Lo que mi mujer hizo en la ferretería al mediodía
Para los que no leyeron el relato anterior, repito el dato más importante: mi mujer, Mariana, es la fantasía caminante que cualquiera firmaría con sangre. Morena, caderas anchas, un trasero que no entra en ninguna talla de minifalda razonable, y un gusto por la exhibición que me arruina y me salva por partes iguales. No es que me ponga duro a mí solo. Pone duro a cualquiera que cruce su camino, y ese es exactamente el problema y la diversión.
Era su cumpleaños. La excusa perfecta para ir al centro comercial de la avenida Independencia a hacerle el regalo que ella venía pidiéndome hacía meses: un vibrador grueso, uno de esos que no caben fácil, y dos o tres faldas nuevas para sumar al cajón de las prohibidas.
Esa mañana se puso la mini de jean que más me gusta. Yo mismo le había recortado el dobladillo unos centímetros más arriba la semana anterior, así que ahora le quedaba al ras del culo. Si se agachaba a recoger algo, no había misterio que valiera. Arriba, una blusa de tirantes ajustada que le sostenía las tetas sin necesidad de corpiño. Tacones rosa pastel. Sin ropa interior. Esa última parte la decidí yo, y ella aceptó con esa media sonrisa que pone cuando sabe que el plan ya está en marcha.
—¿Seguro de que vamos así? —preguntó frente al espejo del recibidor.
—Seguro —le dije, y le acomodé un mechón detrás de la oreja.
El taxista que nos llevó hasta el centro comercial no parpadeó en quince minutos. Cada vez que doblaba en una esquina, se las arreglaba para echar un vistazo al espejo retrovisor. Mariana cruzó las piernas dos veces durante el trayecto, y las dos veces fue mirándolo a él. Cuando bajamos, el tipo me dio el vuelto temblando y le dijo «feliz día» a ella, aunque nadie le había contado que era su cumpleaños.
Dentro del centro comercial era el espectáculo de siempre. Gente caminando, vendedores intentando llamar la atención, vidrieras con maniquíes vestidos como nadie se vestiría en la vida real. Mariana iba un paso delante de mí, no por casualidad. Sabía que la estaban mirando. Las cabezas se giraban en grupos enteros. Una madre tapó los ojos al hijo. Un señor mayor casi tropezó con su carrito. Un guardia de seguridad fingió hablar por la radio y la siguió con la mirada hasta perderla.
Recorrimos varias tiendas, ella probándose vestidos cada vez más cortos, cada vez más finos. Hasta que entramos a Verena, una boutique de marca cara y luz blanca que está en la planta de arriba. Ahí encontré el vestido. Color vino tinto, manga corta, falda hasta medio muslo, escote moderado en apariencia. Lo descolgué del perchero y lo levanté para que ella lo viera.
—Está lindo —dijo—. Pero esa tela se transparenta. Lo voy a tener que usar con ropa interior del mismo color o no salgo a la calle.
—Pruébatelo y vemos.
En la puerta del probador había un chico delgado, atento, con tarjetón colgado al cuello. Le indicó el cubículo libre y se quedó parado al lado de la cortina, como cualquier empleado haría. Yo me senté en el banquito de afuera, esperando.
Cuando salió, casi me caigo del banco.
El vestido vino tinto era de una transparencia obscena. Sin sostén y sin nada debajo, se le veía absolutamente todo. Los pezones marcados, la curva entera del trasero, la sombra oscura del pubis contra la tela. Era como si llevara una bata de gasa fina sobre un cuerpo desnudo. Pero ella se había olvidado del detalle de la ropa interior cuando me modelaba. Lo notó cuando dio dos pasos hacia el espejo central de la tienda y vio su propio reflejo a contraluz.
—Mier… —empezó a decir.
No tuvo tiempo de retroceder. Por el pasillo de probadores apareció un tipo de uniforme gris, escoba en una mano, recogedor en la otra. Personal de limpieza. Se topó con ella de frente, a metro y medio de distancia. La miró de arriba abajo, sin disimular ni medio segundo, y se quedó plantado en el lugar como si lo hubieran soldado al piso. Mariana se quedó congelada. Yo, del otro lado del espejo, no podía verle la cara al tipo, pero le veía la espalda tensa y la cabeza inclinada hacia adelante.
El tipo dijo algo en voz baja. Mariana giró sobre los talones y volvió al cubículo casi corriendo. El chico del tarjetón hizo como si no hubiera pasado nada, pero le seguía a ella con la mirada pegada al cuerpo hasta que la cortina la tapó del todo.
Salió otra vez, ya cambiada con su minifalda y blusa. Pagamos el vestido y, en la fila de la caja, le pregunté qué le había dicho el de la escoba.
—Me llamó puta tres veces —me contestó al oído—. Y me preguntó si era de alquiler.
—¿Te molestó?
Se quedó callada un par de segundos. Después negó con la cabeza.
—No tanto como debería. Eso es lo que me molesta.
