Volví al gimnasio por mi monedero y las descubrí así
Hacía casi quince años que no pisaba un gimnasio. Entre el primer embarazo, el segundo, las mudanzas y los turnos eternos de mi marido, lo único que me había mantenido en movimiento era correr detrás de los chicos por el patio. Cuando me miré al espejo después de las últimas vacaciones, decidí que algo tenía que cambiar.
Me apunté al polideportivo del barrio, a la clase más sencilla del cuadro: mantenimiento de toda la vida. Nada de spinning, nada de zumba todavía. Mi idea era recuperar fondo de a poco, no humillarme delante de chicas de veinte que respiraban como si no hubiesen hecho nada.
Elegí el horario de las ocho a las nueve y cuarto, los lunes, miércoles y viernes. Era el único que me permitía dejar a los nenes con su padre apenas él volvía del trabajo. La profesora se llamaba Marisol. Una mujer madura, cerca de los cincuenta, pero con un cuerpo que la mitad del grupo envidiábamos en silencio. Morena, no muy alta, piernas firmes y un culo trabajado durante décadas. Cuando se subía a la tarima y nos contaba el calentamiento, hablaba con la calma de quien sabe que no necesita demostrar nada.
La clase era casi toda femenina: unas quince mujeres entre los treinta y los cincuenta, casi todas madres, y un único señor de unos cincuenta y cinco que se mantenía en el fondo, callado, esforzándose más que ninguna. La música la elegía Marisol. Tenía una playlist por fases: temas tranquilos para el calentamiento, ritmos electrónicos para el cardio, algo melódico para los estiramientos finales. Cada minuto estaba pensado.
La segunda semana ya iba vestida como las demás. Mallas oscuras, top con sujeción, zapatillas que llevaba años sin usar. Tenía mis complejos, pero al ver que ninguna se medía en esa sala, me animé. Hacía mucho que no me sentía parte de algo así.
El último miércoles de mi primer mes, mientras guardábamos las colchonetas, Lorena se acercó y me explicó la costumbre del grupo: el último viernes de cada mes salían a tomar algo después de la clase. Me preguntó si quería sumarme. No lo pensé dos veces.
El viernes la clase se me pasó volando. Tenía ganas de conocer a esas mujeres fuera del gimnasio, con un vaso en la mano, sin la cara colorada por el esfuerzo. Me llevé una muda limpia y los productos del baño porque no sabía si las demás se arreglaban allí o iban en chándal directamente. Prefería pasarme antes que desentonar.
Al terminar la clase, fuimos en grupo al vestuario. Las regaderas eran cinco, así que algunas se metieron de a dos para no demorar: las más jóvenes, las que se conocían desde hacía años. Yo, todavía con la vergüenza de ser la nueva, me hice la remolona arreglando la mochila, recogiendo la toalla, mirando el celular sin necesidad. Quería ser de las últimas.
Cuando una se desocupó, me metí rápido. El agua tibia me cayó encima como una bendición. Me enjaboné en dos minutos, me sequé y me cambié sin mirar mucho a los costados. Mientras me vestía hablé un rato con Camila, una chica de veintitrés que jugaba al vóley en una liga semiprofesional. Tenía ojos verdes, piernas largas y un físico que no necesitaba clases de mantenimiento. Le pregunté qué hacía en nuestra clase y se rió.
—Mi entrenador me obligó a buscar algo de bajo impacto para los días sin entrenamiento. Y aquí me cae bien la gente —dijo.
Las primeras se fueron yendo al bar. Las últimas en quedarnos fuimos cuatro: Camila, una compañera llamada Estela, yo y la propia Marisol, que recién había terminado de recoger los aparatos de la clase y se acercaba a ducharse. Estela y yo salimos juntas, mientras Camila volvía al vestuario porque había olvidado algo. Pensé que en cinco minutos estaría con nosotras.
El bar quedaba a tres cuadras. Cuando llegamos, las chicas ya habían empujado dos mesas y armado una larga. Me pedí una cerveza y, cuando fui a sacar el monedero del bolso, no estaba. Revisé todos los bolsillos, la mochila, hasta el forro interno. Nada. Me lo había dejado en la taquilla.
