La noche que mi hijo nos dejó solos en el sofá
Había algo distinto en mi manera de moverme por la oficina esa semana. No era arrogancia, o quizás sí lo era un poco, pero el tipo correcto de arrogancia: la que viene de saber que todavía eres capaz de hacer que alguien te desee. Lo que había pasado con Rubén seguía generándome una corriente cálida cada vez que lo recordaba, aunque me resistía a convertirlo en algo más de lo que había sido.
Uno de esos días coincidí con Marco en la pequeña sala donde tomábamos el café. Era el becario nuevo, con esa mezcla de torpeza y energía que tienen los que todavía no han aprendido a disimular lo que piensan. Yo removía el café de espaldas a él, muy consciente de que el escote hacía parte del trabajo.
—¿Quieres uno?
—No, gracias. Ya tengo.
Me giré despacio.
—No me refería al café.
Hubo un silencio. Marco se puso rojo hasta las orejas.
—¿Cómo dices?
—Creo que me has entendido perfectamente.
En ese momento entró una compañera y el juego quedó suspendido en el aire. Marco agarró su taza con demasiada fuerza y salió sin decir nada.
***
Esa noche le escribí a Fernando, un contacto de otra ciudad con el que llevaba meses intercambiando mensajes sin que el asunto llegara a ningún sitio concreto.
—Hola. Hace tiempo que no sé nada de ti.
—Carmen, qué casualidad. Mis padres acaban de confirmar que se van este fin de semana y eres la primera que me escribe.
—Seguro que tienes lista de candidatas.
—Las hay, pero llevas meses en el primer puesto y no me cansaré de decírtelo.
Le conté lo de Rubén. No los detalles, pero sí lo suficiente para que entendiera que había cruzado una línea que llevaba tiempo mirando desde el otro lado.
—¿Fue con alguien joven?
—Bastante más joven que yo. Un amigo de mi hijo.
Hubo una pausa.
—Me alegra que te hayas animado. Aunque esperaba ser yo el primero.
—Nadie te lo impide.
—Lo sé. Y no descarto que algún día lo sea.
Cerré el teléfono con esa sensación rara de haber compartido algo importante con alguien que no conoces del todo.
***
Los días siguientes intenté retomar el juego con Marco, pero el chico me esquivaba. Dejó de aparecer por la sala del café a su hora habitual. Cuando me acerqué a su mesa, la conversación fue breve.
—¿Ya no tomas café por las mañanas?
—Me tomé uno antes de llegar.
—Qué lástima. —Apoyé una mano sobre su pierna.— Pensaba que te gustaba lo que veías.
Marco no retiró mi mano con brusquedad. Lo hizo con cuidado, casi con delicadeza.
—Tengo novia, Carmen. Y no es algo que me interese, la verdad.
Me levanté, volví a mi mesa y me senté frente a la pantalla sin ver nada durante un buen rato.
Alguien tenía que bajarme de esa nube algún día. Qué conveniente que hubiera sido él.
No era el fin del mundo, pero dolió lo suficiente como para pasarme la tarde siendo más honesta conmigo misma de lo que me gustaba.
***
Al día siguiente, una compañera llamada Patricia se acercó con una invitación para el gimnasio al que acababa de apuntarse.
—Tiene jacuzzi, sauna, piscina cubierta... Lo del ejercicio es lo de menos.
—Eso ya me convence más.
—¿La semana que viene?
—Sí. ¿Por qué no?
Dije que sí principalmente porque necesitaba pensar en otra cosa. Llevaba días girando alrededor del mismo eje: cuánto podía gustar, a quién, en qué circunstancias. El rechazo de Marco no me había hundido, pero me había recordado que no era invencible, y eso en el fondo era un alivio.
***
Esa misma noche, mi hijo Sergio llegó a casa con cara de quien lleva tiempo planeando algo.
—Mamá, ya está todo organizado.
—¿Qué es lo que está organizado exactamente?
—Lo del sábado. Le has invitado a Marta a casa a ver una película. Ella no sabe nada todavía, pero le gusta el cine, así que no va a negarse.
—Ah. Qué bien.
—No tenías planes, ¿verdad?
—No.
—Rubén también viene. Eso ha sido cosa de su madre. Supongo que se quedó con ganas de más después de lo vuestro.
—Pues que no se haga ilusiones. Estas cosas no se planifican.
—Eres libre de hacer lo que quieras, mamá. Solo te estoy contando lo que hay.
Me fui a la cama pensando que el sábado iba a ser una velada larga. Marta me caía bien, pero nunca habíamos tenido demasiado en común. Y la idea de que mi hijo había montado todo aquello con la tranquilidad de quien organiza una cena de empresa me resultaba, cuanto menos, desconcertante.
