Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que cuatro monitores entraron a nuestra carpa

Valentina acomodó la mochila sobre los hombros y miró hacia la entrada del Campamento Las Cascadas. El sol de enero le calentaba la nuca, el aire olía a resina y pasto húmedo, y a su lado Sofía sonreía con esa boca suya que siempre prometía algo.

— Dos semanas sin que nadie nos diga qué hacer —dijo Sofía, rozándole el brazo con los nudillos—. Me parece que nos lo merecemos.

Valentina sintió algo moverse debajo del estómago. No era exactamente nervios.

El autobús las había dejado frente a un cartel de madera tallada, y un grupo de monitores las recibió cerca de una mesa con listas. Valentina los vio antes de que ellos la vieran a ella: cuatro hombres jóvenes con remeras azules del campamento. El más alto, Rodrigo, tenía los hombros de alguien que cargaba peso por elección propia. Tomás, el que anotaba en el formulario sin levantar la vista, tenía los antebrazos marcados y una concentración que Valentina encontró más interesante que los otros dos. Ezequiel era el más joven, sonrisa fácil y ojos claros. Damián, el cuarto, era callado, con esa clase de mirada que transmite cosas sin palabras.

— Valentina García —leyó Tomás, y cuando levantó los ojos, se detuvo un instante antes de seguir—. Carpa doce, zona norte.

— ¿Y yo? —preguntó Sofía, apoyando los codos en la mesa con descaro.

— Sofía Beltrán. Misma carpa.

— Qué conveniente —dijo Sofía sin moverse, con una sonrisa que era casi un desafío.

Valentina la tomó del brazo y la arrastró antes de que dijera algo más.

— Te van a odiar antes de la cena —le murmuró.

— O todo lo contrario —respondió Sofía, mirando hacia atrás.

La carpa doce estaba en un claro apartado, rodeada de pinos, cerca del límite del bosque. Olía a lona vieja y tenía espacio justo para dos colchonetas y las mochilas. Valentina la miró y pensó que era perfecta.

Esa tarde participaron de las actividades de bienvenida con la misma indiferencia cordial con la que habían sobrevivido el secundario: presentes, pero en otra cosa. Durante la cena comunitaria, Rodrigo y Tomás pasaron cerca de su mesa dos veces más de lo que el recorrido justificaba. Ezequiel le sostuvo la mirada a Sofía lo suficiente como para que ambas lo notaran. Damián no dijo nada pero tampoco miró hacia otro lado.

Sofía comió sin apuro y por debajo de la mesa le apretó la rodilla a Valentina.

— Esta noche —dijo en voz baja, como si le estuviera preguntando si quería más pan.

Valentina asintió sin mirarla.

***

Pasada la medianoche, la carpa olía a vino barato y a las dos. Sofía había sacado una botella de su mochila con la expresión de quien lleva tiempo planeando algo. Bebieron sin vasos, sentadas una frente a la otra sobre los sacos de dormir, con la linterna pequeña de Valentina entre ellas proyectando sombras largas en la lona.

— ¿Cuánto tiempo llevás queriendo hacer esto? —preguntó Sofía.

Valentina no fingió no entender.

— Desde el viaje a Mendoza. Hace casi un año.

Sofía dejó la botella a un lado y se acercó despacio, dándole tiempo de cambiar de idea. Cuando Valentina no se movió, le tomó la cara con ambas manos y la besó. Fue un beso tranquilo al principio, casi cuidadoso, y después no lo fue: lenguas que se encontraban, manos que empezaban a moverse, el calor acumulándose entre ellas en el espacio reducido.

Se desnudaron en el orden que tenía sentido. La diferencia entre sus cuerpos era tan evidente como siempre había sido desde afuera: Sofía alta y angulosa, hombros estrechos, piernas largas que en el espacio de la carpa parecían interminables; Valentina más baja, más llena, con caderas anchas y nalgas que Sofía le tomó con las dos manos como si fueran algo que había esperado tocar desde hacía demasiado.

— Dios —dijo Sofía en voz baja, apretando—. Hace meses que pienso en esto.

— Entonces no pares de pensar —respondió Valentina.

