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Relatos Ardientes

Lo que muestro detrás de la cortina del probador

Hola de nuevo. Hoy quiero contarles una costumbre que se me hizo casi un ritual cada vez que tengo una tarde libre y aparezco por una zona comercial muy concurrida del centro de Córdoba, a unos cuarenta minutos de donde vivo. Es un sector con decenas de tiendas de ropa, montones de probadores con cortinas finas, vendedoras de todas las edades y, sobre todo, muchísima gente entrando y saliendo, mirando vidrieras, agarrando perchas, distraídas o no tanto.

Aclaro de entrada: casi todo lo que voy a contar es solo exhibicionismo. Cinco de los seis casos se quedan en la mirada de la desconocida y en la paja que me pego después en casa pensando en su cara. Pero el sexto, el último, se me fue completamente de las manos y lo cuento tal como pasó, con lujo de detalle. Si les molesta lo explícito, no lleguen al final. Aviso.

Todo arrancó hace unos once años, cuando tenía diecisiete. Entré a una tienda chica para probarme un jean y la cortina del probador era apenas un pedazo de tela que no llegaba a tapar nada. La vendedora era una piba de mi edad, morocha, con la cintura finita y una sonrisa que parecía un permiso. Mientras yo me peleaba con el botón del pantalón sentí que ella me espiaba desde el costado. Cuando se acercó a ofrecerme otro talle, abrió la cortina un poco más de lo necesario y me miró en calzoncillos durante un par de segundos. Esa noche volví a casa y me masturbé como nunca, pensando en la cara que había puesto.

Desde ese día entendí que me prendía sentirme observado por una desconocida en ese momento de vulnerabilidad. Lo convertí en una rutina. Empecé a recorrer locales en distintas ciudades, haciendo siempre lo mismo. Al principio anotaba mentalmente cada situación y volvía a casa a repasarla, pero perdí la cuenta después del trigésimo intento. Hoy, con veintiocho años, lo sigo haciendo cada vez que puedo escaparme.

En un relato anterior ya conté que probé hacerlo con mi novia, pero la idea no la entusiasmó demasiado, así que volví a la práctica solo. He vivido decenas de experiencias: muchas en las que nadie me prestó atención, otras en las que la vendedora apenas me miró de reojo al pasarme una prenda, y unas pocas que se me grabaron a fuego. Esas son las que vienen abajo.

Tengo un truco que adopté con los años: cuando salgo a recorrer probadores, me pongo siempre un slip ajustado en lugar de bóxer. Marca más el bulto, se siente más expuesto y, si alguien decide mirar, la polla queda dibujada palmo a palmo debajo de la tela. Es una preferencia personal, pero a mí me funciona siempre.

***

Primer caso. Llegué un sábado de tarde a un local del segundo piso. Atendía una mujer de unos cuarenta, alta, flaca, pelo lacio negro, con esa actitud servicial de las que te eligen la ropa antes de que vos te decidas. Le pedí un jean clásico y me metí al probador. Adentro hice lo de siempre: me quedé en calzones, me toqué un poco para que el slip se me viera lleno y entreabrí la cortina lo justo para que se notara desde afuera. Estaba sola en el sector, sin clientes. Se acercó y me preguntó por el talle. Le dije que lo sentía chico, mi excusa favorita. Ella corrió la cortina sin pedir permiso y me miró de arriba abajo con cara de profesional.

—Uy sí, es chico. Ahora te traigo otro —dijo, y se fue.

Volvió con un pantalón que tenía el ojal del botón cerrado, defecto de fábrica. Le avisé que no podía abrocharlo. Fue a buscar una tijera. En ese minuto que estuvo afuera me bajé el jean hasta las rodillas, dejando el slip a la vista, esperando que volviera a abrir sin preguntar. Y así hizo. Yo fingí sorpresa, ella se metió casi entera al probador y se agachó frente a mí para cortar la hebra del ojal. Tenía la cara a un palmo de mi entrepierna. Me rozó dos veces con el dorso de la mano sin querer, o queriendo. Tardó menos de un minuto, pero alcanzó.

