Lo que mi novia me susurró en el playroom
Sucedió durante nuestra tercera noche en Edén Caribe, en septiembre del 2021. Para quienes no conozcan el lugar, lo describo brevemente: es un pequeño resort de poco más de cien habitaciones, situado en la zona hotelera de Tulum, exclusivo para parejas adultas y de ambiente liberal. Salvo los restaurantes principales, el resto del complejo es de ropa opcional y amigable con el estilo de vida swinger.
Lo distintivo de este hotel es que cuenta con dos espacios pensados específicamente para el sexo en público. Uno es la terraza superior, con un jacuzzi enorme para unas treinta personas, un bar húmedo y media docena de camas balinesas mirando al mar. El otro es el playroom, un salón alargado pegado a la discoteca, con un colchón colectivo de unos doce metros, un muro acolchado con argollas y un par de sillones eróticos, todo entre espejos que cubren las paredes.
La terraza alcanza su mayor actividad entre las cinco y las siete de la tarde, y de nuevo pasada la una de la madrugada. El playroom funciona desde las diez de la noche hasta el cierre. Ambos sitios son el paraíso para el voyerismo y el exhibicionismo, dos aficiones que compartíamos Camila, mi novia de entonces, y yo.
La primera noche que entramos al playroom fuimos a lo nuestro: tener sexo cerca de otras personas, viéndolas y sabiéndonos vistos. El colchón está dividido en una especie de cubículos por cortinas ligerísimas de tul, que no aíslan visualmente nada, sino que apenas marcan un límite físico. Si en ese ambiente puede hablarse de privacidad, esa es toda la que ofrecen.
La segunda noche le propuse a Camila un ejercicio distinto. Entraríamos solo a calentarnos, sin coger allí, con la única regla de aguantar tanto como pudiéramos. Caricias intensas, quizá algo de oral, y cuando la frustración fuera insoportable, subiríamos corriendo a la habitación a desfogarnos. Así lo hicimos, y subimos por la escalera mojados, con el deseo desbordado, como dos adolescentes que se han descubierto por primera vez.
***
La mañana del tercer día conocimos a una pareja en la alberca principal. Ella se llamaba Mei, una mujer de rasgos asiáticos, cuerpo menudo y atractivo, tetas pequeñas y firmes, con esa piel impecable que mantienen algunas mujeres bien entradas en los cuarenta. Él, un gringo blanco, alto, de barba rubia recortada, con la pinta de ejecutivo de Silicon Valley que viene a desconectarse del mundo.
Cruzamos algunas frases sobre el clima, los restaurantes del hotel y el viaje. Mei mencionó casualmente que era su cumpleaños, y yo le dije que también era el mío. Reímos un poco con la coincidencia, brindamos con margaritas en vasos de plástico y nos despedimos con un «see you later» que sonó a fórmula. No volvimos a pensar en ellos durante el resto del día.
Después de la cena y de la pre-copa en el lounge al aire libre, donde un trío tocaba bossa nova en vivo, estábamos listos para la disco. Tomamos posición en un sofá desde el que se dominaba la pista, cerca de la barra y, en consecuencia, cerca de la entrada al playroom. Camila se había puesto un vestido negro corto, ajustado, sin ropa interior debajo. Cada vez que cruzaba las piernas, yo sentía un pequeño tirón en el bajo vientre.
La noche se prendió temprano gracias a una chica hispana, pareja de un hombre mucho mayor que ella, que se había pasado de tragos y empezó a bailar descalza en medio de la pista. Su ritmo era a la vez torpe y profundamente erótico, mientras el viejo la observaba desde un banco alto en la barra, con la mirada vidriosa pero atenta. Al rato la chica se quitó el vestido de un solo movimiento y se quedó completamente desnuda, para placer visual de todos los presentes.
Durante su baile frenético se frotaba contra quienes bailaban cerca de ella, y terminó restregándose con prácticamente todos los asistentes, incluyéndonos a Camila y a mí. Por desgracia, el alcohol hizo de las suyas, y a los pocos minutos salió tambaleándose del local, colgada del brazo de su acompañante, dejando atrás un ambiente caldeado al rojo vivo.
Aproveché para acercarme a la barra por una segunda ronda. Cuando volví, en lugar de sentarme junto a Camila, le anuncié que iba a darme una vuelta por el playroom para tantear las aguas. No teníamos plan específico para esa noche, pero tampoco queríamos irnos de Edén Caribe sin una tercera jornada en aquel salón.
Volví un poco desilusionado: el cuarto estaba completamente vacío, lo que hacía absurdo entrar. Decidimos esperar bailando un rato. Pasada la media hora, y a pesar de la penumbra del antro, vimos a varias parejas desaparecer tras la cortina pesada que separa al playroom de la pista. Una mirada entre nosotros bastó. Apuramos los tragos y nos dirigimos hacia allá.
***
Ya desde la entrada, la escena era inmejorable. Un tipo desnudo —al que habíamos visto antes en el bar, bastante antipático, sin hablar con nadie— estaba atado al muro acolchado, de cara a la pared, mientras su esposa rubia, con las tetas al aire, lo azotaba suavemente con un látigo de múltiples puntas. Alternaba los golpes con besos y mordisquitos en su espalda, sus nalgas y la parte alta de los muslos.
Nos quedamos un momento mirando, mientras nos quitábamos la ropa y la guardábamos en un casillero. Tomamos dos toallas del estante. La rigidez de mi pene delataba mi excitación, igual que la humedad que noté al pasar la mano entre las piernas de Camila.
