Lo que la cámara nos reveló lo cambió todo
Sofía me abrió la puerta todavía con la ropa de entrenamiento puesta. Unas calzas grises que no dejaban nada a la imaginación y una camiseta ajustada de color negro que le marcaba cada curva. Yo llegaba con traje, directo de la oficina, con la bolsa del club colgando del hombro.
—Andrés, así no vas a hacer deporte ni a ningún lado —dijo, mirándome de arriba abajo con esa media sonrisa que siempre me desestabilizaba.
—Me cambio aquí, si querés.
—Eso espero. Y despacio.
La relación entre nosotros había cambiado mucho en los últimos meses. Lo que empezó como algo impensable fue tomando forma propia, difícil de explicar con palabras pero fácil de reconocer en cada mirada, en cada contacto que duraba un segundo más de lo necesario. Cogíamos algunas mañanas con la excusa del gimnasio, a veces de noche con cualquier pretexto, y yo volvía a casa con Laura como si nada. Nunca había tenido tanto sexo en toda mi vida. Pero lo que sentía con Sofía no era solo eso.
Me quedé parado en el centro de su sala y empecé a desabotonar la camisa despacio, sin apartar los ojos de ella. Sofía se acercó mientras yo me quitaba el cinturón. Dejé caer el pantalón al suelo. Ella estaba a menos de un metro.
Me miró como si estuviera viendo algo que le pertenecía.
Se arrodilló.
No dijo nada. Me bajó el bóxer de un tirón, agarró mi polla todavía flácida con la mano y se la metió entera en la boca, suave y cálida entre sus labios. El calor fue inmediato. Sentí cómo me iba poniendo duro con cada movimiento de su lengua, cómo crecía dentro de su boca mientras ella ajustaba el ritmo sin apuro. La lengua me envolvía el glande, me apretaba contra el paladar, me bajaba por la vena de abajo hasta chuparme los huevos uno por uno. Era mi hermana. Eso no había dejado de ser una descarga, cada vez.
Cuando ya la tenía dura contra su garganta, empezó a tragármela entera, hasta que la nariz le tocaba mi pubis y la sentía atragantarse un segundo antes de retirarse. Cuando retiró la cabeza, mi verga quedó completamente expuesta, brillante de saliva, latiendo. La baba le corría por el mentón y el cuello y ella no hizo nada por limpiarla. Me miró desde abajo con los ojos entornados, un hilo de babas colgando entre sus labios y mi glande.
—Ahora sí estás mejor —dijo, y me escupió un gargajo espeso sobre la punta para volver a masajearla con la mano.
—Sos lo mejor que me pasó en años —respondí.
—Lo sé.
Se levantó, se sacó la camiseta y el corpiño de un tirón, y me llevó hacia el sofá con las tetas al aire. Los pezones ya estaban duros, oscuros, apuntando hacia arriba. Me senté. Ella se colocó de rodillas entre mis piernas, envolviéndome la verga con la mano, y empezó a hablar mientras me pajeaba lento, apretando fuerte en la base y aflojando cuando llegaba a la punta.
—¿Querés que te cuente cómo empezó todo con Laura?
—Contame.
Pasó la lengua por mi glande, muy despacio, dando vueltas alrededor de la corona antes de continuar.
***
—La primera vez que tu mujer se acostó conmigo fue hace casi dos años. Vos no lo sabías. Nadie lo sabía.
Me apretó con la mano mientras hablaba, como si las dos cosas formaran parte del mismo acto. Cada palabra iba acompañada de un tirón lento hacia arriba, con el pulgar resbalando por el frenillo.
—Ella apareció en casa una tarde. Dijo que te buscaba pero vos no estabas. Nos pusimos a tomar algo y en algún momento la conversación giró hacia el sexo. Lo que nos gustaba, lo que nos faltaba, lo que no le contábamos a nadie. Fue ella quien dio el primer paso.
Yo intentaba concentrarme en sus palabras pero el placer hacía difícil pensar en cualquier cosa. Sofía me la volvió a meter en la boca hasta el fondo, me la sacó con un pop obsceno, y siguió.
—Fue raro al principio. Nunca había estado con una mujer de esa manera. Pero ella sabía muy bien lo que hacía. Me abrió las piernas ahí mismo, en el sillón de mi casa, me arrancó la bombacha y me clavó la lengua en el coño como si supiera desde siempre cómo me gustaba. Te juro que nunca había acabado tan rápido en mi vida. Me chupó el clítoris hasta que le mojé toda la cara de flujo, y después me preguntó si quería aprender a hacerlo bien. Le dije que sí.
—¿Cuánto tiempo estuvieron así?
—Un año, más o menos. Con encuentros, con pausas, con muchas conversaciones por mensaje en el medio. Ella me contaba lo que hacían juntos. Yo le pedía detalles.
—¿Qué tipo de detalles?
—Cómo la cogías. En qué posición. Cuánto le duraba. Si le acababas adentro o afuera. Los que vos le dabas sin saber que me los estabas dando a mí también. Yo me metía tres dedos leyendo sus mensajes, imaginándote encima de ella y pensando que en el fondo me estabas cogiendo a mí.
