Aquella noche en el hotel con su mejor amigo
Me llamo Lorena y siempre pensé que mi vida sexual estaba bien resuelta. Llevábamos seis años casados con Hernán y, salvo por las rutinas que arrastra cualquier matrimonio, no me faltaba nada. Por eso, cuando una noche lo vi mirando el techo con esa cara de querer decir algo y no encontrar las palabras, me senté en la cama, le acaricié el pelo y le pregunté qué le pasaba.
—Tengo una fantasía —me dijo, sin girarse—. Y necesito contártela antes de que me consuma.
Era un hombre directo, así que el rodeo me intrigó.
—Dila.
—Quiero verte con Mateo.
Mateo era su mejor amigo desde el colegio. Lo veíamos cada dos o tres semanas, salíamos a comer los tres, a veces se quedaba a dormir en el sofá después de una noche larga. No voy a mentir: me parecía atractivo. Tenía esa pinta de hombre que envejece bien, ancho de espaldas, manos grandes, una sonrisa lenta que aparecía cuando ya nadie esperaba que respondiera. Más de una vez lo había sorprendido mirándome de un modo que mi marido fingía no ver. Pero de ahí a meterme en la cama con él había una distancia que yo no había recorrido ni mentalmente.
—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? —le pregunté, todavía buscándole la mirada.
—Lo pensé mucho. Sé que se gustan, lo veo cuando él entra a casa y tú te arreglas un poco más sin querer. Y él, cada vez que tomamos cervezas, termina diciendo en algún momento de la noche que tienes un cuerpo de pecado.
Sentí que me subía el calor al cuello.
—Dime que no le contestaste nada.
—Le contesté que tenía razón. Y que ojalá algún día lo viéramos los dos.
Tardé en responder. No por escándalo, sino porque me estaba escuchando por dentro y descubría que no me daba el rechazo que yo había imaginado. Más bien lo contrario: una corriente tibia me bajó por la espalda y se me alojó entre las piernas.
—Está bien —dije, y la voz me salió más firme de lo que esperaba—. Pero en un lugar neutral. Si esto sale mal, no quiero que después no podamos pasar por el salón sin acordarnos.
—Un hotel —respondió—. Yo me ocupo.
***
Tres semanas después estaba parada frente al espejo del baño, en ropa interior negra, intentando recordar cómo se maquillaba una mujer que va a acostarse con dos hombres a la vez. Me había depilado entera esa misma mañana, me había puesto la única lencería que valía la pena enseñar y un vestido cruzado al frente que se desataba con un tirón. Hernán apareció detrás de mí, me besó el hombro y me miró por encima del reflejo.
—Si quieres salir de esto, todavía estás a tiempo.
—No quiero salir.
El hotel quedaba cerca del centro, uno de esos sitios discretos que cobran por horas y no preguntan demasiado. Subimos en el ascensor sin decir palabra. Yo notaba mi propia respiración, el roce del vestido contra los pezones que ya estaban duros. Cuando Hernán golpeó la puerta de la 412, Mateo abrió en el segundo intento, vestido con vaqueros y una camisa abierta en el primer botón. Olía a colonia recién aplicada.
—Pasen —dijo, y al darme la mano para que entrara me tembló un poco la rodilla.
La habitación tenía una cama amplia, un sillón individual contra la ventana y una luz cálida que dejaba todo en una penumbra cómplice. Hernán caminó directo al sillón, lo arrastró un par de centímetros para tener mejor ángulo y se sentó. No hizo ningún discurso. Solo levantó la barbilla hacia su amigo y dijo:
—Aquí está mi mujer. Hazla sentir bien.
Mateo me miró como si me viera por primera vez.
—Ven —murmuró.
Caminé los dos pasos que nos separaban con una lentitud que no era mía. Él me agarró la cara con las dos manos y me besó. Y ahí entendí que no había vuelta atrás, porque su boca no tenía nada de tímido. Era el beso de alguien que llevaba meses, quizás años, ensayándolo en su cabeza. Me apretó contra su cuerpo, me encontró el lazo del vestido y de un solo tirón lo dejó caer al suelo. Quedé en lencería frente a él, frente a mi marido, frente a un espejo de pared que devolvía la escena entera.
