Samanta volvió temprano y nada volvió a ser igual
Samanta volvió a casa antes de la hora. No tenía ganas de quedarse a la última materia del día y, mientras buscaba las llaves en el bolso, ya imaginaba la ducha larga que iba a darse. Lo que no imaginaba era el ruido. Un sonido metálico, rítmico, que venía del fondo de la casa, del gimnasio que sus padres habían armado años atrás.
Se quedó quieta en el pasillo con el celular en la mano. La puta madre, ladrones, justo cuando no hay nadie. Pensó en llamar a la policía, pero algo la detuvo. Entre el ruido de las pesas se colaba otra cosa: un quejido, un jadeo apagado, como si alguien estuviera sufriendo ahí dentro. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Y si tienen a mamá?
Avanzó pegada a la pared, conteniendo la respiración. Asomó la cabeza por la puerta entreabierta y todos sus miedos se transformaron en otra cosa muy distinta.
No eran ladrones. Era su madre.
Daniela estaba en cuatro patas sobre la máquina de remo, completamente desnuda, con el cuerpo brillando bajo la luz de la ventana. No sudada: aceitada. La piel le brillaba como la de una actriz. Detrás de ella, también desnudo y reluciente, había un hombre que Samanta no había visto nunca. Joven, no demasiado alto, con la espalda ancha y cada músculo marcado, el pelo cortado al ras. Y entre los dos cuerpos, lo que Samanta tardó un segundo de más en entender.
¿Quién carajo es ese tipo?
Dio un paso más, escondiéndose detrás de una de las máquinas de brazos. Su madre y el desconocido miraban hacia el lado opuesto, así que pudo acercarse sin ser vista. Desde ahí lo vio todo con una claridad brutal: la verga del hombre no entraba en la concha de su madre. Entraba en su culo.
—¡Sí, así, dale… más fuerte! —gimió Daniela, agarrada de la máquina—. ¡Ay, qué rico!
Para Samanta fue como una descarga eléctrica. No podía creer que su madre estuviera disfrutando de eso. La misma mujer que le había repetido mil veces: «Alejate de los hombres que solo te buscan por atrás, esos quieren humillarte». Una idea que Samanta había hecho propia. Y ahí estaba ella, suplicando exactamente lo contrario.
Lo peor era que ese culo recibía el castigo con una facilidad que delataba costumbre. No era la primera vez. De eso Samanta estuvo segura enseguida.
En los últimos meses madre e hija se habían vuelto inseparables de un modo raro. Se sacaban fotos juntas, cada vez más atrevidas, y se reían como cómplices. Samanta le había confesado a Daniela que se sentía atraída por las mujeres, y su madre, lejos de escandalizarse, le había dicho que era una etapa, que a ella también le había pasado de joven. Habían cruzado, sin nombrarlo, una cantidad de límites: una caricia de más al pasar el aceite, una mirada que se sostenía demasiado, una mano que no se apartaba. Pero esto era otra cosa. Esto era un hombre rompiéndole el culo a su madre en el gimnasio de la casa.
Quiso acercarse un poco más y ese fue el error. Su reflejo cruzó uno de los grandes espejos de la pared. Daniela soltó un grito, frenó en seco y giró la cabeza para encontrarse con la mirada acusadora de su hija.
—¡Samanta! ¿Qué hacés en casa a esta hora?
—Eso es lo de menos, mamá. ¿Quién es este tipo?
El hombre, lejos de incomodarse, sonrió. Y aunque Daniela ya no movía la máquina, él no dejó de empujar contra ella.
—Pará, Bruno, pará… te digo que pares —se quejó Daniela.
Bruno no le hizo caso.
—Así que vos sos la hija —dijo, recorriendo a Samanta de arriba abajo con los ojos—. Te conozco de las fotos. No te perdés ni una, ¿no? Tenés razón la señora, sos igual de hermosa.
—No sé qué me da más asco —escupió Samanta—. Que engañes a papá o que te dejes hacer esto, después de todo lo que me dijiste.
Bruno separó las nalgas de Daniela con una mano, sin sacarla, para que Samanta viera bien cómo la verga se deslizaba con total facilidad gracias al aceite.
—No es la primera vez que tu mamá entrega el orto, nena, eso saltaba a la vista. La pregunta es otra: ¿el tuyo es virgen? Porque con semejante cuerpo sería un desperdicio.
—¡Basta, Bruno! —chilló Daniela—. Dejá en paz a mi hija y andate, o no me ves nunca más.
—No te pongas celosa, Dani. Hay para las dos.
Se movió tan rápido que Samanta no alcanzó a reaccionar. La empujó hasta sentarla en un banco de pesas, le abrió las piernas y, antes de que pudiera cerrar la boca para protestar, ya estaba dentro de ella.
—¡Ni se te ocurra…! ¡Ay!
—Uf, la tenés mojadísima —dijo él—. Mentirosa.
—¡Soltala, idiota! —Daniela le pegó en la espalda con la palma abierta. Bruno ni la sintió.
