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Relatos Ardientes

El guardia anterior ya les había hablado de mí

Trabajar un día feriado tiene sus propias reglas. El teléfono suena a las ocho, el nombre de mi jefe aparece en pantalla, y lo que sigue es inevitable. La empresa es taiwanesa; sus días libres no son los nuestros, y hace mucho que dejé de resistirme a eso. Lo acepté como una más de las rarezas de este trabajo, junto con los formularios en dos idiomas y el café que sabe a polvo.

Solo necesitaban que iniciara un proceso de migración de datos en los servidores. Dos horas, máximo tres. La planta vacía, el edificio para mí sola.

Decidí aprovechar.

Si no habría nadie, podía vestirme como quisiera. Me puse unas medias negras de rejilla que se terminaban en el muslo, una minifalda ajustada que hacía exactamente lo que debe hacer una minifalda, y una blusa de gasa casi transparente sin nada debajo. Por encima, una chaqueta corta de cuero para el frío de la mañana, que sabía que no iba a necesitar una vez adentro.

Hay mujeres que se visten así sin pensarlo demasiado. Yo no soy una de ellas. Aprendí, con tiempo y con un esfuerzo que otras nunca tuvieron que hacer, exactamente qué funciona en este cuerpo y por qué. El resultado a la vista es el mismo —una mujer que sabe lo que tiene— pero el camino fue otro. Y de vez en cuando, en domingos como ese, lo disfruto sin ninguna culpa.

Me puse los labios rojos. Salí.

El guardia que me había dado una tarde memorable cuatro meses atrás había pedido traslado. Me lo contó una compañera, sin más detalles. No me sorprendió: los hombres como él rara vez se quedan en el mismo sitio demasiado tiempo. Así que llegué sin expectativas, solo cuatro horas de proceso automatizado y el regreso a casa.

En la caseta había cuatro guardias nuevos. Todos me miraron cuando bajé del auto. No fue una mirada indiscreta; fue esa clase de esfuerzo consciente por no mirar demasiado que termina siendo exactamente lo contrario. La reconozco bien. La he visto toda la vida.

Saludé. Ellos respondieron. Seguí caminando.

***

Adentro, el silencio de la planta en domingo tiene una textura específica. Los pasillos que entre semana huelen a aceite y a movimiento, en ese estado quieto huelen a polvo y a metal frío. Mis tacones resonaban en el piso de concreto con una claridad que en cualquier otro momento habría resultado incómoda. Ese día no.

Inicié el proceso en los servidores. El sistema estimó dos horas y cincuenta minutos. Me preparé un café de la máquina del pasillo —horrible, como siempre— y decidí caminar.

Recorrí el área administrativa. Luego bajé al piso de producción. La maquinaria detenida tiene algo imponente que de día no se ve: esas estructuras enormes que rugen y vibran entre semana, apagadas, se convierten en otra cosa. Caminé entre ellas sin apuro, rozando con los dedos la superficie fría de los bastidores.

Al girar por el pasillo de logística, me encontré con dos de los guardias.

Los reconocí del grupo de la caseta. Uno era el mayor, de unos cuarenta y cinco años, con esa complexión de quien ha levantado peso toda la vida y no lo hace para que nadie lo note. El otro era joven, veintipocos a lo mucho, de piel morena y ojos oscuros que no intentaban disimular hacia dónde miraban.

Me bloquearon el paso. No de manera amenazante; simplemente estaban ahí, de frente, ocupando el pasillo con una intencionalidad que era difícil de ignorar.

—Buenas tardes —dijo el mayor. Su voz era tranquila, sin prisa—. ¿Todo bien por esta zona?

—Todo bien —respondí—. Solo mato el tiempo mientras los sistemas terminan de trabajar.

—Entendemos perfectamente.

Hubo una pausa corta. El joven me miraba sin vergüenza. El mayor me miraba de otra manera: más calculado, como si estuviera confirmando algo que ya sabía de antemano.

—Nuestro compañero anterior —dijo— nos habló de usted antes de irse. Con bastante detalle.

Sentí el calor subiéndome al cuello. No era vergüenza, exactamente.

—¿De verdad? —dije.

—Dijo que cuando venía en días como hoy, se aburría de esperar. Y que solía bajar a los pisos de producción buscando algo en qué entretenerse.

Lo miré directamente. Él me devolvió la mirada sin apartar los ojos. Detrás de mí escuché un paso, y antes de que pudiera girarme sentí la presencia del joven muy cerca, a centímetros. Lo noté por el calor que desprendía.

—¿A qué tipo de entretenimiento se refiere? —pregunté.

El mayor no respondió con palabras.

***

Se acercó y me tomó de la cintura. Fue un movimiento firme pero sin brusquedad, como si hubiera calculado exactamente la fuerza necesaria. Me atrajo hacia él y me besó: despacio al principio, midiendo, y luego con más presión cuando comprobó que yo no iba a apartarme.

El joven, detrás de mí, subió mi minifalda sin apresurarse. Lo hizo con una destreza que no esperaba en alguien de su edad: las manos en las caderas primero, el tejido deslizándose hacia arriba después, lento y deliberado.

Descubrió que no llevaba ropa interior.

Escuché que soltó el aire entre los dientes.

—Vino preparada —dijo en voz baja. No era una pregunta.

