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Relatos Ardientes

Espié a mi vecina desde el balcón del jazmín

Ocurrió una noche de septiembre. Llevaba todo el día con una pereza rara metida en el cuerpo, de esas que te dejan plantado frente al televisor sin enganchar con nada. Pasaba canales sin convicción y al rato terminé encendiendo el portátil, más por costumbre que por ganas. Vivo solo desde hace un par de años, en un piso pequeño con una terraza que me salvó del verano.

Mi piso comparte pared con el de Marina y Damián, una pareja que se mudó al lado seis meses después que yo. Las terrazas están pegadas, separadas por un muro bajo y una hilera de macetas con madreselva que planté precisamente para tener algo de intimidad. La parte mía es techada y angosta; la suya, en cambio, se abre a un cielo enorme, con un sofá blanco y una mesa de mimbre donde suelen cenar cuando no hace frío.

Aquella noche el aire estaba quieto y limpio. Me asomé a respirar y miré de reojo hacia el balcón de al lado. Las luces del salón estaban encendidas, pero no se oía nada. Pensé que podían tener alguna serie nueva, alguna película, cualquier cosa que me sacara del aburrimiento, así que cogí el inalámbrico y marqué su número.

El teléfono sonó muy cerca, demasiado cerca. Volví a inclinarme entre las ramas de la madreselva y la vi salir al balcón con el aparato pegado a la oreja. Llevaba una camiseta blanca de tirantes, larga como para dormir pero no lo bastante, y debajo se le adivinaba una tanga del mismo color. Me eché hacia atrás de un salto, con el corazón golpeándome las costillas como si me hubiese pillado robando.

—Dime —respondió, con esa voz suave que me había puesto nervioso más de una vez en el ascensor.

—Hola, Marina, perdona la hora… —improvisé—. Quería preguntarte si tenéis alguna película por ahí, una de esas que no son malas.

—Pues mira, justo Damián no está. Se fue a cenar con la gente del taller y vuelve tarde. Y de pelis, fíjate, no tengo nada nuevo. Iba a echarme aquí a ver lo que pongan.

Tragué saliva intentando no pensar en lo que acababa de ver, en aquel triángulo blanco entre sus muslos.

—Nada, no te preocupes. Era por matar el rato. Me meto en internet y listo.

Colgué con la mano todavía temblando. Me quedé un momento en mitad del salón, mirando la pantalla del portátil sin verla. Marina siempre me había parecido guapa, una morena con curvas que sentaban demasiado bien a la ropa, pero verla así, en tanga, a tres metros y sin testigos, era otra cosa distinta. Era una imagen que no se iba a borrar fácil.

Aguanté veinte minutos. Quizá menos. Me dije que solo iba a comprobar si seguía en la terraza, que no era para tanto, que la madreselva me tapaba lo suficiente. Apagué la luz del salón y me asomé. Estaba sentada en el sofá, con un cuenco de ensalada apoyado en el regazo y la mirada fija en el televisor. La camiseta le tapaba justo hasta arriba de los muslos y solo le veía las piernas hasta las rodillas.

Desde mi posición no daba para mucho. Recordé la escalera de cuatro peldaños que uso para llegar a la balda alta de la despensa. La arrastré sin hacer ruido hasta la parte descubierta de la terraza y la apoyé contra el muro. Subí con cuidado, con las palmas sudando.

La perspectiva cambió de golpe. Ahora le veía el sofá entero. Los pezones le marcaban la tela de algodón, dos puntas duras que parecían querer atravesar la camiseta. Las piernas estaban juntas, formando un triángulo limpio rematado por la tanga. Comía despacio, masticando con esa calma de quien sabe que tiene la noche entera para ella sola.

Esto es todo lo que vas a ver, no te hagas ilusiones.

Iba a bajarme de la escalera cuando se levantó. Recogió el cuenco y los cubiertos y desapareció hacia la cocina. Me quedé inmóvil, con la mano agarrada al muro, pensando si tenía sentido seguir allí. Volvió a los pocos minutos con una bandeja pequeña. Fresas y un bol blanco con algo que no distinguí al principio.

