Aquella noche en el hotel con su mejor amigo
Me llamo Lorena y siempre pensé que mi vida sexual estaba bien resuelta. Llevábamos seis años casados con Hernán y, salvo por las rutinas que arrastra cualquier matrimonio, no me faltaba nada. Por eso, cuando una noche lo vi mirando el techo con esa cara de querer decir algo y no encontrar las palabras, me senté en la cama, le acaricié el pelo y le pregunté qué le pasaba.
—Tengo una fantasía —me dijo, sin girarse—. Y necesito contártela antes de que me consuma.
Era un hombre directo, así que el rodeo me intrigó.
—Dila.
—Quiero verte con Mateo.
Mateo era su mejor amigo desde el colegio. Lo veíamos cada dos o tres semanas, salíamos a comer los tres, a veces se quedaba a dormir en el sofá después de una noche larga. No voy a mentir: me parecía atractivo. Tenía esa pinta de hombre que envejece bien, ancho de espaldas, manos grandes, una sonrisa lenta que aparecía cuando ya nadie esperaba que respondiera. Más de una vez lo había sorprendido mirándome de un modo que mi marido fingía no ver. Pero de ahí a meterme en la cama con él había una distancia que yo no había recorrido ni mentalmente.
—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? —le pregunté, todavía buscándole la mirada.
—Lo pensé mucho. Sé que se gustan, lo veo cuando él entra a casa y tú te arreglas un poco más sin querer. Y él, cada vez que tomamos cervezas, termina diciendo en algún momento de la noche que tienes un cuerpo de pecado, que se muere por chuparte las tetas y por metértela hasta el fondo.
Sentí que me subía el calor al cuello, y también a otro sitio bastante más abajo.
—Dime que no le contestaste nada.
—Le contesté que tenía razón. Y que ojalá algún día lo viera cogiéndote delante mío.
Tardé en responder. No por escándalo, sino porque me estaba escuchando por dentro y descubría que no me daba el rechazo que yo había imaginado. Más bien lo contrario: una corriente tibia me bajó por la espalda y se me alojó entre las piernas, y sin darme cuenta me estaba apretando los muslos por debajo de la sábana. Sentí el coño mojado, latiéndome, como si el cuerpo hubiera aceptado antes que la cabeza.
—Está bien —dije, y la voz me salió más firme de lo que esperaba—. Pero en un lugar neutral. Si esto sale mal, no quiero que después no podamos pasar por el salón sin acordarnos.
—Un hotel —respondió—. Yo me ocupo.
Esa misma noche, cuando apagó la luz, me metió la mano entre las piernas y se encontró con un charco. No hicieron falta preliminares. Me montó en silencio, me la clavó de un envión y me la mamó al oído mientras me embestía. «Pensá en él, pensá que te la está metiendo Mateo». Me corrí en menos de cinco minutos, mordiéndole el hombro para no despertar a los vecinos.
***
Tres semanas después estaba parada frente al espejo del baño, en ropa interior negra, intentando recordar cómo se maquillaba una mujer que va a acostarse con dos hombres a la vez. Me había depilado entera esa misma mañana —el coño liso, los labios rosados y limpios, un tanga negro que apenas tapaba la raja—, me había puesto la única lencería que valía la pena enseñar y un vestido cruzado al frente que se desataba con un tirón. Hernán apareció detrás de mí, me besó el hombro y me miró por encima del reflejo.
—Si quieres salir de esto, todavía estás a tiempo.
—No quiero salir.
El hotel quedaba cerca del centro, uno de esos sitios discretos que cobran por horas y no preguntan demasiado. Subimos en el ascensor sin decir palabra. Yo notaba mi propia respiración, el roce del vestido contra los pezones que ya estaban duros, el tanga empapado pegado a los labios del coño. Cuando Hernán golpeó la puerta de la 412, Mateo abrió en el segundo intento, vestido con vaqueros y una camisa abierta en el primer botón. Olía a colonia recién aplicada, y por la marca del vaquero se le notaba que ya la tenía medio parada.
