a terminar tan pronto.
Me quedé tres días en Valencia. Dormimos juntos. Salimos a comer. Follamos en cada rincón de su piso: en la cocina apoyada contra la nevera, en el sofá con ella a horcajadas, en la ducha con el agua caliente cayéndonos encima y ella con las manos apoyadas en los azulejos mientras yo se la metía por detrás. Por las mañanas desayunábamos en el balcón mientras el vecino del tercero tocaba la guitarra y Carmen sonreía con los ojos cerrados, todavía con las marcas de mis dedos en las caderas.
Cuando volví, Beatriz y Andrés me llamaron. Quedamos. Volvió a funcionar igual de bien: Beatriz montándome hasta vaciarme, Andrés atendiéndonos a los dos con la misma calma sumisa de la primera noche.
Y cada vez que Carmen bajaba a Valladolid, el mundo se reducía a cuatro personas que sabían perfectamente cómo aprovechar el tiempo que tienen.