La cita de mi mujer con su ex y yo de chófer mirón
La primera vez que crucé la mirada con el hombre que había estado antes que yo en la vida de mi mujer fue dentro de un autobús, una mañana de marzo. Yo iba parado junto al pasamanos; ella, sentada cerca de la ventana. Aquel tipo subió en la parada del puente y la encontró con los ojos antes de saludarme a mí.
Se llamaba Mateo. Camila me había hablado de él más veces de las que me hubiera gustado escuchar. Era el último antes de mí, el que tardó años en marcharse, el que la había dejado con esa mirada vidriosa que ponen las mujeres cuando hablan de un amor difícil. Yo lo conocía solo por una foto arrugada en un álbum viejo y por anécdotas a medias.
Esa mañana se acercó al asiento de Camila como si yo no existiera. Ella, en cuanto lo vio, se acomodó el pelo detrás de la oreja, un gesto que yo le conocía bien. Hablaron sin mirarme. Cuando llegó la parada de su trabajo, él la tomó de la mano para ayudarla a bajar y ella lo soltó enseguida, casi con culpa, y vino conmigo.
—¿Qué pasa con ese tipo, amor? —le pregunté esa noche.
—Nada, Esteban. Subió, me vio, hablamos. Tenemos el mismo recorrido al trabajo, nada más.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo. ¿Cuándo te he dado motivos?
No me los había dado nunca. Y, sin embargo, yo sabía perfectamente quién era ella antes de que llegara a mí: una mujer que disfrutaba del sexo con un apetito que no se permitían las mujeres prudentes. Una que había mentido a Mateo, una que había mentido a otros, una que tenía un historial que yo conocía a fondo porque me lo había contado a mí mismo, párrafo por párrafo, durante nuestras noches más calientes.
Lo que ella aún no sabía del todo era que ese pasado suyo se había convertido en mi fantasía secreta. Yo no quería borrarlo. Yo quería verlo en directo.
***
Pasaron cuatro años desde aquel autobús. Cuatro años en los que Camila y yo fuimos abriendo puertas que la gente prefiere mantener cerradas. Primero fueron sus relatos al oído mientras hacíamos el amor: cómo se la había chupado a un compañero en una fiesta, cómo se había dejado tocar por un primo en una boda, cómo Mateo le había abierto el culo con paciencia hasta que terminó pidiéndoselo ella sola. Yo escuchaba, ella temblaba, yo me venía como nunca.
De los relatos pasamos a las fotos. De las fotos a los mensajes. De los mensajes a los encuentros. Yo me convertí en su cómplice y ella en mi puesta en escena privada. Ningún macho se la cogía sin que yo lo supiera, sin que ella me lo contara, muchas veces sin que yo estuviera escuchando por el manos libres desde otra habitación o desde un coche aparcado en la calle.
Y entonces, un sábado por la mañana, mientras desayunábamos, ella me dijo:
—¿A quién crees que vi ayer?
—No tengo idea.
—A Mateo. Subió al autobús, se sentó a mi lado, hablamos un buen rato.
Aquel nombre me cayó en el estómago como un peso. Mateo no era cualquiera. Mateo era el hombre por el que yo había peleado años, el único al que ella había amado de verdad antes de mí. Lo conocía todo de él porque ella me lo había contado todo: cómo cogía, cómo besaba, cómo la sometía con palabras suaves, cómo conseguía que ella le abriera lo que a nadie le abría.
—Y bien —le dije, intentando que no se me notara la voz cortada—. Cuéntame.
—Me preguntó por ti, por los chicos. Le dije que seguíamos juntos, que teníamos tres hijos.
—¿Y nada más?
Ella sonrió, esa sonrisa de medio lado que pone cuando sabe que la respuesta me va a calentar.
—Me pidió mi número.
—¿Y se lo diste?
—Se lo di.
Esa noche, en la cama, le pedí que me contara otra vez una de aquellas cogidas viejas. Una de las que ya le conocía de memoria pero que cada vez que me la repetía sonaba distinta. Camila me la mamó mientras hablaba, deteniéndose para soltar las frases sucias y volviendo a tragarme entera cuando se acababan las palabras.
—¿Era más grande que la mía?
—Un poco más larga, sí. Y mucho más gruesa.
—¿Te abría?
—Me partía. La primera vez que me la metió en el culo lloré, te lo juro, y aun así no le dije que parara.
Me corrí como un crío de quince años. Cuando recuperé el aliento, le pregunté:
—¿Cuándo quieres verlo?
