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Relatos Ardientes

Lo que hablamos en el chiringuito esa tarde

Llevaban cinco días en el mismo apartamento de la costa: cuatro adultos que se conocían desde hacía casi diez años y que, por una razón que ninguno había querido examinar demasiado, habían decidido que compartir vacaciones era buena idea. Marcos y Diego eran amigos desde la universidad. Valeria y Natalia se habían caído bien desde el primer momento, con esa facilidad que tienen algunas personas para crear intimidad donde otros solo crean distancia.

El problema —si podía llamarse así— era que desde el primer día Marcos no había podido dejar de mirar a Natalia.

No era una atracción nueva del todo. La había visto siempre como una mujer hermosa, pero aquí, en la playa, con el sol y el agua y esa ropa que no era ropa, mirar se había convertido en algo difícil de ignorar y más difícil aún de disimular. Le seguía la curva del culo bajo el bañador, el contorno de las tetas cuando se mojaba, la manera en que se mordía el labio al reírse. Cada gesto le parecía una invitación a la que no sabía si tenía derecho, y aun así se le quedaba clavada en la polla, incómoda, dura a ratos solo de verla caminar sobre la arena.

Diego lo sabía. Marcos estaba bastante seguro de que Diego también sentía algo parecido hacia Valeria.

Los dos lo sabían. Ninguno lo había dicho. Hasta esa tarde.

***

—Voy a por otra cerveza —dijo Marcos, levantándose de la arena con un movimiento más brusco de lo necesario.

Diego levantó la vista desde la toalla.

—¿Otra?

—Esta ya está caliente.

No era del todo mentira, pero tampoco era toda la verdad. Marcos necesitaba alejarse unos minutos de esa imagen: Natalia saliendo del agua con el bañador pegado al cuerpo, el agua cayendo por sus hombros, riéndose de algo que le había dicho Valeria. Tenía los pezones marcados, la piel brillante, y a Marcos se le apretaba la entrepierna con una urgencia ridícula.

Diego dudó apenas un segundo antes de levantarse también.

—Voy contigo.

Caminaron por la orilla hasta el chiringuito. Valeria y Natalia seguían en el agua, más adentradas ahora, en esa conversación de la que los hombres siempre quedan fuera y que, en el fondo, agradecen.

El bar se llamaba El Ancla. Madera vieja, taburetes altos, una nevera con botellines a cuatro grados. El camarero tenía las manos grandes y la mirada tranquila de quien ha escuchado demasiadas cosas detrás de una barra sin mover un músculo de la cara.

—Dos cervezas —pidió Marcos.

—Marchando.

Se llamaba Bernardo, según la etiqueta de la pechera. Les dejó los botellines sin hacer ruido.

Marcos bebió casi de un trago. El frío le bajó por la garganta y le aclaró algo.

—¿Te has fijado en cómo lleva Natalia el bañador hoy?

Diego tardó en responder.

—Sí.

No había mucho más que añadir, pero Marcos no pudo contenerse.

—No lo eligió por casualidad.

Diego apoyó el codo en la barra.

—Nunca lo hacen.

Marcos sonrió.

—Y Valeria con ese vestido de esta mañana...

—Para —dijo Diego. Pero lo dijo riéndose.

—No te estoy diciendo nada que tú no hayas pensado ya.

Diego bebió más despacio.

—No. Supongo que no.

Al otro lado de la barra, Bernardo limpiaba un vaso que ya estaba limpio.

—Llevamos cinco días —continuó Marcos— y me está volviendo loco.

—¿Natalia o la situación?

—Las dos cosas.

Diego asintió sin sorpresa.

—A mí me pasa igual. Con Valeria, claro.

—Claro.

Marcos dejó la botella sobre la barra.

—Si fuéramos completamente sinceros...

—Lo somos bastante.

—Del todo —corrigió Marcos—. Diríamos que llevamos cinco días pensando lo mismo. Los cuatro.

Diego no respondió de inmediato. Miró a Bernardo de reojo. El camarero había dejado de limpiar, pero seguía mirando hacia otro lado con mucho interés.

—¿Y tú crees que ellas...? —empezó Diego.

—¿No te has fijado en cómo se miran?