Compré el jean y me fui a casa a terminar lo que ella había empezado. Meses después, cuando calculé que ya me había olvidado, volví. Esta vez fui yo el que eligió el pantalón con el ojal cerrado, a propósito. La rutina se repitió igual, pero esta vez, cuando ella se fue por la tijera, me bajé el slip un par de centímetros más, lo justo para que la polla quedara afuera al primer movimiento. Ella abrió la cortina de golpe y me encontró así. Fingí estar acomodándome.

—Perdón, se me vio todo —murmuré con cara de vergüenza.

—No hay problema, perdoname vos por abrir sin avisar —contestó sin negarlo.

Esa frase me confirmó que había visto exactamente lo que yo quería que viera. Volví varias veces a ese local, pero ella ya no trabajaba más. Una lástima.

***

Segundo caso. Otra que recuerdo bien fue con una vendedora joven, rellenita, mejillas coloradas, muy sonriente. Le pedí unas bermudas negras, no había en mi talle y agarró unas color arena que no me convencían. Cuando vino a preguntarme cómo me quedaban, abrí la cortina entera para mostrarle, en calzones, con el slip rojo bien marcado. Ella se puso colorada hasta las orejas pero me dijo que me sentaban bien. Le pedí ver otros modelos.

Mientras me las traía, me toqué un par de segundos para que el bulto creciera. Cuando volvió, abrí la cortina como si me estuviera tapando, pero sabiendo que el espejo le mostraba todo desde donde ella estaba. Me sonrió de costado. Probé otra bermuda y subí el cierre arriba del slip, trabándolo a propósito. La llamé con tono de vergüenza fingida.

—No vas a creer lo que me pasó. Se me trabó el calzoncillo con el cierre.

Se cubrió la boca para no reírse, me pasó una tijera y se quedó cerca, supuestamente para devolverla. Por el espejo la vi acomodarse para mirar mejor. Aproveché y me bajé los calzones junto con la bermuda hasta casi las rodillas, fingiendo que era la única manera de cortar la tela sin lastimarme. Me tomé dos minutos completos. Cuando salí, le pedí disculpas con cara de mortificación. Ella se rio bajito y me dijo que no había drama.

Me pregunto todavía si se acuerda. Renovaron el local entero al año siguiente y nunca más la vi.

***

Tercer caso. Una señora de unos sesenta, peinado de peluquería, anteojos de leer colgados del cuello. De esas vendedoras que te tratan como a un nieto. Me probaba un pantalón de gimnasia y cada vez que le preguntaba algo abría la cortina sin avisar. Me dejé los pantalones por la rodilla y el slip bien estirado, con la polla dura marcando todo. Le hice una consulta tonta sobre el largo del tiro. Abrió la cortina, soltó un grito chiquito, se tapó la boca con la mano y la cerró de un tirón.

Salí del probador con la cara más inocente del mundo.

—Qué vergüenza, señora, perdóneme.

—No te hagas drama, querido. Yo podría ser tu abuela —me palmeó el hombro.

Pero no sos mi abuela para nada, pensé volviendo a casa con la imagen de su cara grabada en la cabeza cuando descorrió la tela.

***

Cuarto caso. Los numero por si se les hace largo. Un local atendido por una madre y su hija, las dos colombianas, lo notabas por el acento melodioso. La madre simpática, la hija una belleza: bajita, caderona, con vestidos cortos que dejaban ver muslos firmes. Pedí probarme un short. El probador era improvisado y daba contra un depósito al fondo. Dejé la cortina entreabierta y me ubiqué buscando el ángulo del espejo. La chica estaba sentada en un banquito y miraba para adentro cada tanto. Yo me acomodaba el short de manera que se viera el slip bien tirante.

Pedí otro talle. La madre me avisó que tenía que pasar por mi probador para entrar al depósito. Le dije que pasara nomás. Quedé parado en slip, con la polla a media asta, y ella cruzó por delante mío sin mirar directamente. Pero al volver con los shorts pegó una ojeada al bulto y me dijo riendo:

—Si mi hija te ve así, se nos muere de la vergüenza.

Yo me reí también. Lo que ella no sabía era que la hija ya me estaba viendo perfecto por el espejo.