Ella ni dudó.
—Cuando tú quieras, amor.
***
Quedaron dos sábados después en un bar del barrio de Nueva Atalaya, uno de esos sitios oscuros donde la gente baila pegada y nadie pregunta. Camila se arregló con cuidado: una blusa negra escotada sujeta con un broche dorado para que el escote no se le escapara del todo, un pantalón ajustado que se quitaría en el coche, zapatillas de tacón medio. Lencería roja, bóxer encima. Cuando le pregunté lo del bóxer me explicó que a Mateo le gustaba así, no porque él se lo hubiera pedido sino porque ella se acordaba.
—Cabrona —le dije—. Ya estás complaciéndolo.
—No es complacerlo, amor. Es que me acuerdo de lo que le gustaba.
La llevé en el coche. Por el camino le pasé la mano por la entrepierna, sobre el bóxer, y la sentí caliente y húmeda incluso por encima de la tela. Ella me sobaba la verga por encima del pantalón.
—Te la voy a entregar hirviendo —me dijo.
—Disfrútalo, mami.
—Aquí te tengo. —Y me enseñó el móvil con la llamada ya activa, el manos libres listo para que yo no me perdiera un solo sonido de la noche.
La dejé en la puerta. Vi cómo Mateo salía a recibirla, cómo la tomaba de la mano como si fuera suya, cómo entraban juntos al bar sin mirar hacia el coche. Aparqué dos calles más allá, volví caminando, pedí una mesa cerca de la suya y ella me cerró un ojo en cuanto me ubicó.
Estuvieron una hora bebiendo y bailando. Cuando regresaban de la pista, él la traía agarrada del codo, casi posesivo. Camila ya tenía dos cócteles encima, y los dos cócteles son siempre el punto en que ella deja de pensar y empieza a sentir. Lo agarró de la barbilla, lo giró hacia ella y le plantó un beso largo y profundo. Mateo respondió como si llevara cuatro años esperando ese beso. Cuando se separaron, brindaron riéndose.
Después fue una sucesión de gestos. Una mano de él subiendo por la cadera de ella. Una mano de ella perdiéndose bajo la mesa hacia su entrepierna. Camila recostada en su pecho, mirándome a mí, levantando el dedo medio y girándolo despacio en el aire. La estaba dedeando ahí mismo, debajo del mantel, y ella cerraba los ojos cada vez que el dedo le encontraba el punto justo. Después los pechos de mi mujer fuera de la blusa, él chupándole los pezones como si fuera a comérselos, ella riéndose y sujetándole la nuca.
Pedí la cuenta. Camila me mandó un mensaje al móvil cuando me vio dirigirme a la salida.
—Papi, ya nos vamos. Vive solo. ¿Nos llevas?
—Claro que sí, mami. Te espero afuera.
—Eres lo mejor del mundo, cabrón.
***
Salieron a los diez minutos. Camila lo trajo hacia el coche como si fuera un taxi cualquiera; esa era la coartada que llevábamos años usando. Mateo se acomodó en el asiento de atrás con ella.
—Hola, Esteban. ¿Estabas cerca? —me preguntó él, sin saber.
—Aquí mismo, jefe. ¿A dónde?
—A Villa Aurora, por favor.
Camila se puso seria un segundo y le dijo algo al oído. Él contestó «tranquila, no pasa nada». Luego supe que ella le había advertido de algo sobre la dirección, no entendí qué. Pero el momento pasó enseguida, porque a los treinta segundos ya se estaban besando como si yo no existiera.
Ajusté el espejo retrovisor con disimulo. Camila se bajó del asiento, se acurrucó entre las piernas de Mateo y le sacó la verga del pantalón. Yo conducía despacio, intentando no perderme el rumbo y al mismo tiempo no perderme ningún gemido.
—Qué bien lo haces, Camila —decía él—. No has perdido nada.
—Me encanta tu verga, cabrón. Sigue siendo igual de gruesa.
—¿Y el señor que va manejando? ¿No se va a molestar?
—Déjalo en paz. Es muy discreto. Tú dedícate a esto.
Lo dijo cortante, casi mandona. Vi por el espejo cómo a Mateo se le crispaba la cara un instante, como si no esperara ese tono. Pero ella le metió la cabeza contra su pecho y le siguió mamando la verga hasta que él se olvidó de la pregunta.
