La cámara que nos sorprendió a los tres
Para cuando Laura salió esa mañana, yo llevaba ya dos horas frente al ordenador con la aplicación de cámaras abierta en una esquina de la pantalla.
Era una precaución. Eso era todo. Mi hermana Sandra vivía sola en un departamento a quince minutos de casa, y desde el incidente del portero eléctrico roto y las sombras en el pasillo, los dos habíamos decidido instalar cámaras cruzadas. Ella tenía acceso a la del living de mi casa; yo tenía acceso a las de su cuarto y su living. Seguridad mutua.
Me lo repetía cada vez que abría la app.
Esa mañana la cámara del cuarto de Sandra mostraba una habitación vacía y revuelta: la cama sin hacer, ropa sobre la silla, una taza de café en la mesita de noche. Esperé sin ninguna razón particular. A los diez minutos apareció ella, envuelta en una toalla blanca que le llegaba a mitad de muslo, con el pelo todavía húmedo oscureciéndole el hombro derecho. Caminaba con esa lentitud tranquila de quien no sabe que la miran.
Se paró frente al espejo de cuerpo entero que tenía en la pared lateral. Se observó en silencio, giró levemente, volvió a mirar. Después soltó la toalla.
Tengo treinta y cuatro años. Conozco a mi hermana desde que nació. Nunca la había visto de esa manera.
Me quedé quieto, con el café en la mano, sin darme cuenta de que se me estaba enfriando. Ella se inclinó hacia el cajón de la cómoda y buscó ropa interior. Cuando lo abrió, se arqueó hacia adelante con las piernas extendidas, y la postura dejó ver todo lo que la toalla había estado cubriendo. Tenía un cuerpo que yo no había tenido ninguna razón de imaginar hasta ese momento, y el cerebro no trabaja bien cuando algo lo toma por sorpresa.
Sandra sacó una bombacha y se la puso. La tela tiraba un poco en las caderas. Se paró de nuevo frente al espejo, giró, evaluó lo que veía. Lo que vio pareció gustarle. Tomó sus pechos con ambas manos, los levantó levemente, y después inclinó la cabeza, sacó la lengua y le pasó la punta al pezón izquierdo.
Yo ya no estaba mirando por seguridad.
Cerré los ojos un segundo, los abrí. La pantalla seguía ahí. Tomé el celular de la mesa y lo tuve en la mano sin marcarlo durante quizás un minuto. Después lo marqué igual.
—Hola —contestó Sandra al segundo tono. Sonaba tranquila, sin saber nada.
—Soy yo. Estaba por aquí y quería saber cómo estabas.
—Bien. Acabo de ducharme. ¿Pasa algo?
—Nada. Trabajo en casa y me quedé solo. ¿Qué estás haciendo?
En la pantalla la vi sentarse en el borde de la cama.
—Vistiéndome —dijo—. Más o menos.
—¿Qué significa «más o menos»?
Una pausa. En la cámara vi que se recostaba hacia atrás con una mano apoyada en el vientre.
—Significa que todavía no terminé —respondió, y había algo diferente en el tono. Una décima de segundo más baja. Quizás me lo imaginaba.
—¿Te interrumpí en algo?
—A veces sos bastante inconveniente, Rodrigo.
—¿Estabas haciendo algo que no debías?
Cinco segundos de silencio. En la cámara vi cómo apoyaba la palma de la mano sobre la bombacha, sin moverse todavía.
—No sé si «no debo» —respondió—. Estaba haciendo algo que generalmente hago sola.
Tenía la boca seca.
—¿Te molesta si sigo hablando? —pregunté.
—Depende de qué me digas.
Bajé el pantalón del pijama hasta los tobillos. No había forma de justificar lo que estaba a punto de hacer; lo hice igual.
—Me calentás, Sandra.
No respondió de inmediato. En la pantalla vi cómo deslizaba la mano por dentro de la tela, despacio, sin apurarse.
—Qué cosa tan rara que me decís —murmuró.
—¿Rara o incómoda?
—Rara —repitió—. Porque a mí también me estás calentando ahora mismo.
Agarré mi pija con una mano y empecé a moverme despacio. Lo que siguió fueron casi veinte minutos en que ninguno de los dos dijo demasiado. Ella se tocaba en la cama mientras yo la miraba sin que lo supiera. El sonido de su respiración llenaba el auricular, cada vez más irregular, con pequeñas pausas donde contenía el aliento. Una vez dijo mi nombre de una manera que no había dicho mi nombre antes. Después hizo un sonido corto y sostenido, apretado en la garganta, que me dejó sin capacidad de pensar con claridad.
Cuando terminó, cortó la llamada sin decir nada más.
Me quedé con el teléfono en la mano y con ganas que no habían terminado todavía. Entonces llegó el mensaje de Laura.
¿Estás trabajando, amor?