Meses después volví y la chica estaba sola. Más linda que la última vez. Le pedí opinión sobre tres shorts distintos y me ponía siempre de perfil para que viera el contorno. Me cambiaba con la cortina casi abierta. Ella se quedaba afuera, simulando ordenar perchas, pero cada vez que yo la miraba por el espejo, sus ojos estaban en mí. La polla dura, ella mordiéndose el labio, los dos fingiendo que no pasaba nada. Volví a buscarla un tiempo después y no estaba más.

***

Quinto caso. En una tienda del paseo nuevo atendía una mujer asiática de cuarenta y pico junto a una chica más joven que resultó ser su empleada, no familiar. Perfecto. Pedí probarme un pantalón de vestir y entreabrí la cortina del lado donde la empleada tenía la vista clara hacia el espejo. Era tímida, miraba y bajaba los ojos, pero volvía a mirar.

Por el otro lado, le pedí a la dueña que me trajera otro talle. Apenas la mujer se fue para el fondo del local, me bajé el slip hasta las rodillas y dejé la polla parada frente al espejo. Me moví apenas, lo justo para llamar la atención de la chica. La vi observar, ponerse colorada, mirar para otro lado, volver a mirar, ponerse más colorada todavía. No bajó la vista hasta que terminó de calibrar todo el cuadro. Me acomodé el calzón, terminé de probarme el pantalón y al salir le dediqué una sonrisa. Ella me devolvió otra, casi imperceptible, mitad complicidad, mitad nervios. Esa sonrisa todavía la recuerdo.

Entre medio pasaron decenas de casos parecidos pero menos memorables. Tal vez algún día empiece a anotarlos en algún cuaderno.

***

Sexto caso. El último. El que me sacó del riel del solo mirar y me metió, sin planearlo, en otra cosa. Fue hace tres meses. Local grande, con muchos probadores en fila, todos con cortinas livianas que no terminan de cerrar bien en los costados. La vendedora era una morocha de unos treinta y pico, llenita, con tetas grandes que se le adivinaban debajo de una blusa negra ajustada, el culo redondo marcado por una pollera de jean corta, uñas largas pintadas de rojo sangre. Desde que entré me miró de una manera que no era del todo profesional.

Usé otra vez el truco del ojal cerrado. Ese día llevaba un bóxer negro de lycra muy fina, que me subí por los costados hasta dejarlo como un slip pegado. Me toqué un rato para que la polla quedara llena, casi dura del todo, marcando cada línea de la verga debajo de la tela.

La llamé. Ella vino con la tijera, entró al probador sin pedir permiso y cerró la cortina detrás suyo. Se agachó frente a mí, quedando a la altura del bulto, y me apoyó una mano sobre la polla mientras acomodaba la tela del jean con la otra, supuestamente para tener mejor ángulo con la tijera.

—Uy, se me ve todo —le dije bajito, con la vergüenza fingida de siempre.

—No te preocupes. Acá vienen y se sacan todo. Ya estoy acostumbrada —contestó, y esta vez sí levantó los ojos. Me clavó la mirada negra sin sacar la mano de encima. Siguió tironeando el hilo, y cada vez que movía los dedos, las uñas largas me raspaban despacio el elástico del bóxer.

Se me puso dura del todo en cuestión de segundos. La lycra se estiró y la punta de la polla empezó a asomarse por arriba del elástico, dejando el glande hinchado al aire. Ella cortó el hilo, dejó la tijera sobre el banquito y no se levantó. Miró la verga asomada como quien mira un plato servido, se pasó la lengua por el labio superior y dejó un rastro brillante en el rouge.

—Se te salió —susurró.

—Perdón —murmuré, pero no me la acomodé.

Con dos dedos, el del medio y el índice, ella misma me bajó el bóxer un palmo hasta liberarme la polla entera. Quedó parada en su cara, la punta a centímetros de su boca. Me sopló aire caliente sobre el glande antes de decir nada, y se me contrajo todo el bajo vientre.

—Tenés una linda polla —dijo, como quien comenta el color de una remera.

