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Relatos Ardientes

La noche que mi marido nos miró desde el sillón

Me llamo Camila, tengo treinta y tres años, y voy a contar cómo mi marido y yo recuperamos algo que ya dábamos por perdido. Llevábamos casi una década juntos, dos de ellos casados, y los últimos meses el sexo se había vuelto un trámite: él encima, dos minutos, buenas noches. Ninguno de los dos se atrevía a decirlo en voz alta, pero cada uno sabía que el otro lo sabía.

Probamos lo que prueba cualquier pareja antes de admitir la derrota. Juguetes, lencería que se quedaba quince minutos puesta, una escapada a la costa que terminó con los dos mirando series cada uno en su lado de la cama. Yo había empezado a pensar que ese era el destino lógico del matrimonio y que mejor aceptarlo que sufrir.

Hasta que una noche, mientras tomábamos vino en la cocina, mi marido me dijo que tenía una idea. No quería separarse. Tampoco quería abrir la pareja con citas y mensajes y conversaciones eternas. Quería contarme una fantasía, una sola, y que yo le contara la mía a cambio. Le seguí el juego pensando que era una charla de borrachos.

—¿La tuya cuál sería? —pregunté.

—Que otro hombre te tocara. Sin penetrarte. Pero con el tiempo suficiente para que se viniera encima tuyo. Mientras yo te miro.

Me quedé en silencio. De mi marido había imaginado muchas cosas en diez años, pero no eso. Lo que más me sorprendió no fue la imagen, sino la rapidez con la que se me aceleró el pulso al escucharla. Esa misma noche acabé encima de él como no pasaba desde el primer año. Algo se había encendido sin que ninguno de los dos lo dijera.

Dos semanas después volvió a tocar el tema. Yo había pensado en eso todos los días, y él lo notaba en cómo lo miraba al desnudarse, en cómo le buscaba la boca al cepillarme los dientes. Las reglas las pusimos entre los dos: nada de penetración, yo elegía al hombre, él se quedaba en la habitación sin intervenir y se terminaba cuando él lo dijera. Acepté con una calma que me asustó un poco.

***

El candidato no fue difícil de encontrar. Mateo era un compañero del gimnasio de mi marido, alguien con quien yo había cruzado unas pocas palabras en algún cumpleaños. Nunca me había gustado especialmente, pero me miraba desde hacía años con esa insistencia que las mujeres reconocemos sin necesidad de explicación. Me servía justamente por eso: porque después no iba a complicarme la vida y porque mi marido lo conocía lo suficiente como para confiar y lo suficientemente poco como para no extrañarlo si no volvía a aparecer.

Lo cité a tomar algo un jueves. Le mentí diciendo que necesitaba consejo sobre un asunto de trabajo. Pedimos vino, después un segundo. Cuando llevábamos casi dos horas, le solté lo que había ido a decir.

—Tengo una fantasía. Necesito a alguien para cumplirla.

—¿Y crees que ese alguien soy yo?

—Sé que lo eres.

Le expliqué las reglas mirándolo a los ojos. Mi marido en la habitación, observando. Él sin penetrarme. Podía tocarme, besarme donde quisiera, hacerme acabar, terminar sobre mí. Después de eso no íbamos a vernos nunca más a solas. Lo dije como si estuviera leyendo un contrato y, sin embargo, me temblaba la voz al final.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Esta misma noche.

Pidió la cuenta sin terminar la copa.

***

El camino en taxi fue el momento más largo de mi vida. Mateo iba mirando por la ventana, yo iba mirando mis propias manos temblar sobre el regazo. Sentía la ropa interior pegada al cuerpo de lo mojada que estaba. Me daban ganas de frenar el taxi y bajarme. Y al mismo tiempo, no podía pensar en otra cosa que en lo que iba a pasar en cuarenta minutos, en treinta, en veinte.

Mi marido nos abrió la puerta como si llegara una visita cualquiera. Le dio la mano a Mateo, le sirvió un whisky sin hielo y le señaló la sala.

—Olvídate de que estoy acá —le dijo.

Mateo asintió. Yo lo tomé de la mano y lo llevé a la habitación. Mi marido nos siguió en silencio y se sentó en el sillón que había colocado frente a la cama esa misma tarde, sin avisarme. Cuando vi ese sillón ahí, entendí que ya no era una fantasía en mi cabeza. Estaba ocurriendo.

Mateo cerró la puerta detrás de él y, por unos segundos, ninguno supimos qué hacer. La presencia de mi marido pesaba más de lo que yo había calculado en mis ensayos mentales. Fui yo la que dio el primer paso. Le pasé las manos por la nuca, lo acerqué y lo besé despacio. Él respondió con una urgencia que me sorprendió. No era el primer beso lo que le interesaba, era llegar al siguiente, y al siguiente.