Se acomodó en el sofá de otra manera. Reclinó la espalda, apoyó la nuca contra el cojín y dejó las piernas estiradas sobre la chaise longue. La camiseta se le subió un poco. Por primera vez vi la tanga entera, ajustándose a la forma exacta de su sexo, marcando una línea que no debería haber estado mirando.

Cogió una fresa, la mordió a medias y se chupó el zumo del pulgar despacio, sin mirar a ningún sitio en concreto. Después acercó el bol blanco a la barbilla y entendí lo que era: helado de nata. Hundió la cuchara, se llevó una porción a la boca y dejó que se derritiera entre los labios.

Una gota fría le cayó por la barbilla y siguió bajando por el cuello. No hizo nada por limpiarla. La gota se perdió en el escote de la camiseta y, un segundo después, ella se llevó la mano al pecho izquierdo y se lo apretó por encima de la tela.

Me agarré con más fuerza al borde del muro. El corazón me iba como un tambor mal tocado.

Abrió las piernas. Solo un poco, lo justo para que la tanga se ajustara distinto entre los muslos. Bajó la mano por el vientre, lenta, como si dudara, y se quedó un instante con los dedos abiertos sobre la tela. Después los deslizó por debajo.

No te vas a quedar aquí mirando esto, no puedes.

Me quedé. Por supuesto que me quedé.

Empezó suave, casi distraída, con un movimiento mínimo que la tela transparentaba a medias. Los dedos buscaban la separación de sus labios, subían hacia el clítoris y volvían a bajar, en un recorrido corto que repetía con paciencia. Yo notaba cómo se me ponía la polla durísima dentro del pantalón, apretada contra el muro de la terraza. Me la saqué sin pensar, me escupí en la palma y me la pasé por encima despacio, intentando hacer el menor ruido posible.

Marina cambió el ritmo. Sacó la mano de la tanga, se incorporó un poco y, con un movimiento corto de caderas, se la quitó. La dejó caer al suelo sin mirar. Después se abrió de piernas, esta vez de verdad, y se ofreció a la luz del salón como si supiera que alguien la estaba mirando.

Tenía los labios mayores depilados, llenos, levantados, no esa cosa plana que se ve en las películas porno. El clítoris asomaba por arriba como un broche pequeño, claramente excitado. Me hubiera quedado solo mirando eso una hora.

Ella, en cambio, no se quedó quieta. La mano volvió, esta vez sin tela de por medio. Dos dedos resbalaron por la raja arriba y abajo, mojándose de su propia humedad, y luego se concentraron en el clítoris en pequeños círculos. Las caderas empezaron a moverse al mismo ritmo. De vez en cuando metía los dedos hacia dentro, dos, tres, y los sacaba brillantes para volver al botón.

Yo iba al mismo compás. Subía y bajaba la mano por mi polla intentando aguantar. Sube, baja. Sube, baja. Notaba el filo del muro contra los nudillos cada vez que apuraba la carrera.

Marina paró un instante. Se incorporó otra vez, alcanzó el bol del helado y se metió la cuchara en la boca. Esta vez no limpió la gota que le cayó por el pecho. Se levantó la camiseta hasta el cuello, dejando los pechos al aire, y se untó el helado en el pezón derecho. El frío la hizo abrir los ojos un segundo. Bajó la cabeza, se lamió a sí misma el helado del pezón y soltó un suspiro corto, ronco, que llegó perfecto hasta mi terraza.

Volvió a tumbarse. Dos dedos dentro, otros dos sobre el clítoris, las caderas marcando un ritmo que ya no era de tanteo, era de carrera. De vez en cuando giraba la cara hacia mi lado, hacia la pared de la madreselva, pero la oscuridad de mi terraza me protegía. O eso quise creer.

El orgasmo le llegó con una sacudida larga. Arqueó la espalda, se mordió el labio para contener un grito que se le escapó igual, y dejó la mano apretada entre las piernas mientras se le iban escapando pequeños gemidos cortos, uno tras otro, hasta que el cuerpo se le aflojó. Yo no aguanté ni dos segundos más. Me corrí contra la pared exterior de la terraza, en chorros gordos que terminaron escurriéndose por el revoque.

