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Relatos Ardientes

La señora madura que me sacó a bailar en esa boda

Tenía cuarenta y cinco años, el divorcio firmado hacía cuatro meses y pocas ganas de ponerme una camisa de lino para asistir a la boda de nadie. Pero Rodrigo me había llamado en persona para pedirlo, y su padre era uno de mis mejores amigos desde la adolescencia. Declinar hubiera sido una ofensa que ninguno de los dos habría olvidado.

Así que allí estaba yo, un sábado de junio en una finca a las afueras de Valladolid, con pantalones beige que llevaban dos temporadas en el armario y una actitud que era, en el mejor de los casos, educada.

Esa mañana me había llamado una mujer que no conocía de nada.

—Marcos, soy Carmen. La tía-abuela de Laura. Rodrigo me comentó que ibas a pasar por el hotel, pero no hace falta que te molestes. Beatriz y Andrés pasarán a buscarme.

—No era ninguna molestia —respondí, aunque en ese momento no recordaba muy bien quién era Laura ni qué hotel ni quiénes eran Beatriz y Andrés.

—Eres muy amable. Nos vemos allí.

Colgó antes de que yo pudiera decir nada más.

Llegué puntual, lo cual, según comprobé al aparcar, no era exactamente la norma en aquella boda. Había una treintena de personas junto a la entrada de la finca, vasos de bienvenida en mano, esperando que alguien organizara el desorden habitual de los asientos y las fotos.

Rodrigo me encontró entre el grupo y empezó a presentarme. Beatriz y Andrés, tíos de la novia. Ambos rondaban los sesenta. Ella era redonda y de trato fácil. Él, delgado y callado, del tipo de hombre que nunca toma la iniciativa en ninguna conversación.

Y luego estaba Carmen.

Pelo blanco, corto, perfectamente peinado. Un vestido negro con escote en ve que no dejaba mucho lugar a la imaginación. La piel de los brazos sin una arruga de más. Cuando Rodrigo dijo su nombre, ella me dio dos besos y sonrió de una forma que tardó un segundo más de lo necesario en retirarse.

—Así que tú eres el taxista que ya no hace falta —dijo.

—Solo era taxista si cobrabas —respondí, sin pensarlo demasiado.

Ella se rio. Una risa que no pedía permiso a nadie.

No sé qué esperaba de una mujer de setenta años. Lo que vi no encajaba con ninguna imagen preconcebida. Carmen era delgada, con los hombros rectos y ese porte que solo dan los años bien vividos. Las piernas, bajo el vestido que le llegaba por encima de la rodilla, eran las de alguien que camina mucho y sin prisa. El escote revelaba lo suficiente como para que yo tuviera que hacer un esfuerzo consciente por mantener el contacto visual.

La ceremonia fue breve. Los novios se dijeron lo que tenían que decirse, hubo aplausos, fotos, el caos de las mesas. Encontré mi sitio: entre Carmen y Beatriz. Enfrente, Andrés. Las otras dos sillas de la mesa permanecieron vacías toda la noche porque la pareja que las ocupaba había cancelado por motivos de salud.

Éramos cuatro.

La cena fue larga y el vino hizo su trabajo. A medida que avanzaban los platos, la conversación fue perdiendo los bordes formales que tienen las primeras horas de una boda entre desconocidos. Aprendí que Carmen era viuda desde hacía catorce años, que vivía sola en Valencia y que no le interesaban los hombres de su edad porque, según sus propias palabras, «ya no entienden para qué sirve la vida».

—¿Y para qué sirve? —le pregunté.

Ella me miró por encima de su copa de Ribera del Duero con una expresión que no era exactamente una respuesta, pero tampoco dejaba lugar a dudas.

Cuando Rodrigo y Laura pasaron por la mesa, se quedaron más tiempo de lo habitual. Antes de seguir, Laura me habló al oído:

—Cuidado con Carmen. Es una devoradora.

—Tiene setenta años —respondí.

—Exactamente —dijo Laura, y se alejó con una sonrisa.

Más tarde apareció Daniel, el padre de Rodrigo. Nos saludó a todos, estuvo un rato con nosotros y, antes de marcharse, me señaló con el dedo hacia Carmen:

—Ojo con este. Siempre le gustaron las mujeres mayores que él.

Carmen dejó la copa con cuidado en la mesa y respondió sin dudar:

—El que debería tener cuidado es él. Llevo muchos años sin aprovecharme de nadie.

Andrés soltó una carcajada. Beatriz también. Yo bebí un sorbo de vino y no dije nada.

***

Cuando el DJ puso los primeros temas latinos, Carmen me miró desde el otro lado de la mesa.

—¿Sabes bailar o solo sabes beber?

