El viaje con mis amigos terminó sin ninguna regla
Me desperté más temprano de lo que esperaba para la hora a la que me había dormido. Eran las nueve y la luz se colaba por la rendija de la cortina. Estaba abrazado a Carla, de cucharita, y Bruna dormía a mi espalda con una pierna echada por encima de mí. En cuanto sentí el cuerpo desnudo de Carla contra el mío, se me puso dura sin remedio.
Me incorporé despacio, midiendo cada movimiento para no despertarlas, y lo conseguí. Verlas ahí tendidas, completamente desnudas y tranquilas, era un espectáculo que no me cansaba de mirar. Me puse un bañador y bajé. En la cocina ya estaba Ivana, con un camisón transparente que no dejaba mucho a la imaginación.
—Buenos días —dije.
—Buenas. ¿Qué tal la resaca? —preguntó sin dejar de revolver algo en una taza.
—Tranquila, no bebimos tanto. Solo tengo la boca seca.
—Toma, un vaso de agua.
Me lo bebí de un trago, salí al jardín y me tiré a la piscina. Después de refrescarme volví a la cocina y Ivana ya estaba picando cebolla.
—¿Te ayudo? ¿Qué preparamos? —pregunté.
—Pensaba hacer chilaquiles, con las tortillas que sobraron de ayer.
Empezamos a montar el desayuno y, poco a poco, fueron bajando todos. Unos ponían la mesa, otros hacían café. Lucas y Damián salieron a comprar cervezas y volvieron justo cuando estaba todo listo. Ese día decidimos descansar de las orgías; la verdad es que nos hacía falta. En un par de días habíamos pasado de no conocernos de esa forma a perder por completo la cuenta de las veces que lo habíamos hecho.
***
Decidimos aprovechar el día en la playa. Como a las doce ya estábamos listos, mucho más tarde que de costumbre, pero nos daba igual. Esta vez fuimos a una cala más alejada de los complejos turísticos, con poca gente. Pasamos buena parte de la tarde entre cervezas, música, baños en el mar y siestas sobre la arena.
A media tarde nos entró el hambre y bajamos al pueblo. Comimos en un restaurante de comida casera, riquísimo y barato, y alargamos la sobremesa con cervezas, charlas y risas. Cuando salió el sol del cenit, paseamos entre tiendas y puestos de artesanos. Nos compramos una pulserita igual para los ocho, un recuerdo del viaje, y terminamos en un barcito a pie de playa.
Como habíamos comido tarde, aún no teníamos hambre, así que hicimos tiempo bebiendo hasta la hora de cenar. Renata y Carla se escaparon a una farmacia a comprar vaselina, que por poco lo olvidábamos y estaban a punto de cerrar. Volvieron contentas, con un bote grande en la mano.
—No sé, con esto será suficiente, ¿no? —dijo Renata.
—Yo creo que sí —respondió Carla, mordiéndose la risa.
Cenamos en un local del muelle de pescadores que nos recomendó el camarero, comida sencilla y excelente. Volvimos a casa pasada la medianoche, esta vez bien preparados: muchísimas cervezas y las botellas que aún no habíamos abierto. Esa noche sería como cuando nos juntábamos antes de todo esto: sin sexo, solo bebiendo y pasándolo bien. Y así fue. Música, charlas de siempre, algún chapuzón nocturno en la piscina. Yo me pasé al ron, Carla le entró al tequila, y a las seis de la mañana, los dos igual de borrachos, decidí subir a dormir. Me desplomé en la cama y me quedé frito en segundos.
***
Me desperté con la clásica boca seca y algo de dolor de cabeza. El reloj de la mesita marcaba casi las doce. Abajo solo estaban Damián y Bruna. Me preparé una michelada, el mejor remedio para la resaca, y me tiré a la piscina, el segundo mejor remedio. Poco a poco fueron apareciendo los demás, cada uno con su nivel de resaca y su receta para curarla.
Habíamos acordado pasar ese día en casa: carne asada, cerveza, piscina y mucho sexo. Pero esta vez sin turnos ni juegos. Sería más bien como esas orgías de película que tanto habíamos comentado: cualquiera con cualquiera, en cualquier momento. Los chicos andábamos en bañador y las chicas en bikini. Pusimos música y empezamos a montar las cosas para el asado, encendiendo el carbón y sacando la comida a la mesa del jardín.