Salimos del centro comercial con el vestido empaquetado y mi pija contra el cierre del pantalón. Pasamos por una sex shop dos cuadras más adelante, donde eligió un vibrador grueso y largo, y de ahí nos fuimos directo a casa. Esa noche, cuando ya tenía el juguete nuevo entre las piernas y ella jadeaba en mi oído, le pedí que me prometiera algo.
—Que vas a estrenar ese vestido. Como hoy. Sin nada debajo. En la calle.
—Lo prometo —dijo, y mordió el almohadón cuando le subí la velocidad.
***
El plan tardó una semana en armarse. Yo necesitaba ir a una ferretería grande del otro lado de la ciudad, una de esas con galpones gigantes y carteles fluorescentes, a comprar una puerta de interior. La excusa perfecta. Un sábado a mediodía, con el sol pegando fuerte, ella era la que iba a elegir el modelo conmigo.
—Yo elijo tu ropa hoy —le anuncié cuando estábamos por salir.
Saqué el vestido vino tinto del placard y se lo puse encima de la cama. Al lado, los tacones rosas. Nada más. Ella miró la cama, después me miró a mí, y casi se desploma sentada.
—¿Vas en serio?
—Tan en serio como tú quieras que lo lleve.
Lo pensó un buen rato. Después abrió el cajón y sacó tres tangas de distintos colores.
—Una sola pieza —le dije—. Tú eliges cuál: corpiño o tanga. Pero solo una.
Pasó por las dos opciones en la cabeza. Después tomó una tanga lila, una mini que no tapaba prácticamente nada, y se la puso.
—Prefiero que me vean las tetas a que me vean la concha en la calle —murmuró—. Por lo menos esto.
Se vio en el espejo. El vestido vino tinto le marcaba todo. La tanga lila se transparentaba como una sombra contra la piel. Las tetas iban completamente expuestas a través de la tela. Los pezones, oscuros, se le adivinaban como dos botones sobre la gasa.
—¿Seguro que quieres que salga así a la una de la tarde? —me preguntó por última vez.
—Segurísimo.
—Conste.
***
Apenas cruzamos la puerta del edificio, empezó el ruido. Un albañil del andamio de enfrente silbó largo. Un viejo del kiosco se quedó con el diario abierto a la mitad. Un chico en bicicleta frenó tan de golpe que casi se cae. Tres pibes que tomaban cerveza en la plaza se levantaron del banco para mirarla pasar. Una mujer le murmuró algo a su pareja y le dio un codazo. Caminamos una cuadra y media hasta la esquina donde la avenida hace una curva y suele haber taxis.
El primer taxi paró. El conductor era un hombre canoso, de unos cincuenta años, que dejó la mandíbula floja cuando Mariana se inclinó hacia la ventanilla.
—Buenas, ¿nos lleva a la ferretería de Constitución?
—Sí, sí, suban —tartamudeó.
Subimos. Yo del lado de atrás derecho, ella del izquierdo. Durante todo el viaje, el conductor se las arregló para perderse tres veces en una ciudad que conocía de memoria. Cada dos cuadras giraba la cabeza con la excusa de confirmar la dirección. Lo que en realidad confirmaba era el escote y los pezones duros de Mariana, durísimos por la fricción de la tela con cada baldosa que el coche pisaba mal.
—Acá está bien —dije cuando llegamos.
El tipo tardó en darnos el vuelto. Yo creo que no quería que nos bajáramos. Cuando Mariana finalmente abrió la puerta y giró las piernas para salir, el conductor cerró los ojos un segundo, como si estuviera grabando la imagen para guardarla en algún archivo privado.
Dentro de la ferretería fue otro nivel de circo. No quedó vendedor que no nos atendiera. No quedó cliente que no se cruzara «sin querer» tres veces con nosotros en distintos pasillos. Un padre con su hijo se quedó mirándola un segundo demasiado largo, hasta que la mujer de él le tiró del codo. En el pasillo de herramientas eléctricas, un encargado le ofreció ayuda como cinco veces, con una sonrisa que ya no era profesional. En el pasillo de pinturas, dos jubilados se olvidaron de para qué habían venido y la siguieron con la mirada de punta a punta.
Encontramos la puerta. Caja enorme, de un metro ochenta por noventa, imposible de meter en cualquier baúl normal.
—No la vamos a poder llevar en taxi —dije.
—Probemos.
Mariana paró el primer taxi del lado de la calle. Se inclinó por la ventanilla, el escote prácticamente flotando por encima del marco de la puerta. El tipo dijo que no, sonriendo, sin sacarle los ojos de encima. El segundo taxi hizo lo mismo. El tercero, igual. Todos paraban por verla. Ninguno aceptaba la caja.
—Va a haber que tomarse el colectivo —dije al cabo de quince minutos.
Caminamos cuatro cuadras con la caja entre los dos hasta la parada. Subimos al colectivo. La gente que iba sentada giró la cabeza al unísono. Mariana se acomodó parada al lado de la caja, con una mano en el caño para sostenerse, y la otra mano tirando del dobladillo del vestido para que no se le subiera más. El colectivo dio una frenada brusca y la tela se le pegó al cuerpo todavía más. Un adolescente sentado al lado se quedó con la boca abierta, sin reaccionar siquiera a la frenada.