Avanzamos hacia el fondo, buscando un espacio libre para acostarnos. Camila apretó mi brazo y, con un movimiento mínimo de la barbilla, me señaló hacia la derecha.
—¿Ya viste quién está allí? Tu colega la cumpleañera.
Mei besaba en ese momento a un hombre que no era su marido, alguien a quien no alcanzamos a identificar, mientras este le lamía las tetas a otra mujer que claramente era la pareja del desconocido. Cuatro cuerpos enredándose con esa coreografía tan particular del intercambio bien llevado, donde nadie se atropella y todo el mundo parece saber adónde ir. Camila y yo nos quedamos de pie un instante, hipnotizados, manoseándonos sin pudor.
—Ven, vamos a ponernos al lado —le susurré, y extendimos nuestras toallas justo al lado de la cortina de tul que delimitaba su cubículo. Nos recostamos sin perder un solo detalle.
Entonces el marido de Mei —voy a llamarlo Brandon, aunque su nombre real ya lo perdí— se acostó boca arriba, mostrando una verga gruesa, erguida, de un color mucho más claro que la mía. Las dos mujeres se arrodillaron a sus lados y se entregaron a su miembro con una coordinación de la que era imposible apartar la vista.
Mientras una le chupaba la punta, la otra lamía los testículos. Después intercambiaban: las dos lenguas recorrían el tronco desde la base hasta el glande, y de vez en cuando se encontraban en un beso húmedo y largo, sin soltar nunca lo que tenían entre las manos. El otro hombre se mantenía un poco al margen, acariciando las nalgas de ambas, sin intervenir.
Camila y yo no perdíamos detalle, pero tampoco nos quedábamos quietos. Estábamos francamente calientes en aquella experiencia multisensorial. Mi mano izquierda se había instalado entre sus piernas, y la suya alrededor de mi miembro, marcando un ritmo lento pero constante.
—Flaquito… ¿puedo confesarte algo? —me dijo agitada, con la voz un poco quebrada.
—Lo que quieras, hermosa. Lo que quieras.
—Me prende durísimo lo que están haciendo ellas.
—¿La forma en que le chupan el pito? —pregunté, intuyendo que no era exactamente eso.
—Sí, también… —y bajó tanto la voz que no la escuché bien— pero también que se besen una a la otra.
—¿Cómo dices?
Levantó un poco el tono, casi entre gemidos, y repitió.
—Que se me antoja muchísimo. Que se me antoja meterme.
Sentí una descarga eléctrica que me bajó por la espalda hasta los talones. Tragué saliva, con la garganta cerrada por el deseo, y la animé.
—Anda. Anda con ellas.
—Pero… ¿cómo? —dudó—. ¿Estará bien? ¿Qué hago, dime tú, dime.
—Es sencillo —le dije, consciente de que para ella no lo era—. Te acercas un poco, le tocas el hombro y le dices al oído: «may I join you?». Así nada más.
—¿Así nada más?
—Así nada más. Pero hazlo ya. La oportunidad es en este momento. Y una cosa: mámasela rica. Disfruta tú y haz que él disfrute.
***
Mi novia se puso a gatas y avanzó el metro y medio que nos separaba de ellos con una lentitud felina. Colocó una mano en el hombro de Mei y le murmuró algo al oído. La otra sonrió sin separarse del pene de Brandon, asintió con la cabeza y, con una seña de la mano libre, le indicó: adelante.
Con esa complicidad asombrosa que parecen tener las mujeres entre sí, sin protocolo previo y sin necesidad de explicarse nada, el dúo erótico se convirtió en un trío francamente pornográfico. Caos contenido, si se me permite la expresión. Yo estaba en las nubes, pegado a la cortina, sin saber dónde mirar primero.
Me acerqué por detrás a Camila, que tenía el culo apuntando hacia arriba, ofrecido, brillante de sudor. Lamí entre sus nalgas y le metí dos dedos en la vagina, que estaba ardiente, empapada. No pude esperar más. La penetré de un solo movimiento, lento y constante, hasta el fondo, y empecé un bombeo igual de pausado, con la intención de no distraerla y de mantenerla flotando en su propia excitación.
Su orgasmo llegó mientras besaba apasionadamente a Mei. La otra mujer mantenía la verga de Brandon en su boca y a su vez era penetrada por su marido, todos enlazados en una cadena imposible que yo cerraba desde atrás. Camila se estremeció, gritó algo que no entendí y los espasmos vaginales casi me arrancan la eyaculación. La contuve a duras penas, mordiéndome el labio interior, porque sabía que esa noche no podía acabar tan pronto.
Salí de ella con delicadeza, le di un beso en la nuca y me senté sobre los talones a esperar que terminara su asunto con los otros tres. La miré tomar aire, sonreírme con una sonrisa nueva, una que yo no le conocía, y volver a inclinarse sobre el cuerpo de Brandon como si llevara años haciéndolo.
Desde mi puesto de espectador improvisado, repasé mentalmente las últimas cuarenta y ocho horas: la primera noche solos, la segunda aguantando como un juego, y esta tercera, en la que mi novia acababa de cruzar una línea que ni siquiera sabíamos que estábamos buscando. Mei levantó la mirada un instante por encima del muslo de su marido y me sonrió, como invitándome a no quedarme demasiado lejos.
Lo que sucedió a continuación lo contaré pronto. Aquella noche, en Edén Caribe, apenas estábamos en la mitad de algo que ninguno de los dos había imaginado al cruzar la cortina pesada del playroom.