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Relatos Ardientes

La esposa novata que me dejó sin palabras

Sebastián me hizo la propuesta un jueves por la tarde, entre series de press de banca. Llevábamos dos años entrenando juntos, cuarenta y cuatro él, delgado y calvo, con esa energía que solo tienen los hombres que han aprendido exactamente lo que quieren de la vida. Le conocí a través de un amigo en común y, aunque al principio me pareció distante y algo arrogante, resultó ser todo lo contrario: directo, sin rodeos, y con un humor seco que me caía bien. Estaba casado con Carmen, una mujer cuya risa se contagiaba antes de que terminara el chiste y que tenía el tipo de cuerpo que no pasa desapercibido.

—Marco, este fin de semana hay una reunión especial —me dijo, colgando la barra—. Gente discreta, placeres sin límites y una regla fundamental: lo que pasa allí no sale de allí. ¿Te interesa?

—¿Qué tipo de reunión exactamente? —pregunté, sin apartar los ojos del espejo.

—El tipo que no necesita más explicación que esa. Parejas reales, sin teatro. Tú serías el único soltero, y te aseguro que hay quien lleva semanas esperando que aparezcas. —Sonrió con algo que no era del todo inocente—. Además, hay una pareja nueva. Él lleva años intentando convencer a su mujer y por fin lo consiguió. Ella se llama Diana. Te va a dejar sin habla.

No quiso darme más detalles hasta que acepté. Entonces las preguntas salieron solas. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quiénes? —Los detalles los descubrirás allí —respondió—. Lo que sí puedo decirte es que ella aparenta seguridad, pero en el fondo es tímida. No lo reconoce, pero se le nota en cada gesto.

El viernes nos pusimos en marcha los tres en su coche. Carmen en el asiento del copiloto, yo detrás. Seis horas de carretera, con la conversación moviéndose entre lo trivial y lo que se avecinaba. Sebastián me fue contando, sin que se lo pidiera, que todos los presentes eran auténticos en la cama. —Actúa con naturalidad, pero sin censurarte —me dijo—. Con la pareja nueva, al principio, sé prudente.

La casa era una masía de piedra en las afueras de un pueblo sin nombre importante, dos plantas, terraza que daba a un bosque oscuro. Dentro ya había tres parejas cuando llegamos. Todos se conocían, todos se saludaron con esa efusividad relajada de la gente que comparte secretos. Yo era el desconocido, el extra, y lo noté en las miradas que me medían sin disimulo.

El salón era amplio y casi vacío de muebles, como si alguien lo hubiera preparado para otra función. Mesas laterales con bebidas y hielo, sofás y sillones bajos en el centro. Nadie hacía nada todavía. Las conversaciones eran normales, incluso aburridas. Solo las miradas decían otra cosa.

Alguien preguntó por la pareja nueva cuando una mujer morena avisó que ya venían. No estaban obligados a nada, aclaró, pero venían.

Cuando Rodrigo y Diana entraron por la puerta, entendí por qué Sebastián había tardado tanto en describirla. Rodrigo era un hombre correcto, elegante pero sin nada que lo distinguiera especialmente. Diana, en cambio, era otra cosa.

Tendría cuarenta y pocos años. Melena oscura hasta los hombros, metro setenta y algo, el tipo de cuerpo que no pide permiso para ocupar el espacio. Llevaba un vestido cruzado en azul noche que le ajustaba donde tenía que ajustar y que amenazaba con desabrocharse con un movimiento de más. Lo que no encajaba con lo que me había dicho Sebastián era la mirada: no era tímida, pero sí contenida, como alguien que lleva tiempo queriendo algo y acaba de decidir que lo va a tomar.

Carmen me la presentó. Dos besos, los míos más lentos de lo necesario. Diana los recibió sin retroceder, y cuando se apartó me sostuvo la mirada un segundo demasiado largo. Eso fue todo. Eso fue suficiente.

Las luces no se apagaron. Nadie las bajó. La iluminación era directa, sin ambigüedades, y eso hacía que todo resultara más real, más difícil de fingir que no estaba pasando. Me coloqué junto a un sillón bajo con visión de todo el salón. Diana se sentó a tres metros de mí, agarrando su copa con una fuerza que ponía blancos los nudillos. Su marido ya hablaba con dos mujeres cuyas manos empezaban a no ser casuales.

Fue ella quien habló primero. Giró la cabeza hacia mí con una expresión que no era de sorpresa sino de análisis.

—¿Qué haces aquí sin pareja? —preguntó. La voz era baja, directa.

—Me invitaron. Y si me hubieran dicho que ibas a estar tú, habría llegado antes —le respondí.

