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Relatos Ardientes

Mi vecina nos miraba desde su ventana aquella noche

Hace seis meses que firmé el divorcio y todavía hay viernes en que la cabeza me arde si me quedo solo en el departamento. Por eso, cuando mis compañeros del despacho proponen una salida, casi siempre acepto, aunque no sea precisamente la clase de planes que defendería ante un terapeuta.

Aquel viernes terminamos en un bar del centro, uno de esos lugares con una orquesta pequeña que toca de todo y mujeres sentadas en las mesas del fondo. Las llaman «anfitrionas», pero todos sabemos a qué se dedican. Bailan, te acompañan, te dejan pagar tragos carísimos y, si la noche cuaja, se van contigo.

—Aquella morena de la cuarta mesa está mirando para acá hace rato —me dijo Andrés, mi compañero de oficina, dándome un codazo.

—No me interesa.

—Mentiroso —se rió—. No te interesa porque te recuerda a Lorena.

Tenía razón. La mujer de la cuarta mesa tenía el mismo pelo negro largo, la misma manera de cruzar la pierna como si estuviera midiendo a quien la miraba. Mi ex había hecho ese gesto miles de veces, en miles de bares, y en los últimos años de matrimonio lo hacía para hombres que no éramos yo.

Cuando la mujer se acercó al mostrador a pedir fuego, aproveché para invitarla con un gesto. Vino sin apuro, balanceando las caderas, y se sentó frente a mí sin saludar.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Aquí me dicen Mireya.

—¿Y afuera?

—Eso depende de cuánto avancemos tú y yo.

Sonreí. Le pasé un trago, ella me pasó el suyo. Sabía perfectamente cuál era el truco: a las chicas les sirven agua mineral con un dedo de algo, mientras al cliente le cobran como si estuviera tomando whisky importado. A los diez minutos cambiamos los vasos. Una hora después yo seguía sobrio y ella tenía las mejillas encendidas y la lengua suelta.

—Tú no eres el típico que viene aquí —murmuró, mientras me dejaba pasar la mano por debajo del vestido—. Los típicos no escuchan.

—Tampoco tú eres la típica que está aquí.

—Eso lo dices porque te aprendí los trucos.

—Eso lo digo porque tienes el dedo manchado de tinta.

Se miró el índice como si descubriera una marca de nacimiento. Era una raya azul, fina, justo en el costado. La marca del que llena formularios a mano.

—Trabajo en una oficina los lunes —dijo bajando la voz—. No es nada glamoroso.

—No te pido que me cuentes nada que no quieras.

—Mejor. Igual ya me caíste bien, y eso es raro.

Cuando avisaron que el bar cerraba, ya no había duda de adónde iba a terminar la noche. Mis compañeros se despidieron con palmadas exageradas y la advertencia clásica de que tuviera cuidado, que a veces les ponen algo en el vaso y te despiertas sin la cartera. Le di un abrazo a Andrés, le dije que era un exagerado y fui a buscar el auto.

Mireya esperaba en la puerta del bar con un abrigo largo encima del vestido. Cuando subió al auto se bajó la falda con un gesto pudoroso que me descolocó. Era un detalle pequeño, pero me hizo pensar otra vez en Lorena.

***

Mi departamento queda en una esquina tranquila, planta baja, con la ventana del dormitorio a la altura de la acera. Hace meses que sé que la vecina del primer piso me observa. No es una sospecha: una noche levanté la mirada en medio de una masturbación lenta y vi su cara recortada contra la cortina entreabierta. Otra noche me acosté con la chica que viene a hacer la limpieza y la cortina volvió a moverse en el momento justo. Desde entonces dejo la lámpara de luz cálida encendida y la persiana subida cuando intuyo que va a haber espectáculo. Ella mira; yo me dejo mirar. Es una especie de pacto silencioso que nunca acordamos en voz alta.

Esa noche, al cruzar el portal del edificio con Mireya, levanté la vista. La cortina del primer piso se movió un par de centímetros. Estaba avisada.

Adentro, le tomé el abrigo y lo colgué del perchero. Mireya se quedó parada en el medio de la sala, mirando la pared del fondo. La pared del fondo es una biblioteca de tres metros de alto que ocupa de extremo a extremo. Manuales técnicos, novelas, ensayo, poesía. Es lo único que me llevé entero del matrimonio.