Y sin más preámbulo se la metió entera en la boca. Toda de una. Sentí cómo el glande le pegaba contra el paladar y después contra la garganta, cómo cerraba los labios pintados alrededor del tronco y empezaba a mamármela con una técnica que no era de novata. Chupaba lento, sacándomela hasta la punta y volviendo a hundirla entera, con la lengua enredada alrededor de la corona. Los ruidos de saliva se escuchaban en todo el probador y yo estaba seguro de que se colaban afuera.

Le agarré la cabeza con las dos manos y le empecé a marcar el ritmo. Ella cerró los ojos y se dejó hacer. Le empujaba la cara contra la ingle y ella recibía cada estocada de garganta sin resistirse. Cuando la solté un segundo para tomar aire, me la sacó de la boca, escupió un hilo grueso de saliva sobre el glande y me la volvió a meter entera. La verga entraba y salía chorreando, y ella la seguía chupando como si tuviera hambre atrasada.

—Callate y no hagas ruido —me susurró en un intervalo, acariciándome los huevos con las uñas rojas—. Mi compañera está en la caja del otro lado, si se acerca escuchamos los tacos.

Volvió a mamar. Me tragó los huevos uno por uno, chupándolos con la boca abierta mientras me la meneaba con la mano llena de saliva. Después subió otra vez, lamió toda la parte de abajo desde la base hasta la punta, y me volvió a envolver el glande con los labios, apretándolo hasta que sentí que se me subía la corrida.

Antes de que me viniera, se paró. Se lamió los dedos, se secó la boca con el dorso de la mano y me dio vuelta contra la pared del probador de un empujón. Se levantó la pollera de jean hasta la cintura. Debajo tenía una bombacha negra chiquita, ya corrida a un costado, y un coño depilado que brillaba de mojado. Se había estado tocando afuera antes de entrar. Todo esto lo tenía planeado desde que me vio pedir el jean.

—Metémela. Rapidito, antes que venga alguien.

La agarré de la cintura y me la clavé de un envión. El coño le apretó tanto que casi me corro ahí mismo. Estaba caliente por dentro y lisa como si tuviera terciopelo. Ella se mordió el antebrazo para ahogar el gemido y empujó el culo hacia atrás, pidiendo más. Le colé la mano por debajo de la blusa, le levanté el corpiño de un tirón hasta el cuello y le pellizqué el pezón duro entre los dedos. La otra teta le rebotaba libre debajo de la tela con cada estocada.

Empecé a follármela contra la pared del probador. Lento primero, para que no se oyera. Después más rápido, hundiéndosela hasta los huevos, sacándola casi entera y volviendo a meterla de un golpe. Ella se agarraba de la barra donde iban las perchas para no perder el equilibrio. La cortina se movía apenas con cada envión, y por la rendija de abajo se veían mis pies descalzos y los tacos rojos de ella entre los míos.

—Más fuerte, dale, cogeme más fuerte —jadeaba en voz baja, con la frente apoyada contra la madera.

Le agarré el pelo con una mano y se lo enrollé en el puño. Con la otra le tapé la boca. Le cogí el coño con todo lo que tenía. El culo le rebotaba contra mi ingle y hacía un ruido húmedo, chapoteado, que se mezclaba con los quejidos ahogados que le salían a pesar de mi palma. La polla entraba y salía brillante de flujo, y cada vez que la sacaba del todo veía cómo el coño le quedaba abierto un segundo antes de que la volviera a llenar.

Sentí que se venía. Se le contrajo todo por dentro, el coño se le cerró como un puño alrededor de mi verga y ella soltó un gemido ronco que se me quedó pegado en la palma. Le siguió temblando durante varios segundos, mientras yo la seguía follando despacio, sintiendo las paredes que se me apretaban con cada onda de la corrida.

Cuando se recuperó, se me sacó de encima, se dio vuelta y se arrodilló otra vez frente a mí. Me metió la polla en la boca chorreando de sus propios jugos. Empezó a chuparla como si fuera un caramelo derretido, mirándome desde abajo con los ojos hinchados del esfuerzo y el rimmel corrido. Me pesó los huevos en la palma, me los apretó despacio y siguió mamando hasta que le sentí la garganta apretándome la punta.

