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Relatos Ardientes

Lo que la pareja madura pidió en el resort

Nuria escuchó su propio grito antes de darse cuenta de que había gritado. El hall del hotel era grande, pero no tanto como para absorber ese tipo de noticias sin consecuencias acústicas.

—Baja la voz —dijo Marcos, el coordinador de actividades, con esa mezcla de paciencia y firmeza que llevaba años perfeccionando—. El director tiene un humor de perros esta mañana. Ve a buscar al grupo que acaba de llegar. Te están esperando en la entrada.

—Perdona, es que mi hermana me vuelve loca. Le mando a su hijo dos semanas en verano y resulta que...

—El grupo. Ahora.

Nuria se recogió el pelo en una coleta rápida. Lo tenía largo, oscuro y pesado, y cuando lo soltaba así, a la altura de la nuca, sus pechos se movían dentro de la blusa del uniforme. No llevaba sujetador: lo encontraba incómodo y prescindible. Se dio la vuelta y caminó hacia la entrada sin mirar atrás.

Marcos la siguió con los ojos hasta que desapareció por la puerta giratoria. Recordó una noche de febrero, el almacén de ropa de cama, el peso de ese culo que ahora se alejaba bajo la falda corta del uniforme. Se aclaró la garganta y volvió al mostrador.

***

El grupo era de unas catorce parejas maduras. Entre cincuenta y setenta años, bien vestidas, con esa seguridad tranquila que da haber llegado a cierta edad sin sobresaltos económicos.

—Buenos días a todos. Soy Nuria y voy a acompañarlos durante esta semana en el resort. Si necesitan cualquier cosa, me la piden a mí. Hoy visitamos el norte de la isla: playas, baño libre y comida en una finca con cocina de temporada. ¿Listos?

Una mujer se acercó antes de que terminara de hablar. Rondaba los cincuenta y cinco años, rubia, con una figura generosa envuelta en un vestido de lino color crudo que le marcaba el escote sin disimulo.

—Nuria, te lo pregunto directamente porque supongo que ya te lo han preguntado antes: ¿hay alguna cala nudista por donde vamos?

—Hay una preciosa. Separo al grupo para quien quiera ir. Si usted y su marido quieren, los llevo yo misma.

La mujer sonrió y asintió. Detrás de ella, un hombre de complexión robusta y poco pelo le puso la mano en la espalda. Los dos se miraron con esa complicidad que tienen las parejas que llevan mucho tiempo juntas y han aprendido a no ocultarse nada.

***

La cala nudista era exactamente lo que prometía: pequeña, protegida por acantilados altos a ambos lados, accesible por un sendero de tierra que desanimaba a los curiosos. El agua era verde turquesa y la arena, gris oscuro.

Nuria instaló al grupo principal en la playa grande y volvió a buscar a las parejas que habían pedido la cala. Cuatro en total, más la rubia del vestido de lino y su marido.

—Ahí la tienen. Cuando quieran volver, sigan el sendero hacia la derecha y en diez minutos están en el aparcamiento.

La rubia ya se estaba quitando el vestido antes de que Nuria terminara la frase. Tenía el cuerpo que se espera de alguien que ha vivido bien: los pechos grandes y algo caídos, el vientre blando, las caderas anchas. Las líneas del bañador marcadas en blanco sobre la piel bronceada. Su marido se desnudó también, sin prisa, con esa indiferencia corporal de quien lleva décadas sin sentir vergüenza.

No muy lejos, un grupo de chicos jóvenes tomaba el sol boca arriba.

Nuria lo vio todo de reojo. Vio también cómo la rubia los miraba.

—¿Te quedas un rato? —preguntó la mujer.

—Tengo que coordinar la comida. A las dos están todos sentados. Pero si necesitan algo antes, llámeme.

—Gracias, guapa. Vamos a aprovechar el sol... y el paisaje —dijo la mujer, y guiñó un ojo hacia los chicos jóvenes.

Nuria sonrió y no dijo nada. En este trabajo había aprendido que las personas de cincuenta años a menudo tienen una vida interior mucho más activa de lo que se supone.

***

Cuando fue a buscar al grupo a la cala, pasada la mañana, encontró a la rubia entre dos hombres. Su marido, de pie a un lado, le acariciaba los pechos por encima del hombro. El chico joven, arrodillado frente a ella, tenía la mano entre sus piernas y los dedos en movimiento. Ella tenía los ojos cerrados y respiraba por la boca.

Nuria se detuvo a cinco metros. No quiso interrumpir. Esperó.

