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Relatos Ardientes

La noche que mi mujer me compartió con su amiga

Valentina enviudó dieciséis meses antes de que mi mujer se sentara frente a mí con esa mirada particular que anuncia que viene una conversación incómoda. Rodrigo había muerto de un infarto mientras entrenaba, un martes por la mañana, sin aviso y sin despedida. Buen tipo, el Rodrigo. Lo queríamos mucho los dos.

Lo que yo no sabía, hasta aquella conversación, era lo que Rodrigo le hacía a Valentina en la cama. Sofía me lo reveló con un nivel de detalle que me hizo pensar que las dos amigas no tenían secretos entre ellas. Ninguno. Y quiero decir ninguno.

—Valentina lleva más de un año sin nada —me dijo Sofía dejando la copa sobre la mesa con cuidado, como si estuviera a punto de pedir algo complicado—. Ni una cita, ni un amante, nada. Se masturba con juguetes y dice que odia cada segundo.

Asentí con cautela. No veía adónde iba aquello.

—Necesita sentir un hombre de verdad. No quiere conocer a nadie nuevo, no está preparada para eso. Pero el cuerpo le pide lo que le pide.

Hubo una pausa. La miré. Ella me miró.

—Creo que podrías ayudarla —dijo finalmente.

Me quedé sin palabras durante un buen rato. Le expliqué que aquella idea era un disparate, que cruzaba demasiadas líneas, que un matrimonio normal no hacía esas cosas. Sofía escuchó mis argumentos con paciencia y luego señaló, sin alterarse, que yo me quejaba constantemente de que follábamos poco, que sabía perfectamente lo que a Valentina le gustaba, y que, si ella fuera bisexual, se acostaría con su amiga sin dudarlo.

—No te hagas el indignado —añadió—. Sé perfectamente que te gusta cómo está. No paro de pillarte mirándola.

No respondí. Que no respondí ya era una respuesta.

***

Pasé dos días sin poder pensar en otra cosa. Sofía no volvió a sacar el tema, pero tampoco hacía falta. Me había plantado la semilla y lo sabía. En aquellas cuarenta y ocho horas me masturbé más de lo que recordaba haberlo hecho en meses: pensando en Valentina, en lo que Rodrigo le hacía según me había contado Sofía, en lo que yo podría hacerle si me dejaba. Sofía me observaba con esa media sonrisa de quien ya sabe cómo va a terminar la historia.

Cuando volvió a preguntarme, le dije que sí.

Valentina, sin embargo, recibió la propuesta de su amiga como un bofetón. Nos llamó pervertidos, degenerados, nos dijo que no teníamos respeto por la memoria de Rodrigo. Sofía me lo contó sin demasiado dramatismo. Le dije que ya lo sabía, que aquello era una locura. Ella me contestó que Valentina era igual de terca que yo y que, si le daba un par de días, cambiaría de idea.

Tenía razón, como de costumbre.

***

Teníamos planeado desde hacía meses un fin de semana en Candanchú, un apartamento alquilado para esquiar con los niños. El incidente no lo canceló. Cuando pasamos a recoger a Valentina, el ambiente era tenso, pero los tres hicimos el esfuerzo de que los críos no notaran nada.

Fue la segunda noche, después de cenar, cuando los niños ya dormían y quedamos los tres solos en el salón, cuando Valentina tomó la palabra.

—Os agradezco que penséis en mí —dijo—. De verdad. Pero no voy a pasar por esto.

—Está bien —contesté, sintiéndome un poco ridículo—. No hay ningún problema.

—Lo que me pregunto —continuó ella, mirando a Sofía con una expresión que no supe leer de inmediato— es por qué das por hecho que soy yo quien querría estar con él.

Silencio. Un silencio largo. Me quedé completamente al margen, como espectador de algo que no terminaba de entender.

Sofía tardó en responder.

—¿Qué estás insinuando?

—Que siempre he tenido curiosidad —dijo Valentina con calma—. Y que, si alguien podría convencerme de explorarla, serías tú.

Sofía no supo qué contestar. Por primera vez en toda la conversación, era ella quien estaba en apuros. Valentina la dejó unos segundos en ese estado, luego se levantó, le tomó la barbilla con dos dedos, la besó despacio en los labios y se fue a dormir sin añadir nada más.

