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Relatos Ardientes

Cuando desperté, los dos ya me habían elegido

Ese enero fue extraño desde el principio. La familia se había ido de vacaciones al norte, como hacían cada año, y yo me quedé en el departamento por unos trámites que no podían esperar. Nada grave, nada urgente, pero suficiente para quedarme solo durante dos semanas en una ciudad que en verano se volvía pesada de calor y de silencio.

Los días pasaban lentos. Dormía hasta tarde, salía poco, leía sin concentrarme demasiado. Tenía esa sensación vaga de estar esperando algo sin saber exactamente qué.

Rodrigo me llamó una mañana sin previo aviso, como solía hacer.

—Playa —dijo—. Estoy muriendo de calor.

No me costó mucho convencerme. Vivía a quince minutos del mar; era absurdo quedarse encerrado. Le dije que nos encontráramos en la entrada del paseo, que yo llevaría la bolsa. Colgué y fui a preparar lo de siempre: protector solar, toalla, agua.

Lo que no preparé fue encontrarme con que él no venía solo.

La vi desde lejos, cuando todavía me faltaban unos metros para llegar. Alta, con el cabello oscuro recogido en una trenza gruesa que le caía por un hombro, los ojos claros en una cara morena que ya sonreía antes de que yo dijera nada. Rodrigo nos presentó con la simpleza de alguien que no le da importancia a los detalles.

—Valeria. Mi amigo Sebastián.

Ella extendió la mano. La estreché.

—¿Te molesta que viniera? —preguntó.

—Para nada —dije. Y era verdad.

Pasamos casi tres horas en el agua. El sol pegaba fuerte y el mar estaba en calma, con olas pequeñas que casi no hacían ruido al romper. Valeria nadaba bien, con brazadas largas y tranquilas. Rodrigo y yo hicimos lo que siempre hacemos en la playa: competir sin razón, empujarnos, actuar como si tuviéramos veinte años menos. Ella se sumó sin el menor esfuerzo, como si llevara años siendo parte de algo que acababa de empezar ese día.

Reímos bastante.

Cuando el hambre empezó a ganarle al calor, Rodrigo lo planteó de forma directa.

—¿Vamos a tu lugar? Queda a la vuelta.

—Tengo poca cosa en la heladera —advertí.

—Con lo que sea está bien —dijo Valeria.

No había razón para negarse.

***

En el departamento todo fue perfectamente normal durante las primeras horas. Nos duchamos por turnos. Armé algo con lo que encontré en la heladera: queso, fiambre, pan, fruta. Puse algo en la televisión que ninguno de los tres vio realmente. La conversación fue fluyendo de un tema a otro sin ningún destino claro.

Valeria era fácil de hablar. Hacía preguntas directas, escuchaba de verdad y tenía opiniones sobre todo, no de un modo molesto sino de uno que hacía avanzar la conversación. Rodrigo la miraba de vez en cuando con algo que no terminaba de identificar.

A media tarde, el agotamiento del sol y las horas en el agua empezaron a pesar.

—Me caigo —dijo Valeria, recostándose en el sillón—. ¿Puedo cerrar los ojos un momento?

—Yo también —admitió Rodrigo.

Les dije que se quedaran, que había habitaciones libres, que no tenía sentido irse con ese calor de pleno verano. Valeria aceptó sin hacerme esperar. Rodrigo se acomodó en el sillón grande del living.

Me fui a mi cuarto.

Siempre duermo sin ropa cuando estoy solo en casa. Esa costumbre no la cambié esa tarde. La sábana estaba fresca. El ventilador del techo giraba despacio. Me dormí sin pensar en nada.

No supe cuánto tiempo pasó.

Lo que me sacó del sueño no fue un sonido. Fue algo más difícil de nombrar: esa sensación de que la habitación ya no estaba vacía, de que algo había cambiado mientras dormía. Abrí los ojos despacio, sin moverme, y necesité unos segundos para entender lo que estaba viendo.

Estaban los dos en el umbral.

Rodrigo apoyado en el marco de la puerta, con el calzoncillo a mitad de los muslos, la polla dura afuera, cascándosela despacio con los ojos clavados en mí. Valeria un paso adelante, con la mano dentro de la bombacha del traje de baño que todavía no se había cambiado, moviéndose sobre el coño mientras me miraba fijo. Se le marcaba el nudillo debajo de la tela mojada.

Los dos me miraban a mí. No a la cama, no al techo. A mí. A mi verga, que ya estaba parada contra el vientre sin que yo hubiera hecho nada por levantarla.

No me moví.

No sé exactamente por qué no lo hice. Podría haberlo hecho. Podría haber dicho algo, haber roto ese momento antes de que se convirtiera en otra cosa. Pero mi cuerpo ya había respondido a lo que veía antes de que mi cabeza terminara de procesar la situación. Me quedé quieto. Y los dejé seguir.