En una de esas, Lucas llegó por la espalda de Ivana y la abrazó. Ella respondió con un beso, y él siguió besándola y recorriéndola con las manos. Le quitó el bikini, le acarició los pechos y la giró para agarrarle las nalgas. Todos gritamos animándolos. Ivana se agachó y empezó a chupársela, mientras Lucas le sujetaba la cabeza marcando el ritmo. Después la tumbó en un camastro, le quitó la parte de abajo y le devolvió el favor con la lengua. Ella gemía y se acariciaba el pecho.
El espectáculo nos fue calentando a todos. Bruna llegó por detrás de mí y me agarró por encima del bañador.
—¿Ya está dura? —susurró.
—Dímelo tú.
—Yo creo que sí. Ven aquí.
Se puso delante, me bajó el bañador y empezó a chupármela con una habilidad que me cortó el aliento. Se quitó la parte de arriba sin dejar de hacerlo. Alrededor, todo se movía: Carla iba con Damián, Tomás con Renata, tendidos en una toalla grande sobre el césped. Carla ya había traído el bote de vaselina y lo había dejado en una mesa en mitad de todo.
***
Levanté a Bruna y la llevé al césped, donde estaban los demás. Extendí otra toalla y la tumbé. Le quité lo que le quedaba del bikini y empecé a lamerla, hundiendo la lengua todo lo que podía mientras le metía un dedo despacio. Ella dio un pequeño salto y luego abrió más las piernas para dejarme entrar mejor.
A mi lado, Carla se la chupaba a Damián, hasta que él la giró para devolvérselo. La cabeza de Carla me quedó cerca, y, sin dejar a Bruna, me acomodé para que mi verga le quedara al alcance. Apenas la vio, se la llevó a la boca. Damián entendió la maniobra e hizo lo mismo con Bruna. Formábamos un círculo cerrado de bocas y manos, todos conectados, todos al borde.
De pronto sentí que me agarraban con firmeza. Era Carla, que había vuelto de la mesita y me estaba cubriendo de vaselina, untándome con calma cada centímetro. Tenía la boca entreabierta y una sonrisa traviesa; en su mirada se adivinaban perfectamente sus intenciones. El día anterior habíamos hablado de ello, así que entendí enseguida lo que quería. Cuando consideró que era suficiente, me dio un beso y se puso a cuatro patas, ofreciéndome el culo.
Le acaricié las nalgas y, con un poco de vaselina en el dedo, empecé a prepararla. Entraba mucho más fácil que el día anterior. Apoyé la punta en la entrada y empujé poco a poco, abriéndole las nalgas con las manos. No parecía dolerle.
—Lento, pero métela toda —dijo en voz baja—. Ya no me duele y siento riquísimo.
La obedecí. Entré despacio hasta el fondo, y en ese último empujón un escalofrío me recorrió entero. No sé por qué esos últimos centímetros se sienten siempre tan intensos. Carla dejó escapar un gemido. Empecé a bombear suave, y en cada embestida volvía ese estremecimiento desde la punta hasta la nuca. Me apretaba por todos lados. No pude evitar acelerar.
—Sí, así, así, qué rico —jadeaba ella.
Apoyó el pecho en la toalla, arqueó la espalda y subió más el culo, dejando las manos libres para tocarse. Después de un rato salí, porque no quería terminar todavía. Carla se giró boca arriba, sin dejar de acariciarse, y le puse las piernas sobre mis hombros. Volví a entrar, esta vez sin resistencia. Desde esa postura le veía todo: los pechos, la mano jugando con el clítoris, mi verga entrando y saliendo. No aguanté mucho.
—Me vengo —avisé.
—Aguanta un poco, yo también, yo también —pidió.
No aguanté nada. Me vine, pero seguí empujando hasta que ella se retorció, presionó con fuerza la mano contra el clítoris y se quedó inmóvil unos segundos, soltando pequeños gemidos. Luego aflojó todo el cuerpo. Salí, me tumbé encima y nos besamos. A nuestro alrededor, los demás también habían terminado y descansaban tendidos, besándose o recuperando el aire.
***
—¿Te la metió por el culo, descarada? —le preguntó Ivana a Carla, levantándose.
—Claro. ¿No era lo que habíamos hablado?
—Sí, pero a mí se me olvidó —se rio Ivana.
—A mí también —dijo Bruna.
—Tranquilas, hoy estamos aquí todo el día, habrá tiempo —apuntó Tomás.
—¿Y qué tal? —insistió Ivana.
—Al principio raro, pero pronto empieza a sentirse muy bien —explicó Carla—. Yo sola no terminaría solo con eso, pero ayudándome un poco, vaya que sí.
