Lo que vi entre las dunas de aquella cala vacía
Cabo de los Almendros, finales de septiembre. Bajé a la cala con las sandalias colgando de los dedos y el corazón ligero, como cada año desde que descubrí ese rincón. Las sombrillas de junco estaban ya recogidas en el almacén del chiringuito, los caminos de tablas a medio desmontar y la caseta de salvamento cerrada con candado. Tres meses contando los días había esperado ese instante. Tres meses aguantando a una marea humana que no era de agua, sino de neveras, altavoces y voces que se imponían al ruido del oleaje hasta hacerlo desaparecer.
Esa mañana, por fin, la cala era mía. O eso creía.
Yo soy un hombre raro. La gente me cae mal por exceso. No por individuos concretos, sino por su acumulación, por su forma torpe de ocupar el espacio que no les pertenece. Por eso huyo del verano. Por eso espero a que termine la temporada y solo entonces vuelvo, cuando ya quedan los pescadores con cubo, los señores con detector de metales y, a veces, ni eso. Esa cala escondida entre acantilados bajos y pinares secos era mi refugio anual. La conocía mejor que mi propia casa.
Caminé descalzo por la arena, todavía fría a esa hora. El viento soplaba flojo desde el sur y traía olor a pinos quemados, a sal vieja, a algo que se había quedado atrás. No había una sola huella. Ni un envoltorio, ni una colilla. Solo la línea irregular que la marea de la noche había dibujado, llena de conchas partidas y algas marrones. Las gaviotas se peleaban por un cangrejo en la orilla y el sonido entrecortado de sus picos era lo único que rompía el rumor del mar.
Anduve hasta el extremo norte, donde las dunas se levantan en un pequeño laberinto antes del pinar. Allí la playa cambia de carácter. Se hace más íntima, más cerrada. La arena es más fina y se hunde bajo los pies, y los matorrales espinosos crecen entre las dunas como si quisieran impedir el paso. Era mi parte favorita. Solía sentarme un rato apoyado en la pared blanda de una de aquellas montañas de arena, fumando despacio, dejando que el tiempo pasara sin pedirme nada.
Fue entonces cuando escuché el primer sonido.
Al principio lo confundí con otra gaviota. Una cría, quizá, que reclamaba comida. Pero el grito se repitió y, esa segunda vez, no se parecía en nada al canto de un ave. Era un sonido humano, agudo, cortado en seco. Después vino otro, más largo. Y otro. Me quedé quieto, con el cigarrillo a medio camino de la boca, intentando ubicar la dirección.
Venía del otro lado de la duna grande.
Lo más sensato habría sido dar media vuelta. Eso me dije a mí mismo, con la palma de la mano aún caliente del mechero. Lo más sensato. Y, sin embargo, doblé las rodillas y avancé agachado, casi a cuatro patas, hacia el origen del sonido. El instinto que me hacía moverme no era curiosidad. Era algo más antiguo, más turbio. Una alarma silenciosa que me empujaba a callar, a ocultarme, a mirar sin ser visto.
Entre los juncos secos asomé la cabeza.
***
Lo primero que vi fue su espalda. La de él. Estaba tumbado boca arriba en una toalla azul demasiado pequeña para los dos, con la nuca apoyada en una mochila y las manos detrás de la cabeza. Era un hombre grande, de hombros anchos y vello en el pecho, con un tatuaje borroso en el bíceps que no llegué a identificar. Ella estaba sentada encima. Y allí no había toalla que cubriera nada.
Tendría poco más de treinta años, calculé. El pelo recogido en un moño deshecho, mechones pegados al sudor del cuello. Estaba completamente desnuda. Los pechos pequeños le bailaban con un retraso minúsculo respecto a su cuerpo, como si fueran dos péndulos. Tenía las manos apoyadas en el pecho de él para sostenerse y, desde donde yo estaba, podía ver perfectamente cómo subía y cómo bajaba. Cómo, cada vez que dejaba caer el peso, soltaba un grito ronco que el viento me traía hasta mi escondite sin perder una sola sílaba.
—Más, más, hijo de puta, dame más —decía ella entre dos respiraciones, sin pudor, sin contención, con la garganta abierta—. No pares. Que no se te ocurra parar.
Él no paraba. Le agarraba las caderas con las dos manos y la ayudaba a subir, la soltaba para que cayera y la volvía a coger. Era un ritmo perfecto, un mecanismo sucio y exacto. Yo no había visto nunca a nadie follar así, ni en los videos que pago en mi ordenador a horas en las que sé que nadie va a llamar a la puerta. Aquello no era hacer el amor. No tenía nada de delicadeza. Era otra cosa. Una urgencia que parecía no acabar nunca, que se renovaba con cada caída, con cada queja, con cada palabra obscena pronunciada en voz alta como si estuvieran solos en el mundo.
Quizá lo estaban. Solo había una intrusión, y era la mía.