Diego frunció el ceño un momento, y luego dejó de fruncirlo. Porque sí se había fijado. Valeria y Natalia llevaban cinco días en una conversación continua que a veces parecía menos una conversación y más algo que iban construyendo juntas, con una intención que Diego no habría sabido nombrar pero que reconocía perfectamente.

—Puede que tengas razón —dijo en voz baja.

Bernardo carraspeó al otro lado de la barra.

—¿Otra ronda? —preguntó, con ese tono neutro que usan los camareros cuando han escuchado más de lo que debían.

—Sí, venga —dijo Marcos.

Bernardo sirvió las cervezas sin añadir nada. Pero cuando dejó los botellines sobre la madera, murmuró casi para sí:

—Hay conversaciones que es mejor tenerlas con todos los implicados dentro de la habitación.

Diego soltó una carcajada corta.

—Sabio el hombre.

Bernardo se encogió de hombros con la calma de quien lleva treinta veranos en la misma barra y se alejó sin añadir más.

***

Volvieron a la playa veinte minutos después. Las mujeres ya habían salido del agua y estaban tendidas sobre las toallas con el sol cayendo de lleno. La tela húmeda se les pegaba a la piel y el aire salado hacía que todo pareciera más lento, más caliente, más indecente.

Marcos se sentó junto a Natalia. Ella abrió un ojo.

—¿Tardaron mucho?

—Encontramos buen tema de conversación.

Natalia lo miró con esa expresión suya que significaba que ya sabía más de lo que decía.

—¿Sobre qué?

Marcos le sostuvo la mirada.

—Esta noche.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue de esos silencios que son, en sí mismos, una respuesta.

Valeria, al lado, abrió también los ojos. Miró a Diego. Diego le devolvió la mirada. Algo pasó entre los cuatro que no necesitó palabras.

***

Esa noche, después de cenar, los cuatro se quedaron en la terraza más tiempo del habitual. El vino duró más de lo que debería. Las conversaciones se hicieron más lentas, más cargadas de silencios que de palabras. Cada vez que una mano rozaba otra, el contacto parecía durar demasiado. Cada vez que alguien se inclinaba para coger la botella o servir más vino, el escote, las piernas cruzadas, el olor de la piel y del sudor bajo la ropa se volvían una provocación abierta.

Fue Valeria quien lo dijo. Sin drama, sin ceremonia, como quien propone salir a caminar.

—¿Entramos?

Y nadie preguntó a qué venía eso.

***

La luz del salón estaba baja. Alguien había puesto música sin que nadie recordara haberla elegido.

Marcos se sentó en el sofá. Natalia se colocó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban. Valeria fue a sentarse frente a ellos, pero antes de llegar al sillón cambió de dirección y se instaló al otro lado de Marcos, con naturalidad, como si ese fuera su sitio desde siempre.

No había protocolo para esto. No había instrucciones. Solo cuatro personas que se conocían bien y que esa noche habían decidido conocerse de otra manera.

Fue Natalia quien se inclinó primero. Besó a Marcos despacio, con las manos en su cara, y Marcos notó la presión de la cadera de Valeria contra la suya desde el otro lado del sofá. Natalia le abrió la boca con la lengua, le mordió apenas el labio y se quedó a un centímetro de él, respirándole encima. Marcos ya tenía la polla dura, empujando contra la tela del pantalón, y la mano de Valeria bajó sin disimulo por su muslo hasta encontrar el bulto creciente, apretarlo una sola vez y arrancarle un gemido bajo.

Diego los miraba desde el sillón. No con incomodidad. Con esa mezcla de deseo y curiosidad que tiene poca traducción pero que todos conocen.

Marcos giró la cabeza hacia Valeria. Ella lo miró un segundo, preguntando sin preguntar, y luego cruzó la pequeña distancia que quedaba entre ellos. El beso fue diferente al de Natalia. Más urgente, menos ceremonia. Como si llevara días en esa dirección y ya no quisiera frenar. Le metió la lengua en la boca, le agarró la nuca, y Marcos sintió el calor de las dos mujeres al mismo tiempo, la una pegada a su pecho, la otra rozándole la ingle con una mano cada vez menos tímida.