***
El sábado me vestí con más cuidado del que habría admitido. Un vestido verde oscuro, con tirantes, que me llegaba a la rodilla y tenía una cremallera lateral desde el pecho hasta la cintura. Sencillo y efectivo.
Llamaron a la puerta. Recibí a los dos con una sonrisa y dos besos a cada uno.
Marta tenía mis mismos años pero los llevaba de otra manera. Vaqueros oscuros muy ajustados, camiseta con volantes, el pelo castaño recogido en una cola. Tenía unas piernas largas, una cintura estrecha y unos ojos claros que lo registraban todo. Era guapa sin esforzarse en parecerlo, y eso siempre me había generado cierta simpatía.
—Muchas gracias por la invitación, Carmen.
—Qué va. Ya tocaba vernos.
—Te he traído esto. —Sacó una botella de vino tinto del bolso.
—No tenías que molestarte. —Pero me alegré de que lo hubiera hecho.— Pasad. Estáis en vuestra casa.
Sergio apareció desde el pasillo y Marta lo saludó con una familiaridad que me dijo todo lo que necesitaba saber sobre sus intenciones. Dos besos largos en la mejilla, un brazo alrededor del cuello, una sonrisa que no era solo educación.
Serví el vino, los chicos sacaron cervezas, y antes de sentarnos le pedí a Marta que eligiera una película de la estantería.
—Qué colección tan grande. Se nota que te gusta el cine.
—Elige lo que quieras.
—¿Esta?
—Un clásico. Buena elección.
Sergio puso la película y apagó las luces.
Me senté al lado de Marta de manera instintiva. Rubén se acomodó en el extremo opuesto del sofá, y Sergio, sin que nadie lo hubiera planeado así, quedó entre su amigo y yo. Lo vi mirar a Marta de reojo durante los primeros diez minutos y no le duró mucho más la paciencia.
***
A media hora de película, Sergio se levantó a hacer palomitas. Pausamos la imagen para esperarlos.
—Oye —dijo Marta sin apartar los ojos de la pantalla apagada—. Me ha contado mi hijo que ha estado practicando contigo los masajes.
—Así es.
—¿Y qué tal lo hace?
—Tiene unas manos increíbles. Nació para esto.
—Yo le pido que practique conmigo, pero no quiere ni oír hablar.
—Los hijos son así. Con las madres lo tienen demasiado visto.
—El tuyo, en cambio, es un encanto.
—Lo es.
Los chicos volvieron con los boles. Las palomitas dulces terminaron en manos de Marta, que aprovechó el intercambio para sentarse junto a Sergio. Rubén, sin decir nada, ocupó el hueco a mi lado.
Su brazo quedó apoyado en el respaldo, detrás de mi cabeza. Al principio era solo eso, un brazo en el respaldo. Luego su mano fue hacia mi hombro, despacio, como si no hubiera ninguna prisa. Yo miraba la pantalla.
Cada vez que cogía palomitas del bol que yo sostenía, su otra mano aprovechaba para posarse un momento en mi pierna. Un momento que fue alargándose, que fue subiendo. Su palma en mi muslo ya no era accidental. La sentía cálida a través de la tela del vestido. Sus dedos trazaban pequeños círculos mientras su otra mano, la del respaldo, se deslizaba por mi hombro hacia el escote.
Dejé de escuchar la película.
Miré de reojo a Sergio. La luz del televisor le iluminaba la cara y tenía los ojos cerrados porque Marta le estaba besando. Su mano, la de ella, había desaparecido dentro de sus pantalones.
Qué familiar me resultaba esa escena desde el otro lado.
Giré la cabeza hacia Rubén. Me miró con esa calma que tienen los jóvenes cuando saben lo que quieren pero no tienen prisa. Me besó. No respondí la primera vez. Tampoco la segunda. A la tercera cedí, y el resto del salón dejó de existir.
***
Nos besábamos despacio, con los labios abiertos y sin apresurarnos. Él me sobaba un pecho sobre la tela y yo lo dejaba, con una mano apoyada en su nuca.
Sergio se levantó del sofá y cogió a Marta de la mano.
—¿Adónde...? —empecé.
Marta se giró con una sonrisa.
—Te lo cuidaré bien. Te dejo en buenas manos.
Desaparecieron por el pasillo.
Me quedé mirando el espacio vacío del sofá durante un segundo. Luego miré a Rubén.
—Si ella puede divertirse, yo también. —Me levanté frente a él y me quité los zapatos.
Bajé la cremallera lateral del vestido sin prisa. Lo dejé caer al suelo, lo saqué de debajo de mis pies de una patada y me quedé de pie con el sujetador negro y las bragas a juego.
Rubén me miraba sin moverse.