Mientras tanto, yo tenía las manos ocupadas. Había deshecho el cinturón del mayor casi sin pensar, por puro instinto. Le bajé el cierre del pantalón y metí la mano: ya estaba completamente duro, más de lo que el uniforme hacía suponer. Lo sujeté despacio y escuché cómo su respiración cambiaba de ritmo.

El joven detrás de mí se agachó. Sentí su lengua recorriéndome lentamente, tomándose todo el tiempo que quería, sin ninguna prisa. Cerré los ojos y apoyé la otra mano en el pecho del mayor para no perder el equilibrio.

—Hay una sala al final del pasillo —dijo el mayor contra mi oído—. Sofá. Más espacio.

Asentí.

***

La sala de logística era pequeña: sofá de cuero negro, mesa larga, televisor apagado en la pared. Movimos el sofá unos centímetros hacia adelante sin que nadie lo dijera en voz alta. Simplemente lo hicimos los tres, como si lleváramos tiempo coordinándonos.

Me arrodillé sobre los cojines, de frente al respaldo. El mayor delante, el joven detrás.

Me ofrecieron lo que tenían al mismo tiempo. Los tomé con las dos manos y empecé a alternar: lengua en uno, mano en el otro, metiéndome en la boca al joven —un poco más delgado, perfectamente manejable— mientras masajeaba al mayor con movimientos lentos y constantes. El mayor apoyó la palma sobre mi cabello sin presionar. Solo dejándola reposar ahí.

Entonces escuché al joven moverse detrás de mí.

El sonido de un envoltorio, el crujido del plástico. Me alegré de que tuvieran condón; no lo había pensado yo, y eso dice mucho de un hombre. Luego algo frío: lubricante. Sus dedos, primero. Explorando, preparando, tomándose el tiempo necesario sin que yo tuviera que pedírselo.

Cuando empezó a entrar, lo hizo muy despacio. Yo lo guié con la respiración: inhalar, aflojar, recibir. La primera parte tiene siempre esa mezcla particular de tensión y anticipación que no se parece a ninguna otra sensación. El momento exacto en que el cuerpo decide ceder, en que la resistencia se convierte en apertura.

Y cedió.

Lo sentí avanzar dentro de mí, lleno y caliente, moviéndose con un ritmo medido que hablaba de control. Al mismo tiempo, metí al mayor en mi boca y dejé que él también empezara a moverse.

Los tres encontramos el ritmo.

***

No sé cuánto tiempo pasó. El tiempo funciona diferente cuando el cuerpo está completamente ocupado, cuando la atención no tiene dónde escabullirse porque cada centímetro está siendo reclamado.

El joven me sujetaba de las caderas con firmeza, jalándome hacia él en cada empuje, acortando el espacio entre los dos hasta que no quedaba ninguno. El mayor tenía la mano en mi cabello, sin apretar, solo marcando el ritmo con ese pequeño gesto que es, a veces, más íntimo que todo lo demás.

Yo estaba suspendida entre los dos movimientos, sin espacio para pensar en nada que no fuera exactamente lo que estaba pasando en ese momento.

Cuando el joven aceleró, lo supe antes de que ocurriera. Sus respiraciones se volvieron cortas, irregulares. Me apretó más fuerte por las caderas. Luego el impulso final, profundo, y el temblor largo del cuerpo que ya no puede contenerse.

Casi al mismo tiempo, el mayor se tensó. Lo noté por cómo su mano se cerró sobre mi cabello y por el sonido que hizo, grave y contenido, cuando llegó. Me aparté y terminé con la mano, mirándolo, hasta que él también acabó.

Quedé arrodillada en el sofá un momento, quieta, sintiendo el peso y el calor de todo lo que había pasado.

***

Nos sentamos los tres. Yo en el medio, con las piernas cruzadas y la falda todavía arrugada en la cadera. Nadie habló durante un rato. No había ninguna necesidad.

El joven fue el primero en levantarse. Me dio un beso en la mejilla —suave, casi formal— y se abrochó el uniforme con cuidado. El mayor se puso de pie después, se ajustó el cinturón y me miró con algo que no era exactamente una sonrisa pero se le parecía mucho.

—Su compañero tenía razón —dijo—. En todo.

Me reí. No pude evitarlo.

Los dejé ir. Me quedé en la sala unos minutos más, escuchando el silencio de la planta, acomodando el cabello frente al reflejo oscuro del televisor apagado.

Cuando volví a mi escritorio, el proceso había terminado. Dos horas y cuarenta y tres minutos. Verifiqué los logs, guardé los archivos y apagué el monitor.

Al salir, pasé frente a la caseta. Los cuatro guardias estaban ahí. Los dos que no habían estado en el pasillo me miraron con la misma discreción calculada de la mañana. Los otros dos me miraron diferente.

No dije nada. Sonreí, subí al auto y encendí el motor.

Creo que tendré que trabajar más seguido los domingos.

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Comentarios (4)

Ruben

que relato!! sin duda de los mejores que lei en mucho tiempo

TatiRosario

Me quedé con muchas ganas de saber como sigue. Espero que haya segunda parte, muy bien escrito

Facu_Cba

increible!! me engancho desde la primera linea

NicoVienna

La entrada esta muy lograda, transmite todo sin exagerar. Se nota el cuidado en cada detalle

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