—Dios —dijo, y el susurro se le quebró.
Me bajó el sostén sin desabrocharlo, lo deslizó hasta la cintura, y se inclinó a chuparme un pezón mientras me amasaba el otro pecho con la mano. Yo le agarré la cabeza, le pasé los dedos por el pelo, escuché desde el sillón un suspiro hondo de Hernán que me hizo cerrar los ojos.
—Está disfrutando —dijo Mateo en voz baja, sin separarse de mi piel—. Mira cómo te disfruta él también.
No tuve que mirarlo para saberlo. Conocía a mi marido, sabía qué cara ponía cuando se excitaba, oía su respiración cambiar de un ritmo a otro. Eso, más que cualquier otra cosa, me terminó de soltar.
Mateo me empujó con suavidad hasta la cama. Me terminó de desnudar, me besó por todos lados, me pasó la lengua desde el ombligo hasta el costado interno del muslo. Cuando finalmente me abrió las piernas y bajó la cabeza, gemí más fuerte de lo que esperaba, y oí desde el sillón el sonido inequívoco de un cinturón aflojándose.
***
—No me hagas esperar más —le pedí, y casi no reconocí mi voz.
Mateo se desnudó rápido. Tenía el cuerpo de un hombre que entrenaba sin obsesión y se cuidaba lo suficiente. Lo que tenía entre las piernas no era extraordinario, pero estaba duro como una piedra y yo lo necesitaba dentro. Se acomodó entre mis muslos, me pasó la punta arriba y abajo unos segundos, mirándome a los ojos, hasta que empujó.
El primer centímetro me arrancó un gemido que no era mío. El segundo me arqueó la espalda. Cuando entró del todo, le clavé las uñas en los hombros y giré la cara hacia el sillón, buscando a Hernán con la mirada. Él tenía la mano sobre el pantalón abierto y los ojos clavados en mí, y por un segundo nos sostuvimos así, los tres conectados por algo que ya no se podía desarmar.
Mateo se movía con un control que no me esperaba. No era la urgencia del recién llegado: era la calma de alguien que sabía que tenía toda la noche. Entraba hasta el fondo y se sostenía un instante antes de retirarse, y a cada empuje yo sentía cómo se me iba apagando el cerebro.
—Por favor —terminé pidiendo—. Más fuerte.
Me agarró los muslos, se incorporó sobre las rodillas y empezó a embestirme con un ritmo brutal. La cama crujía, mis pechos rebotaban, yo gemía cosas que no llegaban a ser palabras. Hasta que se salió de golpe, me agarró de la cintura y me dio la vuelta sin anestesia.
—De atrás —ordenó—. Quiero verte así.
Me apoyé sobre las rodillas y las palmas. En ese momento Hernán se levantó del sillón, se sacó la camisa y se acercó a la cama. Quedé con la cara casi a la altura de su cuerpo. Me agarró el mentón, me obligó a mirarlo, y con una ternura que no encajaba con la situación me dijo:
—Te amo, Lorena. Más que nunca.
Iba a contestarle algo, pero Mateo eligió ese segundo para volver a entrar de un envión, y lo único que me salió fue un grito.
***
Lo que siguió no soy capaz de reconstruirlo en orden. Sé que Mateo me cogió de espaldas un buen rato, sosteniéndome de las caderas, mientras yo apretaba la sábana con las dos manos. Sé que cuando se dejó acabar dentro de mí, gritó tan fuerte como yo. Sé que Hernán, sin darme tiempo a respirar, ocupó su lugar y me siguió cogiendo en la misma posición, y que terminé apretando los párpados con tanta fuerza que vi luces.
Sé también que esa noche repetimos. Una vez más cada uno, otra vez los dos en orden, y yo en el medio de todo, soltando orgasmos que no me había permitido tener en años.
Cuando volvimos a casa, ya entrada la madrugada, ninguno de los dos habló por un rato. Hernán me agarró la mano en el coche, me la besó y me dijo:
—Gracias.
Yo no le contesté. No hacía falta.
***
Lo que vino después no estaba en el plan.
Pasó un mes y la regla no llegó. Pasaron dos semanas más y seguía sin llegar. Cuando me hice el test, me senté en el inodoro y me quedé mirando las dos rayas como si fueran un resultado de matemáticas que no me daba.
