Lo que pasó en los vestuarios esa tarde
El pádel en Sevilla en primavera tiene algo de ritual: el calor seco que llega antes de lo previsto, la tierra roja de las pistas municipales y ese punto de camaradería de barrio que hace que dos horas de partido valgan más que cualquier tarde de sofá. Javier y Laura llevaban doce años casados y desde hacía cinco compartían equipo con Marcos y Patricia en el club de Nervión, un complejo con cuatro pistas al aire libre y una cafetería que cerraba demasiado pronto.
Javier tenía cuarenta y cuatro años, metro ochenta y dos, el cuerpo todavía en forma por las carreras matutinas a orillas del Guadalquivir y los partidos de los domingos. Pelo castaño algo entrecano, barba de dos días que nunca molestaba en afeitarse para el fin de semana, manos grandes y una presencia tranquila de hombre que no necesita demostrar nada. Hetero sin fisuras, tradicional hasta la médula: del tipo que cree que el matrimonio es un acuerdo serio y que las fantasías, si las hay, se quedan en la cabeza.
Laura, treinta y nueve años, impartía clases de spinning tres mañanas a la semana en un gimnasio del barrio de Triana y el resto del tiempo llevaba el hogar con la misma eficiencia silenciosa que aplicaba a su revés en la pista. Metro sesenta y cuatro, curvas que los leggings deportivos marcaban sin que ella hiciera nada por evitarlo, pelo castaño oscuro recogido en una coleta alta durante el partido. Tenía esa costumbre de apretar los labios cuando pensaba algo que no decía en voz alta.
Marcos era arquitecto en un estudio del centro histórico, cuarenta y dos años, con algo de barriga desde que empezó a cenar con clientes y dejó de correr con regularidad, pero brazos fuertes y piernas que seguían respondiendo bien en la pista. Risa fácil, voz de quien llena una habitación sin proponérselo, fiel a Patricia desde el primer día sin que eso le costara ningún esfuerzo. Patricia, cuarenta y tres años, profesora de lengua en un instituto del Aljarafe: cuerpo delgado y definido por los diez kilómetros semanales, morena de piel aceitunada, ojos oscuros que leían a las personas antes de que abrieran la boca. También heteras, también fieles, también con algunas preguntas sin respuesta guardadas en algún cajón.
Eran buenas personas. Razonables, ordenadas, sin complicaciones que no supieran gestionar. Ese domingo de abril, la vida ordenada duró hasta que entraron al vestuario.
***
El partido acabó con victoria de Javier y Laura, como en los últimos tres encuentros. Cuatro a dos en el primero, seis a cuatro en el segundo. Marcos protestó el último punto con una exageración teatral que hizo reír a Patricia, y los cuatro terminaron en la barra de la cafetería con cañas frías y una ración de croquetas que desapareció en cinco minutos.
—Siguiente partido os damos una paliza —dijo Marcos, levantando la cerveza como si fuera un trofeo—. Hoy Laura estaba inspirada, pero la próxima semana…
—La próxima también —lo interrumpió Laura, y Patricia chocó su caña con la de ella.
Hablaron de trabajo, de los hijos, de la escapada a la sierra que llevaban dos meses intentando concretar. El sudor se secaba en la ropa y el sol bajaba sobre los tejados. A las siete y cuarto, Patricia recogió su bolsa.
—Ducha y a casa —dijo.
***
El vestuario de mujeres olía a cloro y jabón de barra. Bancos de madera desgastada, taquillas metálicas con llave, duchas con cortinas de plástico fino que no cubrían gran cosa. Laura y Patricia se desvistieron sin pensar, habituadas a años de vestuarios compartidos después del partido, a esa intimidad sin carga que solo se construye con tiempo.
Laura se quitó el top deportivo y lo lanzó al banco. Patricia hizo lo mismo con su camiseta. Ninguna dijo nada durante un momento; era el silencio cómodo de la amistad de verdad, el que no necesita llenarse.
—Marcos te ha estado mirando toda la tarde —dijo Laura, abriendo el grifo de la ducha y esperando el agua caliente que siempre tardaba en llegar.
—Y Javier a ti —respondió Patricia, bajándose los pantalones cortos—. Son así. Miran y callan. Buenos chicos.
La pared del fondo era fina, con las cañerías a la vista. A través de ella llegaban voces del vestuario de hombres, amortiguadas pero reconocibles. Patricia se acercó, riendo.
—Están hablando de nosotras. Marcos dice que con esos shorts… —Ahogó una carcajada—. El muy sinvergüenza.
Laura se acercó también. Sus hombros se rozaron sin querer.
—¿Y si les damos un susto? Entramos y les decimos que las duchas están averiadas.
