Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi amiga me confesó su segundo trío un miércoles

Hace unos meses les conté la primera vez que mi amiga Camila terminó arrodillada entre dos hombres. Lo escribí casi sin querer, porque me costaba creer que ella, mi mejor amiga desde el secundario, hubiera hecho algo así. Y vuelvo, porque esa noche tuvo segunda parte. Y la segunda parte fue otra historia.

Llegó un miércoles cualquiera, con esa carita de siempre. Pelo lavanda recién retocado, una remera ajustada color manteca y la mirada baja. Apenas se sentó en mi cama y cerró la puerta del cuarto, soltó el suspiro que yo ya esperaba.

—Anto… pasó otra vez.

Me quedé congelada con el mate en la mano.

—¿Otra vez qué, Cami?

—Otro trío. Con el mismo Mateo. Y esta vez fue un poco más… fuerte.

Me acomodé frente a ella, crucé las piernas y le sonreí con esa cara de «contame todo ya».

—Arrancá desde el principio. No te saltees nada.

Camila se mordió el labio inferior y empezó.

***

Era una noche tranquila en la casa de mi novio. Estábamos los dos solos, tirados en la cama después de coger normal, todavía sudados y con la respiración volviendo. Él me acariciaba el pelo mientras yo tenía la cabeza apoyada en su pecho. Y de la nada, sin aviso, me tiró la bomba.

—¿Querés repetir con Mateo?

Me quedé petrificada. Levanté la cara y lo miré con los ojos abiertos como dos pelotas.

—¿En serio? —susurré—. Pensé que había sido una sola vez.

Él me sonrió con esa media sonrisa que siempre usaba para convencerme de algo.

—Estuvo buenísimo, Cami. Vos estabas hermosa entre los dos. Y vi cómo te gustaba que te usaran. ¿No te dieron ganas de volver a sentir dos pijas para vos sola?

Lo dudé mucho. Me quedé callada casi un minuto entero, mirando el cobertor. En la cabeza me daban vueltas mil cosas: que la primera vez no había estado del todo segura, que lo había hecho más por complacerlo a él, que después me había sentido rara dos días enteros. Pero también me acordaba de lo mojada que había quedado cuando me tenían en cuatro, chupando a uno mientras el otro me cogía duro.

—No sé, amor —le respondí con la voz baja—. Me da vergüenza. Y miedo. La otra vez fue intenso.

Él me abrazó más fuerte, me besó la frente y empezó a hablarme bajito, con esa voz que siempre terminaba doblegándome.

—Mirá, si no querés, no pasa nada. Pero yo sé que te gusta sentirte usada. Te vi la cara cuando te llenaron la boca y las tetas. Y a mí me encanta verte así, sumisa, obediente. Mi nena divina. Si decís que sí, lo organizamos bien, en un fin de semana, tranquilos. Una vez más. Y si en cualquier momento querés parar, paramos. ¿Sí?

Me quedé muda otro rato largo. Sentía la panza revuelta y, a la vez, esa calentura traicionera que me aparecía cada vez que él me empujaba un poquito más allá del límite. Al final solté:

—Está bien. Pero solo una vez más.

Él sonrió grande, me besó profundo y esa misma noche agarró el celular.

***

Lo arreglaron por mensaje, los dos, sin meterme en la conversación. Mateo respondió rápido, entusiasmado. Quedaron para el sábado siguiente a la noche, otra vez en el departamento de él en Belgrano. Misma rutina que la primera vez: tomar algo primero, después pasar al cuarto. Yo había dejado clarísimo que no quería doble penetración con Mateo, así que ese punto estaba afuera. Lo demás, abierto.

Llegó el sábado. Me arreglé como si fuera a una cita normal, pero sabiendo que no era una cita normal. Misma ropa que la otra vez: jean ajustado, top corto, una camperita liviana arriba. Debajo, conjunto de encaje lila, con la bombacha que ya había usado. El pelo lavanda lo dejé suelto y brillante, gloss del mismo tono. Antes de subir al auto, mi novio me apoyó la boca en la oreja.

—Hoy vas a estar otra vez hermosa entre los dos.

Sentí cómo se me mojaba la tanga ahí mismo, en el ascensor del edificio.

***

Llegamos al departamento de Mateo. Nos abrió con una sonrisa enorme, como si fuéramos viejos amigos. Estaba con jean y camisa blanca, sin rastro de la tensión sexual del último encuentro. Nos hizo pasar al living y largó:

—Pedí sushi y unas birras frías. También tengo gaseosa. Pensé que primero podíamos comer algo tranquilos y charlar un rato. Total, no hay apuro.