—Eres lector —dijo, casi reprochándomelo.

—Sí.

Se acercó al estante de literatura sin pedir permiso. Pasó el dedo por los lomos como si los estuviera contando. Se agachó, sacó un libro de Onetti, lo abrió en una página al azar, lo cerró y lo volvió a poner exactamente donde estaba. Cuando se incorporó, me sorprendió descubrir que no me importaba que estuviera tocando los libros.

—Estudié dos años Letras —dijo sin mirarme—. Después me enganché con un tipo y dejé la facultad. Nunca volví.

—¿Qué quieres tomar?

—Un coñac, si tienes. Solo.

Se sentó en el sillón con la espalda muy derecha, como si todavía estuviera en un examen. Le acerqué la copa y me senté en el otro extremo. Por un rato no hablamos. Ella estiró las piernas y apoyó los pies descalzos en mi muslo. Yo se los acaricié sin decir nada, porque me estaba dando cuenta de que no quería apurar.

—La vecina te está mirando —dijo de pronto, sin levantar la vista del coñac.

Me sobresalté.

—¿Cómo lo sabes?

—Vi la cortina cuando entramos. Y vi cómo levantaste la cabeza tú. No eres tan sutil.

—No es la primera vez que mira.

—¿Te molesta?

—No.

—¿Te calienta?

Tardé un segundo en contestar. La verdad era que sí, que la idea de saberla apostada del otro lado del vidrio me había puesto el cuerpo en estado de aviso desde antes de cruzar la calle.

—Sí.

Mireya soltó una risa baja, casi para adentro.

—Buenísimo —dijo—. Hace mucho que no trabajo con público.

***

La llevé al dormitorio sin encender el plafón. Solo la lámpara de noche, esa luz amarilla que filtra hasta la ventana. La persiana ya estaba subida.

—¿Qué tan cerca está? —preguntó, sentándose al borde de la cama.

—A diez metros, en la planta de arriba. Hay un parquecito en el medio.

—Entonces nos ve nítidos.

—Nítidos.

Se levantó y caminó hasta quedar entre la cama y la ventana, justo en el ángulo donde sabía que la luz la iluminaba mejor. Lo hizo con la naturalidad de alguien que sabe dónde está la cámara. Después, sin teatro, se quitó el vestido por la cabeza. Debajo no tenía nada más que un par de medias hasta el muslo y la cadena fina que le había visto bajo el escote toda la noche. Tenía el cuerpo de alguien que no se hace cargo del cuerpo de manera profesional: blando en algunos lugares, marcado en otros, con la cicatriz horizontal de una cesárea que nunca llegó a término.

—Te toca —dijo.

Me desnudé sin desviar la mirada. Detrás del vidrio del otro edificio, la cortina se había abierto unos centímetros más. Alcanzaba a ver una silueta, el contorno del hombro de la vecina pegado a la persiana. Mireya se dio cuenta de adónde miraba y giró la cabeza despacio, deliberada, para que la vecina supiera que la veían a ella también. Sostuvo la mirada un par de segundos y volvió a girar hacia mí.

—Quiero darle algo bueno —murmuró.

Me empujó hacia atrás sobre la cama y se arrodilló entre mis piernas. Empezó por los muslos, con la lengua, despacio, como si no tuviera ningún apuro. Llegó al sexo y ahí cambió el ritmo: cerró los labios, me apretó la base con la mano y bajó hasta el fondo en un solo movimiento. Cerré los ojos por reflejo y los volví a abrir enseguida. No podía perderme la escena completa. Veía mi propia mano en su nuca, su pelo negro derramado contra mi pierna, y, en el fondo, una sombra detrás de una cortina que ahora ni siquiera disimulaba.

—Ella también se está tocando —dijo Mireya, separándose un segundo para tomar aire—. ¿Tú la conoces?

—Ni siquiera sé el nombre.

—Mejor.

Volvió a bajar, y esta vez yo le sostuve la cabeza con las dos manos. La conduje hasta donde quería y ella se dejó conducir, gimiendo bajito cuando yo le tiraba un poco del pelo. Tuve que detenerla antes de que fuera demasiado tarde. La levanté de los hombros, la giré y la acosté boca arriba en el centro de la cama, justo en el cono de luz de la lámpara.