Un minuto después, la mujer abrió los ojos, vio a Nuria y alzó una mano a modo de saludo. El orgasmo le había dejado las mejillas rojas. El marido empezó a recoger las cosas de playa. El chico se levantó, le dio un beso largo en la boca y se fue sin decir nada.

En el camino hacia la finca, caminando junto a Nuria, la mujer se presentó por fin.

—Me llamo Belén.

—Nuria.

—¿Te hemos incomodado?

—En absoluto. Es usted quien decide cómo pasar sus vacaciones.

Belén asintió, satisfecha con la respuesta. Su marido, unos pasos por detrás, miraba el mar.

***

La finca era una casa de piedra centenaria en lo alto de un cerro desde donde se veía toda la costa. Dentro hacía fresco. Las mesas estaban puestas bajo una parra en el jardín, con manteles de lino y copas de cristal que pesaban demasiado para ser decorativas.

—¡Nuria! —la llamó Diego desde la puerta de la cocina.

Alto, moreno, con ese tipo de cuerpo que se consigue trabajando en la hostelería durante los veranos: brazos acostumbrados a cargar bandejas, espalda acostumbrada a estar de pie doce horas. Se acercó a ella, le rodeó la cintura con un brazo y la besó en la mejilla con más intención de la que la mejilla pedía.

—Quita —dijo Nuria, pero sin brusquedad.

—¿Quito del todo o solo un poco?

—Del todo. Estoy trabajando.

—Ya lo veo. —Diego se alejó un paso pero no retiró del todo la mirada—. Todo listo: aperitivos, tres entrantes, dos principales y maridaje con los vinos de la casa. ¿Algo más?

—Que estés pendiente del grupo, que son muchos y algunos van a pedir cosas raras.

—Para cosas raras estoy yo —dijo Diego, y le guiñó el ojo.

Nuria lo ignoró con práctica. Había estado con él dos veces en junio y no quería que se convirtiera en un hábito. Era bueno, eso sí. Demasiado bueno, quizás.

***

La comida empezó con calma. El cocinero explicaba cada plato desde un atril improvisado, con la seriedad de quien cree que la gastronomía es un asunto de vida o muerte. Los turistas escuchaban, probaban, comentaban. Las copas se llenaban y vaciaban con ritmo constante.

Nuria recorría las mesas, se aseguraba de que todo fuera bien, respondía preguntas sobre los ingredientes, sobre la isla, sobre las actividades del día siguiente.

Cuando pasó junto a la mesa de Belén, vio que Diego se había inclinado para servir el segundo plato y que la mano de ella, de forma completamente deliberada, había guiado la muñeca de él hasta rozar su escote. Diego no se apartó. Se quedó allí, de pie junto a la mesa, con la mano quieta sobre el pecho de Belén mientras terminaba de servir con la otra.

El pezón se marcó contra la tela del vestido. El marido de Belén, enfrente, miraba la escena con una copa en la mano y una expresión que no era exactamente celos.

Nuria continuó su ronda.

***

Unos minutos después, el marido se levantó de la mesa y la interceptó cerca de la entrada a la cocina. Se llamaba Roberto, se presentó. Cincuenta y ocho años, la voz tranquila de alguien que no tiene prisa.

—Necesito pedirte algo, Nuria. No es una petición habitual.

—En este trabajo pocas cosas me sorprenden.

—Bien. —Respiró—. Belén necesita más que lo que ha tenido esta mañana en la playa. Hay un sitio dentro de la finca donde eso podría pasar, imagino. El camarero alto... creo que no va a poner objeciones.

Nuria lo miró un momento.

—¿Y usted?

—Yo quiero verlo. —Lo dijo sin apartar los ojos, sin bajar la voz—. No es algo que me avergüence.

—Dame cinco minutos.

Habló con Diego en la cocina, en voz baja. Diego escuchó, miró hacia la mesa de Belén, y la sonrisa que se le formó en la cara no era ambigua. El bulto en su pantalón era visible antes de que terminaran de hablar.

—¿Dónde? —preguntó.

—El cuarto del fondo, junto a las barricas. Hay una ventana pequeña que da al pasillo.

Diego asintió.

Nuria volvió a la mesa de Belén y le habló al oído. Le explicó dónde estaba el cuarto, cómo llegar. Belén asintió con los labios apretados y los ojos brillantes, y antes de levantarse bebió el resto de su copa de un solo trago.

***

Roberto y Nuria esperaban en el pasillo cuando Belén entró al cuarto. Diego ya estaba dentro.