—Pasen —dijo, y al darme la mano para que entrara me tembló un poco la rodilla.
La habitación tenía una cama amplia, un sillón individual contra la ventana y una luz cálida que dejaba todo en una penumbra cómplice. Hernán caminó directo al sillón, lo arrastró un par de centímetros para tener mejor ángulo y se sentó. No hizo ningún discurso. Solo levantó la barbilla hacia su amigo y dijo:
—Aquí está mi mujer. Cógetela como te dé la gana. Y no me pidas permiso para nada.
Mateo me miró como si me viera por primera vez.
—Ven —murmuró.
Caminé los dos pasos que nos separaban con una lentitud que no era mía. Él me agarró la cara con las dos manos y me besó. Y ahí entendí que no había vuelta atrás, porque su boca no tenía nada de tímido. Era el beso de alguien que llevaba meses, quizás años, ensayándolo en su cabeza. Me metió la lengua hasta el fondo, me chupó los labios, me mordió el inferior hasta hacerme gemir en su boca. Me apretó contra su cuerpo y sentí el bulto durísimo pegado a mi vientre. Me encontró el lazo del vestido y de un solo tirón lo dejó caer al suelo. Quedé en lencería frente a él, frente a mi marido, frente a un espejo de pared que devolvía la escena entera.
—Dios —dijo, y el susurro se le quebró—. Estás para cogerte una semana entera sin parar.
Me bajó el sostén sin desabrocharlo, lo deslizó hasta la cintura, y se inclinó a chuparme un pezón mientras me amasaba el otro pecho con la mano. Me lo mordió, me lo lamió, me lo apretó entre los dientes hasta que se me escapó un quejido. Después cambió al otro y le hizo lo mismo, sin apuro, hasta dejármelos hinchados y brillantes de saliva. Yo le agarré la cabeza, le pasé los dedos por el pelo, escuché desde el sillón un suspiro hondo de Hernán y el ruido del cinturón aflojándose.
—Está disfrutando —dijo Mateo en voz baja, sin separarse de mi piel—. Mira cómo se la está pajeando él también.
Giré apenas la cara. Hernán se había sacado la verga y se la trabajaba despacio, con los ojos clavados en mí, en la boca de su amigo pegada a mi teta. Eso, más que cualquier otra cosa, me terminó de soltar. Un hilo de humedad se me deslizó por el muslo.
Mateo me bajó el tanga arrodillándose. Cuando me lo sacó del todo, se lo llevó a la cara y aspiró.
—Está chorreando, hermano —le dijo a Hernán sin mirarlo—. Tu mujer está chorreando por mí.
Me empujó con suavidad hasta la cama. Me abrió las piernas de par en par, me miró el coño depilado unos segundos, sin tocarlo, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Después bajó la cabeza y me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, con la lentitud de quien saborea algo que llevaba tiempo esperando. Gemí más fuerte de lo que esperaba y le agarré la cabeza con las dos manos.
Me comió el coño como si fuera lo único que existía en el mundo. Me lamió los labios uno por uno, me metió la lengua adentro, me la sacó y se dedicó al clítoris con una insistencia que me hizo arquear la espalda contra el colchón. Me chupaba, me soplaba, volvía a chupar. Metió dos dedos y empezó a moverlos hacia arriba, buscándome un punto que Hernán tardaba en encontrar y que él dio de entrada. En menos de tres minutos yo ya estaba gritando, empujándole la cara contra mi coño, corriéndome en su boca con las piernas temblando.
—Buena chica —murmuró contra mis labios inferiores—. Te vas a correr muchas veces esta noche.
Desde el sillón oí a Hernán masturbarse más rápido, con esa respiración que yo conocía tan bien.
***
—No me hagas esperar más —le pedí, y casi no reconocí mi voz—. Métemela ya.
Mateo se desnudó rápido. Tenía el cuerpo de un hombre que entrenaba sin obsesión y se cuidaba lo suficiente. Cuando se bajó el bóxer, se le salió la polla de golpe: gruesa, con las venas marcadas, la punta roja y ya humedecida. No era extraordinaria de largo, pero tenía un grosor que me hizo tragar saliva. La agarró con la mano y se la sacudió delante de mí.