—¿Te vas a quedar ahí? Cómemelas. Ahora.
Me incliné un poco hacia delante. Él no se hizo de rogar.
Cuando su boca rodeó mi pezón sentí un chispazo que me llegó mucho más abajo. Cerré los ojos. Mis manos fueron a su cabello.
—Abusa de ellos. No pares.
Le gustaba que le dijera lo que quería. Y a mí me gustaba decírselo.
Me los chupó con fuerza, alternando uno y otro, juntándolos con las manos para alcanzarlos con la boca al mismo tiempo. Su lengua en los pezones hacía exactamente lo que yo quería que hiciera en otro sitio.
Desde el fondo del pasillo llegó la voz de Marta. Un sonido que no dejaba lugar a dudas.
Bien. Que aproveche.
Le detuve, apoyé un pie en el sofá y aparté la tela de las bragas a un lado.
—Aquí.
Su boca encontró el camino sin necesidad de más indicaciones. Lo hacía bien. Lo hacía muy bien. Se tomó su tiempo en cada parte, pero volvía siempre al mismo punto, el que me hacía apretar los dedos en su pelo.
—Así. Sigue así.
Mis gemidos se mezclaban con los que llegaban desde la habitación de Sergio. No me importó en absoluto.
Le empujé para que quedara estirado en el sofá, me deshice de las bragas y me puse a horcajadas sobre su cara con las rodillas apoyadas en los cojines.
—Toma. No te dejes nada.
Elevé su cabeza con una mano. Él obedeció con exactamente la presión que necesitaba.
—Mírame a los ojos mientras lo haces.
Me giré para ver qué tenía entre las piernas. Se había bajado los pantalones y se tocaba con la mano. Me gustó saberlo. Me lo agarré yo y él soltó de inmediato, como si hubiera estado esperando que lo hiciera.
Me incliné hacia delante y le besé la punta con cuidado. Luego con menos cuidado. Rubén intensificó el movimiento de su lengua hasta que tuve que soltarlo un momento para no perder la concentración.
Volví a cogerlo. Esta vez con la boca.
Empecé despacio, con la mano apoyada en la base, notando cómo él respondía con la lengua cada vez que yo bajaba. Nuestros movimientos encontraron un ritmo que se fue acelerando solo, como si cada acción del uno amplificara la del otro.
—Quiero que te corras en mi cara. —Me aparté para coger aire.— Dame todo.
Le masturbé rápido, con la lengua en la punta. Rubén hizo un ruido que no era ni un gemido ni una palabra, y su cuerpo se tensó antes de que yo cerrara los ojos.
Le limpié despacio con la boca, sin prisa, mientras él recuperaba el aliento.
No había terminado.
Volví a ponerme de rodillas sobre su cara y esta vez lo dejé trabajar sin interrupciones. Sus manos no podían alcanzar mis caderas desde esa posición, así que las llevó a mis pechos. Los apretó. Me pellizcó los pezones con suavidad primero, con firmeza después, y el segundo orgasmo llegó sin avisar, con una sacudida que me obligó a apoyar una mano en el respaldo del sofá para no perder el equilibrio.
Me quedé quieta unos segundos, respirando.
—Eres increíble —le dije cuando pude hablar.
—Ha sido mutuo. ¿Repetiremos algún día?
—Seguimos con los masajes. Y lo que surja, que surja.
No quería prometer nada. Pero tampoco quería mentirle.
***
Nos vestimos en silencio, sin incomodidad. Rebobiné la película hasta donde la habíamos dejado y cuando volví al sofá me recosté contra él con las piernas entrelazadas. Subí el volumen para cubrir lo que aún llegaba desde el pasillo.
Pasados unos veinte minutos, Marta apareció en el salón con el pelo suelto y una sonrisa que no hacía ningún esfuerzo por disimular. Sergio vino detrás con cara de quien acaba de ganar una apuesta consigo mismo.
Dimos por terminada la noche sin acabar la película. Nadie se quejó.
—Ha sido un placer, Carmen. De verdad. —Marta me dio dos besos en la puerta.— ¿Quedamos un día para tomar algo?
—Cuando quieras.
Los acompañamos hasta el ascensor. Los vimos alejarse.
Sergio cerró la puerta y se apoyó en ella con los brazos cruzados.
—¿Y bien?
—Mira en qué líos me metes.
—¿Líos? Desde aquí se oía bastante bien que no era ningún lío.
—No me hagas caso.
—Te dije que lo necesitabas.
Cada uno nos fuimos a nuestras habitaciones. Antes de quedarme dormida, con la cabeza todavía girando en cámara lenta, me di cuenta de que mi hijo tenía razón.
Lo necesitaba. Y quería más.