—Tranquila, yo te invito —dijo Lorena.
—No, voy a buscarlo, está acá nomás. El gimnasio cierra a las once, llego perfecto.
Salí caminando rápido. La calle estaba vacía y hacía fresco. En diez minutos abría la puerta de cristal del polideportivo. El chico de la recepción me reconoció y me dejó pasar sin preguntar.
Entré al vestuario. Estaba en silencio salvo por el ruido del agua corriendo. Me acerqué a mi taquilla, la abrí y allí estaba el monedero, justo donde lo había olvidado, encajado entre la toalla húmeda y el desodorante. Lo guardé, cerré la taquilla y, cuando estaba por salir, escuché algo.
Un gemido.
Me quedé quieta. Pensé que había sido imaginación, pero un segundo después volvió, más claro. Era un sonido humano, contenido, mezclado con el repiqueteo del agua. Venía de las regaderas.
Sé que tendría que haberme ido. Lo lógico era darme media vuelta, salir y volver al bar. Pero algo me clavó al piso. La curiosidad, o quizá ya esa noche estaba destinada a no ser una noche cualquiera. Caminé despacio, sin hacer ruido, hasta el arco que separa los lockers de la zona de duchas.
Me asomé apenas. El espejo de la pared del fondo me devolvió una imagen que tardé un segundo en procesar. En la segunda regadera había dos personas. Una mujer apoyada contra los azulejos. Otra delante. Las manos de la segunda recorrían la espalda y el culo de la primera. Mis pezones se endurecieron antes de que pudiera registrar lo que estaba viendo.
Me corrí un paso más. Al costado había una columna de cemento que partía la sala en dos. Me deslicé hasta detrás, agachada, conteniendo la respiración. Desde ahí tenía un ángulo perfecto y, al mismo tiempo, ningún espejo que me delatara.
Lo que vi me cortó el aire.
Eran Marisol y Camila.
La profesora, mi profesora, estaba apoyada contra los azulejos con las piernas separadas. Camila tenía la boca sobre uno de sus pechos y una mano metida entre sus muslos. Marisol le agarraba el culo con las dos manos, fuerte, dejándole marcas blancas que el agua disolvía enseguida. No parecía la primera vez. Había una familiaridad en la forma de moverse, en cómo se acomodaban sin hablar, que solo se construye con tiempo.
Yo no podía pensar. Tampoco podía moverme. Sentí que el cuerpo se me adelantaba a la cabeza: el calor en la cara, los pezones tensos contra la tela del corpiño, la humedad apareciendo entre mis piernas sin que yo lo decidiera. Hacía años que no me ponía así, ni siquiera con mi marido.
Metí una mano por debajo de la blusa y me toqué los pechos por encima del corpiño. Después por debajo. Me pellizqué un pezón despacio y mordí el labio para no hacer ruido. Tenía miedo, mucho miedo, pero no podía irme. No quería irme.
Camila se arrodilló sobre los azulejos mojados. Marisol le levantó una pierna y la apoyó sobre su hombro. La imagen me pegó en el estómago. Camila separó los labios de Marisol con dos dedos y acercó la boca. Empezó con lametazos largos, lentos, de abajo hacia arriba, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Yo ya no aguantaba. Me desabroché el pantalón con una sola mano, sin dejar de mirar. Me bajé un poco la bombacha y metí los dedos. Estaba empapada. Empecé a moverme al ritmo de la lengua de Camila, con el dedo del medio rozando el clítoris en círculos cortos.
***
Marisol echó la cabeza hacia atrás. Una mano le apretaba un pecho, la otra empujaba la nuca de Camila contra su pubis. Murmuraba algo que no llegué a entender, pero el tono era inconfundible: una mujer madura, dueña de su placer, pidiendo más sin pedir.