Sonrió con la verga entre los labios y yo tuve que cerrar los ojos un momento. Se la sacó, me lamió los huevos uno por uno, mientras seguía pajeándome con saliva. Ella había aprendido a leerme, a saber exactamente cuándo acelerar y cuándo frenar para mantenerme al borde sin dejarme caer. Lo hacía con una precisión que no tenía nada de casual. Cada vez que sentía que mis huevos se contraían, aflojaba la mano y me soplaba aire frío en la punta hasta que la contracción cedía.
—Esperate —dijo de repente, apartándose—. Todavía no llega lo mejor.
Me dejó durísimo, con la verga vibrando en el aire, el cuerpo entero pidiendo lo que ella acababa de pausar. Se puso de pie, se bajó las calzas y la bombacha de un solo movimiento y se sentó a mi lado en el sofá, con las piernas abiertas. Se llevó dos dedos al coño, los hundió, los sacó brillantes y me los pasó por los labios antes de meterlos en su boca. —Seguí —dije con la voz más grave de lo habitual.
—Laura me enseñó cosas que yo no sabía que me gustaban. Una tarde agarró el consolador de mi cajón y empezó a metérmelo despacio, imitando cómo vos me cogerías, me dijo. Primero la punta, después toda la longitud, hasta el fondo. Cada vez más fuerte, hasta que me cogía con la cama entera crujiendo. Yo me frotaba el clítoris y me chupaba las tetas propias y el morbo era más grande que el placer. Saber que estaba usando lo que aprendió con vos para dármelo a mí. Que cada empujón de esa polla de goma era una copia exacta de los tuyos.
Bajó la cabeza y me pasó la lengua por la base, muy despacio, mientras se hundía dos dedos propios en el coño. Escuché el ruido húmedo de sus dedos entrando y saliendo.
—La primera vez que me metió los dedos por el culo, al principio apretó todo. El instinto, el miedo. Pero me dijo que aflojara. Que eso cambiaba todo. Tenía razón. Desde ese día no puedo acabar bien si no tengo algo ahí atrás. Jejeje. Ahora mismo si me metés un dedo en el culo mientras te la chupo, me corro sin tocarme.
Se agachó otra vez sobre mi verga y me la envolvió toda con la boca, hasta el fondo, y con la otra mano me guio los dedos hasta su culo. Se los mojó con su propia saliva y con el flujo de su coño y se los ensartó ella misma. Sentí el anillo apretado ceder alrededor de mi dedo mayor, después el índice, mientras seguía chupándome cada vez más rápido, gimiendo con la boca llena. Me pajeaba con movimientos lentos y parejos mientras yo la abría por detrás. El relato y el tacto se mezclaban hasta que ya no sabía bien qué me excitaba más: lo que me estaba diciendo o cómo lo decía.
—Seguimos viéndonos un tiempo —siguió, jadeando entre chupada y chupada—. Pero cuando vos y yo empezamos con esto, el tiempo libre se fue achicando para las dos. Supongo que los tres fuimos buscando lo mismo por distintos caminos sin saberlo.
Antes de que pudiera responder, bajó la cabeza y empezó a moverse con más intensidad. Sin palabras. Solo el movimiento y el calor y la presión exacta de su mano y la garganta apretándose alrededor de la punta cada vez que me la tragaba entera. Me apretó los huevos con la mano libre, tirando levemente hacia abajo, y con la otra empezó a acariciarme el perineo. Sentí la contracción que precede al orgasmo, ese instante en que el cuerpo decide por uno.
—Me voy a correr —gruñí.
—Dame todo —respondió con la boca todavía llena.
Acabé. Sofía se apartó una fracción de segundo y los primeros chorros me cayeron en el pecho, espesos y calientes, larguísimos. El segundo le dio en la cara, cruzándole la mejilla y el labio de abajo. Sacó la lengua para atraparlo. Después volvió a metérmela toda en la boca y terminó de sacarme lo que quedaba, chupando con fuerza hasta la última gota, ordeñándome la base con la mano. Tragó despacio, abrió la boca para mostrarme que había quedado vacía, y me sonrió. Levantó la vista hacia mí con esa calma que me desarmaba.
Se incorporó, pasó la lengua por mi pecho juntando lo que pudo, se pasó los dedos por la cara para recoger el resto y se los chupó de a uno, y luego tomó mi cara entre las manos.
—Sos todo lo que no debería querer —murmuré.
Me besó. Sentí el sabor a mí mismo en su boca, espeso y salado, y no me importó en absoluto. Me pasó lo que le quedaba de semen en la lengua a la mía y me hizo tragarlo también.
***
Cuando volvimos a ser capaces de hablar con normalidad, Sofía se levantó a buscar agua y yo me quedé mirando el techo, pensando en todo lo que habíamos construido sin darnos cuenta. La complicidad, el deseo, la rarísima ternura que siempre venía después.