Patricia la miró un segundo. Luego sonrió de esa manera que Laura conocía bien, la que significaba que estaba calculando si la idea era una locura o simplemente atrevida.
—Voy a arrepentirme de esto —dijo, y cogió la toalla.
***
Cruzaron el pasillo desierto envueltas en las toallas blancas del club, descalzas sobre el suelo de gres frío. La puerta del vestuario de hombres no tenía cerrojo desde el lado de fuera. Laura la empujó.
Javier y Marcos estaban de espaldas, en ropa interior, buscando algo en sus taquillas. Se vieron reflejados en el espejo de la pared del fondo. Marcos fue el primero en girarse.
—¿Qué…? —Tenía la cara encendida hasta el cuello.
—Las duchas de chicas están frías —dijo Laura, con la serenidad de quien anuncia algo perfectamente razonable—. ¿Nos dejáis pasar?
Javier la miraba con los ojos muy abiertos. La conocía desde hacía doce años y seguía sin saber qué cara poner cuando ella hacía esto.
—Laura. Esto es el vestuario de hombres.
—Ya lo sé.
Patricia no esperó más. Dejó caer la toalla al suelo.
El silencio que siguió no duró más de cuatro segundos. Marcos emitió un sonido que no era exactamente una palabra. Javier parpadeó dos veces. Los dos se quedaron donde estaban, mirando a Patricia como si no estuvieran del todo seguros de que aquello fuera real: cuerpo de runner, piel erizada por el cambio de temperatura, una calma en la mirada que no dejaba espacio para la duda.
Laura dejó caer la suya también.
***
El primer beso fue entre Patricia y Javier. Ella se acercó, le puso una mano abierta en el pecho todavía sudado del partido, y lo besó despacio. Javier tardó exactamente dos segundos en responder, con las manos yendo a la cintura de ella por un instinto que no le dio tiempo a razonar.
Marcos miró a Laura. Laura le sostuvo la mirada.
—Supongo que ya no hay marcha atrás —dijo él.
—Podría haberla —respondió ella.
Pero ninguno de los dos la quería. El beso de Marcos y Laura fue más directo: manos en su espalda, presión inmediata, ese calor que viene de alguien que no sabe tus costumbres y por eso no da nada por supuesto. Laura sintió que se le tensaba el estómago de una manera que no tenía nada que ver con la ansiedad.
Los cuatro se miraron. Nadie dijo nada. El grifo de la ducha seguía goteando en algún rincón del vestuario.
***
Se arrodillaron casi al mismo tiempo: Laura frente a Marcos, Patricia frente a Javier.
Laura le bajó la ropa interior despacio. Tomó lo que encontró con la mano y lo llevó a la boca sin rodeos. Era diferente a lo que conocía, y esa diferencia era exactamente el punto. Trabajó el ritmo con la lengua, despacio al principio, luego con más presión, atenta a cada reacción de Marcos en la tensión de sus muslos y en el sonido bajo que salió de su garganta.
A su lado, Patricia hacía lo mismo con Javier. De vez en cuando se miraban de reojo: una competencia sin rivalidad, una complicidad rarísima que ninguna de las dos habría sabido nombrar.
—Cambiamos —dijo Patricia en un momento dado.
Se movieron sin ceremonia. Laura pasó a Javier, Patricia a Marcos. Javier la miró cuando ella lo tomó en la boca, con esa expresión de estar fuera de todo mapa mental conocido. Saliva cayendo por la barbilla de Laura, los dedos de ella masajeando con calma mientras su boca trabajaba profundo. Marcos agarró el pelo de Patricia con cuidado, sin empujar, dejando que fuera ella quien marcara el ritmo.
Los maridos se miraron por encima de las cabezas de sus mujeres y de las ajenas. No dijeron nada. No hacía falta.
***
El banco de madera del fondo era largo y sólido. Marcos tumbó a Laura boca arriba y se arrodilló entre sus piernas. La lamió despacio: lengua plana en el interior de sus muslos primero, subiendo sin prisa, separando con cuidado los labios con la punta. Dos dedos curvados hacia arriba, buscando el ángulo correcto mientras su boca trabajaba el clítoris con sorbos lentos y precisos.
—Ahí —dijo Laura. Y luego, cuando los encontró: —Ahí, así.
Al lado, Javier hacía lo mismo con Patricia, que tenía la espalda arqueada y los ojos cerrados y emitía sonidos bajos que se mezclaban con el goteo del grifo. Marcos añadió un tercer dedo y aceleró el ritmo. Laura se vino sin aviso, las caderas levantándose del banco, la mano aferrándose al borde de la madera desgastada.
