Volví de fiesta y los encontré a los dos en la cama
Hay cosas que una no cuenta ni a su terapeuta. Esta es una de esas. La escribo ahora, varios años después, porque sigo pensando en aquella mañana más de lo que me gustaría admitir, y porque ya no me avergüenza lo que pasó. Solo cambiaré los nombres, por si alguien que conozco anda leyendo.
Por entonces yo tenía veintiocho años y salía con Hugo desde hacía casi dos. Vivíamos a medias en su piso del centro, uno de esos apartamentos de techos altos y suelo de madera que cruje. Lo quería, de verdad que lo quería, pero llevábamos meses en esa fase tibia en la que el deseo se enfría sin que nadie se atreva a decirlo en voz alta.
Y luego estaba Noelia, mi mejor amiga. Nos conocíamos desde la universidad. Tenía veinticinco, era rubia natural, de risa fácil y un cuerpo que no pasaba desapercibido en ningún sitio. Yo siempre había tenido una relación rara con eso. La quería como a una hermana y, al mismo tiempo, había días en que envidiaba la forma en que los hombres se giraban a mirarla por la calle.
Hugo bromeaba con ella constantemente. Eran bromas tontas, de las que se dicen delante de todos para que parezcan inocentes. «Con ese escote vas a provocar un accidente», «menos mal que somos amigos, Noelia, porque si no…». Yo me reía y le daba un codazo. Pero por la noche, cuando me lo follaba, a veces me descubría imaginándolos a ellos dos, y me corría más fuerte de lo normal sin entender muy bien por qué.
Nunca lo hablé con nadie. No es la clase de cosa que una confiesa en una sobremesa. Pero estaba ahí, agazapada, esa fantasía que me daba vergüenza incluso a solas: imaginarme entrando en una habitación y encontrándolos juntos. Lo descartaba enseguida, me decía que era una idea fea, de esas que se tienen y se entierran. Lo que no sabía es que el destino tenía pensado ahorrarme el trabajo de imaginarla.
Los tres salíamos mucho juntos. Cenas, copas, planes de fin de semana en los que Noelia acababa durmiendo en nuestro sofá porque vivía lejos y no quería coger un taxi sola. Yo me acostumbré a verla en pijama por las mañanas, despeinada, robándome el café. Era parte del paisaje de mi vida. Por eso lo que pasó me dolió y me excitó a partes iguales: no fue con una desconocida, fue con ella.
Aquella noche había salido sola con otras amigas. Hugo se había quedado en casa, decía que estaba cansado. Bebí más de la cuenta, bailé hasta que me dolieron los pies y volví al amanecer, sobre las siete, con los tacones en la mano y el rímel corrido.
***
Subí en el ascensor medio dormida, ensayando la mentira de «no bebí tanto». Metí la llave con cuidado para no despertarlo. El piso estaba a oscuras, en silencio. Y entonces, según cerraba la puerta, lo oí.
Un gemido. Ahogado, pero un gemido.
Mi primer pensamiento fue el más cómodo: Hugo se estaba masturbando viendo porno. No sería raro, lo hacía casi a diario, era una de esas costumbres suyas que a mí me daban entre ternura y fastidio. Avancé por el pasillo descalza, sin saber muy bien si quería pillarlo o evitarlo, y la puerta del dormitorio estaba entreabierta. Una franja de luz tibia salía por la rendija.
Me asomé.
No era ningún vídeo.
Noelia estaba a cuatro patas sobre nuestra cama, con la melena rubia cayéndole sobre la cara, y Hugo la sujetaba por las caderas mientras la embestía despacio. La sábana estaba en el suelo. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y de esa boca salían los gemidos que yo había confundido con otra cosa.
Debería contar que sentí rabia. Y la sentí, claro que la sentí, fue lo primero, un calor que me subió por el cuello como si me hubieran dado una bofetada. Pero duró tres segundos. Lo que vino después me dejó tan confundida que todavía hoy me cuesta explicarlo.
Me puse cachonda. Brutalmente cachonda.
Mirar a mi novio follándose a mi mejor amiga, ver el cuerpo de Noelia que tantas veces había envidiado moviéndose así, oír esos sonidos que nunca le había sacado yo a Hugo… algo se me prendió por dentro. Me quedé en la rendija de la puerta, en la oscuridad, con la respiración acelerada y una mano que se me fue sola por debajo del vestido sin que yo decidiera nada.
***
No sé cuánto tiempo estuve ahí mirando. Lo suficiente para entender que no iba a montar una escena. Lo suficiente para que el deseo le ganara la partida a la traición.
