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Relatos Ardientes

Las dos amigas que terminaron en una orgía

La noche empezó a cambiar dentro de la tienda de campaña cuando sonó la cremallera.

Claudia llevaba un buen rato sin pensar en el tiempo. Tenía a Valeria encima de ella, los dos cuerpos húmedos y calientes, y la lona naranja de la tienda era lo único que quedaba entre ellas y el ruido lejano del festival. Habían llegado ahí casi por accidente —la lluvia, la búsqueda de refugio, la primera conversación— y lo que había pasado después no lo había planeado nadie. Pero había pasado, y ambas seguían enredadas cuando el cierre metálico empezó a abrirse desde fuera.

Claudia miró hacia la entrada. Valeria giró la cabeza sin moverse del sitio.

Aparecieron dos pares de ojos. Un tipo rubio y uno moreno que tardaron lo mismo que tarda un parpadeo en leer la situación: dos chicas desnudas, sin sábanas, todavía respirando fuerte. No se inmutaron. Eso solo podía significar una cosa, y esa cosa implicaba que no era su primera vez.

—Mira tú —dijo el rubio con una sonrisa—. La Vale ya ha encontrado compañía.

—Con lo espabilada que es —respondió el moreno—, no me sorprende. Nosotros seguíamos dando vueltas y ella ya tiene tienda propia.

Valeria se apoyó en un codo pero no se cubrió.

—Os dejo cinco minutos solos y ya me dejáis tirada. Pues así me las busco yo.

—No nos quejamos del resultado —dijo el rubio.

—Pues entonces no protestéis.

Claudia observaba el intercambio en silencio. Había algo extraño en la situación —estar desnuda mientras dos desconocidos se acomodaban en la entrada— pero también había algo que no le resultaba tan incómodo como habría esperado. Valeria conocía a esos dos. Eso se notaba en la cadencia de sus frases, en la falta total de tensión en sus cuerpos. No eran desconocidos para ella. Eran, en todo caso, desconocidos solo para Claudia.

—Rodrigo y Mateo —dijo Valeria, señalando al rubio y al moreno—. Festivales de siempre. Son de la misma ciudad que yo, pero se hacen llamar en inglés para darse importancia.

—Qué presentación —protestó Rodrigo—. Ayer estabas más maja.

—Ayer te hice un favor.

Claudia saludó con la mano. No encontró otra respuesta que estuviera a la altura de las circunstancias.

***

Los dos chicos entraron y cerraron la cremallera detrás de ellos. En ese espacio reducido, Claudia pudo verlos con más detalle. Rodrigo era alto, delgado, con el pelo rubio recogido en un moño descuidado y un piercing en el pezón izquierdo que brilló cuando se quitó la camiseta sin que nadie se lo pidiera. Mateo era moreno, más callado, con una serpiente tatuada que le recorría el costado desde la cadera hasta la mitad del torso. La cola desaparecía bajo la cinturilla del pantalón. Los dos llevaban el olor del festival encima: tierra mojada, humo, cerveza.

Los bultos en sus pantalones no eran difíciles de ignorar. Claudia no los ignoró.

Rodrigo se movió hacia el fondo de la tienda con una calma que daba a entender que sabía exactamente lo que iba a ocurrir. Se quedó de pie, la cadera a la altura de la cara de Valeria, que ya se había incorporado sin separarse del todo de Claudia. No hubo negociación. Valeria tiró del cordón del pantalón, bajó la tela de un solo movimiento y lo que apareció era más de lo que Claudia había anticipado.

Sin pausa, Valeria abrió la boca y lo recibió entero. De una sola vez, sin dudarlo. Claudia se quedó mirando con la misma expresión que se le pone a alguien cuando ve algo que no puede dejar de mirar. Rodrigo cerró los ojos y dejó salir un sonido bajo que confirmaba que sí, que era exactamente tan bueno como parecía.

La lengua de Valeria se movía con precisión. Rodrigo tenía una mano apoyada en su cabeza, sin presionar, solo ahí. Claudia la conocía desde hacía menos de dos horas pero ya había aprendido que Valeria hacía las cosas con una atención al detalle que no era común.