—Chúpamela primero —me dijo—. Quiero ver cómo me la mama la mujer de mi mejor amigo.
Me arrodillé al borde de la cama. Se la agarré con las dos manos, me la acerqué a la boca y le pasé la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta. Después me la metí. Me la metí entera, hasta que se me clavó en la garganta y me hizo lagrimear. Mateo me sostuvo la nuca y empezó a mecerme la cara contra su verga con un ritmo lento. Yo le chupaba, le lamía los huevos, le pasaba la lengua por la punta y volvía a tragármela. Se me caía la baba por el mentón y me chorreaba entre las tetas.
—Mira a tu marido —me ordenó, y me giró la cara agarrándome del pelo.
Miré. Hernán se había sacado el pantalón del todo, tenía la verga durísima en la mano y no me sacaba los ojos de encima. Se le escapaba un hilito de líquido preseminal.
—Sigue —dijo con voz ronca—. Chúpasela bien, amor.
Volví a tragármela con más ganas. Mateo empezó a empujar contra mi cara con más fuerza, follándome la boca sin miramientos. Cuando notó que se le venía, me sacó la polla de un tirón.
—No, no, no. Todavía no. Todavía tengo que romperte el coño.
Me tumbó de espaldas y me arrastró hasta el borde de la cama. Se acomodó entre mis muslos, me pasó la punta arriba y abajo unos segundos, restregándome los labios del coño, mirándome a los ojos, hasta que empujó.
El primer centímetro me arrancó un gemido que no era mío. El segundo me arqueó la espalda. Cuando entró del todo, le clavé las uñas en los hombros y giré la cara hacia el sillón, buscando a Hernán con la mirada. Él tenía la verga en la mano y los ojos clavados en el punto exacto donde otra polla estaba entrando en su mujer, y por un segundo nos sostuvimos así, los tres conectados por algo que ya no se podía desarmar.
—Está apretadísima —jadeó Mateo hacia mi marido—. Hermano, tenés un coño de oro en casa.
—Rómpela —le contestó Hernán, y en la voz no le tembló nada—. Cógetela para los dos.
Mateo se movía con un control que no me esperaba. No era la urgencia del recién llegado: era la calma de alguien que sabía que tenía toda la noche. Entraba hasta el fondo, me hacía sentir cómo la punta me golpeaba en la panza por dentro, y se sostenía un instante antes de retirarse casi del todo. A cada empuje yo sentía cómo se me iba apagando el cerebro. El chapoteo del coño mojado contra sus caderas llenaba la habitación.
—Por favor —terminé pidiendo—. Más fuerte. Cógeme más fuerte.
Me agarró los muslos, me los abrió hasta casi hacerme doler, se incorporó sobre las rodillas y empezó a embestirme con un ritmo brutal. La cama crujía, el cabezal golpeaba la pared, mis tetas rebotaban de arriba abajo, yo gemía cosas que no llegaban a ser palabras. Me agarró las muñecas y me las inmovilizó contra el colchón mientras me destrozaba a pollazos. Sentí que se me venía otro orgasmo y grité, apretándole la verga con el coño hasta hacerlo gruñir.
—Ay, se corre otra vez —jadeó—. Se corre en mi polla, hermano, mírala.
Se salió de golpe, me agarró de la cintura y me dio la vuelta sin anestesia.
—De atrás —ordenó—. Con el culo bien alto. Quiero verte así.
Me apoyé sobre las rodillas y las palmas. Me arqueé, saqué el culo y le ofrecí el coño abierto y goteando. Mateo se lo tomó dos segundos para mirarme, y le oí escupir un salivazo sobre mi raja antes de volver a entrar. En ese momento Hernán se levantó del sillón, se sacó la camisa y se acercó a la cama, la verga apuntándome a la cara. Quedé con la boca a la altura de su bragueta abierta. Me agarró el mentón, me obligó a mirarlo, y con una ternura que no encajaba con la situación me dijo:
—Te amo, Lorena. Más que nunca.
