Ella sabía que la miraba desde el otro probador
Odiaba salir con prisas, pero el trabajo no me daba tregua y mi mujer llevaba una semana machacándome con la misma cantinela: tenía que comprarme una camisa nueva para la cena del sábado. Hoy era el último día de rebajas en Almacenes Vento y, si volvía a casa sin la bolsa, iba a tener bronca para rato.
Crucé la avenida en cuanto sonó la una. El asfalto echaba humo y la camisa del trabajo se me pegaba a la espalda. Al empujar la puerta giratoria, el aire acondicionado me golpeó en la cara como una bendición. Suspiré aliviado y miré el panel: la sección de hombre estaba en la cuarta planta, al otro extremo del edificio. Por supuesto.
Las escaleras mecánicas zigzagueaban entre plantas y, justo antes de llegar a la segunda, una pareja joven se subió delante de mí. Él era alto, ancho de espaldas, con camiseta holgada y unas bermudas desgastadas. En los pies, zapatillas sin cordones. Le pasaba un brazo por la cintura a ella y se reían como si no hubiera nadie alrededor. Yo iba dos peldaños por detrás y, a esa altura, no pude evitar fijarme en la chica.
Era menudita, morena, con el pelo recogido en una cola alta y un par de pendientes pequeños que le brillaban cada vez que se reía. Llevaba una camiseta de tirantes sin sujetador y una falda corta, muy corta, de las que no perdonan. Desde abajo, la tela apenas le cubría lo justo. Cada vez que ella daba un paso o se inclinaba hacia él, yo tenía que apartar la vista hacia el techo, hacia los carteles, hacia cualquier sitio que no fuera ese hueco entre sus muslos.
—¿Vamos a la cuarta o a la quinta? —le preguntó él, sin apartar la boca de su cuello.
—A la cuarta —respondió ella—. Tienes que probarte ese bañador.
Justo en ese momento, la chica giró la cabeza y me sorprendió mirándole las piernas. Yo, que esperaba un mohín de fastidio, una mueca, cualquier cosa, me llevé la sorpresa de mi vida. Me sonrió. Una sonrisa lenta, burlona, como si supiera perfectamente lo que estaba pensando. Después, soltándose un segundo del brazo del novio, se puso una mano en el muslo y la deslizó dos centímetros hacia arriba. Apareció la curva del trasero y, justo por encima, la línea fina de un tanga negro. No fue más que un instante, pero a mí me bastó. Cuando ella dejó caer la falda en su sitio, yo ya estaba rojo hasta la raíz del pelo.
—¿De qué te ríes? —preguntó el chico.
—De nada —contestó ella, sin dejar de mirarme—. Estoy contenta.
Llegamos a la cuarta y nuestros caminos se separaron. Ellos a la izquierda, yo a la derecha. No pude evitarlo: me giré una última vez. Ella también. Me guiñó un ojo y desapareció entre las perchas. Olvídalo, me dije. Olvídalo, idiota, y compra la camisa de una vez.
Almacenes Vento es una mole con miles de productos pensada para que el cliente se pierda. Después de diez minutos dando vueltas entre americanas, jerséis y corbatas, claudiqué y le pedí ayuda a un dependiente que me acompañó con esa amabilidad pegajosa de los buenos vendedores. Encontré la camisa, mi talla y, en dos minutos, ya estaba caminando hacia los probadores, en la esquina más alejada del piso. Iba con mal humor: hoy no me iba a dar tiempo a comer.
La zona de probadores estaba desierta. Elegí uno del fondo que parecía un poco más amplio que los demás y empecé a desabrocharme la chaqueta. Apenas me la había sacado cuando noté movimiento al otro lado de la cortina. Risas. Pasos. La risa de ella me llegó tan clara que la reconocí antes incluso de asomarme.
Eran ellos.
Se metieron en el cubículo justo frente al mío. Yo me quedé de pie en mitad del probador, en calzoncillos, con la camisa nueva colgando del brazo. Al principio se les oía hablar, comentar algo sobre la talla del bañador. Luego, las voces se apagaron y empezaron los otros sonidos. Besos. Telas que se mueven. Un suspiro corto.
La curiosidad ganó a la prudencia. Aparté un par de centímetros mi cortina y miré.
La de ellos seguía cerrada, pero se agitaba como si dentro hubiera viento. Un pie descalzo asomó por debajo, se quedó un segundo a la vista y volvió a esconderse. Yo estaba paralizado, hipnotizado por el espectáculo que imaginaba. Con cada movimiento, la cortina de enfrente se descorría un poco más, milímetro a milímetro, sin que ellos se dieran cuenta.
Primero vi la silueta de él, apoyado contra el espejo. Después, los brazos de ella alrededor de su cuello. Los brazos bajaron despacio: por el pecho, por la cintura, por las caderas. Cuando le puso las dos manos en el trasero y le tiró hacia abajo de los calzoncillos, supe perfectamente lo que iba a pasar.
La cortina se descorrió otro palmo y el resto se desplegó delante de mí.
La chica se había arrodillado. No la veía a ella, pero veía el cuello de él tensándose, los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás contra el espejo. Las manos de él descansaban en la nuca de ella, marcándole un ritmo lento, paciente. Yo seguía con la camisa colgando del brazo como un idiota.
Casi sin darme cuenta, me pasé la otra mano por encima del calzoncillo. Estaba tan empalmado que me dolía. Esto no se hace, esto no se hace, pensé, mientras la mano seguía moviéndose sola.