—Hernán —llamé.
Cuando le mostré el palito, primero abrió mucho los ojos y después me abrazó y se puso a llorar. Quería ser padre desde hacía rato. Yo también quería. Lo único es que, al sacar las cuentas, las fechas coincidían exactamente con la noche del hotel. Y mientras él me apretaba contra su pecho, yo ya estaba haciendo la cuenta atrás y maldiciéndome por no haberme cuidado mejor aquella vez.
—Puede no ser tuyo —le dije muy bajo, porque no me animaba a decirlo más fuerte.
Se separó un paso, me miró, me agarró la cara con las dos manos.
—Mírame, amor. Ese hijo va a ser mío. Lleve la sangre que lleve, va a ser mío. Y se acabó la conversación.
***
Mateo se enteró un mes más tarde, cuando ya se notaba la barriga. Vino a casa a cenar, se lo contamos como quien anuncia cualquier buena noticia, y él hizo lo que tenía que hacer: nos felicitó, abrazó a Hernán, me dio un beso en la mejilla. Pero al rato, mientras yo levantaba los platos, lo escuché aclararse la garganta.
—Hermano —le dijo a mi marido en voz baja—, ¿de cuántas semanas está?
—De las que estás contando —contestó Hernán.
Hubo un silencio largo. Yo me quedé parada en la puerta de la cocina, sin saber si entrar o desaparecer.
—¿Podría ser mío?
—Sí, podría.
Mateo se pasó la mano por la cara. Cuando bajó los dedos, tenía los ojos brillosos.
—Lo último que quiero es ser un problema para ustedes —dijo—. Solo te pido una cosa. Déjenme estar cerca. No como padre, no como nada raro. Solo cerca.
Hernán se levantó, le puso la mano en el hombro, y entendí, sin que nadie me lo explicara, que íbamos a entrar en un terreno para el que no existía manual.
***
Los meses que siguieron fueron los más extraños y más felices de mi vida. Mateo empezó a venir todos los días después del trabajo. Trajo una bolsa con ropa, después dos. Una tarde me lo encontré armando la cuna con Hernán, los dos tomando cerveza y discutiendo qué tornillo iba en qué agujero. Otra tarde me agarró el embarazo más cariñoso de lo normal, y los dos hombres se turnaron para hacerme el amor con una delicadeza que me hizo llorar.
Porque sí: seguimos teniendo sexo los tres. Tampoco voy a mentir con eso. Mi cuerpo, atravesado por las hormonas, tenía un apetito que dos manos solas no alcanzaban a calmar. Y ellos, cada uno a su modo, me cuidaban hasta para cogerme. No hubo una sola noche en la que sintiera que me incomodaban. Tenía dos maridos, y me dejaba querer.
***
El día que nació Joaquín, los dos estaban en el pasillo de la clínica. El médico salió, dijo «felicitaciones» en plural, y a ninguno de los dos se le hizo raro. Por suerte, mi hijo no salió parecido a ninguno: tenía mis ojos, mi boca, una nariz que no se decidía. Cuando lo llevamos a casa, la habitación estaba llena de flores. Las habían comprado a medias.
—¿Quieren que hagamos el examen de ADN? —les pregunté unos días después, mientras le daba el pecho.
Los dos se quedaron callados.
—Yo no quiero saberlo —dijo Mateo, después de un rato—. La verdad, no quiero llevarme una desilusión.
—Tiene razón —dijo Hernán—. Dejémoslo así.
Y así quedó.
***
Mateo vivió con nosotros tres años. Después se enamoró de una mujer hermosa y se mudó a unas cuadras, pero nunca se fue del todo. Joaquín lo llama por su nombre, no le dice papá, pero los fines de semana se queda a dormir en su casa con la naturalidad de quien va a la de un tío. Hernán y él siguen siendo mejores amigos. Yo a veces los miro tomando café en el jardín y me pregunto cómo demonios terminamos así.
De aquella primera noche en el hotel pasaron muchos años, y todavía me cuesta creer que de una fantasía tan simple haya salido una familia. Pero salió. Y volvería a hacerlo todo igual, sin cambiar una sola coma.