Valeria fue la primera en acercarse.

Caminó despacio hacia la cama, sacándose la parte de abajo del traje de baño en dos movimientos limpios. La tela cayó al piso con un ruido húmedo. Se sentó en el borde con el coño ya brillando entre los muslos, sin apartar los ojos de los míos. Me miró un segundo más, como buscando algo en mi cara, y luego sus dedos me rozaron el abdomen.

Después bajaron.

Me tomó la polla en la mano con una firmeza que no esperaba, cerrando el puño en la base y empezando a bombear despacio, midiendo mi reacción con cuidado. Le brotaba una gota de líquido en la punta cada vez que retiraba el prepucio, y ella la esparcía con el pulgar por toda la cabeza, haciendo círculos lentos que me tensaban las piernas contra el colchón. No era suave pero tampoco brusca. Era exactamente lo necesario para mantenerme al borde sin dejarme correrme.

—Llevabas rato duro —dijo en voz baja, sin dejar de moverme la mano—. ¿Cuánto tiempo llevás despierto mirándonos?

No respondí. Ella no necesitó la respuesta. Bajó la cabeza y me pasó la lengua desde la base hasta el glande, en una sola lamida larga, y después se me metió la verga entera en la boca de un solo movimiento, hasta que sentí la garganta apretándome la punta. Cerré los ojos y solté un gemido que no supe que tenía guardado.

Rodrigo se acercó también, con la polla en la mano, ya completamente afuera del calzoncillo. Me resultó extraño verlo así, de pie junto a la cama, la verga gruesa y venosa apuntando hacia mí, mirándome con algo que nunca había visto antes en él. Llevábamos años siendo amigos, habíamos hablado de todo, pero nunca habíamos hablado de esto.

Pero ahí estaba, con la punta mojada y roja, cascándosela a treinta centímetros de mi cara.

Puso una rodilla en el colchón. Su mano me rozó el pecho primero, después el cuello. Sentí su respiración cerca de mi oído mientras Valeria seguía chupándome abajo con ruidos húmedos, tragando saliva alrededor de mi polla.

—Tranquilo —dijo Rodrigo—. Nada pasa si no querés que pase.

El problema era que quería que pasara todo.

Giré la cabeza y le abrí la boca. Él entendió sin que hiciera falta decirlo y me deslizó la verga adentro despacio, sosteniéndomela en la nuca con la mano abierta. La sentí gruesa contra la lengua, con ese sabor salado en la punta, y empecé a chupársela como Valeria me chupaba a mí, midiendo el ritmo con la respiración de él.

—Puta madre —murmuró Rodrigo, apretándome el pelo—. Puta madre.

***

Lo que siguió fue lento, sin ningún apuro. Valeria guiaba sin decirlo: miraba a uno, miraba al otro, y su cuerpo establecía el ritmo de lo que venía. Rodrigo y yo nos fuimos soltando en paralelo, como si la calma de ella fuera disolviendo cualquier tensión que pudiera quedar.

Los dos se turnaron con mi cuerpo durante un buen rato. Ella trabajaba con la boca de un modo que hacía imposible pensar en otra cosa: me la tragaba entera, después se la sacaba con un chasquido y me lamía los huevos uno por uno, con la lengua plana y caliente, mientras me miraba desde abajo. Cada vez que sentía que me iba a correr, apretaba con dos dedos la base de mi polla, cortándome el impulso, y esperaba. Después me soltaba y volvía a empezar, más despacio todavía.

—Todavía no —me decía—. Todavía no te dejo acabar.

Rodrigo, mientras tanto, se recostó a mi lado. Sin decir nada, con un movimiento simple, puso mi mano en su polla. La tomé y sentí el peso, el latido debajo de la piel, la humedad de la punta contra la palma. Se quedó quieto un momento, como si tampoco él supiera exactamente qué esperar, y luego soltó el aire despacio y empezó a follarme el puño, moviendo la cadera contra mis dedos cerrados.

—Así —fue todo lo que dijo—. Así, boludo, no pares.

Le pasé el pulgar por la cabeza, esparciendo el líquido que le brotaba, y él gimió con los dientes apretados. Valeria levantó la cabeza para mirar, con mi polla todavía pegada a los labios brillantes. Sonrió con esa calma que ya había visto en la playa, esa calma que era también completamente descarada.

—Qué lindos son los dos —dijo—. Sigan.