Sofía la empujó suavemente hacia atrás y se inclinó sobre ella. Le besó el cuello, el hombro, la curva de un pecho. Valentina hundió los dedos en los rizos oscuros y la guió más abajo sin decir nada. Sofía entendió sin que hiciera falta explicar y bajó la cabeza entre sus muslos.

Lo que siguió fue despacio y urgente al mismo tiempo. Sofía sabía exactamente qué hacer y lo hacía sin apuro, sin performance, con una atención que era la diferencia entre alguien que escucha y alguien que solo espera su turno para hablar. Valentina llegó con los muslos apretando la cabeza de su amiga y la espalda despegándose del saco de dormir, un sonido largo y bajo escapándosele de la garganta que no había planeado.

— Tu turno —dijo Valentina cuando pudo hablar, girándose.

No escucharon que la lona se abría.

***

La corriente de aire fresco fue lo primero. Después, al levantar la vista, los cuatro estaban en la entrada.

Rodrigo. Tomás. Ezequiel. Damián.

De pie en silencio, con esa expresión que no era sorpresa sino confirmación. Nadie gritó. Nadie se cubrió demasiado rápido. El vino y el calor habían quemado esa clase de reflejos.

— Había luz —dijo Rodrigo.

— Y entraron igual —dijo Valentina, con una calma que no había planeado tener.

Fue Sofía quien resolvió el silencio. Se sentó, se pasó los rizos por detrás de la oreja y los miró a los cuatro con esa tranquilidad suya que Valentina siempre le había envidiado.

— Cierren la entrada —dijo—. Y quédense o váyanse. Lo que quieran.

Ninguno se fue.

***

El espacio de la carpa era pequeño para seis personas. Lo que siguió fue desordenado de una manera que se sentía real: cuerpos orientándose en la oscuridad, manos encontrando lo que buscaban, el sonido de la lona contra el suelo cuando alguien cambiaba de posición.

Rodrigo se instaló detrás de Valentina con esa clase de certeza que no pide permiso pero sí espera una señal. Sus manos grandes le recorrieron las caderas, la espalda, las nalgas con una presión firme y sin dudas.

— Decime si querés que pare.

— No pares —respondió Valentina.

Él la penetró despacio, con la clase de calma deliberada que es peor que la urgencia porque no te deja anticipar nada. Valentina apoyó la frente en el saco de dormir y se concentró en cada movimiento, en el peso de él sobre ella, en la manera en que la sujetaba, hasta que no pudo concentrarse en nada más. El sonido que salía de su boca no era algo que eligiera: era solo lo que el cuerpo producía cuando ya no quedaba espacio para otra cosa.

Tomás fue con Sofía. La estudió un momento antes de tocarla, como si estuviera memorizando algo, y después se inclinó y le besó el cuello con una lentitud que la hizo cerrar los ojos. Sofía era de las personas que raramente perdían el control, y verla ceder poco a poco fue para Valentina casi tan intenso como lo que Rodrigo le estaba haciendo a ella. Tomás la giró con cuidado, la inclinó hacia adelante con una mano en la parte baja de la espalda, y cuando entró en ella, Sofía emitió un sonido bajo y continuo que no tenía nada de su compostura habitual.

Ezequiel se acercó a Valentina por delante. Ella lo recibió con la boca sin pensarlo demasiado, encontrando el ritmo entre lo que le estaba haciendo Rodrigo desde atrás y lo que le estaba dando Ezequiel desde adelante. Era demasiado para procesar como partes separadas, y ese era exactamente el punto.

Damián se arrodilló junto a Sofía y le pasó una mano por el pelo con calma. Ella lo tomó sin vacilar, abriendo la boca, y el cuadro de los seis —las dos amigas, los cuatro hombres, el desorden cálido y oscuro de la carpa— tuvo por un momento la cualidad extraña de algo que no pertenece del todo a la vigilia.

La noche se fragmentó en secuencias. Valentina recordaría ciertos momentos con más claridad que otros: la textura del saco de dormir contra la mejilla mientras Rodrigo la cogía con un ritmo profundo y sostenido, la mano de Sofía encontrando la suya en algún punto y apretando fuerte. Los gemidos de las dos mezclándose en el espacio reducido hasta que era imposible saber cuál era de quién.