Una sonrisa torcida, solo en la comisura derecha.

—Somos los dos más raros de la sala —dijo—. Tú sin pareja y yo sin saber muy bien qué se supone que tengo que hacer aquí.

—Puedes hacer exactamente lo que quieras. O no hacer nada.

Me sostuvo la mirada unos segundos. Luego dejó la copa en el suelo, se giró hacia mí y, sin decir nada más, puso los dedos en mi cinturón.

Lo hizo despacio, con esa calma que tienen las personas que no necesitan demostrar nada. Desabrochó el primer botón, luego el segundo. Bajó la cremallera. Sus dedos palparon por encima de la tela antes de liberar lo que había debajo. Cuando lo vio, no disimuló la reacción.

—Ahora entiendo por qué eres el único soltero invitado —murmuró.

Empezó a lamerme desde la base hasta la punta con movimientos lentos, calculados, sin ninguna prisa. Cuando decidió metérselo en la boca lo hizo de una vez, hasta el fondo, con la nariz rozando mi pelvis. En el salón se hizo un silencio breve antes de que alguien soltara una exclamación ahogada.

Rodrigo se acercó. No con celos, sino con algo parecido al orgullo. Le acarició el pelo a su mujer, que lo miró un instante sin soltarme.

—¿Esto es lo que querías ver? —le preguntó, con la boca húmeda—. Pues no me pierdas de vista, porque apenas he empezado.

La tomé de la barbilla y la levanté suavemente. Le dije que ahora era mi turno. El vestido se abrió bajo mis manos sin resistencia. La senté en el sillón con las piernas abiertas y me arrodillé delante de ella.

La lencería era de encaje rojo, con un liguero que sujetaba medias de red oscura. Todo eso sobre una piel que olía a perfume mezclado con algo más urgente y más honesto.

La recorrí con la lengua despacio, desde la cara interna del muslo hacia arriba, sin llegar todavía donde quería llegar. Ella apretó el borde del sillón con ambas manos. Cuando por fin encontré el clítoris, el gemido que salió de su boca hizo que el resto del salón se pusiera en marcha de una vez.

***

A mi alrededor, la reunión había pasado a otra fase. Los vestidos habían caído. Carmen estaba de rodillas alternando su boca entre dos hombres mientras una mujer se ocupaba de ella por detrás. Una rubia con un corsé azul marino montaba a un hombre en el sofá más grande con una energía que hacía crujir los cojines a cada golpe.

Diana me tiró del pelo para obligarme a mirarla.

—Quiero que estés dentro de mí —dijo. No era una petición.

Me coloqué entre sus piernas y la penetré despacio, sintiendo cómo se abría y se adaptaba. Empecé a moverme con un ritmo que fue haciéndose más profundo, más firme con cada embestida. Ella arqueó la espalda. Sus tacones se clavaron en mis caderas como si quisieran marcarme.

Rodrigo estaba a metro y medio de nosotros, masturbándose sin desviar los ojos de su mujer. Le susurraba algo al oído que yo no alcanzaba a escuchar del todo pero que la hacía contraerse a mi alrededor.

La levanté sin salir de ella y la llevé hasta la mesa del lateral, vacía ya de copas. La acosté sobre la madera fría, las piernas abiertas, las medias de red extendidas. La tomé con más fuerza entonces, sin guardar el ritmo. Ella se aferró a los bordes de la mesa.

—Así —dijo, con la voz rota—. Así sí.

El primer orgasmo la recorrió de golpe y la hizo arquearse hasta el límite. Antes de que terminara llegó el segundo, más violento. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura con una fuerza que me obligó a pensar en otra cosa para no acabar yo también en ese instante.

—Otro —dijo, casi sin voz—. Otro más.

Rodrigo se había acercado al borde de la mesa. Tenía los ojos fijos en los dos y la voz de alguien al que el deseo le ha borrado cualquier otro filtro.

—¿Se la das sin nada? —me preguntó—. Ella lo quiere así. ¿Se la das?

Asentí sin detenerme. Rodrigo quitó el condón con manos que temblaban ligeramente, y el cambio de sensación fue inmediato. El calor de Diana sin ningún intermediario era otra dimensión. Me obligué a seguir moviéndome despacio para no perder el control demasiado pronto.

—¿Te gusta así? —le decía Rodrigo, inclinado sobre el rostro de su mujer, acariciándole los pechos por encima del encaje rojo—. Dime lo que eres.

—Soy tu perra —respondió ella con una voz que ya no tenía nada de contenida—. Dame tu leche cuando te corras. Quiero los dos a la vez.