Me incorporé. Quería explorar lo que estaba pasando sin que nadie me dijera en qué orden. La acosté boca arriba, le separé los muslos con las manos y bajé la cabeza directo entre sus piernas. Tenía el coño depilado, hinchado, los labios abiertos y brillantes de humedad. Le pasé la lengua desde abajo hasta el clítoris en una sola lamida larga y la escuché cortar la respiración. Sus caderas se movieron hacia mi cara de forma instintiva. Sus manos buscaron mi cabello y lo tomaron con firmeza, apretándome contra ella.

—Ahí —jadeó—. Ahí, no te muevas, chupame así.

Le encerré el clítoris entre los labios y empecé a chuparlo con ritmo constante, metiéndole al mismo tiempo dos dedos en el coño y curvándolos hacia arriba. Sentí cómo se le tensaban los muslos alrededor de mi cabeza y cómo el líquido le corría por la mano.

Rodrigo se colocó detrás de ella, de rodillas, con la polla en la mano, y se la metió despacio mientras yo seguía comiéndole el clítoris. Podía sentir sus movimientos a través del cuerpo de ella, el empuje de sus caderas transmitiéndose hasta mis dedos, y podía escuchar a los tres respirando al mismo tiempo, desincronizados y entrecortados. La verga de Rodrigo entrando y saliendo del coño de Valeria a centímetros de mi cara, brillante de flujo, y yo lamiéndolo todo sin distinción: a ella, a él, la unión de los dos.

Era una especie de caos que tenía su propio orden, y ese orden era completamente nuevo para mí.

Lamí los dos juntos cuando él salió un momento para acomodarse. Primero el coño de ella, dejándole la lengua adentro hasta donde llegaba. Después la polla de él, tragándomela hasta la garganta, sintiendo el sabor de ella mezclado con el suyo. Después los dos al mismo tiempo, la punta de la verga de Rodrigo apoyada contra los labios del coño de Valeria mientras yo pasaba la lengua por los dos sin distinción, con una sensación de haber cruzado alguna línea que no sabía que existía hasta que ya estaba del otro lado.

Rodrigo me agarró de la nuca y me la volvió a meter en la boca hasta que se me llenaron los ojos de agua. Valeria le abrió las piernas de nuevo y se guió la polla de él adentro con la mano.

—Fóllame fuerte —le dijo a Rodrigo—. Y él que mire.

Rodrigo la embistió con las dos manos en las caderas de ella, arrancándole un gemido largo que me puso la verga durísima otra vez. Yo me arrodillé al lado, cascándomela despacio, mirando cómo la polla de mi amigo entraba y salía del coño de esa mujer que había aparecido esa mañana de la nada.

Después cambiamos.

***

Valeria tenía un pequeño frasco de lubricante en la bolsa de playa que había dejado junto a la puerta. Fue a buscarlo sin apuro, desnuda, con las nalgas todavía marcadas por los dedos de Rodrigo, mientras él y yo recuperábamos el aliento. Lo dejó sobre la mesilla y me miró.

—Para lo que viene —dijo.

Me miró a mí. Después lo miró a él. Después volvió a mí.

—Quiero que te la meta —dijo, sin rodeos—. Quiero mirar.

Entendí lo que estaba proponiendo antes de que terminara la frase. Y sentí ese momento extraño en que una parte de mí quería retroceder y otra ya había decidido que no iba a hacerlo.

Valeria me acostó boca abajo primero, con una almohada bajo las caderas, y se puso el lubricante en la mano. Me untó bien la raja del culo con los dedos fríos y después empezó a prepararme con paciencia. Un dedo primero, entrando despacio, hasta el fondo, esperando que me acostumbrara. Después dos, abriéndolos apenas adentro. Sus dedos eran cuidadosos y no había apuro en ninguno de sus movimientos. Me decía que respirara, que no anticipara, que me concentrara en lo que sentía en lugar de en lo que creía que iba a sentir. Rodrigo esperaba de pie al costado de la cama, cascándosela despacio, con la polla brillante de lubricante que ella ya le había repartido, mirando cómo su amiga me abría el culo con los dedos.

—Está listo —le dijo Valeria a Rodrigo—. Vení.

Me hizo levantarme de rodillas, apoyado en los codos, con el culo en alto. Rodrigo se colocó detrás de mí y sentí la punta de su polla apoyarse contra mi entrada, gruesa y caliente. Valeria se acostó debajo de mí, boca arriba, con las piernas abiertas, y me guió con la mano hasta que mi verga encontró la entrada de su coño.

Cuando Rodrigo entró en mí lo hizo muy despacio.

Sentí primero la presión, después el ardor, después algo que se abrió por dentro y lo dejó pasar. Empujó hasta el fondo en tres movimientos suaves, deteniéndose entre uno y otro, esperando. La sensación fue completamente nueva, y no solo en el plano físico. Era algo más difícil de nombrar: una especie de rendición que no tenía nada de vergüenza. Me quedé quieto un momento, adaptándome, sintiendo cómo me llenaba, y él se quedó quieto también, con las manos en mis caderas, esperando mi señal.