Conocía ese tono, incluso por escrito. Laura tenía acceso a la cámara del living igual que Sandra. Sabía que podía estar mirando en ese momento.
Trabajando y pensando en vos, respondí.
¿En qué me pensás?
Me moví al sofá con intención. Me tumbé de espaldas, sin remera, en bóxer, bien visible para la cámara del living. Me acaricié por encima de la tela.
En lo de esta mañana, que no terminamos porque te fuiste apurada, escribí con una mano.
Eso fue culpa tuya que te quedaste dormido.
Ahora estoy muy despierto.
Hubo una pausa larga.
Puedo ir a casa en una hora. No te toques.
Solté el teléfono sobre el cojín. Seguí haciéndolo igual. Me imaginaba a Laura en la oficina con el teléfono en la mano y esa cara seria que ponía cuando algo la excitaba y no quería que se notara. Metí la mano dentro del bóxer. El glande asomó por la cinturilla elástica.
Cerré los ojos.
El sonido de una llave en la cerradura me los hizo abrir de golpe.
Sandra entró. Se quedó parada en el umbral del living con la mano todavía en el picaporte y los ojos fijos en mi entrepierna. Llevaba un pantalón deportivo gris y una remera sin corpiño, y tenía esa expresión de quien llega con un discurso preparado y lo olvida apenas cruza la puerta.
—Yo... —empezó.
—Sandra. ¿Qué hacés acá?
—Tengo llave. —Pausa—. Siempre tuve.
—Lo sé, pero Laura llega pronto y yo estoy acá...
—Ya veo cómo estás —dijo, y no se fue.
Se quedó parada frente al sofá. Yo no me tapé. No sé por qué no me tapé; algo en la situación me superó antes de que pudiera decidir nada.
—Vine a hablar de la llamada —dijo finalmente—. Me pareció que teníamos que hablar.
—¿Hablar de qué?
—De que lo que pasó no fue normal. —Se cruzó de brazos—. De que cuando colgué no podía dejar de pensar en vos. Lo cual tampoco es normal.
—No.
—¿Te calentaste con la llamada?
El bóxer no dejaba lugar a ambigüedades.
—Sí —dije.
Sandra soltó los brazos. Miró alrededor del living como si buscara un lugar donde descansar los ojos que no fuera yo, y no lo encontró. Se sentó en el sillón grande de la esquina, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas.
—Cuando colgaste yo todavía no había terminado —dijo, con la voz un tono más baja.
Me senté mejor en el sofá.
—¿Querés terminar ahora? —pregunté.
No respondió con palabras. Levantó las caderas, tomó el pantalón deportivo por la cintura y lo bajó hasta las rodillas con un movimiento deliberado. Llevaba debajo esa bombacha ajustada que yo había visto en la cámara, la que le tiraba un poco en las caderas. La imagen del espejo y sus manos en los pechos me golpeó de nuevo, más fuerte.
Se adelantó en el sillón hasta quedar casi en el borde. Separó las rodillas y pasó un dedo por encima de la tela.
—Vos también —dijo.
Metí la mano dentro del bóxer. El cuarto quedó en silencio excepto por la respiración de los dos. Yo la miraba moverse despacio; ella me miraba la mano. De vez en cuando levantaba los ojos y nos mirábamos, y entonces los dos acelerábamos un poco sin proponérnoslo. Era una conversación sin palabras que decía demasiado.
Empujó la tela a un lado con dos dedos. Vi la humedad.
—Estabas pensando en esto desde que cortaste —dije.
—Desde antes —respondió, y se mordió el labio.
No me moví del sofá. Ella no se movió del sillón. Los dos seguíamos en nuestros lugares, a tres metros de distancia, mirando lo que el otro hacía con las manos. Había algo en esa distancia que era casi más intenso que si nos hubiéramos tocado. Me quedé quieto, dejándome mirar, dejándola mirar, y eso fue suficiente para que la tensión siguiera subiendo sin ningún contacto.
Sus dedos se movían en círculos pequeños. La respiración de Sandra se fue haciendo más audible. Yo apretaba los dientes para no hacer ruido y al mismo tiempo no podía dejar de mirarla, de encontrar sus ojos cada vez que los levantaba.
—No te pares —dijo en voz baja, mirándome fijo.
No me paré.
Llevábamos así quizás diez minutos cuando escuchamos la cerradura.
Sandra no se cubrió. Yo no me cubrí. Los dos nos quedamos exactamente como estábamos cuando Laura entró al living con la cartera colgada al hombro y las llaves todavía en la mano.
Se detuvo.
Nos miró a mí. Nos miró a Sandra. Me miró a mí de nuevo.
No dijo nada durante varios segundos que fueron muy largos.
Después soltó las llaves sobre la mesita de la entrada con mucho cuidado, como si de repente esa fuera la cosa más importante del cuarto. Se quedó mirándolas un momento.
—Antes de seguir con esto —dijo—, los tres vamos a hablar.