—Tranquila, ya me iba.
Salió de golpe y la verga empezó a escupir semen por todas partes. Una parte cayó dentro de Samanta, el resto sobre su vientre, sus pechos, su cara. Cuando terminó, recogió su bolso, se lo colgó al hombro y caminó desnudo hasta la puerta. Antes de salir, las miró a las dos.
—Cuando quieran más, me llaman. Una madre y una hija, qué fantasía. Y vos, Samanta, no dejes de subir fotos.
Y se fue.
***
Samanta miró a su madre con los ojos llenos de rabia. Daniela era la imagen misma de la vergüenza.
—Perdón, hija… no sabía que ibas a volver tan temprano.
—¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo dejás que te hagan eso? Justo vos.
—Es un tipo que conocí en el club. Un día, cogiendo, me la metió ahí sin avisar. No tuve tiempo de reaccionar.
—¿Y te gustó?
Daniela no contestó. El silencio fue toda la respuesta.
—Mirá cómo quedé —dijo Samanta, señalándose el cuerpo embadurnado—. Por tu culpa.
—¿Puedo hacer algo para arreglarlo?
Iba a decirle que no. Pero entonces se le ocurrió otra cosa. Quería castigarla. Quería verla sometida después de tantos sermones.
—Limpialo. Con la lengua.
—¿Qué?
—Ya me escuchaste, mamá. Por tu culpa terminé llena de semen. Ahora lo limpiás con la lengua.
Daniela tardó unos segundos en entender que su hija hablaba en serio. Después se acercó, despacio, y la besó en los labios. Samanta se quedó rígida, confundida, hasta que comprendió: su madre estaba juntando el semen de su cara con la lengua. Al recostarse sobre ella, los cuerpos se mezclaron, el aceite con el semen, la piel con la piel.
—Perdón, perdón —repetía Daniela mientras bajaba a lamerle el cuello, el pecho, los pezones—. Me porté mal.
Lo que durante meses había sido un juego de miradas y caricias al pasar el aceite, esa tarde dejó de ser un juego. Samanta sintió la lengua de su madre recorrerle el vientre, buscando cada gota, acercándose cada vez más abajo. El corazón le latía a mil. Cuando Daniela pasó la lengua por el pubis depilado y siguió bajando, Samanta tuvo que agarrarse del borde del banco.
—Mamá… —fue lo único que pudo decir.
—No sé qué estamos haciendo —murmuró Daniela entre las piernas de su hija—, pero no quiero parar.
Se prendió del clítoris y lo succionó. Samanta se arqueó, abrió más las piernas y, casi sin darse cuenta, le acarició el pelo para que no se detuviera. Esa fantasía le había dado vueltas en la cabeza desde que empezaron con las fotos. Le parecía una locura que se estuviera volviendo real, que fuera su propia madre la que estaba ahí abajo.
Frente a ellas, el espejo del gimnasio devolvía la imagen de las dos. Samanta lo miró largo rato.
—Sacá una foto de esto —pidió.
Daniela alcanzó el celular. Su hija le indicó cómo ponerse, los cuerpos encastrados, la piel todavía brillante. Subió la imagen con una frase provocadora y el primer comentario llegó en segundos. Era de Carla, una de las amigas que las seguía.
—Tu amiga ya quiere venir a casa —se rió Daniela, leyendo la pantalla.
—Decile que sí. Pero esa charla la dejamos para otro día. —Samanta se incorporó y empezó a recoger su ropa—. Ahora necesito bañarme. Tengo que hablar con alguien, es importante.
—¿Estás enojada conmigo?
—Un poco. Pero, dentro de todo… no salió tan mal. —Hizo una pausa—. Igual tu amigo Bruno me parece un pelotudo.
—Voy a hablar seriamente con él —prometió su madre—. Cruzó un límite.
Samanta casi se ríe. Mirá quién habla de límites.
***
El estudio fotográfico de Adrián estaba a unas cuadras. Samanta llegó sola, sin avisar. Necesitaba información sobre la agencia que la había contactado, y Adrián era el único que podía dársela. Tuvo suerte: no estaba solo. Con él estaba Damián, un rubio de ojos claros que trabajaba justo para esa agencia.
Los dos se quedaron mudos al verla entrar. Llevaba un top negro tan ajustado que le marcaba los pezones y una calza de tiro bajísimo. Se había arreglado para la ocasión, sabiendo perfectamente el efecto que iba a causar.
—Qué bueno encontrarlos juntos —dijo—. Necesito hablar con ustedes.
—Pensé que no te veía más por acá —comentó Adrián. No había burla en su voz, y eso la descolocó.
—No vine a perder el tiempo. Vamos al fondo, mejor hablar en privado. Tu amigo también puede venir.
Cerraron el local. En el depósito, Samanta apoyó las nalgas contra una mesa.
—Quiero información sobre la agencia.
—Eso es pedir mucho —dijo Adrián con media sonrisa. Una sonrisa que ella odiaba justamente por lo bien que le quedaba.