Patricia siguió segundos después, con un grito ahogado que rebotó contra los azulejos del vestuario.
***
Marcos entró en Laura de frente, despacio, sin apartar la mirada. Ella sintió cómo sus paredes se adaptaban, el estiramiento gradual, la presión creciente con cada centímetro que avanzaba.
—¿Bien? —preguntó.
—Sigue.
Empezó lento. Luego el ritmo fue creciendo, sus caderas golpeando contra las de ella con un sonido húmedo y regular, el banco crujiendo ligeramente bajo el peso de los dos. Laura cerró los ojos y dejó de pensar en nada que no fuera lo que estaba pasando en ese momento exacto.
Al otro lado del banco, Javier tenía a Patricia a cuatro patas. La embistió con una fuerza que la sorprendió, una mano en su cadera para fijar el ángulo, embestidas que llegaban profundo y la hacían soltar un gemido con cada una. Patricia se corrió de repente, sin que ninguno de los dos lo hubiera buscado en ese instante preciso, con un espasmo que hizo que Javier redujera el ritmo y la dejara bajar.
Cambiaron posiciones varias veces. Laura encima de Marcos, moviéndose despacio con las manos apoyadas en su pecho. Javier detrás de Laura mientras Marcos la miraba desde abajo. Patricia encima de Javier, los ojos abiertos, mirando a Marcos sin apartar la vista. Había algo extraño e intenso en que los cuatro pudieran verse al mismo tiempo, en ese vestuario con olor a jabón barato y madera húmeda.
En un momento, mientras Laura cabalgaba a Marcos, Patricia se arrodilló a su lado y lamió el tronco de él al salir del cuerpo de su amiga. Luego subió y succionó el clítoris de Laura con suavidad.
Laura la miró desde arriba.
—Dios —fue lo único que dijo.
***
El anal llegó después de que Marcos lo sugiriera en voz baja, casi como una pregunta, sin presión. Laura asintió. Usaron jabón del dispensador de la pared como lubricante improvisado.
Marcos fue meticuloso: un dedo primero, luego dos, dilatando con paciencia, esperando que el cuerpo de Laura respondiera antes de avanzar. Cuando entró, lo hizo centímetro a centímetro, parando cuando ella lo indicaba con una mano levantada o un sonido.
—Ya —dijo ella.
Empezó a moverse. Su mano rodeó la cadera de Laura hasta llegar al frente, rozando el clítoris mientras empujaba. Laura apretó la frente contra la pared fría del vestuario y se concentró en respirar. Cuando vino, fue profundo y distinto a todo lo anterior: un orgasmo que empezó desde adentro y tardó en terminar.
A su lado, Javier hacía lo mismo con Patricia, con esa misma calma extraña que habían mantenido todos durante la tarde. Patricia tenía la espalda arqueada y los dientes apretados y repetía una sola sílaba en voz baja, como un mantra, hasta que se corrió con un temblor largo que le recorrió las piernas.
***
Al final, los cuatro se pusieron de rodillas en el suelo, sobre las toallas extendidas. Javier y Marcos se masturbaban mirando a sus mujeres y a las ajenas. Había algo ridículo y completamente perfecto en la imagen: cuatro personas razonables y ordenadas en un vestuario municipal de Sevilla.
Se corrieron casi al mismo tiempo. Caliente, sobre las caras y los cuellos de Laura y Patricia, que no se movieron ni apartaron los ojos. Laura y Patricia se miraron. Luego se lamieron lo que habían recibido mutuamente, besándose un instante antes de separarse.
—Esto ha pasado de verdad —dijo Patricia.
—Ha pasado —confirmó Laura.
Nadie dijo nada más durante un rato. El grifo de la ducha seguía goteando. Afuera, alguien empezaba un partido en la pista de al lado. Todo seguía exactamente igual que antes, excepto que no.
***
Se ducharon en silencio, en cabinas separadas, con el agua que ahora salía caliente como si fuera un chiste. Se vistieron. Salieron al pasillo.
El camarero de la cafetería les puso cuatro cañas sin que nadie las pidiera, porque era lo que siempre tomaban al final del partido. Javier pagó, como siempre. Marcos dejó propina. Hablaron de poco: del calor que se acercaba, de los hijos, de la escapada a la sierra que seguía sin concretarse.
—El próximo domingo —dijo Marcos, recogiendo las llaves del coche.
—El próximo domingo —repitió Javier.
Los cuatro asintieron. Sin explicaciones. Sin promesas que no supieran si podían cumplir. Solo el acuerdo tácito de quien ha cruzado una línea y ha decidido que no va a perder el sueño por eso. El sol de Sevilla los esperaba fuera, naranja y quieto sobre los tejados del barrio, igual que siempre.