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Relatos Ardientes

La última noche de soltera que nadie supo

Faltaban tres semanas para la boda y yo ya no recordaba la última vez que había dormido más de seis horas seguidas.

La lista de pendientes era interminable. El vestido había que recogerlo en la modista. El fotógrafo confirmó con dos horas de retraso. La florista me cambió el presupuesto sin avisar. Diego me llamaba cada tarde y decía que todo iba a salir perfecto, que no me preocupara tanto, que en tres semanas íbamos a empezar la mejor parte de nuestras vidas. Lo escuchaba y me calmaba. Lo quería de verdad, con esa clase de querer tranquilo y seguro que se construye despacio.

Pero llevaba semanas con algo encendido dentro que Diego no alcanzaba a apagar.

No era insatisfacción. No era duda. Era hambre, simplemente. El tipo de hambre que sabe que viene de otro sitio y que no tiene mucho que ver con el amor.

***

La despedida la organizó Sergio. Casa alquilada en las afueras, a cuarenta minutos de la ciudad: piscina en el jardín, jacuzzi cubierto en la terraza, tres cuartos y cocina grande. «Nos merecemos algo grande», había escrito en el grupo. Éramos seis: Sergio, Nicolás y Tomás por un lado; Mónica y Rebeca por el otro; y yo, la protagonista involuntaria de todo.

Llegamos el viernes por la tarde con el maletero lleno de vino y comida. Montamos la barbacoa mientras el sol bajaba y Rebeca ponía música desde el teléfono. Era un buen plan: cena, copas, risas y cama antes de las dos. Así lo había pensado yo, al menos.

Yo llevaba un vestido de tirantes blanco, ceñido, que se me subía cada vez que me agachaba. Los tres chicos no paraban de mirarme. Llevo años siendo amiga de Sergio, de Nicolás y de Tomás, y conozco esa mirada que intentan disimular y nunca consiguen del todo. Esa noche no se molestaban en disimular.

Diego me mandó un mensaje a las nueve: «Disfruta mucho, mi amor. Mañana te recojo.»

Le contesté con un corazón y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa de la terraza.

Después de cenar, mientras recogíamos los platos, Sergio sacó una cajita de metal del bolsillo de su chaqueta y la abrió sobre la mesa. Seis pastillas redondas de un rosa apagado.

—Para que la noche sea lo que tiene que ser —dijo, con esa sonrisa que tiene cuando ya ha decidido algo—. MDMA de buena fuente. Solo una cada uno.

Todos nos miramos. Mónica se mordió el labio. Rebeca soltó una carcajada nerviosa. Yo sentí un cosquilleo en el estómago que viajó directo hacia abajo.

—Solo esta noche —dije, cogiendo una pastilla—. Nadie se entera de nada. Mañana vuelvo a ser la novia perfecta.

Las tomamos con el último vaso de vino y nos metimos al jacuzzi.

***

Al principio fue solo el agua caliente y las risas más largas, los abrazos que duraban un segundo más de lo habitual. El MDMA tardó veinte minutos en llegar. Cuando llegó, fue como si alguien hubiera subido el volumen de todo al mismo tiempo: los sonidos del jardín nocturno, el agua burbujeando entre los cuerpos, el peso del aire tibio de la terraza.

Mi piel entera se volvió sensible. El roce del agua ya era casi demasiado. Los pezones me dolían contra la tela del bikini.

Sergio se colocó detrás de mí en el jacuzzi. Su pecho contra mi espalda, sus manos en mis caderas, moviéndose despacio hacia la cintura.

—Joder, Andrea... —murmuró junto a mi oído.

No dije nada. Empujé el cuerpo hacia él.

Nicolás se puso delante. Me miró un momento, serio, como preguntando, y luego me besó. Era un beso distinto a cualquier beso que hubiera recibido en mucho tiempo: lento, explorador, con una lengua que no tenía prisa. Mientras me besaba, Tomás me desató la parte de arriba del bikini por detrás. La tela flotó en el agua caliente.

