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Relatos Ardientes

Descubrí que me excitaba que extraños me miraran

Mi novio me enseñó a disfrutar lo que antes me daba vergüenza, y todavía hoy, cuando lo recuerdo, se me sube algo a la cara. Las cosas que voy a contar pasaron a lo largo de cinco años de relación, desde que lo conocí hasta que terminamos. Cuando empezamos, yo tenía diecinueve años, era virgen, y él veinticuatro, en su último año de carrera.

Nos conocimos en la facultad de Letras. Yo era el típico ratón de biblioteca, callada, con los hombros encogidos hacia adelante porque desde los catorce años cargaba unos pechos demasiado grandes para mi cuerpo flaco. Me los pasaba escondiendo, doblada hacia adentro, con la mano siempre lista para cerrar cualquier escote que se atreviera a abrirse un poco más de la cuenta.

La primera fiesta a la que fui con él fue la de su graduación. Mi mamá me había elegido un vestido rojo, ceñido, con un escote que para ella era «elegante» y para mí era una pesadilla. Pasé toda la noche con la mano sobre el pecho, sosteniendo la tela como si fuera a abrirse sola. Adrián y sus amigos no decían nada. Solo veían a una chica tetona que apenas levantaba la mirada del piso.

Esa noche, en el auto, mientras volvíamos a mi casa, Adrián me dijo algo que se me quedó dando vueltas durante semanas.

—¿Por qué te escondes tanto? Si te vieras como te ven.

No respondí. Lo miré un segundo y giré la cara hacia la ventanilla. Pero esa frase se me clavó adentro, como una piedra en el zapato. Tres meses después, todo había cambiado.

***

Una noche de viernes, pasada la medianoche, Adrián me pasó a buscar por mi departamento. Yo bajé con lo que él me había pedido por mensaje: minifalda de jean, una blusita de tirantes finos sin corpiño y un saquito negro de botones encima. Tanga de hilo, esa que casi no se siente. Me había bañado, depilado entera, y todavía me temblaban un poco las piernas cuando subí al asiento del acompañante.

—Vamos al casco antiguo —me dijo apenas cerré la puerta—. Quiero caminar un rato.

No le pregunté para qué. Hacía un mes que las cosas entre nosotros venían cambiando, y yo había empezado a dejarme llevar sin pedir explicaciones.

Estacionó a dos cuadras de la vieja iglesia de Santa Bárbara, donde las calles empedradas se vuelven angostas y la luz de las farolas se pone amarilla y dudosa. Me abrió la puerta como siempre lo hacía, con esa cortesía que me derretía. Apenas pisé la vereda, me sacó el saquito de los hombros y lo dobló sobre su brazo.

El aire era helado. Yo no llevaba nada arriba más que la blusita, y los pezones se me pusieron tan duros que se marcaban a través de la tela como dos botones. Sentí que toda la calle podía verlos. Me crucé los brazos por reflejo, pero él me los bajó suavemente.

—Déjalos. Que se vean.

Quise meter el saquito y la cartera en el asiento de atrás. Abrí la puerta del lado del acompañante y me incliné para alcanzar el otro extremo. Como no llegaba, me subí al asiento en cuatro, con la falda subiéndose sola, sin pensarlo demasiado.

No alcancé a soltar nada. Adrián se metió detrás de mí y, con un solo movimiento, me arrancó la tanga de un tirón. El hilo se rompió en el costado y la tela me quedó colgando entre las piernas hasta que la deshizo del todo.

—Mi amor, qué… —empecé a decir, pero ya tenía la lengua de él entre las piernas.

Me lamió de atrás hacia adelante, lento, con la mano abriéndome lo que tenía que abrirse. Yo estaba mojada antes de que empezara. La calle estaba a metros, había una farola encendida del otro lado, y a mí me daba lo mismo. Apreté la frente contra el cuero del asiento y me mordí el dorso de la mano para no hacer ruido. Vino un orgasmo rápido, sucio, casi violento. Lo sentí subir desde adentro y reventar en oleadas mientras él seguía con la lengua sin avisar.

Me dejó así. A medio venir, con la cara colorada, los muslos temblando y la tela de la falda pegada a la piel. Me bajé del auto como pude, me acomodé la mini, me ahuequé la blusa para que el pecho quedara centrado, y empecé a caminar a su lado como si nada hubiera pasado.

—¿Estás bien? —me preguntó, riéndose.

—Estoy temblando.

—Vamos a tomar algo. Ya se te va a pasar.

***

Caminamos por la calle del costado de la iglesia. Yo sentía el aire frío subiéndome directo por debajo de la falda, lamiéndome donde antes había estado la tanga. Cada vez que pasaba un auto, levantaba los ojos a ver quién iba dentro. No era miedo. Era otra cosa, algo que todavía no sabía nombrar.

En una esquina, Adrián se rió bajito y me apretó el brazo.

—Ese auto.

—¿Cuál?

—El que acaba de pasar. Pasó dos veces. Son dos pibes. Te están mirando.

Sentí un golpe en el estómago, pero no de miedo. Me daba miedo el miedo que no tenía. Adrián siempre llevaba la pistola en el cinto, eso lo sabía, y no era la primera vez que alguien nos seguía con el auto. Pero esta vez yo entendía por qué, y eso me incomodaba más que la persecución en sí.

—¿Los viste cuando…? —pregunté sin terminar la frase.