Natalia, al lado, no se apartó. Le puso la mano en la espalda a Marcos sin interrumpir, como dándole permiso para seguir. Bajó después hasta la cintura, abrió el botón del pantalón y deslizó la mano por dentro del boxer con una confianza obscena. Le agarró la polla en la palma, despacio al principio, y luego más firme, moviéndola de arriba abajo mientras Valeria le besaba la garganta y le lamía el cuello.

Diego se levantó del sillón y fue hacia Natalia. Ella lo recibió sin dudar.

Durante un buen rato los cuatro estuvieron en el sofá, entrelazados de una manera que no tenía geometría clara. Bocas y manos y piel caliente y la certeza de que lo que estaba pasando era exactamente lo que había estado a punto de pasar durante cinco días. Se desabotonaron, se deslizaron la ropa por los hombros, se tocaron como si quisieran comprobar de qué color era la piel debajo de todo eso. La respiración se volvió más corta, más sucia. Había dedos buscando pezones, bocas chupando cuello, muslos abriéndose sin vergüenza sobre la tapicería.

***

Sin que nadie lo organizara, la cosa se repartió.

Diego llevó a Valeria hacia el dormitorio. La puerta quedó entreabierta y los sonidos que llegaban desde allí no dejaban duda de hacia dónde iba la noche. Se oían golpes secos de cabecera contra la pared, un quejido ahogado, el roce rápido de piel contra piel.

Marcos y Natalia se quedaron en el salón.

Ella le desabrochó la camisa con calma, sin precipitarse, y Marcos notó el fresco de sus dedos contra su pecho. La ayudó a quitarse el vestido. Lo que había debajo era menos de lo que se había imaginado esa semana y más al mismo tiempo: un sujetador fino, las tetas redondas y firmes, el vientre plano, el pubis apenas cubierto por una braguita mínima que no tardó en bajar por sus caderas. Natalia se quedó de pie un instante, mirándolo de arriba abajo con una sonrisa torcida.

—¿Vas a seguir mirándome o vas a hacer algo?

Marcos no respondió. La tumbó sobre el sofá y le separó las piernas con las manos, despacio, como si quisiera pedir permiso a cada centímetro. Natalia ya estaba húmeda; al deslizar los dedos por su coño sintió la humedad espesa y caliente, y ella soltó un suspiro largo, abierto, sin ningún esfuerzo por disimularlo. Marcos se inclinó y le chupó los pezones primero por encima del sujetador, luego bajando la copa con la boca hasta dejar un pezón al aire y morderlo con cuidado. Ella arqueó la espalda y le metió una mano en el pelo, tirando lo suficiente para dejar claro que quería más.

—Llevas días mirándome —dijo ella.

—Lo sé.

—Yo también te miraba a ti.

Eso Marcos no lo había calculado del todo.

Se movió despacio hacia abajo por su cuerpo, le abrió más las piernas y se tomó su tiempo con ella. Le pasó la lengua por el clítoris, de arriba abajo, luego por los labios mojados, probando el sabor salado y dulce a la vez. Natalia se retorció contra el sofá, respirándole encima, pidiéndole sin palabras que no frenara. Marcos la comió con la cara hundida entre sus muslos, alternando succión y lengua, entrando un poco con dos dedos mientras seguía lamiéndola para oír cómo se le quebraba la voz. Natalia no fue silenciosa, y desde el dormitorio llegó una respuesta involuntaria que hizo que los dos se rieran un segundo antes de volver a lo suyo.

Cuando ella lo atrajo hacia arriba, Marcos se bajó el pantalón y el boxer de una sola vez. Natalia le sujetó la polla con la mano, guiándola hasta su boca un momento, lamiendo la punta, pasando la lengua por el glande y dejándolo brillante antes de volver a besarle. Después se colocó debajo de él, con las piernas abiertas, y Marcos la penetró despacio, sintiendo cómo el coño se le abría en torno a la verga, caliente, húmedo, estrecho al principio y luego cediendo con una facilidad que le hizo cerrar los ojos. Entró del todo y se quedó quieto un segundo, hundido en ella, oyendo cómo respiraba entre dientes.

—Más —le dijo Natalia, clavándole las uñas en la espalda.