Ese intercambio fue demasiado para cualquiera de los que mirábamos. Diana explotó en un tercer orgasmo que la sacudió con violencia, gritando palabras que ya no formaban frases completas. Y yo me corrí dentro de ella con un rugido que salió del fondo del pecho, vaciándome mientras ella seguía contrayéndose a mi alrededor sin detenerse.

Nos quedamos así un momento, los dos sin aliento sobre la mesa fría. A nuestro alrededor el salón seguía su curso, ajeno a que algo acababa de terminar entre nosotros.

Rodrigo ocupó mi lugar entre sus piernas sin que nadie se lo indicara. Era su turno, y los dos lo sabían. Lo que siguió entre ellos fue más íntimo, más suyo. Yo me aparté, me serví un whisky y lo bebí de pie, todavía temblando.

Al terminar la noche, cuando las parejas empezaban a buscar la ropa y los abrigos, Diana se me acercó. Me pidió el número, lo guardó en el teléfono sin decir nada más que:

—La semana que viene te llamo. Espéralo.

Había algo en su tono que no dejaba espacio para la duda.

***

Volvimos los tres en el coche de Sebastián. Yo detrás, Carmen delante, el sol del mediodía atacando los ojos como un reproche. Dormimos poco, hablamos menos. El silencio del viaje de vuelta tenía una textura distinta al de la ida: más densa, más cargada de todo lo que habíamos visto y hecho y no habíamos terminado de procesar.

A mitad de camino Sebastián paró en una gasolinera a por café. Mientras él esperaba en la máquina, Carmen y yo nos quedamos solos en el coche con el motor apagado y las ventanillas empañadas.

—Toda la noche quise acercarme a ti —dijo Carmen, sin mirarme—. Siempre estabas ocupado.

No respondí. No hacía falta.

Sebastián volvió con tres cafés humeantes. Los bebimos en silencio, luego arrancó. Llevábamos diez minutos en carretera cuando Carmen se giró hacia él.

—Voy atrás —dijo, con una naturalidad que me dejó sin palabras—. He estado imaginando esto desde que le conocí y no pienso llegar a casa sin haberlo hecho.

Sebastián la miró por el retrovisor. Esbozó una sonrisa lenta, de las que no necesitan explicación.

—Cuéntamelo todo —dijo—. Cada detalle.

Carmen pasó al asiento trasero. El espacio era reducido y su cuerpo, cálido y perfumado, se pegó al mío de inmediato. Me besó sin preámbulos, con una lengua que sabía exactamente a dónde iba. Sus manos bajaron a mi cinturón con una rapidez que me cogió desprevenido.

—Mira, Sebastián —dijo, ya con mi erección en la mano, mirando a su marido por el retrovisor—. Mira lo que me voy a comer.

Sebastián no respondió, pero en el espejo vi que se había bajado la cremallera y que una de sus manos había dejado el volante.

Carmen se tomó su tiempo. Lenta al principio, luego con más urgencia. Le contaba en voz alta a su marido lo que estaba haciendo, cómo sabía, cómo se sentía entre sus labios. Sebastián escuchaba y conducía y se masturbaba con una mano mientras mantenía el coche recto con la otra.

Me corrí en la boca de Carmen, que se lo tragó todo y luego se incorporó con una expresión de satisfacción tranquila, casi doméstica, como si acabara de resolver algo pendiente.

—Bien —dijo—. Ahora lo otro.

Se colocó a cuatro patas en el asiento con el culo hacia mí, ofreciéndose sin más rodeos. Me enterré en ella despacio y luego con más fuerza, mientras ella narraba todo para Sebastián con una voz que no bajaba de volumen aunque el tráfico aumentara. Sebastián llegó a correrse al volante con un rugido antes de retomar el control del coche con las dos manos y soltar una carcajada.

Llegamos de noche. Nos despedimos en el aparcamiento con pocas palabras y mucha complicidad. Cada uno se fue a lo suyo, a su cama, a su vida de todos los días, como si nada hubiera cambiado.

Una semana después, Diana me llamó. Un martes por la tarde, como si fuera completamente normal. Era el tipo de llamada que no se rechaza.

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Comentarios (5)

Antonio

tremendo relato, no lo pude soltar hasta el final!!!

Mirta_BA

por favor continuacion!!! quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

lector_ba22

La tension del principio es lo mejor del relato. Muy bien narrado, se siente real

Fantasm4

Buenisimo. Me recordo a una situacion de hace años donde todo empieza con una mirada y ya sabes que la noche no va a ser aburrida jaja. Grande!

Rodri_77

se hizo cortisimo quiero mas :)

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