Camila pasó de la lengua a los dedos. Le metió dos, después tres. La mano subía y bajaba con un ritmo firme. El sonido se mezclaba con el agua y con los gemidos, cada vez menos contenidos. Yo aceleré también. Me puse la mano izquierda contra la boca para tapar cualquier ruido. Las piernas me temblaban como si fuese yo la que tenía la lengua de otra mujer entre los muslos.
Hubo un momento en que Camila se separó apenas y dejó la lengua justo sobre el clítoris de Marisol, plana, presionando, sin moverse. Marisol soltó un quejido ronco. Después Camila volvió a empezar, más rápido, más fuerte, con los dedos llenándola y la boca trabajando arriba.
Marisol se vino así. Le fallaron las rodillas un segundo, se apoyó con las dos manos en los azulejos y dejó escapar un grito que tuvo que esforzarse en ahogar. Camila la sostuvo del muslo, sin dejar de moverse, alargándole el orgasmo hasta que Marisol le tiró del pelo para hacerla parar.
Mi mano seguía adentro. Estaba al borde. No quería venirme todavía, quería ver lo que pasaba después, pero no dependía de mí.
Camila se incorporó y la besó. Marisol le devolvió el beso con la misma intensidad con la que había recibido todo lo demás, y bajó una mano por el vientre liso de Camila hasta meterse entre sus piernas. Camila gimió en su boca. Marisol le dio una palmada suave entre los muslos, en broma, y después la acarició con los dedos, recompensándola.
—Te lo merecías —le dijo, en voz tan baja que casi se perdió con el agua.
Las dos se fundieron en un abrazo bajo la regadera. Las manos de Marisol entre las piernas de Camila, los dedos moviéndose con la confianza de quien conoce ese cuerpo de memoria. Los gemidos ahora eran los de la más joven, agudos, cortados, cada vez más rápidos.
Camila se vino con los brazos colgados del cuello de Marisol, doblándose hacia adelante, mordiéndole el hombro para no gritar. Yo me vine al mismo tiempo, en silencio, con la mano tapándome la boca y la otra todavía adentro. El orgasmo me sacudió las piernas. Me apoyé en la columna para no caerme.
***
Tardé un minuto en poder moverme. Las dos seguían bajo el agua, abrazadas, recuperándose. Aproveché un instante en que Marisol cerró los ojos para deslizarme hacia atrás, sin pararme del todo, hasta el pasillo de las taquillas. Me arrastré más que caminé.
Me metí en uno de los cubículos del baño y cerré la puerta con pestillo. Me senté en la tapa. El corazón me golpeaba en los oídos. Tenía las manos temblando y los pantalones todavía a medio subir. Me los acomodé, me lavé la cara en el lavabo, me sequé con papel y me miré al espejo. Tenía las mejillas como tomates y los ojos vidriosos. Era yo y no era yo.
Esperé unos diez minutos. Cuando me sentí mínimamente decente, salí. Crucé el vestuario en línea recta, sin mirar hacia las duchas, y me dirigí a la puerta. Faltaban dos metros para llegar cuando escuché la voz de Marisol detrás de mí.
—¿Te olvidaste algo?
Me di vuelta despacio. Estaban las dos, envueltas en toallas, con el pelo mojado y la piel todavía colorada. Camila se mordía el labio para no reírse. Marisol me miraba de frente, sin pestañear, con una calma que me hizo sospechar que sabía exactamente desde cuándo estaba yo en ese vestuario.
—El monedero —dije, levantándolo como si fuese una credencial—. Me lo había dejado en la taquilla.
—Ah, claro —dijo Marisol—. ¿Vamos las tres al bar entonces?
Camila se rió por lo bajo. Yo asentí sin confiar en mi propia voz.
Caminamos las tres juntas por la vereda hacia el bar. Marisol iba en el medio. En una esquina, mientras esperábamos que el semáforo cambiara, sentí cómo me apoyaba la mano en la parte baja de la espalda, apenas un segundo, como quien acomoda a alguien. No miró. No dijo nada. Pero yo entendí que aquella noche había empezado algo que no iba a terminar ahí.
Fue mi primera vez como voyeur. Y, contra todo lo que hubiese imaginado de mí misma una semana antes, no fue la última.