Un par de segundos después, los movimientos descorrieron la cortina del todo. La vi de perfil, con la cola alta cayéndole por la espalda y la falda subida a media nalga. Tenía la polla del chico en la boca y se la trabajaba sin prisa, con una técnica que no era de aficionada. Se la sacaba, le pasaba la lengua despacio por toda la longitud, jugaba con la punta unos segundos y se la volvía a meter. El chico no abría los ojos. No tenía ni idea de lo que yo estaba viendo.
Y entonces, sin sacarse la boca, ella giró la mirada.
Sus ojos me encontraron al instante, como si supiera desde el principio dónde estaba yo. Debí poner cara de horror, porque ella consiguió sonreír a pesar de lo que tenía entre los labios. Una sonrisa con los ojos. Burlona, otra vez. Y, todavía sin parar, movió ligeramente la cadera para que el chico se reacomodara de medio lado. Sin que él lo notara, me regaló el ángulo perfecto.
Por primera vez en mi vida me masturbé delante de otra persona. Con mi mujer el sexo era cómodo, previsible, casi siempre con la luz apagada. Aquello, en cambio, era otra galaxia. Cada vez que ella se la sacaba para masturbársela un segundo con la lengua en el glande, yo notaba como si esa lengua me estuviera lamiendo a mí. No le quité los ojos de encima. Ella, tampoco.
El chico empezó a tensarse. Apretó los puños contra el espejo y la barriga se le marcó. Ella cerró los labios alrededor con cuidado, como para no dejar escapar ni una gota. Cerró los ojos un instante mientras él se descargaba. Después, sin sacársela, le dio dos o tres meneos suaves para acabar de ordeñarlo. Cuando por fin se apartó, me miró otra vez a los ojos, me guiñó un ojo y tragó. Tragó despacio, sin disimulo, para que yo lo viera.
—Voy a buscarte otra talla —le dijo al novio, todavía respirando agitada—. Quédate ahí.
Se levantó, se alisó la falda con la palma de la mano y salió del cubículo. Cerró la cortina detrás de ella. Yo me di cuenta de que tenía la polla fuera del calzoncillo y la mano todavía encima. No me dio tiempo a reaccionar. Cruzó el pasillo en dos pasos y se metió directamente en el mío.
—Shhh —susurró.
Me puso la mano en la nuca y me atrajo hacia su boca. La lengua se me metió antes de que pudiera pensar en nada. Sabía a él. Sabía a semen, salada y caliente, y yo, que había imaginado que algo así me daría asco, descubrí que me ponía a mil. Le devolví el beso como un poseso. Ella sonrió contra mi boca.
—Tranquilo, casado —murmuró—. Tranquilo.
Se arrodilló sin avisar y se la metió entera. No me dio tiempo a más de dos respiraciones. Yo había estado al borde durante diez minutos y todo lo que necesitaba era una boca caliente. Me corrí casi al instante, mordiéndome el dorso de la mano para no soltar un alarido que se oyera en toda la planta. Ella emitió un gemido suave, mantuvo los labios cerrados y, otra vez, se incorporó tragando despacio, sin dejar de mirarme.
Pensé en cuántas veces habría hecho aquello. En cuántos hombres habrían visto esa misma sonrisa en esa misma cortina. Tendría que haberme dado asco. No me lo dio. Me puso todavía más.
Se separó un paso. Se levantó la falda con una mano y se metió los dedos dentro del tanga, donde llevaba minutos esperando. Los movió ahí unos segundos, sin prisa, mirándome a los ojos como si yo le debiera algo. Cuando los sacó, estaban empapados. Me los tendió.
—Tu turno —dijo.
Le cogí la muñeca y se los lamí uno a uno. Tenían un sabor salado, denso, como a mar. Le pasé la lengua por la palma y, cuando ella me retiró la mano, todavía intenté alargarla un centímetro más para no perderlo. Estaba absolutamente subyugado. No reconocía al hombre que era yo dos horas antes.
Me sonreía. Tenía hoyuelos a los lados de la boca y unos dientes muy blancos. En ese momento, en ese probador, con el calzoncillo bajado y la camisa nueva tirada por el suelo, yo creía estar enamorado. Acercó la cara a la mía y me susurró al oído:
—Me encantan los casados. Sabéis distinto. —Su aliento me erizó la piel del cuello—. Dale un besito a tu mujer de mi parte.
Y, sin más, descorrió la cortina y se fue.
Tardé unos segundos en reaccionar. Cuando lo hice, me vestí a toda prisa y salí a la planta a buscarla. La rodeé entera dos veces. A los diez minutos vi al chico salir solo del probador, con el bañador colgando del brazo y cara de cabreo, mirando a un lado y a otro. Supe entonces que a ella no la iba a volver a ver.
Pagué la camisa, salí a la calle abrasadora y volví al trabajo arrastrando los pies. Intenté concentrarme en algo, en cualquier cosa. No pude. Cerré el ordenador antes de tiempo y me fui a casa.
Al abrir la puerta, mi mujer estaba en la cocina, escurriendo la ensalada. Me acerqué por detrás, le aparté el pelo del cuello y le di un beso. Ella se giró, sorprendida, y me sonrió. Le devolví la sonrisa lo mejor que pude. Pero, por dentro, ya sabía que algo en mí había cambiado para siempre.