—Quédate así —le dije.

Le abrí las piernas y bajé. Hice todo lo posible por demorarla. La lamí con paciencia, le sostuve las caderas cuando empezó a empujar, le retiré la mano cuando intentó acelerarme. Cuando creí que estaba a un suspiro de terminar, paré, me incorporé y la miré.

—Hijo de puta —susurró, riéndose con la voz quebrada.

Tenía la cara enrojecida, el labio inferior mordido, los ojos vidriosos. Me recordó a Lorena en los pocos momentos en que conseguía perder el control, antes de que todo se rompiera.

—Ven —dijo, levantando los brazos.

***

Lo hicimos despacio, después rápido, después otra vez despacio. Las primeras veces fue ella la que dictó el ritmo, montada encima, mirando por encima de mi hombro hacia la ventana, asegurándose de que la vecina no se perdiera nada. La segunda vez fui yo: la di vuelta, la puse de costado para que su perfil quedara nítido contra la cortina del fondo. La vecina ya no se molestaba en esconderse. Veía la mancha pálida de su cara pegada al mosquitero, el brazo moviéndose abajo, los hombros tensos.

Mireya me clavó las uñas en la espalda cuando terminó. Yo aguanté un poco más y terminé adentro, sin condón —ella había dicho que conmigo podía hacer una excepción, y por una vez en mi vida le creí—. Después nos quedamos quietos, escuchando el rumor de la calle y la respiración del otro. Cuando giré la cabeza, la cortina del primer piso seguía abierta, pero la vecina ya no estaba.

***

Dormimos pegados, como duermen los amantes que llevan años. A la mañana siguiente, después de un café y otro encuentro demorado bajo la ducha, nos vestimos sin apuro. Cuando salimos del edificio, Mireya levantó la vista hacia el primer piso. La vecina estaba ahí, sentada en el balcón con una taza, y por primera vez no fingió no vernos. Mireya le hizo un gesto con la mano, una despedida pequeña, casi tímida. La vecina sonrió y le devolvió el gesto.

—Es buena gente —dijo Mireya mientras subíamos al auto.

—¿Cómo lo sabes?

—Una mujer que mira así no es mala.

La dejé en su edificio, una construcción angosta con plantas en cada balcón. Antes de bajar me dio el número de teléfono.

—Para cuando quieras pasear, comer algo, escuchar música. Sin pagar nada. Y para lo otro también, si tengo ganas.

—¿Lo otro a quién?

—A ti te lo regalo —dijo, y se inclinó por la ventanilla a darme un beso largo—. Pero no voy a dejar de trabajar. Quiero terminar la carrera. Y para eso necesito dinero mío, no de un hombre que me arregle la vida.

—Me parece justo.

—¿Te parece justo de verdad o me lo dices para sumar puntos?

—Me parece justo de verdad.

Se bajó. Me quedé mirándola entrar al edificio. Cuando arranqué, vi que la calle empezaba a despertarse: alguien abriendo la persiana de un quiosco, un perro tirando de su correa, una mujer con bolsas del supermercado del otro lado. Volví a casa por el camino largo y, al llegar, levanté otra vez la vista hacia el primer piso. La cortina estaba corrida, pero supe que del otro lado había alguien esperando otra noche cualquiera para volver a mirar.

A veces llamo a Mireya. No siempre para acostarme con ella. A veces para tomar un café. Cuando la llamo para lo otro, lo hago las noches en que Lorena no contesta el teléfono y yo me quedo con la cabeza llena de imágenes que no me dejan dormir. Mireya nunca dice que no. Tampoco me cobra. Pero cada vez que viene, antes de entrar al edificio, levanta la vista al primer piso. Y siempre, sin falla, la cortina se mueve.

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Comentarios (5)

NocheViva

que relato!!! me dejo sin palabras, tenia todo para que fuera mediocre y resulto ser uno de los mejores que lei aca

Mirta_ok

Por favor una segunda parte, no podes dejarnos con la vecina en ese final...

lector_cba

me recordo a algo que me paso en mi edificio hace unos años, jajaja. Buen relato!

Luna87

La vecina nunca dijo nada despues?? je, me quedo con esa duda

SandroNight

El detalle de la cortina moviendose lo describiste perfectamente. Se nota que le pusiste ganas, felicitaciones

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