Yo seguía detrás del junco, encogido, sin atreverme a moverme. La arena se me clavaba en las rodillas y no la sentía. Tenía la boca seca, los oídos calientes, el pulso retumbando dentro de las sienes. Y, sin saber cómo —ni cuándo, ni con qué permiso de mi parte—, una mano ya se había metido bajo el pantalón corto y la otra apretaba la rodilla como si necesitara aferrarme a algo para no caer.
No fue una decisión. Fue una consecuencia.
Ella se inclinó hacia delante en algún momento y le mordió el labio inferior. Lo mordió fuerte, vi cómo él arqueaba la espalda, oí el gruñido que se le escapó. Después se incorporó otra vez, se llevó dos dedos a la boca, se los chupó despacio, y los bajó hasta donde sus cuerpos se juntaban. No miró arriba. Ninguno de los dos miró arriba. Solo se miraban entre ellos, a los ojos, con una concentración salvaje, como dos animales aprendiendo a reconocerse.
Y yo seguía moviendo la mano.
Para. Levántate. Date la vuelta. Esto no está bien.
Lo pensaba en algún rincón muy callado de la cabeza. Pero el rincón era pequeño y el resto del cuerpo era inmenso y reclamaba lo suyo. Apretaba más fuerte. Movía más rápido. Sin ritmo propio: copiaba el de ella, subía cuando subía, bajaba cuando bajaba, como si estuviéramos los tres conectados por un mismo hilo invisible que no me había puesto yo.
***
En ese momento, ella giró la cabeza.
No fue un movimiento brusco ni un sobresalto. Fue lento. Casi perezoso. Como si llevara un rato sospechando que había un tercero y, simplemente, hubiera decidido confirmarlo. Sus ojos me encontraron entre los juncos y no se apartaron. No hubo grito, ni vergüenza, ni susto. Hubo otra cosa. Una sonrisa torcida que le subió un poco la comisura derecha. Y, sin dejar de mirarme, sin avisarle a él, aceleró el ritmo.
Ahora se movía para mí.
Lo supe enseguida. Cada subida era más alta, cada bajada más profunda, cada queja un poco más teatral, un poco más obscena, un poco más dirigida a mi escondite entre las dunas. Él seguía con los ojos cerrados, ajeno a la geometría nueva del juego. Solo nosotros dos sabíamos que el público existía y que era yo.
—Mírame —articuló sin voz, formando las sílabas con los labios, sin que él pudiera enterarse por encima de su propia respiración—. Mírame bien.
No pude no mirarla. No pude pestañear. Tenía la sensación de que si apartaba la vista, todo se rompería: la cala, la mañana, mi cuerpo, el verano entero. Mi mano se aceleró sin pedirme permiso. La sentía caliente, ajena, casi de otra persona. Me mordí el interior de la mejilla para no hacer ruido y aun así escapó un sonido bajito que me sonó vergonzoso, infantil, completamente fuera de lugar.
Ella se rió. Una risa corta, ronca, satisfecha.
Y entonces todo aceleró. El hombre la agarró con fuerza, gruñó algo entre dientes, se incorporó tirando hacia él. Ella echó la cabeza atrás, soltó un grito largo, partido, que rebotó contra las dunas y se perdió entre los pinos. Yo terminé al mismo tiempo, manchándome la mano, los muslos, la duna que tenía delante, sin un solo grito porque me lo tragué entero como si fuera medicina amarga.
Durante unos segundos lo único que se oyó fue la respiración. La suya. La de él. La mía.
Después él se dejó caer sobre la toalla y cerró los ojos otra vez, en paz. Ella se quedó un rato encima, quieta, con las manos apoyadas en su pecho. Y, sin que él la viera, levantó dos dedos hacia mi escondite y me lanzó un beso. Solo entonces se bajó, buscó la camiseta enrollada cerca de la mochila y se la puso por encima sin más ceremonia.
***
Me alejé de allí como pude. Levantándome con las piernas dormidas, retrocediendo por la arena con un sentido de la vergüenza que me había llegado tarde, como un autobús que pasa cuando ya has decidido caminar. No me di la vuelta hasta estar muy lejos de las dunas, y, cuando lo hice, ya no se veía nada. Solo la línea de la marea, las gaviotas, el viento.
Aquella noche no dormí. La mañana siguiente tampoco. Me prometí no volver a la cala durante meses, quizá nunca más. Me dije que aquello había sido un accidente, un fallo de mi disciplina, una flaqueza que no me iba a definir.
Mentí.
Llevo desde aquel día bajando a la cala cuatro o cinco veces por semana. A veces con el sol alto, a veces antes del amanecer, a veces al atardecer, cuando los pescadores ya recogen los aparejos y se van. Camino hasta el extremo norte, me siento detrás de la duna grande, fumo despacio. Y espero.
No sé si fueron turistas de paso. No sé si volverán. No sé si los reconocería si me cruzara con ellos en cualquier supermercado de la zona. Pero el viento sigue trayéndome, a veces, el eco de aquellos gemidos. Y, cuando los oigo, ya no me pregunto si voy a quedarme a mirar.
Ya sé que sí.