En un semáforo me atreví a mirarla de lleno. Tenía la blusa por la cintura, los pechos al aire, la boca llena, los ojos cerrados. Cuando los abrió, me miró a mí. Solo a mí. Y supe entonces, una vez más, que esto que hacíamos no era a pesar de nuestro amor sino por nuestro amor.
—Métemela —le pidió a Mateo cuando se cansó de mamar—. Aquí, ya, en el coche.
—Aguanta, mami, en el departamento.
—Aquí.
Le dio la vuelta, le bajó el bóxer hasta los tobillos y la penetró ahí mismo, en el asiento trasero, mientras yo conducía intentando que mis manos no temblaran sobre el volante. Olí el aroma de mi mujer mojada hasta los huesos. La oí gemir como solo gemía cuando algo le gustaba mucho.
—Ahí está mi punto, cabrón. Te acordabas perfecto.
—Vente para mí, Camila.
—Sí, sí, sí…
Se vino sobre la verga de su ex con un grito largo, casi furioso. Yo paré el coche en una esquina sin que ellos se enteraran. Faltaban tres calles para llegar.
***
Llegamos al edificio de Mateo. Camila se asomó hacia el asiento delantero, me dio un beso rápido en la comisura de la boca y me dijo:
—Espérame. Cóbrale lo que quieras.
Subieron al departamento. Yo me quedé en el coche, con el manos libres pegado a la oreja y la verga afuera del pantalón. Los oí entrar. Los oí servir copas. Los oí reírse de cosas que habían pasado hacía muchos años en otra ciudad. Y luego empezaron los gemidos otra vez, los de él primero, los de ella después, el sonido inconfundible de dos cuerpos chocando contra una pared y luego contra una cama.
Estuvieron más de dos horas. Yo me masturbé tres veces sin terminar, conteniéndome para llegar a casa con algo que entregarle. Cuando Camila finalmente bajó, traía el pelo deshecho, los labios hinchados y esa mirada que solo le conozco a ella cuando viene de coger por puro placer.
Mateo bajó hasta el coche, me dio un billete que ni miré, me dio las gracias con una sonrisa de hombre que no sabe del todo lo que acaba de pasar, y se metió en su edificio. Camila se pasó al asiento del copiloto en cuanto él desapareció.
—¿Te sacaste tu lechita, papi?
—Toda guardada para ti, mami.
—La tienes durísima.
Me obligó a detenerme dos cuadras después. Me metió la mano dentro del pantalón mientras me besaba con la boca todavía con sabor a él. Yo le metí los dedos por debajo del pantalón y la sentí abierta, hinchada, mojada de algo que no era solo de ella.
—La acaban de coger, papi. Bien fuerte y bien gruesa.
—¿Como antes?
—Mejor que antes. Sabe lo que hace.
Me bajó la cremallera y se inclinó sobre mi regazo. Mientras me la chupaba me iba contando los detalles que yo no había alcanzado a oír: cómo él le había puesto el glande dos veces en el ano y ella no lo había dejado pasar del todo, cómo había gemido con la cara contra el colchón, cómo había acabado pidiéndole que se viniera en su boca.
Me corrí en la suya con un latigazo que me hizo gritar. Ella se tragó hasta la última gota y se quedó un rato con mi verga en la boca, todavía vibrando.
—¿Por qué no le diste el culo? —le pregunté después, mientras manejaba hacia casa.
—Porque ese es tuyo. De nadie más. Ni de él.
Le agarré la mano sobre la palanca de cambios y me sentí, por primera vez en años, completamente seguro de algo.
***
Mateo siguió viéndola durante casi dos años. Al principio él insistía en reconquistarla, en sacarla del juego en el que estaba con su marido, y Camila estuvo a punto de cortarlo por eso. La solución fue contarle todo: quién era yo, qué hacíamos, por qué nos funcionaba. Le costó entender al principio. Después aceptó. Después incluso aprendió a saludarme con respeto cuando lo recogía en alguna esquina.
Ella terminó dejando de ver a los demás amantes durante esa etapa, no por mí sino porque él la llenaba lo suficiente. A mí me daba igual. Lo único que yo quería era seguir oyendo, seguir mirando, seguir manejando aquel coche que se convirtió en escenario y en confesionario al mismo tiempo.
Lo único que no le dio nunca, ni siquiera al final, fue el último rincón. Cada vez que él lo pedía, ella le contestaba lo mismo:
—Ese es de mi marido.
Y a mí, escuchándolo por el manos libres desde fuera, me bastaba con eso.