Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El chofer no dejaba de mirarme por el retrovisor

El viernes había sido una semana eterna en el estudio de diseño, y cuando por fin cerré la laptop, lo único que me importaba era el plan que tenía con mis amigas. Habíamos quedado a las diez de la noche en un bar nuevo que recién había abierto en el centro, uno de esos lugares con luz baja, música en vinilo y barra de tragos caros. Eran casi las ocho. Tenía tiempo de sobra para arreglarme y, sobre todo, para perderlo despacio.

Me metí a la ducha y dejé que el agua caliente me bajara los hombros. El vapor se acumuló en el espejo y, sin saber muy bien por qué, mi cabeza se fue a las últimas dos semanas. Andrés, el médico del consultorio donde había hecho los análisis. Tomás, el desconocido del bus interurbano que me había tocado el muslo durante una hora entera sin que yo dijera una sola palabra. Ninguno de los dos había vuelto a escribirme, pero el recuerdo seguía haciéndome cosas.

Mis dedos bajaron solos. Primero apreté mis pechos contra los azulejos, sintiendo el contraste del agua tibia con la piedra fría. Después la mano fue al medio. Estaba mojada, y no era por la ducha. Metí dos dedos despacio, marcando un ritmo que conocía bien. El primer orgasmo me llegó pronto, casi sin esfuerzo. No me detuve. El segundo me dobló las rodillas y tuve que apoyarme en la pared. Salí del baño con las piernas blandas y una sonrisa que me duraba a mí misma.

La ropa la tenía planeada desde el mediodía. Un conjunto de encaje blanco con transparencias muy poco discretas, un vestido rojo corto y ajustado, y unos tacones bajos negros porque sabía que iba a bailar. Labial del mismo tono del vestido. Una gota de perfume detrás de cada oreja. Me miré en el espejo del recibidor y supe que no iba a pasar desapercibida.

Pedí el coche por la aplicación. Tres minutos. Bajé y me quedé en la vereda con el aire fresco pegándome en las piernas desnudas. La calle estaba mojada por una lluvia que había caído más temprano, y los faros de los coches dibujaban líneas brillantes sobre el asfalto. Llegó un sedán negro con los vidrios polarizados. Lo reconocí por la patente.

Abrí la puerta de atrás y me senté en diagonal, lo justo para que el vestido se acomodara más arriba de lo necesario. El conductor era joven. Treinta como mucho. Barba corta, brazos marcados bajo una camiseta gris, una cadena fina al cuello. Olía a colonia limpia.

—¿Al Berlinés? —preguntó, levantando la mirada hacia el espejo retrovisor.

—Sí, gracias —contesté, cruzando las piernas con calma.

Sus ojos bajaron al espejo y subieron rápido a la ruta. Lo noté. Él notó que lo había notado. Arrancó sin decir nada más.

Los primeros minutos fueron silencio y semáforos en rojo. Yo jugaba con el dobladillo del vestido como si quisiera bajarlo, pero en realidad lo subía un dedo cada vez. El reflejo de mis muslos en el espejo era lo único que él miraba cuando creía que yo estaba con el teléfono. Yo no estaba con el teléfono. Yo lo estaba mirando a él mirarme.

Esto no debería estar pasando.

Pero estaba pasando, y me gustaba más de lo que quería admitir. Saber que un desconocido se estaba comiendo con los ojos cada centímetro de mi piel, sin yo tener que hacer nada, me ponía mojada de una manera distinta. Como si su mirada fuera una mano que aún no se atrevía.

—¿Sales de fiesta? —preguntó él, intentando un tono neutro que no le salió.

—Con unas amigas. Aunque ya vengo bastante animada, la verdad —dije, y me mordí el labio inferior despacio, sabiendo que él lo iba a ver.

Lo vio. La línea de la mandíbula se le tensó. La velocidad bajó un poco, como si necesitara concentrarse más en otra cosa que no fuera la ruta.

Aprovechando un semáforo, apoyé la pierna derecha contra el respaldo del asiento de adelante. El vestido se subió hasta dejar a la vista el borde del encaje blanco. Él ya no disimulaba. Me miraba con una claridad nueva, sin volver los ojos al frente, hasta que el semáforo se puso en verde y un bocinazo lo devolvió a la realidad.

—Tienes las piernas muy bonitas —dijo, en voz más baja de lo normal.

Me incliné hacia el hueco entre los dos asientos, lo justo para que mi aliento le llegara al oído.

—Gracias —murmuré—. Las puedes tocar, si quieres. Cuando pares un momento.

Tragó saliva. Lo escuché. No dijo nada, pero a la siguiente esquina puso el indicador y giró por una calle lateral, después por otra. Una calle estrecha, arbolada, mal iluminada, sin gente. Apagó las luces y dejó solo la lucecita azul de la consola, una mancha apenas suficiente para sugerir los bordes del asiento de atrás.