Entre risas, todos nos ofrecimos a echar una mano cuando quisieran. Nos vestimos a medias y arrancamos con la carne asada. Comimos en el jardín con música y cerveza, y luego nos metimos en casa para estar más cómodos, repartidos entre los sofás y unas colchonetas en el suelo. El ambiente se fue calentando solo, entre comentarios, insinuaciones de las chicas y movimientos que no dejaban dudas.
—A ver, ¿quién quiere que le den por el culo? —soltó Damián, ya de pie.
—Yo misma —dijo Bruna, levantándose y quitándose la blusa.
Caminó hacia él jugando con los pechos, lo besó y se agachó a chupársela. Renata se sentó a horcajadas sobre Tomás en un sillón, y empezaron a besarse. Lucas e Ivana miraban desde el sofá, metiéndose mano sin perder detalle.
Bruna untó de vaselina la verga de Damián y lo hizo sentarse. De pie sobre el sofá, de espaldas a él, fue bajando despacio hasta colocar la punta en la entrada de su culo.
—Suave, suave —pidió.
—Yo me quedo quieto —respondió él, sujetándola de la cintura para ayudarla con el equilibrio.
Centímetro a centímetro fue entrando, hasta que por fin lo metió entero y soltó un gemido largo. Empezó a subir y bajar, lenta al principio, mientras Damián le bajaba una mano para acariciarle el clítoris.
***
Yo seguía caliente, y Bruna me lanzó una mirada, mordiéndose el labio, como si le diera morbo que la observara. Me hizo una seña para que me acercara. Dudé, pero Carla, que también lo había visto, me tiró del brazo y se arrodilló a chuparle el clítoris a Bruna. Damián se detuvo un momento y, guiado por la mano de Carla, le metí la verga a Bruna a la vez que él. Estaba tan mojada que entré casi de una.
—Uf, Dios, qué rico —jadeó Bruna—. Denme, denme.
Hasta ese instante no había sentido nada raro, pero cuando Damián empezó a moverse de nuevo, noté cómo su verga presionaba la fina pared que nos separaba. Era una sensación extraña que me excitó muchísimo. Bombeamos al mismo tiempo, intentando llevar ritmos opuestos, hasta que Damián avisó y se quedó quieto, gruñendo. Yo seguí un poco más, hasta que Bruna se retorció, me tiró hacia ella y me besó con las piernas temblando. Cuando por fin nos apartamos, se desplomó en el sofá.
—Madre mía, es increíble así —murmuró.
Yo no había terminado, y la tenía bien dura todavía.
***
—A ver, ya, dos a la vez —dijo Renata—. Lucas, ven aquí.
Lo tumbó en el suelo, le dio un par de mamadas y se sentó sobre él hasta el fondo. Luego se recostó sobre su pecho y abrió las piernas, ofreciéndole el culo a Tomás, que ya llegaba por detrás. Ivana se acercó con vaselina en la mano y se la untó mientras lo besaba.
—Por si se había perdido un poco —bromeó.
Tomás entró despacio, hasta el fondo. Llevaban ritmos contrarios: cuando uno entraba, el otro salía. Renata gemía y besaba a Lucas con avidez. Yo miraba desde atrás cómo le entraban las dos vergas a la vez, y la imagen me ponía a mil. Primero terminó Tomás, después Renata empezó a temblar con pequeños espasmos, y por último Lucas. Cayeron los tres con la respiración acelerada.
—Uf, qué apretado se siente, así es difícil aguantar —dijo Tomás.
—Pues imagínate con dos a la vez —respondió Renata—. Al principio es raro, pero luego una potencia el placer de la otra. Es riquísimo.
—Uf, ya quiero yo —dijo Ivana.
***
Como yo era de los pocos que seguía listo, Ivana se animó. Le chupó la verga a Damián, que se había vuelto a poner a punto, y se tumbó. Carla me cubrió de vaselina y, mientras yo me colocaba, le pasó un dedo por el ano a Ivana, en círculos suaves. Ivana suspiró. Guiado de nuevo por la mano de Carla, empecé a penetrarla poco a poco.
—Huy, qué rico —jadeó Ivana—. A mí no me duele nada, dale, dale.
Cuando estuve hasta el fondo, Damián entró por delante. Intenté coger el ritmo contrario, y notaba su verga cada vez que se cruzaba en el camino. Ivana estaba apretadísima. Carla nos besaba a los dos y le agarraba los pechos a Ivana, que se bamboleaban con cada embestida.
—Por el culo siento increíble, me voy a venir —gritó.
Aguanté todo lo que pude. Ivana se vino con un gemido fuerte, y aun así seguimos un poco más, hasta que pidió que no paráramos. Terminé con unos empujones fuertes, y esos últimos espasmos bastaron para que ella se viniera de nuevo. Nos derrumbamos en el suelo.