—Estaban en la esquina, con las luces apagadas. Te vieron toda. Te vieron mientras te lamía.

—Estaba oscuro.

—Había una farola arriba. Te vieron, mi amor. Te vieron y se quedaron a mirar.

No supe qué decir. Seguimos caminando. El auto volvió a pasar por la calle paralela, despacio. Yo no giré la cabeza, pero supe que estaban ahí. Y supe, con una claridad rara, que no me molestaba para nada.

***

El Café Atenas, en la plaza principal del casco antiguo, estaba casi vacío a esa hora. Solo había una pareja mayor en el fondo, un mozo limpiando vasos en la barra y un señor de uniforme azul, seguridad, parado cerca de las escaleras que bajaban a los baños.

—Acompáñame —me dijo Adrián.

La escalera del Atenas es famosa entre la gente del barrio. Es una caracol de madera con barandal de hierro forjado abierto, sin tablones, de modo que desde el piso de abajo se ve absolutamente todo lo que sube. Adrián bajó primero, por el centro. Yo lo seguí por el costado derecho, agarrada del pasamanos como si fuera a marearme.

Antes del segundo escalón ya lo vi de reojo: el señor de seguridad había acelerado el paso hacia el costado, justo debajo del hueco de la escalera. No miraba a Adrián. Esperaba que bajara yo.

Bajé. Lento. Sintiendo cada peldaño. La falda me subió apenas, lo justo. Y supe, con una claridad que me dejó tonta, que ese hombre acababa de ver lo que tenía debajo. Mi sexo rasurado, todavía húmedo de antes, brillando bajo la luz tibia de las lámparas.

Llegué al baño con la cara ardiéndome. Me apoyé en la pileta y me miré al espejo. Era yo. La misma chica que hacía un año se cerraba el escote con la mano. La misma chica a la que un desconocido acababa de mirarle todo lo que se podía mirar.

Me limpié con papel, me estiré la falda hasta donde pude. Salí del baño y Adrián ya no estaba. Lo habría llamado el mozo, o se habría ido a fumar afuera. No me importó. Subí la escalera otra vez, despacio.

A mitad de subida, me crucé con una pareja joven que bajaba. Él pasó primero. Ella, detrás. Cuando ella pasó al lado mío, levantó la vista y me sostuvo la mirada un segundo de más. Después miró a su novio, le tocó el hombro, y los dos se inclinaron por el hueco de la caracol cuando yo seguía subiendo.

Sabía perfectamente lo que estaban haciendo. Y seguí subiendo.

***

Adrián no apareció. Me fui derecho al sector de revistas, en el rincón del café, donde hay estantes bajos con libros usados y una mesa larga con periódicos del día. Tres o cuatro personas hojeaban cosas en silencio. Un hombre mayor con anteojos sin armazón. Un muchacho en jogger. Dos chicas que se reían bajito de algo en una pantalla.

Me agaché a buscar una revista que estaba en el estante más bajo. Doblé las rodillas apenas. Sentí, otra vez, ese aire helado pasándome por las piernas y entrando entero. Se me erizó la piel de los muslos.

Levanté la revista, fingí leer la tapa, la dejé. Tomé otra del estante de abajo. Volví a agacharme. Sostuve la pose un segundo de más. El muchacho del jogger se había acercado al estante de al lado. El hombre mayor giraba la cabeza apenas, como si mirara algo en la pared, pero los ojos los tenía clavados en mí.

Lo repetí tres veces. A la cuarta, dejé caer una revista a propósito y me agaché a recogerla en cuclillas. Sentí el aire entrar, sentí la mirada de tres personas a la vez, sentí cómo me subía algo desde el estómago hasta la garganta. No era vergüenza. Era poder. Por primera vez en mi vida, yo era la que decidía qué iban a ver y cuánto.

Cuántos habrán visto mi sexo esta noche, pensé. Y cuántos lo van a recordar mañana.

Cuando me levanté, Adrián estaba parado en la entrada del sector. Tenía las manos en los bolsillos y una sonrisa torcida.

—Hay tetas, mi amor.

—¿Qué?

—Cada vez que te agachas, se te ve todo. Toda.

—No es verdad —mentí, sin mirarlo.

Él se rió. Yo guardé la revista en el estante con calma. Salimos del café tomados de la mano. En la puerta crucé miradas con el señor de seguridad. Él bajó los ojos un segundo, después los volvió a subir, y yo se la sostuve hasta que la cruzó del todo.

En el auto, Adrián arrancó sin decir nada. Yo me dejé caer en el asiento. La falda se me subió sola, y esta vez no me la bajé.

—¿Cuántos crees que me vieron esta noche? —le pregunté.

—Cinco. Seis. Más, si cuentas los del auto.

Cerré los ojos. Sonreí. Una parte de mí, la que durante años se había escondido bajo el escote cerrado con la mano, había muerto esa noche en la escalera caracol del Café Atenas. Y a la chica nueva, la que estaba apareciendo, le gustaba ser mirada por desconocidos en las escaleras y entre los estantes de revistas.

Esa noche fue la primera. Después vinieron muchas más, en plazas, en cines, en los probadores de centros comerciales y en balcones de hoteles con las cortinas abiertas. Pero esa, la del casco antiguo y la tanga rota, fue la noche en que aprendí que la vergüenza es una costumbre, no una verdad.

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