Respiré aliviada. Era exactamente lo que necesitaba para que no me explotara la cabeza. Nos sentamos los tres en el sillón como si fuéramos una mesa de amigos cualquiera. Mateo y mi novio hablando de fútbol, yo comiendo un par de piezas y tomando una agua saborizada casi sin abrir la boca. Me reía cuando hacían chistes, contestaba cuando me preguntaban algo, pero por dentro sentía que el nudo de la panza se aflojaba de a poco. Es solo una juntada, después se verá, me repetía. Mateo era simpático, charlaba natural, no me miraba como un degenerado. Eso me bajó muchísimo los nervios.

Terminamos de comer, levantamos los platos entre los tres y recién ahí cambió el aire de la casa.

—Bueno… ¿pasamos al cuarto? —dijo Mateo, con la voz un poco más grave que antes.

Volví a sentir el cosquilleo en las piernas. Mi novio me dio la mano y los tres caminamos al dormitorio. La luz era baja, la cama enorme estaba tendida prolija, todo más cuidado incluso que la otra vez.

Apenas se cerró la puerta, Mateo tomó el control. Esta vez se notaba mucho más dominante. Se paró frente a mí y me señaló el piso con la cabeza.

—Arrodillate, Cami. Empezá por nosotros dos.

Me puse colorada al instante, pero obedecí sin decir una palabra. Me arrodillé en la alfombra. Mi novio y Mateo se quedaron parados frente a mí. Se bajaron un poco los pantalones y sacaron las pijas, ya medio duras. Levanté la cara y empecé a chuparlas a los dos.

Primero a mi novio, despacito, con la boca calentita. Después pasé a Mateo, que tenía esa verga más grande que todavía me impresionaba. Iba y venía, alternando, dejándolas brillantes, usando la lengua como yo sabía. Los dos me miraban desde arriba, con la respiración cada vez más fuerte. Mateo me apoyó la mano en la nuca y guió el ritmo.

—Así, buena chica. Chupanos a los dos.

Después de un rato me habló de nuevo, firme.

—Sacate la ropa. Quiero verte en lencería mientras seguís.

Me levanté avergonzada y me fui sacando todo: la camperita primero, después el top, el jean. Quedé con el conjunto de encaje lila, las tetas grandes apretadas en el corpiño. Me arrodillé otra vez y seguí chupándolos, casi desnuda, como si fuera un detalle.

Los dos se miraron y sonrieron. Se sacaron camisa, pantalón, bóxer. Quedaron completamente desnudos y duros. Mateo me señaló la cama.

—Vení. Subí al medio.

Me acosté boca arriba, con la cabeza contra las almohadas. Mi novio a la derecha, Mateo a la izquierda. Empezaron a besarme los dos a la vez. Primero suave, después con lengua, mordiéndome el cuello. Mientras me besaban, me sacaron el corpiño y la bombacha. Mis tetas quedaron al aire y se las repartieron: uno chupaba un pezón, el otro, el otro. Yo ya estaba completamente entregada, jadeando, con los ojos a medio cerrar.

Después vino la parte que más me costaba. Los dos se pusieron preservativo. Primero entró mi novio, despacio, mientras Mateo me besaba y me apretaba las tetas. Después cambiaron: Mateo me cogió mientras mi novio me chupaba los pezones y me besaba la boca. Iban alternando, lentos pero profundos, sin apuro. Yo en el medio, jadeando fuerte, con el pelo lavanda desparramado en la almohada, sintiéndome usada y, al mismo tiempo, protegida entre los dos.

Después de un buen rato así, los dos se miraron con esa complicidad que yo ya había visto la primera vez.

—¿Probamos la doble? —preguntó mi novio, con la voz ronca.

Sentí un nudo en la garganta. Habíamos hablado mil veces de que solo él podía hacerme anal, así que la doble penetración era con él atrás y Mateo adelante. El plan empezaba a ponerme nerviosa, pero igual asentí. Una vez más, ya está, pensé.

Me puse lubricante en el culo yo misma. Mi novio se acostó boca arriba en el medio de la cama, con el preservativo puesto. Me subí encima de él de espaldas, apoyando las manos en sus rodillas. Bajé muy despacio hasta que tuve la pija adentro del culo. Empecé a moverme suave, subiendo y bajando, mientras Mateo se acercaba por delante.