Yo estuve a punto de reír. Me contuve.

—¿Lo ha dicho en serio? —preguntó Sofía cuando quedamos solos.

—Tú misma dijiste que, si fuera bisexual, te acostarías con ella —le recordé—. Creo que ahora te toca decidir si ibas en serio.

Me lanzó una mirada asesina. Pero aquella noche follamos más despacio y con más atención de lo que llevábamos meses haciéndolo, y entre susurros me fue confesando que no sabía qué haría si Valentina se lo pedía en serio, y que la escena del beso le había revuelto algo por dentro que no esperaba.

Me dormí con esa imagen dando vueltas en la cabeza. Con muchas imágenes, en realidad.

***

Tres semanas después, Sofía puso una fecha.

Los niños dormirían fuera esa noche. Cenamos en casa de Valentina, los tres, con esa tensión particular de quien sabe lo que viene después de los postres pero no sabe exactamente cómo va a llegar. Hablamos de todo menos de eso. Valentina había cocinado bien. Abrimos una segunda botella de vino y nadie mencionó el elefante que llevábamos semanas ignorando.

Fui yo quien rompió el hielo.

—¿Hay algo de postre? —pregunté mirándola.

—Yo apenas he cenado —contestó con una media sonrisa—. Tengo mucha hambre de postre.

Había una foto de Rodrigo en el aparador del salón. Valentina la miró un momento antes de levantarse.

—Él siempre quiso ver esto —nos dijo sin que nadie se lo hubiera preguntado—. Era una de sus fantasías. Que yo estuviera con otro hombre delante de él. Ahora lo voy a hacer delante de ti —le dijo a Sofía—. Y quiero que te quedes mirando.

Sofía asintió sin hablar. Yo tampoco dije nada.

***

En su habitación había una butaca a los pies de la cama, cubierta con una toalla. Lo había preparado con antelación. Valentina nos pidió que nos desnudáramos y tomó el control desde el principio, sin titubeos, con una seguridad que me sorprendió y que, al mismo tiempo, tenía sentido: llevaba más de un año pensando en esto.

Lo primero que quiso fue demostrarle algo a su amiga. Se arrodilló frente a mí y se tomó su tiempo. No tenía prisa. Sofía, sentada en la butaca, abrió los ojos cuando vio hasta dónde llegaba Valentina sin el menor esfuerzo, sin atragantarse, sin apartar la mirada. Le escuché un sonido que no era exactamente sorpresa sino algo más cercano a la envidia.

La mano de mi mujer comenzó a moverse lentamente entre sus propias piernas.

Dejé que Valentina hiciera lo que quiso durante un buen rato. No la apresuré. Se notaba que lo necesitaba, que llevaba mucho tiempo sin eso y que lo estaba disfrutando con una voracidad tranquila, como quien come despacio después de un ayuno largo. Cuando al fin la aparté para tumbarla en la cama, gemía con una anticipación que resultaba difícil disimular.

Le comí el coño con la espalda vuelta hacia Sofía para que viera bien. Valentina sujetaba las sábanas con los puños y apretaba los muslos contra mi cabeza. Cada vez que le pasaba la lengua por el ano, levantaba las caderas. Le gustaba. Me recreé en eso, humedeciéndola, preparándola para lo que vendría después, mientras escuchaba a mi mujer detrás de mí acercarse despacio a su propio orgasmo.

Valentina se corrió por primera vez antes de que la penetrara. Solo con la lengua y dos dedos. Se corrió con fuerza, apretando, mordiéndose el labio inferior, y en cuanto terminó me miró directamente y dijo:

—No pares.

No paré.

***

La folié a cuatro patas durante un buen rato, con Sofía cambiando el ángulo desde la butaca para verlo todo bien. Valentina se corría con una facilidad que me dejaba sin aliento: al segundo empujón, al quinto, sin avisar, sin pedirlo, sin dramatismo. El cuerpo simplemente lo hacía y ella lo dejaba pasar como algo natural, inevitable.

Cuando llegó el momento, Valentina lo anunció ella misma.

—Ahora por detrás —dijo.

Sofía, desde la butaca, se incorporó un poco.

—Dale lo suyo —me dijo a mí.