—Vení —dije.

Saltó entre los asientos más rápido de lo que esperaba. Era más grande de cerca. Me agarró de los brazos con una fuerza medida, de hombre que sabe lo que está haciendo, y me besó como si llevara toda la semana pensando en eso. Quizás así era. Yo le respondí con la misma intención. Su lengua entraba y salía de mi boca con un ritmo que ya conocía mi cuerpo.

Sus manos me recorrieron los muslos por encima de la tela, subieron lento, encontraron la humedad del encaje y se quedaron ahí un segundo, como confirmando algo. Después tiró del vestido hacia arriba. Quedé sentada sobre él en lencería, frotándome contra el bulto duro de su pantalón, sintiéndolo subir contra mí cada vez que me movía hacia adelante.

Bajó la boca a mi cuello y mordió. No fue suave. Fue una mordida precisa, en el lugar exacto donde sabía que iba a hacerme cerrar los ojos. Después bajó a los pechos. Primero por encima de la tela, marcándolos con la lengua a través del encaje, hasta que perdió la paciencia y bajó el sostén. Me chupó con fuerza, alternando uno y otro, mientras yo le hablaba al oído cosas que ni yo entendía del todo.

***

Tenía que devolvérselo. Me deslicé hacia atrás en el asiento, lo empujé contra el respaldo, y me acomodé en cuatro entre sus piernas, con la cabeza inclinada hacia su entrepierna. Le abrí el botón, le bajé el cierre, y cuando lo liberé del pantalón se me escapó una sonrisa. Era gruesa, marcada por venas, dura hasta donde podía estarlo.

Empecé por la base. Pasé la lengua hacia arriba como si estuviera midiendo cuánto iba a tardar en hacerlo terminar. Jugué con la punta, círculos lentos, lengua plana, lengua puntiaguda. Cuando finalmente la metí entera en la boca, escuché un gemido que sonó casi a queja, como si hubiera querido aguantar más y no hubiera podido.

Me agarró del pelo. No me bajó la cabeza, pero la mantuvo en su lugar. Empezó a marcar él el ritmo, y yo lo dejé. Mientras tanto, su otra mano viajó por debajo de mí, encontró el costado de la tanga, la apartó, y dos dedos suyos se hundieron entre mis piernas. Me encontró tan mojada que se le escapó otro gemido, distinto al primero.

Me presionó el clítoris con el pulgar mientras los dedos entraban y salían. El temblor me subió por la espalda. Yo seguía con él en la boca, ahora gimiendo alrededor, y ese sonido lo desarmaba. Lo sentí hincharse todavía más. Lo escuché respirar con la boca abierta, repitiendo una palabrota en voz baja, como un mantra que no podía controlar.

—No voy a aguantar —dijo, y la mano del pelo se cerró más fuerte.

Me lo metió hasta el fondo y se terminó adentro. Caliente, espeso, abundante. Lo tragué todo, con esfuerzo, sin apartarme. Le saqué la última gota con un beso en la punta y me senté sobre los talones para mirarlo. Estaba sudado, con la cabeza apoyada hacia atrás, el pelo pegado a la frente. Tenía cara de no entender qué le había pasado.

Me limpié la comisura con el pulgar y me acomodé el vestido. Él se subió el cierre del pantalón con una sola mano, todavía respirando hondo, y volvió al asiento del conductor en silencio. Arrancó. Mis piernas no terminaban de quedarse quietas.

Pasamos por dos esquinas más antes de que cualquiera de los dos hablara. Lo miré por el espejo retrovisor. Él me miró desde ahí también. Era un juego nuevo, ahora. Antes él era quien miraba sin que yo lo supiera; ahora los dos sabíamos lo que el espejo había estado guardando.

—Te dejo en la puerta —dijo, en un tono que ya no era el del principio. Era más íntimo, más bajo.

—Por la puerta está bien —contesté.

Llegamos al Berlinés cinco minutos después. Las luces de neón del cartel se reflejaban en los charcos. Mis amigas estaban en la entrada, una con un cigarrillo, otra con el teléfono, y la tercera mirando hacia el coche con curiosidad. No tenían idea de nada.

Antes de que abriera la puerta, él se inclinó hacia atrás desde el asiento del conductor. La cadena fina le colgó del cuello.

—Tenés mi número en la aplicación —dijo, casi en un susurro—. Si alguna vez querés otro viaje. Uno más privado.

Le guiñé un ojo. Bajé del coche con las piernas todavía blandas y el pulso en cualquier lado menos donde tenía que estar. El aire de la noche me golpeó la cara como un cubo de agua fría, y me reí sola. Era apenas el principio. Acababa de tener el primer orgasmo del viernes y todavía no había pisado el bar.

Mi mejor amiga se acercó y me agarró del brazo.

—Llegás tarde y con cara de algo —dijo, riéndose.

—De algo —le contesté, y empujé la puerta del bar.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.