La tarde en que el director vino a ver el partido
Era una tarde de Super Bowl, de esas que se sienten lentas y calientes aunque afuera el aire estuviera fresco. Sebastián y Valeria estaban tirados en el sofá grande de la sala. Él, con un short oscuro y una camiseta ajustada que le marcaba los hombros morenos. Ella, embutida en unos leggins negros que se le pegaban como segunda piel, con un crop top blanco corto y nada debajo. El cabello suelto, los ojos apenas pintados, y esa sonrisa tímida que se le escapaba cuando sabía que estaba a punto de portarse mal.
El partido iba catorce a diez cuando sonó el teléfono de Sebastián.
—Director Federico… ¿qué tal? —contestó con esa voz grave que usaba cada vez que olía oportunidad.
Del otro lado, el director de la facultad —cuarenta y ocho años, alto, canas elegantes y esa autoridad que volvía locas a las profesoras del campus— le proponía ver el partido juntos en algún bar. Sebastián miró a Valeria y levantó una ceja. Ella asintió despacio, mordiéndose el labio inferior.
—Claro que sí, director —dijo Sebastián, relajado—. Pero no en un bar. Mejor véngase a la casa. Le mando la ubicación ahora mismo. Traiga algo para tomar, la comida la ponemos nosotros. Aquí estamos más cómodos, sin ruido, sin gente.
Colgó y le guiñó un ojo a su esposa.
—Plan en marcha, mi amor.
Valeria se levantó del sofá, se acomodó los leggins subiéndoselos un poco más para que la tela se le hundiera entre las nalgas y se miró en el espejo del pasillo.
—Voy a estar tímida al principio —dijo, sin mirarlo—. Pero después ya sabes cómo soy.
—Perfecto —contestó Sebastián, abrazándola por detrás y apretándole las caderas—. Déjame a mí llevarlo despacio hasta que él mismo se anime.
***
Veinte minutos después sonó el timbre. Federico llegó con una botella de whisky premium y la sonrisa de quien se siente importante. Jeans oscuros, camisa blanca arremangada, un par de canas estratégicas en la sien. Sebastián lo recibió con un abrazo. Valeria se acercó por detrás y le dio un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo normal. Federico sintió el roce de los pezones de ella contra su pecho y el perfume de jazmín en su cuello.
Se sentaron en el sofá en forma de L. Sebastián en un extremo, Valeria en el medio, Federico al otro lado. El partido seguía, pero la tensión en la sala era otra cosa. Valeria cruzaba y descruzaba las piernas, los leggins brillaban cada vez que movía los muslos. Cada vez que reía por algo del juego se inclinaba hacia Federico y lo rozaba con el hombro.
Sebastián soltaba comentarios calculados.
—Qué bueno que viniste, director. Aquí en casa nos gusta estar relajados. Sin protocolos. Valeria y yo somos muy abiertos, ¿verdad, amor?
Ella sonreía bajando la mirada, fingiendo timidez. Sus ojos decían otra cosa.
En el medio tiempo, cuando empezó el espectáculo musical, Sebastián sirvió más whisky.
—Federico… nosotros no somos de los que se quedan solo viendo el partido. ¿Me entiende? Somos de los que compartimos. Todo. Y nos encanta que la gente se sienta cómoda aquí.
Federico tragó saliva. Llevaba media hora robándole miradas al cuerpo de Valeria cada vez que ella se levantaba a buscar algo. Los leggins eran un pecado.
En un silencio del descanso, Federico no aguantó más. Se acercó a Valeria, la tomó suavemente por la cintura y la abrazó mirando directamente a Sebastián.
—¿Está bien? —preguntó con voz ronca.
Sebastián sonrió lento.
—Está más que bien, director. Pero la última palabra siempre la tiene ella.
Valeria levantó la cara, miró a Federico a los ojos, y sin decir nada le dio un beso suave en los labios. En dos segundos el beso se volvió profundo. Las lenguas se enredaron, ella soltó un sonido tímido que enseguida se volvió hambriento. Federico la apretó contra su cuerpo y sus manos bajaron directo a las nalgas que tanto había mirado.
—Qué culo tienes, Valeria —gruñó contra su boca.
Sebastián, desde el sofá, con la voz calmada pero ya cargada:
—Así, Federico. Apriétaselo. Le encanta que le agarren fuerte. Mírala cómo se derrite.
***
Valeria jadeó y siguió besándolo. Sus manos bajaban por el pecho de Federico hasta la hebilla del cinturón. Sebastián se acomodó mejor en el sillón, sin tocarse todavía. Solo mirando. Solo dirigiendo.
Federico deslizó una mano por debajo del crop top y subió hasta agarrarle un pecho entero, pellizcándole el pezón ya duro.
—Joder… son perfectas —susurró.
—Quítale el top, director —dijo Sebastián con voz ronca—. Quiere que la veas toda.
Federico le pasó la prenda por encima de la cabeza. Los pechos de Valeria quedaron libres, con los pezones oscuros y parados. Él bajó la cabeza y se metió uno a la boca, chupando despacio mientras ella le pasaba la mano por el cabello.
—Chúpaselos así —indicó Sebastián desde su esquina del sofá—. Se moja rapidísimo cuando le hacen eso.
Las manos de Federico bajaron al borde de los leggins. Valeria levantó las caderas para ayudarlo. Despacio, muy despacio, él le bajó la tela negra hasta los tobillos, descubriendo que no llevaba nada debajo. El sexo depilado y húmedo brillaba bajo la luz baja de la sala. Federico pasó dos dedos por sus labios mayores y los separó.
—Estás empapada.