Entendí lo que quería decir. Sofía me lo había explicado semanas antes, con más detalle del que esperaba: a Rodrigo le gustaba el control absoluto, la bofetada, el pelo, el escupitajo, la orden. Valentina necesitaba eso tanto como el sexo en sí. Lo echaba de menos más que ninguna otra cosa.

Me costó. No es algo que me salga de forma natural. Le di una cachetada en el culo, fuerte, y el sonido que hizo me sorprendió. Le cogí el pelo. La atraje hacia mí. Ella volvió la cabeza y me miró con una expresión que no era dócil ni agradecida sino completamente desafiante, como retándome a seguir.

—¿Eso es todo? —dijo en voz baja.

Sofía me observaba desde la butaca, los dedos moviéndose, los ojos fijos en nosotros.

—Más —me dijo ella.

Le escupí en la cara. Valentina no reaccionó, solo siguió mirándome del mismo modo. La abofeteé más fuerte. Entonces sonrió, apenas, y empujó su cuerpo hacia atrás contra el mío como respuesta. Tomé su pelo con las dos manos. La penetré en el culo despacio al principio y luego sin contemplaciones, y ella gritó algo que no era de dolor y se corrió de nuevo, esta vez retorciéndose, con todo el cuerpo convulsionando durante varios segundos, sujetándose al borde del colchón para no caerse.

Sofía se corrió al mismo tiempo, en silencio, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

No veía la necesidad de parar. Seguí con Valentina abierta de piernas en la cama, alternando entre su coño y su culo, sin dejar que se repusiera del todo entre un orgasmo y el siguiente. Ella me lo pedía con el cuerpo, con la cadera, con esa manera de mirar hacia atrás que tiene quien quiere más y sabe exactamente lo que quiere. Sofía se acercó, se arrodilló junto a nosotros, me puso la mano en la espalda. No necesité que dijera nada.

Cuando ya no pude aguantar más, me corrí en el culo de Valentina. Ella lo sintió y se quedó quieta un momento, con los ojos cerrados, respirando hondo. Luego soltó una especie de risa suave, casi inaudible.

—Gracias —dijo sin volverse.

***

Después nos duchamos. Valentina nos agradeció la noche con una sencillez que me pareció muy suya.

—No estabas del todo cómodo —me dijo—, pero me has dado mucho placer.

—Se notaba que lo necesitabas —contesté.

—Mucho. No saben cuánto.

Sofía la abrazó durante un buen rato en el pasillo, sin decir nada. Valentina le devolvió el abrazo con fuerza. No supe si hubo algo más entre ellas esa noche, si la propuesta de Candanchú quedó en el aire o si lo hablaron después. Nunca pregunté. Hay cosas que son mejores sin respuesta.

No repetimos. No hizo falta. Valentina empezó a salir poco después, primero con amigas, luego sola, y unos meses más tarde nos presentó a alguien. Un tipo de pocas palabras y muchos tatuajes que la miraba de una manera muy particular, como si supiera exactamente lo que había debajo de esa calma tranquila que ella mostraba al mundo. Sofía y yo nos entendimos con la mirada en cuanto lo vimos. Valentina había encontrado lo que buscaba.

En casa, algo cambió. Sofía empezó a pedirme cosas que antes no pedía. A veces me clava las uñas y me dice que quiere que la trate como a Valentina aquella noche. Yo sé lo que significa. No me sale tan natural como a ella le gustaría, pero me esfuerzo, y a ella le llega con eso. Hemos mejorado mucho los dos.

Follamos más. Follamos mejor. Y de vez en cuando, cuando Valentina viene a cenar y nos reímos de cualquier cosa, Sofía me aprieta la mano por debajo de la mesa y sé exactamente en qué está pensando.

Qué noche, la de aquella butaca.

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Comentarios (5)

DiegoMar92

Increible relato, me tuvo enganchado de principio a fin!!

FloresMendoza

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche. Se hizo muy corto!

Carlitos_MZA

Me recordo a una situacion parecida que casi pase y nunca se dio jaja. Que envidia sana la verdad

TresEnRaya

¿Y como termino la amistad entre ellas despues de eso? Eso me quedo dando vueltas...

ElMiron_BA

Dos dias tardaste en decir que si?? yo hubiera tardado dos segundos jajaja

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