—¿Y si esto dejara de ser un secreto? —pregunté cuando ella volvió.
Sofía se sentó a mi lado y bebió antes de contestar.
—¿Qué estás pensando?
—Que los tres podríamos vivir juntos. Que Laura podría ser parte de esto de verdad, sin mentiras de por medio.
Sofía me miró un momento sin decir nada.
—No es una idea descabellada —dijo finalmente—. Pero antes de planteárselo, ¿por qué no miramos cómo está Laura ahora?
Tenía instalada la app de las cámaras de casa desde que habíamos tenido un problema con la cerradura unos meses atrás. La abrí. El living: vacío. La cocina: vacía también. El dormitorio.
Nos quedamos los dos en silencio.
Laura estaba en la cama, de piernas abiertas, y había alguien entre ellas con la cabeza inclinada hacia su coño, comiéndoselo con ganas. Se veía cómo Laura le agarraba el pelo y le apretaba la cara contra su entrepierna. La imagen era nítida. Inconfundible.
—¿Esa es Camila? —pregunté.
—Sí —dijo Sofía, muy despacio—. La profesora de pilates del club.
—¿La conocés?
—La conocemos las dos. Hace unos meses se nos acercó en el vestuario, con alguna excusa, y nos preguntó si éramos pareja. Le dijimos que no, que somos amigas y cuñadas. Nos contó que tenía curiosidad con las mujeres pero no se animaba. Nosotras le dimos algunos consejos y después acordamos no hacer nada con ella. No queríamos complicar lo del gimnasio.
—Laura no respetó el acuerdo.
—Aparentemente no.
Vimos cómo Laura echaba la cabeza hacia atrás mientras Camila le hundía dos dedos en el coño sin dejar de chuparle el clítoris. Sofía seguía mirando la pantalla con una expresión que no era de enojo sino de algo más parecido a la comprensión.
—Tiene sentido —dijo—. Si vos y yo bajamos el ritmo con ella, y yo también bajé el mío... alguien tenía que llenar ese espacio. Y nosotros somos los últimos en poder reclamarle algo.
Tenía razón. Yo había sido el primero en engañarla, y encima con su propia cuñada.
Cerramos la notebook. Nos miramos.
—Esta noche en la cena se lo decimos todo —dijo Sofía—. Lo nuestro, lo que queremos proponer, y también lo de Camila. Si vamos a ordenar esto, que quede todo arriba de la mesa de una vez.
***
La cena fue tranquila al principio. Laura llegó con una botella de vino y una sonrisa que no traía culpa ni disimulo. Eso me gustó.
Fue Sofía quien abrió el tema, como siempre.
—Laura, Andrés y yo queremos hacerte una propuesta.
—Qué manera de asustarme —dijo ella, dejando la copa sobre la mesa.
—Es en serio.
Laura nos miró a los dos alternativamente. Esperó.
—Queremos vivir juntos —dije—. Los tres. Como lo que ya somos, sin etiquetas, sin tener que esconder nada de lo que pasa entre nosotros.
Hubo un silencio. Laura no lo ocupó con palabras sino con una sonrisa que le creció despacio, desde una comisura hasta la otra.
—¿Cuánto tiempo llevan pensando en esto?
—El tiempo suficiente para saber que no es un impulso —dijo Sofía.
—Esta casa no alcanza para la ropa de los tres —dijo Laura.
—Ya lo sabemos. Tendríamos que mudarnos a algo más grande.
—Y una cama nueva, porque la que tenemos es demasiado chica para tres personas que se mueven tanto. —Se rio. Sofía también—. ¿Y qué hacemos con Camila?
El silencio que siguió fue distinto al anterior.
—¿Cómo sabés que queremos hablar de Camila? —preguntó Sofía, con cuidado.
—Porque me conocen. Y porque se nota que hay algo más.
—Vimos las cámaras esta tarde —dije—. La del dormitorio.
Laura no se movió. Procesó. Después acomodó el tenedor sobre el plato con mucho cuidado.
—¿Cuánto vieron?
—Lo suficiente —dijo Sofía—. Andrés y yo no venimos a reclamarte nada. Si vamos a hacer esto en serio, necesitamos saber con quién más estás. No para controlarte. Para que todos estemos en la misma página.
—Es Camila —dijo Laura, finalmente—. Empezó hace unas semanas. Sé que habíamos acordado no involucrarnos con ella. Pero se dio solo, no fue algo que planeé.
—Está bien —dije.
Laura me miró.
—¿En serio?
—En serio. Pero si esto va a funcionar como queremos, los tres, Camila tiene que saber dónde está parada. Esa conversación te toca a vos.
Laura asintió despacio. Después levantó la copa.
—Brindo por la familia más rara y más honesta que conozco.
Sofía levantó la suya. Yo levanté la mía.
Las tres copas chocaron sobre la mesa y el vino se movió dentro del cristal. Nadie dijo nada más por un momento. No hacía falta. Los tres sabíamos que lo que habíamos decidido esa noche no tenía vuelta atrás, y que ninguno de los tres quería que la tuviera.