Me bajó las tirantes del vestido sin dejar de besarme. Sentí su lengua bajar por el cuello, después por la clavícula, después por el medio del pecho. Cuando me chupó el pezón derecho, solté el primer gemido y miré por encima de su hombro. Mi marido estaba con el vaso en la mano, sin moverse, observando como quien mira una película.

—Sigue —me dijo desde el sillón.

Eso fue lo que terminó de soltarme.

Le abrí el cinturón a Mateo, le bajé los pantalones de un tirón. El bóxer no le aguantaba la erección. Tenía la verga distinta a la de mi marido: más larga, menos gruesa, con una vena marcada por debajo que nunca había visto en otro cuerpo. La saqué con cuidado, casi con respeto, y me quedé un segundo mirándola antes de tocarla.

Me arrodillé.

—Camila —dijo mi marido desde el sillón—, mírame mientras lo haces.

Le hice caso. Me metí a Mateo en la boca sin dejar de mirar a mi marido a los ojos. Esa mirada cruzada fue lo más íntimo que había sentido nunca, más íntimo incluso que el sexo. Mi marido apretaba la mandíbula. Mateo me agarraba la nuca con una suavidad rara, casi como pidiendo permiso para cada empuje, sin atreverse a quebrar el pacto.

Lo hice por varios minutos. Lo suficiente para sentir cómo la verga se le ponía cada vez más dura, para saber que si seguía un poco más se iba a venir en mi boca y eso no era lo pactado. Lo dejé salir despacio, con un hilo de saliva que se quedó colgando entre la punta y mi labio.

—Acuéstate —me ordenó él, y yo obedecí.

Me tendí en la cama con las piernas abiertas. Mateo se arrodilló al borde, me agarró los muslos y se tiró encima de mi sexo con la lengua. Tenía técnica. La pasaba en círculos, después la subía hasta el clítoris, se detenía un par de segundos y volvía a bajar. Cuando empezó a meterme los dedos al mismo tiempo, dejé de pensar en mi marido, dejé de pensar en cualquier cosa.

El primer orgasmo me llegó rápido y largo. Sentí como si me vaciara por dentro. Solté un grito que ni yo me reconocía. Mateo no paró: siguió, más despacio, hasta que el cuerpo me empezó a temblar otra vez. El segundo fue distinto, más profundo, casi doloroso. Le agarré el pelo y se lo aparté.

—Para —le pedí—. Para o me vas a romper.

Se rió contra mi muslo.

—Esa era la idea.

***

Cuando me incorporé, mi marido se había abierto el pantalón sin sacarse la verga del bóxer. Tenía la mano metida y la cara colorada. No había dicho una palabra en todo ese tiempo, pero respiraba como si hubiera corrido.

Mateo se puso de pie frente a mí. Me agarró las tetas con las dos manos, se acomodó la verga en medio y empezó a moverse despacio. Yo apretaba contra él, dejando que la punta me rozara el mentón cada vez que subía. Lo miré a los ojos y supe que faltaba poco.

—Acábame encima —le dije—. Como te dije.

Aceleró el ritmo. Se le marcaron las venas del cuello. Cuando se vino, lo hizo con una fuerza que no esperaba. El primer chorro me cayó en los labios. El segundo, en el cuello. El resto, entre las tetas, en el pecho, en el vientre. Era muchísimo más de lo que mi marido eyaculaba nunca. Estaba cubierta. Sentía cómo el semen tibio se me deslizaba por los costados hasta llegar a las sábanas.

Levanté la vista. Mi marido había terminado al mismo tiempo. Tenía la mano y el pantalón manchados, la respiración pesada, y por primera vez en años, una expresión que no le había visto. No era celos. No era arrepentimiento. Era algo parecido al alivio.

Mateo se limpió un poco con la punta de los dedos sobre mi vientre y se vistió sin demorarse. Le di un beso seco en la mejilla, casi de despedida educada. Mi marido lo acompañó a la puerta sin decir gran cosa. Cuando volvió a la habitación, yo seguía desnuda sobre la cama, todavía sintiendo el semen secándoseme en la piel.

Se sentó al borde, me miró un rato largo y se metió a la cama vestido. Me abrazó por detrás, con la nariz pegada a la nuca. No habló de lo que había visto. No me preguntó nada. Solo me apretó la cintura y se durmió.

***

Pasaron tres semanas hasta que volvimos a hablar del tema. No hizo falta hablar mucho: para entonces ya estábamos cogiendo casi todas las noches, con una energía que ninguno recordaba. Algo se había destrabado en el momento en que nos miramos a los ojos mientras otro hombre estaba entre mis piernas.

Una mañana de domingo, mientras desayunábamos, me dijo lo que yo estaba esperando.

—Ahora vamos a cumplir una tuya.

Yo asentí, sonreí y le pedí más café. Esa fantasía la había estado guardando hace años. Pero esa, esa es otra historia.

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Comentarios (1)

Maru_lectora

Increible relato, me dejo sin palabras!!

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