Me bajé las bragas ahí mismo, en el pasillo. Me desabroché el vestido y lo dejé caer. Me quité el sujetador. Y cuando estuve completamente desnuda, en lugar de gritar, empujé la puerta y entré.
Noelia abrió los ojos primero. Se quedó congelada, con la cara desencajada de puro pánico. Hugo siguió su mirada, me vio en el umbral, y se apartó de ella de golpe como si quemara.
—Marina… —empezó, blanco como la pared—. Yo… te juro que no quería que pasara esto, no es lo que…
—Cállate —le dije.
No me salió con rabia. Me salió ronca, baja, y los dos lo notaron. Crucé el dormitorio despacio, sintiéndome poderosa como nunca, y me subí a la cama por el lado de Noelia. Ella me miraba sin entender nada, temblando.
—Marina, perdóname, estábamos borrachos, te lo puedo explicar… —susurró.
Por toda respuesta me incliné y le besé un pecho. Lo tomé con la boca, despacio, sintiéndolo cálido y firme bajo la lengua, y noté cómo todo su cuerpo se estremecía entre el miedo y otra cosa muy distinta. Levanté la vista hacia Hugo, que seguía paralizado de rodillas en el colchón.
—¿A qué esperas? —le dije—. Sigue. Más fuerte.
***
Lo que ocurrió después no tuvo nada de venganza y mucho de descubrimiento. Hugo, todavía sin creérselo, volvió a colocarse detrás de Noelia y empezó a moverse otra vez, primero con miedo, luego con ganas. Yo le sostenía la cara a ella entre las manos y la besaba en la boca mientras él la embestía, tragándome sus gemidos como si fueran míos.
Recuerdo el detalle de la luz. La lámpara de la mesilla seguía encendida desde la noche y le daba a todo un tono ámbar, irreal. La piel de Noelia brillaba de sudor. La cama olía a sexo y a perfume mezclado, el suyo y el mío, y yo pensaba, en algún rincón lúcido de mi cabeza, que aquello debería estar destrozándome y en cambio me sentía más viva que en meses.
Sabía a ginebra y a labial barato. No me importó. Nunca había besado a una mujer y resultó ser más suave de lo que imaginaba, más lento, como si hubiera tiempo de sobra.
En algún momento fui yo la que se puso a cuatro patas a su lado. Hugo empezó a alternar entre las dos, una embestida en mí, una en ella, y la cama se convirtió en un caos de manos y respiraciones. Noelia, que al principio temblaba de puro susto, se soltó del todo: me buscaba los pechos con la boca, me deslizaba un dedo por detrás, me susurraba al oído cosas que jamás habría imaginado escucharle.
Lo raro es que en ningún momento sentí que competíamos. Yo había esperado que ese encuentro fuera una guerra, una manera de demostrarle a Hugo lo que se perdía o de castigar a Noelia. Y no. Fue lo contrario. Nos pasábamos el deseo la una a la otra como quien comparte un secreto, atentas a lo que le gustaba a la otra, riéndonos por lo bajo cuando él se quedaba sin saber a cuál de las dos atender primero.
Probamos de todo aquella mañana, sin orden ni vergüenza. La mejor parte, la que recuerdo con más nitidez, fue cuando me tumbé bocarriba y Noelia se acomodó entre mis piernas con la lengua mientras Hugo la tomaba a ella por detrás. Yo veía la cara de mi amiga hundida entre mis muslos y, por encima de su espalda, los ojos de mi novio clavados en los míos. Nunca me había sentido tan deseada por dos personas a la vez.
El sol ya entraba a rayas por la persiana cuando Hugo dijo, con la voz quebrada, que estaba a punto.
—Ven aquí —le ordené.
Nos pusimos las dos de rodillas frente a él, hombro con hombro, como si lleváramos años haciéndolo. Noelia me miró de reojo y soltó una risa nerviosa, cómplice, esa risa nuestra de toda la vida pero en un contexto que ninguna de las dos habría imaginado jamás. Lo terminamos entre las dos. Después me incliné, besé a mi amiga, y ese beso fue el final de algo y el principio de otra cosa que tardaríamos meses en nombrar.
***
Luego vino el silencio incómodo, la ropa buscada por el suelo, el café que nadie sabía cómo tomar. Con Hugo lo dejé tres semanas después; aquella mañana, por raro que parezca, no fue la causa, solo confirmó algo que los dos ya sabíamos. Con Noelia, en cambio, no se rompió nada. Al contrario.
Pero esa ya es otra historia, y todavía no sé si me atreveré a contarla. Si os apetece que la siga, decídmelo. Hay cosas de aquel verano que aún me ponen colorada al recordarlas, y eso, a estas alturas de mi vida, es casi un milagro.