Iba a contestarle algo, pero Mateo eligió ese segundo para volver a entrar de un envión, y lo único que me salió fue un grito ahogado contra la polla de mi marido, que aproveché ese abrir de boca para metérmela hasta el fondo.
***
Lo que siguió no soy capaz de reconstruirlo del todo en orden. Sé que quedé ensartada entre los dos, con la polla de Mateo cogiéndome de atrás y la de Hernán empujándome en la boca, y que cada envión de uno me tiraba contra el otro. Sé que sentía la verga de mi marido crecer en mi garganta, y que la de su amigo me abría el coño hasta hacerme ver luces. Sé que me corrí dos veces así, sin poder gritar porque tenía la boca ocupada, y que Hernán me miraba desde arriba con una mezcla de amor y de calentura que yo no le había visto nunca.
Sé que en un momento Mateo se salió, y que Hernán rodeó la cama y se puso detrás de mí. Le oí decirle a su amigo «ahora chúpame la polla que se cogió a mi mujer», y sentí a Mateo meterse la verga de Hernán en la boca solo para que yo lo viera. Después me la clavó él, mi marido, en el mismo coño que su mejor amigo acababa de ensanchar. Me la metió hasta los huevos y yo grité de puro placer. Mateo se puso enfrente y me metió la suya en la boca, y me la mamé con ganas, saboreando en su punta el gusto agrio de mi propio coño.
Sé que Mateo terminó volviendo detrás mío. Me cogió de espaldas un buen rato, sosteniéndome de las caderas con los dedos hundidos en la carne, mientras yo apretaba la sábana con las dos manos. Sé que cuando se dejó acabar dentro de mí, gritó tan fuerte como yo, y sentí el chorro caliente llenarme por dentro, escurriéndose después por los muslos. Sé que Hernán, sin darme tiempo a respirar, ocupó su lugar, y que se me metió resbalando en el semen de Mateo, cogiéndome en la misma posición, hundiéndosela en la corrida de su amigo. Terminó apretándome contra él, mordiéndome el hombro, vaciándose adentro también, mientras yo apretaba los párpados con tanta fuerza que vi luces.
Sé también que esa noche repetimos. Después de una ducha corta y una botella de agua, Mateo me tumbó boca arriba y me comió el coño mezclado de las dos corridas hasta hacerme correr otra vez, y después Hernán me la clavó de costado mientras Mateo me chupaba las tetas. Una vez más cada uno, otra vez los dos en orden, yo en el medio de todo, con las dos pollas turnándose en mi boca y en mi coño, soltando orgasmos que no me había permitido tener en años. Terminé bocarriba, con las piernas abiertas, el coño hinchado y goteando de las dos corridas mezcladas, y los dos hombres tirados a mi lado sin fuerzas ni para hablar.
Cuando volvimos a casa, ya entrada la madrugada, ninguno de los dos habló por un rato. Hernán me agarró la mano en el coche, me la besó y me dijo:
—Gracias.
Yo no le contesté. No hacía falta. Todavía tenía el coño palpitando y las bragas empapadas de las dos.
***
Lo que vino después no estaba en el plan.
Pasó un mes y la regla no llegó. Pasaron dos semanas más y seguía sin llegar. Cuando me hice el test, me senté en el inodoro y me quedé mirando las dos rayas como si fueran un resultado de matemáticas que no me daba.
—Hernán —llamé.
Cuando le mostré el palito, primero abrió mucho los ojos y después me abrazó y se puso a llorar. Quería ser padre desde hacía rato. Yo también quería. Lo único es que, al sacar las cuentas, las fechas coincidían exactamente con la noche del hotel. Y mientras él me apretaba contra su pecho, yo ya estaba haciendo la cuenta atrás y maldiciéndome por no haberme cuidado mejor aquella vez en la que dos pollas me habían dejado adentro toda su corrida.
—Puede no ser tuyo —le dije muy bajo, porque no me animaba a decirlo más fuerte.