—Creo que yo terminaría solo por el culo —se rio Ivana—. Sentía buenísimo.
—Pues habrá que probarlo otro día —dije.
***
La tarde siguió en ese tono. Lucas, el único que aún no había probado, fue con Carla, que lo preparó con la boca y la vaselina. A mí también se me había vuelto a poner dura, así que Carla me llamó con un dedo. Me tumbó en el sofá, con la cabeza apoyada en el reposabrazos, y se sentó encima metiéndose mi verga hasta el fondo. Habíamos descubierto que esa era la mejor postura para una doble. Lucas entró por detrás, despacio, y yo sentía su verga rozar la mía, separadas solo por esa fina pared.
Carla me besaba con la lengua entera, gimiendo, mientras Lucas aceleraba. En eso, Damián se acercó con la verga dura y ella se la llevó a la boca: tres a la vez. La situación me ponía a un nivel que no iba a durar.
—Termina, échamelo todo dentro —me susurró al oído.
Le di unos empujones fuertes y me vine. Ella tuvo su orgasmo con las embestidas de Lucas, abrazándome con las piernas temblando. Después de un rato me quedé sentado, todavía duro, mientras a mi alrededor Tomás besaba a Renata y Bruna le hacía una mamada. Aquello sí que era una orgía.
Ivana, que aún tenía ganas, me cubrió de vaselina, se encaramó sobre mí y se sentó metiéndomela por el culo. Bajó hasta el fondo, suspiró y empezó a moverse, despacio primero y luego cada vez más rápido. Yo le sujetaba las nalgas y le besaba los pechos. Mirar mi verga entrándole por detrás, con todo el cuerpo entregado, era de lo más morboso.
—Me vengo, dame duro —pidió.
La agarré de las caderas y le di lo más fuerte que pude, hasta que los dos terminamos a la vez. Se dejó caer a mi lado, sin aire.
—Dios, sí que me gusta esto —dijo, riéndose.
***
Cuando empezó a caer el sol nos metimos todos en la piscina a nadar y jugar un rato. Después fuimos a ducharnos para prepararnos para la última cena de aquellas vacaciones. Bajamos arreglados, pusimos música y comimos tranquilos, alargando la noche entre cervezas, baile y charla, hasta que decidimos irnos a dormir. No queríamos levantarnos tarde el último día. Carla se vino a mi cama otra vez, y nos dormimos abrazados.
***
Al día siguiente disfrutamos de la última mañana de playa. Volvimos a casa a preparar las maletas y, como todo quedó listo antes de tiempo, nos sobró un rato para hacerlo una última vez. Supongo que los demás pensaron lo mismo.
Carla me daba la espalda. Llegué por detrás, deslicé una mano bajo su blusa y la otra por debajo del short hasta el clítoris. Ella giró la cabeza para besarme y, sin aguantar más, se desnudó y vino hacia mí. Caímos juntos en la cama. Se sentó a horcajadas y se introdujo mi verga despacio; cuando la tuvo hasta el fondo, me miró y pasó las piernas hacia delante, abrazándome con ellas. En esa postura quedábamos tan pegados que apenas hacía falta movernos.
—Quedamos en que lo probaríamos otra vez —dijo.
Empecé a sentir cómo contraía los músculos por dentro, apretando y soltando sin moverse.
—¿Lo notas? —susurró.
—Sí.
—¿Te gusta?
—Es muy sexy.
Empezó a balancear la cadera despacio, apretando justo antes de cada empujón. Me costaba un mundo no ponerme a embestir como loco. Fue acelerando, y en algún momento ya solo sentía cómo entraba y salía. Me agarró de los hombros y se dejó caer hacia atrás con un grito de placer; tuve que sujetarla de la espalda. Las piernas le temblaban, me apretaba con ellas para meterse mi verga lo más al fondo posible. Cuando sentí de nuevo las contracciones de su orgasmo, terminé yo también, con un par de empujones más. Se echó hacia delante y me abrazó con todo el cuerpo.
—Uf, ha sido muy rico, ¿no? —dijo después de un rato.
—Muy sexy —respondí.
***
Salimos de vuelta a media tarde. Yo iba pensando que, tal y como habíamos dicho, aquello no volvería a repetirse. Me equivoqué: hubo más viajes parecidos con el grupo, pero este, por ser el primero, fue el que más me marcó. Hoy seguimos siendo amigos, cada uno con su pareja y sus hijos. Nunca salió una relación de aquellos veranos; todos acabamos con gente de fuera del grupo. Y, por supuesto, nadie sabe nada de lo que pasó en aquella casa de playa.