Por detrás, Mateo se había puesto de rodillas. Empezó a explorar con la lengua la humedad que Valeria todavía llevaba de antes, recorriendo despacio, subiendo hasta donde el ritmo de la respiración de ella se hizo irregular. Valeria dio un respingo pero no interrumpió lo que estaba haciendo con Rodrigo. El movimiento de su cadera hizo que rozara contra Claudia, y esa fricción llegó a donde tenía que llegar.

Claudia empezó a moverse.

Sus manos encontraron los muslos de Valeria, los huevos de Rodrigo, sin un orden particular. Todo estaba húmedo. El calor de tres cuerpos en una tienda cerrada era una presencia física. Claudia dejó de pensar en si estaba haciendo lo correcto y empezó a hacer lo que le pedía el cuerpo.

***

Rodrigo la miró cuando notó su mano. Bajó hasta ponerse de rodillas frente a las dos. Valeria entendió al instante. Orientó lo que tenía en la boca hacia Claudia como si fuera lo más natural del mundo, que en ese contexto tal vez lo era. Claudia abrió la boca y lo recibió despacio. No tenía el dominio de Valeria, pero tampoco era su primera vez con un hombre. La diferencia era el ángulo, la situación, la mano de Valeria en su nuca que ajustaba sin forzar.

Las dos compartían el espacio, alternando, lamiendo distintos puntos, chocando a veces con la lengua de la otra sin que ninguna de las dos lo evitara. Rodrigo tenía los ojos abiertos y miraba hacia abajo con una expresión que no era difícil de interpretar.

Mateo se recolocó. Claudia oyó el movimiento y vio la punta de su erección rozar a Valeria desde atrás. Valeria levantó el culo en respuesta, un gesto que no necesitaba traducción, y se abrió para recibirlo. La penetración que siguió fue de un golpe, hasta el fondo, y el grito de Valeria llegó directo al oído de Claudia. La sacudida se transmitió en cadena, de un cuerpo al siguiente. Mateo empezó a moverse con un ritmo que Claudia notaba de manera indirecta, en la vibración del cuerpo de Valeria contra el suyo, en el movimiento de la lona debajo de ellas.

Rodrigo estaba entre las bocas de las dos, que no lo dejaban salir. Todo era ruido y calor y movimiento.

***

Valeria la miró en un momento de pausa.

—¿Bien?

—Muy bien —dijo Claudia, y era la verdad.

—Entonces te toca a ti.

No terminó de entender lo que eso significaba hasta que Valeria empezó a moverse. Con una agilidad que no encajaba con lo que acababa de recibir, se reorganizó en el espacio estrecho, cambiando de posición sin separarse del todo de Rodrigo, girando de una manera que requería práctica y cierta flexibilidad. Claudia se encontró recolocada también, siguiendo el movimiento como si formara parte de algo que se hubiera ensayado sin ella.

Rodrigo quedó detrás de Valeria y buscó el acceso que ya conocía. Valeria se movió para recibirlo sin prisa, sabiendo exactamente lo que venía. Claudia quedó junto a ellos, el cuerpo en diagonal, la cara cerca del encuentro entre los dos. Tan cerca que podía sentirlo todo sin interposición. Empezó a mover la lengua en los bordes, en lo que quedaba fuera, sintiendo el ritmo de Rodrigo desde esa proximidad improbable que ninguna de las dos había anticipado tres horas antes.

Mateo se colocó frente a Claudia.

Esta vez fue despacio. Más cuidadoso de lo que había sido con Valeria. La presión fue lenta y sostenida, y el cuerpo de Claudia fue cediendo a un ritmo que ella misma marcaba sin darse cuenta. Era más de lo que estaba acostumbrada, más paciente, y llenaba zonas que ella no había identificado antes como parte de su propia geografía. Cuando terminó de entrar se quedó quieto un momento.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —dijo Claudia.

Empezó a moverse.

***

La tienda era pequeña y los cuatro llenaban todo el espacio disponible. Los sonidos se mezclaban sin orden preciso: la respiración de Rodrigo, el ritmo de Mateo, los gemidos de Valeria que chocaban con los de Claudia, que no podía controlarlos del todo aunque lo intentara. Valeria le pasaba la lengua por encima en los huecos que le dejaba el movimiento de su propio cuerpo, siempre en el punto exacto, siempre en el momento más inesperado.