—¿Seguimos? —preguntó, con la voz tomada.

—Sí —dije—. Cogeme.

Empujé la cadera hacia adelante y me hundí en el coño de Valeria al mismo tiempo que Rodrigo empezaba a follarme por atrás. Los tres formamos una cadena que encontró su propio ritmo sin que nadie lo acordara: cuando él me embestía, yo me hundía en ella; cuando él se retiraba, yo salía también. Valeria me clavaba las uñas en los hombros y me miraba fijo desde abajo, con la boca abierta, jadeando cada vez que la penetraba hasta el fondo. —Más fuerte —me pidió—. Cógeme más fuerte, dale.

El peso de Rodrigo sobre mi espalda, el calor húmedo de ella debajo, los sonidos de los tres mezclándose en la habitación con las persianas bajas y el ventilador girando sobre nosotros. Piel contra piel, el golpe seco de los muslos de Rodrigo contra mis nalgas, el chapoteo del coño de Valeria cada vez que salía y volvía a entrar. Podía sentir la polla de él moviéndose adentro mío en tiempo real, cada vena, cada palpitación, y al mismo tiempo el interior de ella apretándome como un puño cerrado.

No podía creer que esto estuviera pasando.

Y al mismo tiempo era la cosa más natural del mundo.

***

Acabamos casi al mismo tiempo. Ella fue la primera: se le cerraron los muslos alrededor de mi cintura y soltó un sonido largo y sostenido mientras se corría, con el coño apretándome la verga en oleadas que sentí una por una. Ese apriete fue el que hizo que Rodrigo perdiera el control unos segundos después. Lo escuché maldecir contra mi oído, sentí cómo se hundía a fondo por última vez y cómo me llenaba por dentro con chorros calientes, temblando encima mío, agarrado a mis caderas como si no pudiera soltarme. Yo llegué al límite justo entonces, con él todavía adentro, y me corrí en el coño de Valeria con una intensidad que me sacó el aire, chorreándole hasta que ya no me quedó nada.

Rodrigo se quedó un rato más adentro, respirándome contra la nuca, antes de salir despacio. Sentí el líquido bajarme por la cara interna del muslo. Valeria estiró la mano y me lo limpió con dos dedos, sin dejar de mirarme, y se los llevó a la boca.

Nos quedamos los tres en la cama, sin hablar, mirando el techo. El ventilador seguía girando. El calor no había cedido nada.

Valeria fue la primera en reírse. No fue una carcajada; fue algo más tranquilo, como soltar algo que había estado cargando.

—¿Están bien? —preguntó.

Rodrigo se tapó la cara con el brazo sin responder.

Yo solté el aire que llevaba un rato aguantando.

—Sí —dije. Era la respuesta más honesta que había dado en mucho tiempo.

***

Eso ocurrió varios años atrás. Rodrigo y yo seguimos siendo amigos, aunque nunca volvimos a hablar de esa tarde de un modo directo. Cada tanto me pregunto si él también la recuerda como la recuerdo yo, o si en su memoria ocupa un lugar distinto al que ocupa en la mía.

Valeria desapareció de nuestras vidas con la misma naturalidad con que había aparecido. No pedí su número. Ella tampoco lo ofreció. Fue parte de esa tarde y de ninguna otra cosa, y eso también tenía algo de perfecto.

Lo que cambió fue algo en mí.

No el deseo, que siempre había estado ahí. Sino la idea de que el deseo tiene una forma fija, un camino trazado de antemano que uno debe seguir sin salirse demasiado. Esa tarde de enero me enseñó que no es así. Que hay experiencias para las que no existe categoría previa, ni marco de referencia, ni manera de prepararse.

Solo el momento en que decidís soltar lo que creías saber y ver qué hay del otro lado.

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Comentarios(8)

Rodrigo88

Que arranque... me quedé enganchado desde el primer párrafo!!

NocheSola_87

Por favor que haya segunda parte, dejo con muchas ganas de saber como sigue todo eso jaja

FernandoCba

Me recordó a algo que viví hace tiempo y nunca pude contar. Muy bien escrito, se siente autentico.

Curioso77

La escena del umbral me mato. Hay algo increiblemente morboso en ese instante antes de que todo empiece.

martuchaBA

Excelente!! Sigan asi

DaniMza88

Buenisimo, de los mejores que lei en mucho tiempo. Espero que haya mas.

LectorNocturnoAR

Muy buena narrativa, sabés generar tensión antes de que pase nada todavia. Se hace corto, quiero mas!!

Valentina_ok

La verdad que se nota cuando alguien sabe escribir y no solo describe cosas. Este es de esos relatos. Saludos!

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