Bajamos a cinco cuadras de casa. Y ahí empezó la última función. Un adolescente en bicicleta nos venía siguiendo desde la parada. Nos pasaba, daba la vuelta a la manzana, y volvía a pasar. Cada vez se animaba más. En la tercera vuelta ya le sonreía directamente. Yo no dije nada. Mariana fingía no verlo, pero le caminaba más despacio, dejándole tiempo para que volviera a aparecer.
***
Esa noche, cuando ya estábamos los dos en la cama y yo le tenía la mano metida hasta el codo entre las piernas, le susurré algo al oído.
—Quiero ver lo que vio toda esta ciudad hoy. Vístete igual. Salimos a las tres de la mañana.
Levantó la cabeza del almohadón.
—¿Estás loco?
—Loco no. Cachondo. Te tengo el vibrador adentro hace dos horas y tú no dejaste de mojarme la mano un solo minuto.
No me discutió. Se levantó, fue al baño, salió con el vestido vino tinto puesto, la tanga lila debajo, los tacones rosas en la mano. Se sentó en el borde de la cama y se calzó. Cuando se paró, vi que tenía el vibrador todavía entre las piernas. Lo había mantenido encendido a velocidad mínima desde quién sabe cuándo.
Bajamos por la escalera para no encontrarnos con nadie en el ascensor. Salimos a la avenida, esa misma avenida donde ese mediodía habían silbado, frenado coches y tirado piropos. A las tres de la mañana, la calle era otra. Apenas pasaban autos, cada cinco minutos uno, y los faroles teñían la vereda de amarillo sucio.
Le tomé una foto desde atrás. La tanga lila marcaba el dibujo del trasero con una claridad que ningún espejo le había mostrado nunca. Ahí entendí por qué los conductores se habían distraído hasta el extremo de perderse.
La hice caminar hasta el banco de piedra que hay frente a la entrada del subte. Se sentó. Cruzó las piernas como yo le había enseñado, despacio, dejando que el vestido se le subiera dos dedos más de lo decente.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Te lo quitas.
Miró alrededor. En la mitad de la cuadra, en un tercer piso, había una luz prendida y la silueta de un hombre fumando en la ventana. No supe si nos estaba mirando o no. Le hice una seña con la cabeza hacia allá.
—Hay uno en la ventana.
—Está lejos —dijo—. Y ya quiero que me lo saques.
Lo dijo con una voz que no era de ella. Era la voz de la mujer que esa tarde se había dejado mirar por media ciudad. Se puso de pie y, con un solo movimiento de los brazos, se sacó el vestido por arriba de la cabeza. Quedó en la avenida en tanga lila, tacones rosas y nada más.
Cruzó la calle, los pezones duros, el vibrador todavía adentro emitiendo un zumbido bajo que en el silencio de la madrugada se escuchaba más fuerte de lo que ninguno de los dos esperaba. A la mitad de la avenida, alguien silbó. Un silbido largo, lejano, anónimo. Ella giró la cabeza, sonrió hacia la oscuridad sin saber a quién le sonreía, y siguió caminando como si la avenida fuera la pasarela de su propio desfile privado.
Llegamos al banco de la esquina donde solemos sentarnos a fumar de madrugada cuando no podemos dormir. Se sentó sobre mis piernas. El vibrador me presionó contra el muslo y entonces me di cuenta de que había estado todo el día con ese juguete adentro. Todo el día. Desde la una de la tarde hasta las tres de la mañana.
—Eres una sucia —le dije al oído.
—Soy lo que tú hiciste —contestó—. Ahora cógeme.
No me dejó sacar el vibrador. Me agarró la mano, la guió al otro lado, y me hizo metérsela ahí, mientras el zumbido del juguete seguía marcando el ritmo desde adentro. Gemía sin cuidarse, hablaba en voz alta como si la avenida fuera nuestro cuarto a puertas cerradas.
—Que escuchen que soy tuya. Que escuchen que me dejaste salir así. Que ninguno de los que me miró hoy pudo cogerme, pero tú sí.
Eso me llevó al borde en dos minutos. Terminé contra ella, los dos respirando contra la chapa del banco, ella todavía sentada sobre mis piernas con el vibrador zumbando y una sonrisa que no se le iba ni dormida.
Quise que ella también terminara antes de volver. Le bajé una mano y le subí la velocidad al juguete con la otra. No tardó. Gritó tan fuerte que el silbido de antes, el del fumador de la ventana, se repitió en alguna parte de la cuadra como respuesta involuntaria.
Nos arreglamos la ropa lo mejor que pudimos. Caminamos las dos cuadras hasta casa abrazados, el vestido vino tinto otra vez puesto, la tanga lila guardada en mi bolsillo trasero.
Subimos. Tiré las llaves sobre la mesa. Ella se desplomó en el sillón y se rio sola, mirando al techo, todavía con los tacones rosas calzados.
—Mañana lo volvemos a estrenar —dijo.
No le contesté. Ya estaba pensando dónde.