—Porque te quiero adentro —contestó ella, sin asomo de timidez ya. La voz coqueta, caliente, decidida.
Sebastián soltó un sonido bajo de aprobación.
—Dale, Federico. Métela despacio primero. Que sienta cada centímetro.
Federico se bajó los jeans. Su miembro grueso y erecto rozó la entrada de Valeria. Ella abrió las piernas un poco más, recostada en el sofá, y lo miró con una intensidad que no había mostrado en toda la noche.
—Vente —susurró.
Federico entró en ella de una sola embestida lenta y profunda. Valeria soltó un gemido largo, clavándole las uñas en la espalda. Sebastián, a un metro, los miraba acariciándose por encima del short.
—Cógetela rico, director. Es tuya esta tarde.
***
El medio tiempo había terminado hacía rato. En la sala el verdadero partido seguía a otro ritmo. Federico tenía a Valeria clavada en el sofá, embistiendo con cadencia mientras ella gemía con la cara enterrada en su cuello. Sebastián daba instrucciones con esa voz grave que volvía loca a media facultad.
—Más duro, Federico. Mírala cómo te aprieta. Valeria, apriétalo así, mi amor.
Ella se corrió por segunda vez con un grito ahogado, las uñas hundidas en la espalda del director. Federico no tardó mucho más. Soltó un gruñido ronco y se vació dentro de ella, temblando.
Los tres quedaron jadeando, sudados, con la televisión hablando de touchdowns que ninguno estaba mirando.
Federico se dejó caer hacia atrás, todavía dentro de Valeria, y soltó una risa baja.
—Llevo meses soñando con esto. Y ahora que estoy divorciado oficialmente… no tengo prisa por irme a casa.
Valeria sonrió pícara, todavía sentada sobre él, y le dio un beso suave en los labios.
—Me alegra que no tenga que irse, director.
Se levantó despacio, dejando que el rastro de Federico le escurriera por la cara interna del muslo. Los leggins seguían hechos una bola en el piso. Se estiró como gata, completamente desnuda, los pechos firmes y la piel brillando de sudor.
—Voy a bañarme rápido. No tarden en extrañarme —dijo coqueta, guiñándole un ojo a Sebastián y luego a Federico. Caminó hacia el baño moviendo las caderas, sabiendo que los dos la estaban siguiendo con la mirada.
***
Cuando la puerta del baño se cerró y se escuchó el agua correr, Federico se acomodó el pantalón y miró a Sebastián con la sonrisa de un hombre que ya no tiene nada que perder.
—Sebastián… gracias. Llevo más de un año volviéndome loco con tu mujer. Cada vez que entraba a tu cubículo y la veía con esos leggins, o cuando se inclinaba sobre la mesa en las juntas, tenía que disimular. Y no es solo ella. Camila, la otra profesora del departamento, también me tiene mal. Esa morena con cara de ángel… las dos juntas en mi cabeza me han hecho perder la razón más veces de las que quiero admitir.
Sebastián soltó una carcajada profunda y le sirvió otro whisky.
—Te lo dije, director. Aquí somos muy abiertos. Y si te gusta Camila también… pues ya veremos. Todo se puede platicar.
El agua de la ducha seguía corriendo. Federico bajó la voz, casi confesando.
—Valeria es perfecta. Ese cuerpo, esa cara tímida que se vuelve otra cosa en cuanto la tocas… y tú, cabrón, tan tranquilo mirando. Me encanta esto. Nunca lo había hecho. Nunca había estado del lado del invitado.
Sebastián levantó el vaso.
—Pues bienvenido, director. La casa siempre está abierta para quien sabe portarse.
***
En ese momento se abrió la puerta del baño. Valeria salió envuelta solo en una toalla blanca corta que apenas le tapaba las nalgas. El cabello mojado le caía sobre los hombros, gotas de agua le corrían por las piernas. Olía a jabón y a algo más oscuro.
—Listo —dijo sonriendo—. ¿De qué hablaban tan serio?
Sebastián se levantó, la abrazó por detrás y le besó el cuello.
—De lo rica que estás, mi amor. Y de que el director tiene hambre.
Federico la miró de arriba abajo con descaro.
—Pues sí. Tengo mucha hambre. Quiero cenar.
Sebastián no se aguantó. Con esa sonrisa estratégica que lo caracterizaba:
—Y cenarte a mi esposa también, ¿verdad, Federico?
Los tres soltaron una carcajada. Valeria se puso colorada pero se mordió el labio, encantada.
—Ay, Sebastián. Qué grosero eres —dijo fingiendo vergüenza, pero abriendo un poco la toalla para que se le viera el borde de un pecho.
Federico se rio sin filtro.
—Si me dejan, ceno las dos cosas. Primero la cena. Y de postre me como ese sexo otra vez, pero ahora despacio, con lengua, hasta que Valeria me ruegue.
Sebastián le dio una palmada en la espalda al director.
—Órale, pues. Yo pido la comida. Y tú encárgate de abrirle el apetito a mi esposa mientras llega.
Valeria se sentó entre los dos en el sofá, la toalla subiéndose peligrosamente.
—Ustedes dos son unos pervertidos —murmuró—. Pero me encanta.
Federico ya tenía la mano en el muslo de Valeria, subiendo despacio, sin disimulo.
—¿Entonces… cenamos o empezamos por el postre?
Sebastián levantó su vaso.
—Las dos cosas, director. Las dos cosas.
El agua de la ducha ya se había secado en la piel de Valeria. La televisión seguía hablando de un partido que ninguno de los tres iba a recordar al día siguiente. Y el hambre del director crecía con cada segundo.