Recordaría también el instante en que Rodrigo se detuvo un momento y le preguntó en voz baja si podía ir más atrás. Valentina dijo que sí antes de terminar de procesar lo que le estaba preguntando.

Fue diferente al resto. Más lento al principio, con esa clase de incomodidad intensa que se convierte en otra cosa antes de que puedas clasificarla. Valentina mordió el saco de dormir y Sofía, que lo vio, le tomó la mano con más fuerza.

— ¿Bien? —preguntó.

— Sí —respondió Valentina. Era verdad, aunque era una respuesta insuficiente.

Rodrigo fue cuidadoso al principio y después no tuvo que serlo porque ella le pidió que fuera más, y eso fue lo que hizo: fue más profundo, más seguido, con un ritmo que le sacudía el cuerpo hacia adelante con cada empujón. Valentina llegó de una manera que no esperaba, sin aviso previo, con los muslos temblando y un sonido que se le escapó más alto de lo que hubiera querido en una carpa con paredes de lona.

Al otro lado de la carpa, Sofía estaba en cuatro patas con Tomás detrás y Damián de rodillas frente a ella. Su cuerpo largo y delgado se sacudía hacia adelante con cada embestida y ella recibía a Damián con la misma concentración con la que hacía todo: completamente, sin guardarse nada. Valentina la observó un momento con algo entre admiración y deseo.

— Mirá cómo estás —le dijo Valentina en voz baja.

Sofía levantó los ojos hacia ella y sonrió alrededor de lo que tenía en la boca, y ese gesto valió más que cualquier cosa que pudiera haber dicho.

Los cambios de posición que siguieron fueron menos frenéticos y más deliberados, como si todos supieran que había tiempo. Valentina terminó sobre Ezequiel, con Rodrigo detrás, y la sensación de los dos dentro al mismo tiempo fue tan intensa que tuvo que clavar las manos en los hombros de Ezequiel para no perder el equilibrio. Sus caderas se movieron solas, encontrando un ritmo que no había planeado pero que su cuerpo entendió de inmediato.

Sofía llegó poco después, con Tomás y Damián, de una manera que hizo que las dos se miraran en el instante exacto en que ocurrió. Ese momento —las miradas cruzadas, los cuerpos al límite, la carpa llena de respiraciones y calor— fue lo que Valentina guardaría con más precisión de toda la noche.

En algún momento sus hombros se rozaron y las dos rieron, un segundo breve e incongruente que no arruinó nada sino todo lo contrario.

Cerca de las tres de la madrugada, los seis se detuvieron. La linterna se había apagado en algún punto y la única luz era la que se filtraba tenuemente por la lona. Las respiraciones se fueron acompasando en el silencio.

— ¿Kayak mañana? —dijo Ezequiel finalmente, con la voz de alguien que acaba de recordar que hay un mundo afuera.

Sofía soltó una carcajada que Valentina no le había escuchado en años, limpia y completamente fuera de control, y eso hizo reír a todos los demás también. Ese momento fue de esa clase que no se planifica y no se fuerza.

Los cuatro se fueron cuando el cielo empezaba a aclarar. Sus pasos crujieron sobre el pasto húmedo y la carpa quedó en silencio.

***

Sofía se acurrucó contra Valentina, espalda contra pecho, las piernas enredadas. Afuera empezaban los primeros pájaros.

— ¿Sabés qué es lo raro? —dijo Sofía después de un rato.

— ¿Qué?

— Que no me arrepiento de nada. Ni de haber dejado la linterna encendida para que nos encontraran.

Valentina miró el techo de lona. La luz del amanecer entraba naranja y despacio.

— Nos quedan trece noches —dijo.

Sofía no respondió, pero se acomodó más cerca. El campamento afuera seguía dormido, y Valentina pensó, con una calma que hacía tiempo no sentía, que las dos semanas recién estaban empezando.

Valora este relato

Comentarios (5)

LucasNocturno

Increible, de los mejores que lei aca!! Bien por ustedes

Sole_78

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas

CharlySur

me hizo acordar a unas vacaciones de hace unos años jaja, muy bueno

Camila_B33

Lo que mas me gusto es como lo contaron, se siente autentico. Pocas veces se lee algo asi de natural

camper77

buenisimo!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.