Entonces empezó a moverse. Primero lento, de una manera casi cruel, sacando la polla apenas un poco antes de volver a meterla hasta el fondo. Luego más duro, más rápido, el sofá quejándose bajo el peso de ambos. Natalia le rodeó la cintura con las piernas y le marcó el ritmo con las caderas, y Marcos sintió el golpe sordo de sus pelvis chocando una y otra vez, el sonido húmedo de su coño tragándolo, el temblor que le subía desde los muslos. Cuando cambió el ángulo, ella gritó su nombre y se corrió con un espasmo visible, contrayéndose alrededor de su polla de una forma que le hizo estar a punto de venirse él también.

Se dejaron caer al suelo, sobre una manta que uno de los dos había tirado del sofá en algún momento sin que ninguno recordara cuándo. Allí siguieron, ya sin la incomodidad del mueble, con Marcos detrás de ella y Natalia apoyada en manos y rodillas, ofreciéndole el culo mientras él la volvía a tomar desde atrás. Le agarró las caderas, le abrió más las piernas y volvió a meterle la polla con una profundidad que les arrancó a los dos un gemido bruto. Desde el pasillo llegaba el sonido de Valeria diciendo algo entre jadeos, y eso los excitó todavía más. Marcos le azotó una nalga con la palma, no fuerte pero sí lo bastante para verla estremecerse, y Natalia respondió echándose hacia atrás para pedírselo sin palabras.

Cuando notó que se acercaba, Marcos salió un instante, se sentó sobre los talones y se masturbó mirándola, mientras Natalia se pasaba los dedos por el coño húmedo y se llevaba la mano a la boca, lamiéndose sus propios jugos como si quisiera provocarlo aún más. Se corrió sobre ella en la espalda y el culo, caliente y espeso, y Natalia se quedó inmóvil un segundo antes de reírse con la respiración rota, meterse dos dedos en la vulva y sacar de allí un resto de semen para enseñárselo como si fuera una victoria.

***

Cuando la música paró, los cuatro se encontraron de nuevo en el salón. Alguien había traído agua. Natalia se había envuelto en la manta. Diego y Valeria aparecieron desde el pasillo con ese aire de quien no sabe bien si sentarse o quedarse de pie. Valeria tenía el pelo desordenado, la boca hinchada de tanto besar, y Diego llevaba la camisa a medio abrochar y una marca roja en el cuello.

Nadie dijo nada importante durante un rato.

Fue Diego quien habló primero.

—¿Recuerdas lo que dijo el camarero?

Marcos sonrió sin abrir los ojos.

—Que era mejor tener esta conversación con todos dentro de la habitación.

—Eso. —Diego hizo una pausa—. Tenía razón.

Valeria levantó su vaso de agua.

—Brindo por Bernardo.

Eso los hizo reír a los cuatro, en esa oscuridad cómoda de las tres de la madrugada, cuando las cosas ya no necesitan más explicación porque han pasado y punto.

***

Al día siguiente, Marcos y Diego volvieron al chiringuito. Solos, como la tarde anterior.

Bernardo los vio llegar y ya tenía dos botellines en la barra antes de que dijeran nada.

—¿Cómo fue la noche? —preguntó, con ese tono que podía ser completamente inocente si uno quería interpretarlo así.

Marcos cogió su botellín.

—Bien.

Diego asintió.

—Muy bien.

Bernardo levantó levemente las cejas y volvió a sus cosas.

No hicieron falta más palabras.

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Comentarios(10)

MarisolCba

buenisimo!!! me quede con ganas de mas

ElViajante90

La escena del camarero fingiendo no escuchar me mato jajaja. Muy bien logrado, espero la continuacion

Rafa_Cba

tremendo relato, se siente muy real

NicoFromBsAs

Me recordó algo que me pasó hace unos veranos en la costa... no cuento los detalles pero me entenderian jaja. Buenísimo

Claudia_76

Hay segunda parte?? el final quedo muy abierto y necesito saber que paso despues de eso

TulioVs

Me gustó como construiste la tensión sin apurarte. Se nota que sabs escribir, no es solo relatar lo que pasa sino hacerlo sentir. Gracias por compartirlo

NadiaVR

excelente!!!

Fernanda_sur

Desde las primeras lineas me engancho. Eso de llevar dias callando algo que todos saben... muy bien llevado

ivan

que tension al principio jjaja me encantó

Sole77

Se hizo corto!! quiero mas :)

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