—¿Y qué ofrecés a cambio? —preguntó Damián, acercándose.
Samanta los conocía. Con tipos así negociar de otra forma era inútil. Solo entendían un idioma.
—Les chupo la verga a los dos.
—Poco —dijo Damián, agarrándole una nalga para enderezarla—. Por lo que pedís, muy poco. Si ofrecieras otra cosa…
Ella sabía que la negociación iba a terminar ahí. Por eso se bajó la calza, mostrando la concha recién depilada. No iba a dejar que ellos creyeran que tenían el control.
—¿Me van a dar la información?
—Toda la que quieras —contestó Damián, deslizándole un dedo.
Samanta se arrodilló y se la metió en la boca sin más vueltas. Actuar con esa seguridad la excitaba, la hacía sentir poderosa. Mientras se la chupaba, miró de reojo a Adrián, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.
—¿Qué pasa, te da celos? —lo provocó.
—Si creés eso, no me conocés nada.
—¿Y qué voy a conocer de vos, si lo único que me importa es esto? —Lo decía, pero la verga de Adrián ya empezaba a tentarla más que la otra.
Acercó una silla y se puso en cuatro, las nalgas apuntando hacia él. Adrián entró despacio.
—Parece que extrañabas esto —dijo.
—No te ilusiones.
Mentía. Llevaba días masturbándose pensando en él, y lo confirmó apenas la verga entró entera. El ritmo fue delicioso, firme y parejo. Giró la cabeza y vio que Adrián tenía una cámara en la mano. No le molestó. Al contrario: la idea de tener todo grabado la soltó todavía más. Cuando Damián tomó la cámara, ella le chupó la verga mirando fijo al lente, pensando en quién vería ese video después.
Se turnaron un buen rato. Ella casi no tuvo que moverse. Y entonces Adrián, sin que se diera cuenta, se untó la verga con lubricante. Cuando lo sintió frío contra el culo, quiso apartarse.
—No, ahí no… eso no era parte del trato. ¡Ay! ¡Pará!
—Viniste por esto, Samanta. No me mientas.
Le sujetó un brazo contra la espalda y empezó a entrar de a poco. Le dolía, sí. Pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar en su madre gritando «rompeme el orto» esa misma tarde. A mí también me toca, mirá lo que es la vida.
Por orgullo no gritó. Y el dolor se fue disipando a medida que su cuerpo se acostumbraba. Cuando quiso darse cuenta, podía sentir la verga entera, cada vez más adentro, y la sensación era completamente distinta a todo lo que conocía. Fascinante. Empezó a chupar la verga de Damián para ahogar los gemidos, hasta que dejó de oponer resistencia y, cuando Adrián le soltó el brazo, se abrió las nalgas con sus propias manos.
—Se ve que te gustó, ¿no? —dijo él.
No respondió. ¿Para qué, si era verdad? Pensaba en todas las horas de gimnasio, en ese culo que tanto cuidaba y que nunca había disfrutado de verdad. Lo veía como algo humillante. Nadie le había contado las sensaciones que se estaba perdiendo.
Adrián le dejó el camino hecho y Damián tomó su lugar. Samanta ya no discutió. Mostró a la cámara cómo le había quedado el culo —abierto, igual que el de su madre— y recibió la segunda verga sin protestar. Desvirgada por dos en un mismo día. Justo el día que la sorprendí a ella.
Perdió la noción del tiempo. Solo supo que terminó con el cuerpo cubierto de sudor, la concha chorreando y la sensación, por fin, de entender a su madre. Dos mujeres con cuerpos así, pensó, no tenían por qué privarse de nada.
***
—Ahora la información —dijo Samanta mientras se vestía.
—No te vamos a decir nada —contestó Damián, subiéndose los pantalones.
—¡Teníamos un trato!
—Te hubieras asegurado de cobrar antes de dejarte coger. —Se encogió de hombros y se fue—. Nos vemos, Adrián.
Samanta terminó de calzarse con los ojos llenos de lágrimas de rabia. Había sido una ingenua. No solo no le habían dado nada, sino que se sentía estúpida. Caminó hacia la salida sin mirar a Adrián.
—Samanta —ella se detuvo, se dio vuelta despacio—. A la persona que buscás no la echaron por nada de lo que pensás. La agencia cambió de dueño. Y el dueño nuevo tenía algo personal con ella.
Se le iluminó la cara. Esa migaja hacía que todo, casi, valiera la pena.
—¿Quién es el dueño nuevo?
—Ni idea. Nunca se deja ver, trabaja desde las sombras. Nadie lo conoce. Y no te enojes con Damián: si no te dijo nada es porque tiene miedo. Andá con cuidado. Hay gente jodida metida en esto.
—¿Y a vos por qué te importa?
Adrián se encogió de hombros.
—Cortesía, nada más. No deberías meter las narices donde no te llaman.
Samanta abrió la puerta y, antes de salir a la calle, lo miró por última vez.
—Gracias, Adrián. Ah… y mandame el video.