La ventana era pequeña, enrejada, justo a la altura de los ojos de alguien que se pusiera de puntillas. Desde el pasillo se veía todo: las barricas apiladas contra una pared, la mesa de madera maciza en el centro, la bombilla sin pantalla colgando del techo.

No hubo presentaciones. Diego la tomó de la cara con las dos manos y la besó. Belén respondió de inmediato, con las manos en su cintura tirando de él hacia ella.

Él le bajó el escote del vestido y los pechos quedaron al aire. Los cogió con ambas manos, los apretó, los levantó. Se inclinó para chuparle un pezón y Belén echó la cabeza hacia atrás.

Roberto respiraba despacio a su lado. Nuria lo miraba de reojo.

Dentro del cuarto, Diego le subió el vestido y le bajó la ropa interior hasta los tobillos. Luego la cogió por las caderas y la sentó sobre el borde de la mesa.

Belén abrió las piernas.

Nuria sintió el calor antes de darse cuenta. Lo que estaba viendo le había llegado antes que el pensamiento.

Diego se desabrochó el cinturón. Se bajó el pantalón lo suficiente. Su polla era larga y ya estaba completamente erguida. La acercó al sexo de Belén, que estaba tan húmeda que el flujo le brillaba en los muslos, y empujó hacia dentro despacio, centímetro a centímetro, observando la cara de ella.

Belén apretó los dientes. Luego exhaló.

—Más —dijo.

Roberto tensó el cuerpo entero.

Sin pensarlo demasiado, Nuria puso la mano en la cremallera del pantalón de Roberto y la bajó. Él no se movió. Metió la mano y lo sacó ya duro. Empezó a moverse despacio, con ritmo, sin apartar los ojos de lo que pasaba al otro lado de la ventana.

Diego follaba a Belén con cadencia lenta, profunda. Ella tenía las piernas rodeando su cintura y los dedos clavados en sus hombros. Cada vez que él empujaba hasta el fondo, ella soltaba un sonido corto, contenido, como si no quisiera que se oyera desde el pasillo.

Se oía perfectamente.

Roberto jadeaba en silencio. Nuria apretó el ritmo de su mano.

Belén llegó al orgasmo con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo. Se aferró a Diego con más fuerza y él aprovechó el momento para aumentar el ritmo, perdiendo ya la compostura, acercándose al límite.

—Dentro —dijo Belén, con voz ronca.

Diego gruñó y enterró la polla hasta el fondo. Se corrió con una contracción larga, apretando la mandíbula, los tendones del cuello en tensión.

Roberto estalló casi al mismo tiempo. El semen le llenó la mano de Nuria. Ella presionó su propio sexo contra el muslo de él, un contacto breve y firme, y sintió el orgasmo recorrerle la espalda de arriba abajo sin hacer ningún ruido.

Los cuatro se quedaron quietos durante unos segundos.

***

Nuria se limpió la mano en el cuarto de baño del pasillo. Cuando salió, Roberto ya estaba en la mesa, sentado, con la copa en la mano y una expresión serena.

Diego tardó un poco más. Salió de la cocina con el uniforme en orden y volvió a su ronda de mesas sin mirar a nadie en particular.

Belén apareció desde la entrada de la finca con el vestido bien puesto y el pelo recogido, caminando con esa tranquilidad de quien acaba de librarse de un peso que llevaba días cargando. Se sentó junto a Roberto. Le tomó la mano sobre el mantel.

—Gracias —le dijo en voz baja.

Él la besó en la sien.

Nuria, desde el otro extremo del jardín, vio el gesto. Se dio la vuelta y fue a ver si alguien necesitaba más vino.

***

De vuelta al resort, mientras el autobús bajaba por la carretera costera con el mar a la derecha y el sol ya cayendo, Belén se acercó a Nuria en el pasillo del vehículo.

—Ha sido un día extraordinario —dijo—. Gracias por todo. En serio.

—Para eso estamos —respondió Nuria.

El autobús tomó la última curva y el hotel apareció al fondo, blanco y grande contra el cielo del atardecer. Quedaban seis días más de excursiones, comidas y peticiones inusuales.

Nuria miró por la ventana y pensó que era un trabajo razonablemente bueno.

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Comentarios (5)

EduardoNk

Tremendo relato, de lo mejor que lei en un rato!!

Silvia_84

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo esto jaja

MarcosRio

Me gusto mucho como esta planteada la dinamica entre ellos, se nota una confianza real de pareja. Muy bien escrito

CarmenValdes

Cuantas parejas pensaran esto pero no se animan nunca... me resulto muy creible y bien llevado

Pablillo33

buenisimo!!! sigue asi

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