Tomás pasó los pulgares por mis pezones y los encontró duros.

—¿Cuántos años llevamos siendo amigos? —dijo, sin esperar respuesta, y bajó la cabeza.

El MDMA convertía cada sensación en algo mucho más grande que sí misma. Un mordisco suave en el hombro me hacía arquear la espalda. La mano de Sergio bajando por mi barriga hasta la cintura del bikini era una corriente que no paraba en la piel.

Me sacaron del jacuzzi entre todos.

***

Sergio había preparado el salón antes de que llegáramos. Colchones en el suelo, sábanas limpias. Lo había planeado desde el principio y yo lo sabía y eso no me molestó en absoluto.

Me tumbaron. El techo estaba lleno de sombras que se movían con la luz de las velas.

—Quiero que me folléis —dije. Sin dramatismo. Como se dice cualquier cosa que es verdad.

Sergio fue primero. Se arrodilló entre mis piernas abiertas y bajó la cabeza sin apresurarse. Su lengua era ancha y paciente, nada que ver con lo que me había imaginado. Lamió despacio, aprendiendo cada ángulo, sin ninguna prisa. Yo cerré los ojos y apreté las sábanas con las manos.

Nicolás se arrodilló a mi lado y me ofreció su polla. La cogí con la mano, la miré un segundo y la metí en la boca. Era una sensación diferente: el peso, el calor, el sabor a piel limpia y excitada. Empecé a chuparla despacio mientras Sergio seguía trabajando entre mis piernas.

Tomás se ocupó de mis pechos. Alternaba entre los dos, apretaba, lamía, mordía los pezones con una presión que estaba justo en el límite entre lo que duele y lo que no. El MDMA convertía ese límite en algo que quería que no parara nunca.

Mónica y Rebeca se habían quitado la ropa también. Se besaban en el extremo de los colchones, mirándonos de reojo, las manos entre las piernas una de la otra.

Me pusieron a cuatro patas.

Nicolás entró en mí por detrás, despacio, hasta el fondo, y se quedó quieto un momento. Solo ese segundo de quietud antes de empezar a moverse fue suficiente para hacerme soltar un gemido largo alrededor de la polla de Sergio.

Tomás escupió en mi ano y empezó a trabajarlo con los dedos. Uno primero, con paciencia. Luego dos, girando, abriéndome sin apresurarse. Cuando añadió el tercero yo ya lo estaba pidiendo con el cuerpo, empujando hacia atrás.

Entró despacio, centímetro a centímetro. Cuando estuvo completamente adentro, sentí que tenía los dos agujeros llenos al mismo tiempo por primera vez en mi vida.

Los dos encontraron un ritmo. Tardaron un poco, como siempre pasa, y luego lo encontraron y ya no tuve más pensamientos. Solo la presión, el movimiento, el calor.

Mónica se colocó debajo de mí y empezó a lamerme el clítoris con la lengua plana. Rebeca me cogió la cara y me besó con sabor a vino y a otra cosa dulce.

Me corrí con fuerza. Un orgasmo largo que empezó bajo y fue subiendo hasta que ya no podía contenerlo y grité contra la boca de Rebeca.

***

Nicolás se corrió dentro de mí primero, gruñendo bajo, sujetándome las caderas. Tomás aguantó un poco más en mi culo y descargó también. Cuando los dos salieron sentí el calor que dejaban y el músculo pulsando solo.

Los tres chicos me pusieron de rodillas en el centro del salón. Se pajearon frente a mí, sin prisa, mirándome a la cara. Uno tras otro se corrieron: en mi cara, en mis pechos, en mi boca abierta. Tragué lo que pude. El resto me resbaló por la barbilla y el cuello.

Mónica y Rebeca se acercaron. Me besaron entre las dos, saboreando, compartiéndolo.

La noche apenas había empezado.

***

El MDMA duró horas. En algún momento perdí la cuenta de las veces que me corrí. El placer llegaba en oleadas que se superponían, cada una antes de que bajara la anterior, y entre oleada y oleada solo existía el presente más inmediato: la textura de la piel que tenía encima, el olor a cuerpos calientes, el sonido de los colchones.