—Me voy a correr —le avisé apretando los dientes.

Ella no la sacó. Al contrario, se la metió más adentro y aceleró la chupada, cerrando los labios con más fuerza sobre el tronco. Le exploté la corrida en la garganta, chorro tras chorro de semen que ella se fue tragando sin sacarla de la boca. Sentí cómo se contraía para tomarlo todo, cómo la lengua me buscaba las últimas gotas en el glande, cómo se limpiaba con los labios el borde del prepucio para no dejar rastros.

Se levantó, se acomodó la pollera de jean, se bajó el corpiño para volverlo a su lugar y se pasó los dedos por las comisuras de los labios para limpiarse un hilito de saliva mezclada con semen. Agarró la tijera del banquito como si nada hubiera pasado.

—Cambiate tranquilo. Y llevate el jean, ese te queda bárbaro —dijo con la voz un poco ronca.

Salió del probador y cerró la cortina detrás suyo. Yo me quedé apoyado contra la pared, con la polla todavía chorreando y las piernas temblando, tratando de creer lo que acababa de pasar.

Estaba seguro de que me iba a ir esa tarde con un solo recuerdo, pero apareció otro casi enseguida. Todavía no me había terminado de vestir cuando entró una chica al probador de al lado, bolivianita por el acento, joven. Su amiga se quedó afuera, con prendas colgadas del brazo, esperándola. Aproveché que la vendedora ya se había ido para la caja y abrí la cortina del lado de las chicas. Me hice el distraído, me probaba un pantalón ridículo, dejaba que la cortina se moviera cada vez que me daba vuelta. La amiga de afuera me echó tres miradas seguidas mientras hablaba con la otra adentro. Entendí que ya estaba atenta.

Me bajé el bóxer del todo, lo dejé colgando del tobillo y simulé buscar otra prenda en el banquito. Cuando me agaché, sentí cómo la cortina se abrió un palmo más por abajo. La chica de afuera ya no disimulaba. Me puse de perfil para que tuviera mejor cuadro, me agaché, me incorporé despacio, me toqué de manera casual. La polla se me volvió a poner dura, todavía brillante de la saliva de la morocha. Estuve así unos minutos, hablándole con el cuerpo sin mirarla nunca directamente. La amiga del probador salió y se fueron juntas, la boliviana de afuera con la cara colorada y una sonrisa que se le escapaba. Yo me vestí y salí con el bóxer pegado, el olor a coño ajeno todavía en los dedos. No compré nada otra vez.

***

Ya conocen el final. Casa, ducha, y a archivar los recuerdos de la tarde: la morocha de las uñas rojas arrodillada frente a mí, la boliviana mirona espiando por la rendija. Los dos se me sumaron a los otros que guardo para cuando tengo tiempo de revisarlos.

Voy a seguir haciéndolo. Probé llevarlo a otros lugares que no fueran probadores, piletas, baños de shopping, vestuarios, y algunos casos los voy a contar en otro relato más específico. Espero que les haya gustado y, sobre todo, que les haya generado el mismo morbo que a mí me genera cada vez que una desconocida descubre, sin querer o queriendo, que estoy esperando que mire.

Hasta la próxima.

Saludos.

— Matías

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Comentarios(8)

Felix_cba

excelente!! me enganche desde la primera frase, muy buen estilo

Martincho87

Buenisimo. La tension que describís se siente muy real, pocas veces un relato me deja tan enganchado. Espero que hayas mas de este tipo

LuciaR_cba

jaja lo del 'casi siempre alguna acepta'... me mato eso. Muy bueno

PatoPlaya

Se hizo cortisimo!!! por favor que haya continuación, quede con ganas de mas

noche_cba

sutil y con morbo a la vez, eso es lo difícil de lograr. Muy bien escrito

MarcosPR

primera vez que comento algo aca y lo hago por esto jajaja, demasiado bueno

Valentina_B

me quede con ganas de mas! que relato tan rico, genial

Rulo_Mdq

tremendo. Saludos desde Mar del Plata, mas de esto por favor!!

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