La saqué a la pista sin responder. Al principio mantuvo la distancia razonable, la que se mantiene con alguien que no conoces. Pero conforme pasaron los minutos esa distancia fue desapareciendo. Para el tercer tema, su cuerpo estaba pegado al mío con una naturalidad que no tenía ningún pudor.

Sus pechos contra mi pecho. Sus manos en mi espalda. Un perfume caro que no supe identificar pero que guardé en la memoria sin que nadie me lo pidiera.

—Llevas toda la noche mirándome —me dijo al oído.

—Tienes razón —respondí.

—Eso me gusta. Los hombres que no mienten.

Bailamos tres temas más. Cuando volvimos a la mesa, Beatriz nos miró con una sonrisa que no necesitaba ninguna explicación.

***

La boda empezó a dar sus últimas boqueadas pasada la una. Los mayores se despedían. Los jóvenes seguían en la pista. Beatriz se inclinó hacia mí y dijo que ella y Andrés querían ir a tomar la última copa a un sitio que conocían. Que si los acompañábamos.

Carmen me miró. Me dejó elegir.

—Vamos —dije.

Fuimos en dos coches. Carmen y yo delante, Beatriz y Andrés detrás. Ella no habló mucho durante el trayecto, pero a mitad del camino puso la mano en mi rodilla y la dejó allí, quieta, con esa clase de gesto que lo dice todo sin decir nada.

—¿Sabes adónde vamos? —preguntó.

—No tengo ni idea.

—Bien.

El local estaba a las afueras, en una zona industrial completamente en silencio a esas horas. No había ningún letrero visible desde la calle. Solo una puerta negra con una pequeña cámara encima y una mujer al otro lado que reconoció a Beatriz y Andrés con la naturalidad de quien lleva años viéndolos.

Un club de intercambio de parejas.

Había estado en uno hacía muchos años, con mi ex mujer. No habíamos llegado a nada aquella noche. Solo habíamos mirado y nos habíamos ido a casa con algo que no supimos manejar.

Apenas cruzamos la puerta, Carmen me tomó de la mano, se acercó y me habló directamente al oído.

—Esta noche te voy a dejar sin fuerzas. ¿Algún problema?

—Ninguno —respondí.

Nos sentamos en un sofá con Beatriz y Andrés. La música era suave, las luces bajas. Alrededor había otras parejas en distintos estados de desinhibición, pero esa noche yo solo tenía ojos para Carmen y para ese vestido negro que ya no era el mismo desde que sabía lo que había debajo.

Beatriz me tomó la mano. Andrés miraba, con las manos en el regazo, quieto como alguien que conoce perfectamente su papel en aquel escenario.

—¿Sabes exactamente qué tipo de local es este? —preguntó Beatriz.

—Creo que sí.

Me dio un beso largo, sin preámbulos. Mientras tanto yo miraba de reojo a Carmen, que tenía los ojos entrecerrados porque Andrés le había bajado uno de los tirantes del vestido y le estaba lamiendo el cuello. Devolví el beso a Beatriz. Le puse las manos encima. Era una mujer cálida y generosa, de las que no necesitan aparentar nada.

Fue Carmen quien tomó la iniciativa. Se puso de pie, nos cogió a Beatriz y a mí de la mano y echó a andar por el pasillo sin mirar atrás. Andrés nos siguió en silencio.

La habitación era pequeña y tenía luz cálida. Carmen se desnudó con una calma que me desarmó. Sin pudor, sin prisa. Solo la certeza de alguien que sabe exactamente lo que quiere y lleva demasiado tiempo sin tomarlo.

Me senté en el borde de la cama. Beatriz se colocó detrás de Carmen y me ofreció sus pechos para que los tomara con la boca. Los tomé. Eran grandes y suaves, y ella arqueó la espalda con un sonido bajo que no era exactamente un gemido sino algo más primitivo. Andrés se arrodilló detrás de Beatriz y empezó a tocarla.

Carmen me miraba desde arriba.

—Esta noche haces lo que yo diga. ¿Entendido?

—Entendido —respondí.

En algún momento que no supe identificar estaba tumbado y ella se había montado sobre mi cara. Su sexo estaba completamente depilado. La tomé con la boca y ella respondió con un estremecimiento, aferrándome el pelo con ambas manos y empujando con una fuerza que no esperaba.

—Catorce años —dijo en voz alta, más para ella que para mí—. Catorce años.

Se corrió de una forma que no anticipé: en silencio absoluto, con el cuerpo rígido y los muslos apretando mi cabeza durante unos segundos que me dejaron sin aire. Luego se relajó de golpe y se apartó con una suavidad completamente diferente a todo lo anterior.