Se separó un paso, me miró, me agarró la cara con las dos manos.
—Mírame, amor. Ese hijo va a ser mío. Lleve la sangre que lleve, va a ser mío. Y se acabó la conversación.
***
Mateo se enteró un mes más tarde, cuando ya se notaba la barriga. Vino a casa a cenar, se lo contamos como quien anuncia cualquier buena noticia, y él hizo lo que tenía que hacer: nos felicitó, abrazó a Hernán, me dio un beso en la mejilla. Pero al rato, mientras yo levantaba los platos, lo escuché aclararse la garganta.
—Hermano —le dijo a mi marido en voz baja—, ¿de cuántas semanas está?
—De las que estás contando —contestó Hernán.
Hubo un silencio largo. Yo me quedé parada en la puerta de la cocina, sin saber si entrar o desaparecer.
—¿Podría ser mío?
—Sí, podría.
Mateo se pasó la mano por la cara. Cuando bajó los dedos, tenía los ojos brillosos.
—Lo último que quiero es ser un problema para ustedes —dijo—. Solo te pido una cosa. Déjenme estar cerca. No como padre, no como nada raro. Solo cerca.
Hernán se levantó, le puso la mano en el hombro, y entendí, sin que nadie me lo explicara, que íbamos a entrar en un terreno para el que no existía manual.
***
Los meses que siguieron fueron los más extraños y más felices de mi vida. Mateo empezó a venir todos los días después del trabajo. Trajo una bolsa con ropa, después dos. Una tarde me lo encontré armando la cuna con Hernán, los dos tomando cerveza y discutiendo qué tornillo iba en qué agujero. Otra tarde, con la barriga ya bien redonda, me tumbaron entre los dos en la cama y me la chuparon por turnos hasta hacerme correr con la cara de uno enterrada en mi coño y la boca del otro tirándome de los pezones inflamados.
Porque sí: seguimos cogiendo los tres. Tampoco voy a mentir con eso. Mi cuerpo, atravesado por las hormonas, tenía un apetito que dos manos solas no alcanzaban a calmar. Necesitaba pollas, necesitaba lenguas, necesitaba estar llena. Mateo me la metía por atrás, despacio, con la panza descansando de costado, mientras Hernán me besaba y me daba la suya a chupar. Otras veces era Hernán el que se me montaba, y Mateo el que me trabajaba el clítoris con la lengua desde abajo. Terminaba siempre con las dos corridas encima o adentro, exhausta, feliz, mimada. Y ellos, cada uno a su modo, me cuidaban hasta para cogerme. No hubo una sola noche en la que sintiera que me incomodaban. Tenía dos maridos, y me dejaba querer.
***
El día que nació Joaquín, los dos estaban en el pasillo de la clínica. El médico salió, dijo «felicitaciones» en plural, y a ninguno de los dos se le hizo raro. Por suerte, mi hijo no salió parecido a ninguno: tenía mis ojos, mi boca, una nariz que no se decidía. Cuando lo llevamos a casa, la habitación estaba llena de flores. Las habían comprado a medias.
—¿Quieren que hagamos el examen de ADN? —les pregunté unos días después, mientras le daba el pecho.
Los dos se quedaron callados.
—Yo no quiero saberlo —dijo Mateo, después de un rato—. La verdad, no quiero llevarme una desilusión.
—Tiene razón —dijo Hernán—. Dejémoslo así.
Y así quedó.
***
Mateo vivió con nosotros tres años. Después se enamoró de una mujer hermosa y se mudó a unas cuadras, pero nunca se fue del todo. Joaquín lo llama por su nombre, no le dice papá, pero los fines de semana se queda a dormir en su casa con la naturalidad de quien va a la de un tío. Hernán y él siguen siendo mejores amigos. Yo a veces los miro tomando café en el jardín y me pregunto cómo demonios terminamos así.
De aquella primera noche en el hotel pasaron muchos años, y todavía me cuesta creer que de una fantasía tan simple haya salido una familia. Pero salió. Y volvería a hacerlo todo igual, sin cambiar una sola coma.