Me follaron en todas las posiciones posibles. Coño, culo, boca. Los chicos se recuperaban y volvíamos a empezar. Mónica y Rebeca se metían en el medio, añadían manos y bocas, se turnaban entre los chicos y entre ellas.

En un momento Rebeca me sentó su coño en la cara y yo la lamí con hambre mientras Sergio me follaba el culo con embestidas lentas y profundas. En otro, Mónica me fistió el coño mientras Tomás me follaba por detrás. El MDMA convertía esa doble presión en algo que estaba en el límite de lo que el cuerpo puede procesar y seguir funcionando.

Me corrí llorando una vez. Lágrimas que no eran de tristeza, solo de demasiado.

***

El sábado amaneció con todos tirados en los colchones, pegajosos y agotados. Nos duchamos por turnos, comimos pan con queso, bebimos mucha agua. La casa olía a lo que había pasado y nadie hizo ningún comentario al respecto.

A media mañana empezamos otra vez, pero más despacio. El éxtasis había bajado del todo y lo que quedaba era algo más animal y más consciente al mismo tiempo. Sin el empuje químico de la noche anterior, los movimientos eran más lentos y más deliberados. Cada uno sabía ya lo que le gustaba al otro y lo buscaba directamente.

Por la tarde me tumbaron entre Nicolás y Sergio. Uno en el coño, el otro en el culo, moviéndose despacio y con calma. Tomás miraba desde el sillón y se pajeaba sin apresurarse. Mónica apoyó la cabeza en mi pecho y escuchó mi corazón acelerado. Rebeca me acarició el pelo.

Me corrí despacio, sin gritar esta vez. Un orgasmo largo y profundo que me dejó temblando unos segundos y luego quieta, con la respiración alta y los ojos cerrados.

El sábado por la noche fue más de lo mismo, pero más suave. Más besos, más piel, menos urgencia. Alguien puso música baja. Bebimos más vino. Nos revolvimos entre los colchones hasta tarde sin ningún destino fijo, sin apresurarnos.

***

El domingo por la mañana recogimos en silencio.

Doblamos las sábanas, recogimos los vasos, abrimos las ventanas de par en par. Entró el aire fresco de la mañana y el olor a dos días adentro empezó a disiparse lentamente. Tomás hizo café. Rebeca encontró unas galletas en el fondo de una bolsa y las repartió.

Nos abrazamos en la puerta antes de subir a los coches. Abrazos largos, sin palabras. Rebeca me apretó fuerte y no dijo nada. Mónica me besó en la mejilla.

Sergio fue el último. Me cogió de la cara con las dos manos y me miró directo a los ojos un momento.

—Sé feliz, Andrea. De verdad.

—Lo sé —contesté.

Me monté en el coche sola. El cuerpo me dolía de formas distintas en sitios distintos, un catálogo completo y detallado de los últimos dos días. Olía a ellos todavía a pesar de la ducha.

***

En la autopista de vuelta, con el sol de domingo entrando por el cristal y la radio baja, pensé en Diego. En la cara que pondría cuando me viera llegar. En el beso que me daría, suave y tranquilo, como era él. En la boda en tres semanas, el vestido, las flores, el fotógrafo.

Lo quería. Eso no había cambiado.

Lo que había pasado en esa casa era también real, también mío, aunque nadie más fuera a saberlo nunca. No sabía bien cómo llamarlo. Tampoco sentía que necesitara nombrarlo.

Aparqué frente a mi edificio, subí las escaleras y metí la llave en la cerradura.

Tenía cosas que organizar.

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Comentarios (4)

ClarisaM

Dios mio que caliente!! me encantó

NachoBsAs

Se hizo corto, quiero mas de esta historia!

Martu_baires

El titulo me enganchó enseguida y el relato no decepciona para nada. Muy bueno!

Luli_Cordoba

Increible como lo contaste, se siente tan real... sigue asi por favor!!

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