Alcé la cabeza. Y entonces encontré algo que no esperaba: era Andrés quien me había estado atendiendo por abajo, no Beatriz, que estaba de rodillas en la cama observándolo todo con una sonrisa tranquila.

—Sorpresa —dijo ella.

Andrés se retiró sin decir nada. Beatriz ocupó su lugar. Le dediqué la misma atención que a Carmen, con idéntico cuidado, y mientras lo hacía ella le decía a su tía:

—Este sabe lo que hace, Carmen.

—Ya lo sé —respondió Carmen—. Por eso lo elegí.

Carmen le dio una palmada suave en la cara a Andrés y le ordenó que me preparara. Él obedeció sin rechistar. En ese momento entendí la dinámica completa de aquellos tres: Andrés era el hilo que hacía posible el placer de las dos sin reclamar nada para sí mismo. Un sumiso que encontraba en aquello algo que yo no sabría nombrar pero que reconocí como genuino.

Carmen se montó encima de mí. Empezó despacio, con una concentración absoluta, como quien retoma algo que lleva mucho tiempo sin hacer y quiere hacerlo bien desde el principio.

Beatriz puso su sexo en mi boca. Me entregué a ello. Los cuatro nos movíamos con una coordinación que no había surgido del acuerdo sino de algún instinto colectivo, sin torpezas ni malentendidos.

En algún momento Carmen me miró a los ojos y dijo:

—Estás a punto.

—Sí.

—Todavía no.

Se bajó. Tomó a Andrés de la cabeza y lo colocó sobre mí. No me resistí. Cerré los ojos. No fue tan diferente como había imaginado en el segundo antes de que ocurriera. Cuando los abrí, Carmen me observaba con una expresión que mezclaba el deseo con algo que se parecía peligrosamente a la ternura.

—Eso fue lo más honesto que has hecho en toda la noche —me dijo.

Me corrí cuando volvió a montarse. Beatriz recogió lo que pudo. Las dos lo compartieron en un beso largo y deliberado. Luego me besaron a mí para que probara lo que quedaba. Andrés, en un rincón de la cama, sonreía con una calma que ya no me sorprendió.

***

Hubo un descanso. Alguien trajo agua. Carmen se apoyó en mi hombro y estuvimos un rato en silencio, sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de decir nada. Luego Beatriz anunció que todavía tenía energía y se montó encima de mí mientras Andrés atendía a Carmen, que le daba instrucciones al oído con la misma autoridad tranquila que había mantenido toda la noche.

Cerraron el local antes de que ninguno de los cuatro hubiera terminado. Salimos al aparcamiento, la noche todavía tibia y cargada de ese silencio particular de las zonas industriales a las tres de la mañana. Beatriz dijo que en su casa había una cama de invitados y que no le parecía bien que aquello terminara en un aparcamiento.

Nadie discutió.

Seguimos en su casa. El sol entró por las persianas de la habitación de invitados cuando por fin nos quedamos quietos.

Dormí con Carmen. Los dos desnudos, ella con la cabeza en mi hombro, hablando en voz baja de cosas que no tenían nada que ver con lo que había pasado: su jardín en Valencia, un viaje que quería hacer a Portugal, que su vecino del tercero tocaba la guitarra los domingos y a ella le gustaba escucharlo desde la terraza.

Me desperté sin culpa. Sin arrepentimiento. Solo asombro.

Y entonces Beatriz y Andrés entraron en el cuarto, todavía activos, y desde el baño Carmen gritó:

—Ese es mío. Pedid permiso.

—Te lo devolvemos intacto —respondió Beatriz.

—Más vale que no —dijo Carmen.

Y empezamos de nuevo.

***

Pedí unos días de vacaciones. Me quedé con Carmen en Valladolid hasta que ella tuvo que volver a Valencia. La llevé yo, porque no tenía ninguna prisa y porque en algún momento del trayecto ella puso la mano en mi rodilla de la misma forma que lo había hecho la primera noche, y yo entendí que aquello no iba a terminar tan pronto.

Me quedé tres días en Valencia. Dormimos juntos. Salimos a comer. Por las mañanas desayunábamos en el balcón mientras el vecino del tercero tocaba la guitarra y Carmen sonreía con los ojos cerrados, sin decir nada.

Cuando volví, Beatriz y Andrés me llamaron. Quedamos. Volvió a funcionar igual de bien.

Y cada vez que Carmen bajaba a Valladolid, el mundo se reducía a cuatro personas que sabían perfectamente cómo aprovechar el tiempo que tienen.

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Comentarios (3)

Raul_lector

Excelente!!! Me encantó, de los mejores que leí últimamente.

LucasBsAs

buenisimo, se hizo corto. Quiero mas

PatriMdp

No esperaba que terminara así pero me encantó. Hay segunda parte?

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