***

Tardé en recuperar la respiración. Bajé de la escalera con las piernas temblándome, intentando ordenar la ropa, sin saber muy bien si esconderme o aguantar mirando un poco más. Volví a asomarme con cuidado. Marina seguía tumbada, con la camiseta otra vez bajada y los ojos cerrados.

De pronto se incorporó. Cogió la tanga del suelo y la usó para limpiarse el sexo, despacio, sin prisa. Después se levantó, salió a la parte descubierta del balcón y caminó hasta el muro que nos separa.

Me agaché tarde. La voz me llegó perfectamente clara:

—¿Te ha gustado el espectáculo, vecino?

El estómago se me cayó hasta los pies. Levanté la cabeza despacio, intentando inventarme algo, una excusa, lo que fuera. Ella estaba asomada entre las ramas de la madreselva, con la tanga colgándole del dedo índice, y me miraba con una sonrisa que no tenía nada de ofendida.

—Marina, yo… —empecé.

—Calla, hombre, que te he visto desde el segundo asalto. —Se rio bajito—. ¿En serio creías que no notaba la escalera moviéndose?

No supe qué contestar. Estaba completamente desnudo de cintura para abajo, todavía con la mano apoyada en el muro y los restos de mi semen brillando contra la pared. La vergüenza me subió por las orejas como un soplete.

—¿Te has corrido? —preguntó, con esa misma calma con la que antes había mordido la fresa.

—Sí —dije, porque mentir era ridículo.

Me lanzó la tanga, que cayó enredada entre las macetas. La cogí sin pensar. Estaba tibia y olía a ella, un olor cerrado, dulzón, que me dejó la boca seca.

—Limpia con eso la pared. Y pásamela después.

Le obedecí como si me hubiera dado una orden en otro idioma. Pasé la tanga por el revoque, por el muro, por todo lo que había manchado, y se la tendí entre las ramas. Marina la recogió con dos dedos, se la acercó a la cara y respiró hondo, sin dejar de mirarme.

—Buen chico —murmuró.

Entonces oímos la puerta del salón. Damián había llegado antes de tiempo. Marina se giró sin perder la sonrisa, escondió la tanga en el puño y se acercó a recibirlo. Yo me quedé quieto entre las plantas, conteniendo la respiración como un crío que se ha metido donde no debe.

Él la besó en la frente, le dijo algo que no entendí y la abrazó por la cintura. Ella le respondió con una broma cualquiera y, sin que él lo viera, alzó la otra mano hacia mi terraza y me mostró por un instante la tanga manchada antes de cerrar el puño otra vez. Damián siguió hablándole de su cena, ajeno a todo, mientras la empujaba con suavidad hacia el salón.

Antes de entrar, Marina se quedó un segundo rezagada. Apagó la luz exterior con el codo, se giró hacia el muro de la madreselva y, de espaldas a su marido, se levantó la camiseta hasta la cintura. Me enseñó el culo entero, respingón, con la marca todavía fresca de la goma de la tanga. Lo movió una vez, despacio, como una despedida.

Después bajó la camiseta, apagó la del salón y desapareció dentro del piso siguiendo a Damián.

Yo me quedé un rato más en la terraza, con la escalera todavía apoyada y la madreselva oliendo más fuerte que nunca. No me atreví a bajar enseguida. Sabía que esa noche iba a tardar en cerrar los ojos y que, de ahora en adelante, cada vez que escuchara su voz al otro lado del muro, iba a recordar la sonrisa con la que me había dicho «buen chico».

Pensé en Damián, durmiendo a esa misma hora a un metro del balcón, sin saber nada. Pensé en la tanga que ella se había llevado dentro del puño. Pensé en la próxima vez que coincidiéramos en el ascensor y en cómo iba a ser capaz de saludarla sin que se me notara.

Volví adentro despacio. Cerré la puerta de la terraza y apagué las luces. En la oscuridad del salón, todavía con el olor a madreselva pegado a la ropa, me dije que esa había sido la mejor película que me habían dejado nunca los vecinos.

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