Claudia había dejado de analizar. Había algo en eso —en el abandono del análisis, en confiar en que el cuerpo sabía lo que estaba haciendo aunque la cabeza no tuviera un mapa claro— que era completamente nuevo. Nunca había estado en una situación así. Nunca había querido estarlo, o eso era lo que se había dicho a sí misma hasta esa noche en que la lluvia la había mandado a la tienda equivocada, o tal vez a la correcta.

Rodrigo cayó el primero. Valeria lo notó antes que nadie y ajustó, apretando, moviéndose de una manera específica que él conocía. Claudia lo oyó correrse con un sonido contenido, las manos de él aferradas a las caderas de ella, el cuerpo rígido durante unos segundos que parecieron más largos de lo que eran. El calor llegó hasta Claudia por pura proximidad, y la lengua de Valeria no se detuvo.

Mateo vio el espectáculo y eso aceleró algo en él. Su ritmo cambió, se hizo más urgente. Claudia apretó los dientes y dejó que pasara. Lo que vino fue una intensidad que llenó desde dentro hacia afuera, un calor que se extendía en ondas, y Valeria ya se había movido hasta quedar junto a Claudia, con la boca abierta, ayudándola a terminar con la lengua.

Claudia se corrió en algún punto entre las dos cosas. No supo exactamente cuándo, solo que su cuerpo se tensó de forma involuntaria y luego se soltó con una intensidad que no había anticipado. Valeria la ayudó a terminar sin prisa, sin abandonar el trabajo hasta que Claudia le puso una mano en el hombro.

—Ya —dijo Claudia, en voz muy baja.

Valeria levantó la cabeza y sonrió. Era una sonrisa pequeña, sin presumir de nada.

***

Los cuatro quedaron apilados en el suelo de la tienda, rendidos de formas distintas. Rodrigo encendió un cigarrillo y lo pasó sin que nadie lo pidiera. Mateo miraba el techo de lona con esa expresión de vacío satisfecho que tienen los cuerpos cuando han vaciado todo lo que tenían. Valeria tenía una pierna sobre Claudia y no parecía tener ninguna prisa por retirarla.

Afuera, el primer pájaro del amanecer empezó a cantar desde algún árbol. La música del escenario principal había parado. El festival dormía.

—¿Hacéis esto siempre? —preguntó Claudia al techo.

—¿Esto? —dijo Valeria.

—Esto.

Valeria tardó un momento en responder.

—En los festivales las noches son largas. Pasan cosas. La gente es distinta de día.

Era una respuesta vaga, pero no era mentira.

—¿Primera vez tú? —preguntó Valeria.

—En esto, sí.

—¿Y?

Claudia pensó en cómo había llegado hasta ahí. La lluvia. La tienda ajena. La primera conversación que no debería haber terminado donde terminó y que, sin embargo, no podía imaginar que hubiera terminado de otra manera.

—Mejor de lo que esperaba —dijo al final.

Valeria sonrió sin girarse. Las manos de Rodrigo ya se movían despacio sobre la piel de Valeria, despertando lo que acababa de descansar. Mateo abrió los ojos y miró a Claudia con una pregunta muda que no era difícil de responder.

El sol empezaba a insinuarse en el horizonte. La tienda seguía cerrada.

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Comentarios (7)

Barbara

Tremendo relato!!! el ambiente del festival le da un toque muy especial que no se ve seguido. mas asi por favor!

Rodri_77

jajaja ese detalle de la cremallera de la carpa al principio me mato, buen comienzo. muy entretenido todo

Maxibonaerense

Muy bueno, se nota que saben armar una historia. Le faltó un poco mas de desarrollo en el final pero igual le doy 10 puntos

LauraQ

Ay dios que situacion! me imagino las caras cuando abrieron la tienda jajajaja. Excelente como siempre

noctambulo33

Los festivales tienen su magia... esto me recordo a algo que me paso hace anos aunque mucho mas tranquilo je. Muy buen relato, segui así

cordobes_lector

Segunda parte porfavor!!

DiegoFan22

Buenisimo! Lo lei dos veces y sigue siendo entretenido. Hay mas relatos de este estilo en el sitio?

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