Mateo apuntó a mi concha con la verga lubricada para sumar el segundo lado. Apenas sentí la cabeza presionando, todo mi cuerpo se trabó. Las piernas me empezaron a temblar, los hombros se me agarrotaron y, sin pensarlo, me levanté de golpe. La pija de mi novio salió con un ruido seco.

—No… no puedo —murmuré, colorada hasta las orejas, con los ojos llenos de lágrimas—. Me da miedo. Es demasiado.

—Tranquila, Cami. No pasa nada. No lo intentamos más —dijo Mateo, esta vez con la voz suave.

Respiré hondo, aliviada. Mi novio me besó el hombro como diciéndome que estaba todo bien.

***

Pasamos directo a otra pose. Me puse en cuatro en el borde de la cama. Mi novio se arrodilló atrás y empezó a cogerme fuerte, agarrándome de las caderas. Al mismo tiempo, Mateo se paró adelante y me metió la pija en la boca. Estaba en el medio, recibiendo por atrás y chupando adelante, gimiendo alrededor de la verga de Mateo, babeando como nunca. Después intercambiaron: Mateo me cogió por atrás mientras mi novio me la hacía chupar.

Al final de esa ronda, los dos se pusieron delante de mí, otra vez arrodillada. Se masturbaron rápido, apuntando a mis tetas. Primero acabó mi novio, después Mateo, mucho más fuerte, dejándome los pechos cubiertos de un líquido tibio que escurría hasta el ombligo. Me miré y me costó reconocerme. Te juro, Anto, fue increíble.

Descansamos un rato. Tomamos agua, me limpié con una toalla, nos tiramos en la cama los tres. Estaba exhausta pero todavía caliente. A los quince minutos los dos volvieron a estar duros. Me penetraron intercalando otra vez, primero mi novio, después Mateo, profundo y sin apuro, hasta que me agarró un orgasmo brutal. El cuerpo entero se me convulsionó, grité y temblé como nunca. Los dos me sostuvieron mientras yo acababa.

Cuando se me calmó la respiración, los dos estaban de nuevo al borde.

—Quiero acabarte en la boca —dijo Mateo, con esa voz dominante que no había soltado en toda la noche.

Me arrodillé otra vez. Mateo se masturbó mirándome a los ojos y acabó en mi boca, una cantidad bastante grande. No la tragué.

Y ahí pasó lo más fuerte de toda la noche.

Mi novio se acercó rápido, me agarró la cara con las dos manos y me plantó un beso profundo. Me metió la lengua adentro, chupando parte de la leche de Mateo directamente de mi boca. El beso fue largo, baboso, con hilos mezclados entre las dos lenguas. Sentí cómo mi novio tragaba un poco y seguía besándome, saboreando el gusto de otro hombre. Mateo miraba todo con una sonrisa satisfecha, como si lo hubiera planeado desde el principio.

Cuando mi novio se separó, todavía con restos en los labios, me dijo bajito al oído:

—Abrí la boca otra vez, nena.

Se masturbó los últimos segundos y me acabó en la cara: chorros que me cayeron en la mejilla, en la nariz, en los labios y un poco en el pelo lavanda. Quedé con la cara marcada, brillante, y la boca todavía con sabor a Mateo.

***

—Anto, fue raro. Me sentí súper usada, pero al mismo tiempo caliente. Lo más loco fue ese beso. Sentí que era… no sé. No sé si me gustó o me dio cosa. Pero lo hice.

La miré con asombro y un poco de compasión. Le pasé una toalla limpia que tenía guardada, le serví otro mate y la dejé respirar.

Al poco tiempo se separaron. Nunca me dijo el motivo concreto, pero supongo que esa segunda vez había sido demasiado, incluso para ella.

Gracias por leer hasta acá. Me gustaría saber qué piensan.

Valora este relato

Comentarios (6)

CarlitosBaires

excelente!!!

AndrésC

Por favor una tercera parte, no me puedo quedar con la intriga jajaja

LunaVerde22

Que envidia sana tener una amiga que cuente estas cosas con tanto detalle 😂 muy entretenido el relato

Leti_sur

Me encantó como arranca, ya desde la primera oración sabés que viene algo bueno. Se nota que lo viviste de verdad. Sigue así!

NicoRJ

Oye y cuánto tiempo pasó entre el primero y el segundo? Curioso con la historia jaja

RaulLector

Llevaba rato esperando este segundo relato. No decepcionó ni un poco, muy bien narrado

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.