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Relatos Ardientes

Lo que el chofer vio por el retrovisor esa tarde

Aquel viernes de febrero, el sol caía sobre la ciudad como si estuviera personalmente enojado con cada uno de nosotros. Yo salía de la facultad después de una clase eterna, con el pelo pegado a la nuca y la blusa marcada en la espalda. Tenía dos opciones: esperar veinte minutos a que llegara el bus con aire acondicionado, o tomarme el primer cacharro que pasara y aceptar que iba a derretirme en el asiento. Me decidí por la segunda.

Antes de salir esa mañana, sabiendo el calor que se venía, había elegido una falda corta de algodón liviano, color crema, y una blusa blanca tan fina que se transparentaba con la luz. No me había puesto sostén. La idea era aguantar el día sin morir asfixiada, no la de provocar a nadie. O eso me dije a mí misma cuando me miré en el espejo del ascensor.

El bus que paró frente a la parada tenía las ventanas abiertas y olor a aceite caliente. Subí, pagué el pasaje y noté de inmediato que iba casi vacío. Cuatro o cinco pasajeros, todos hacia atrás, todos con auriculares o con los ojos cerrados. El chofer tendría unos cuarenta y largos, espalda ancha, antebrazos morenos por el sol del volante. Tenía esa cara curtida de los hombres que llevan veinte años manejando la misma ruta.

Me senté en el asiento individual de adelante, justo detrás de él. Era el que más brisa recibía. Apoyé la mochila sobre las rodillas y miré por la ventana. El bus arrancó con un ronroneo metálico y enseguida el viento caliente empezó a colarse por el costado.

Tardé tres o cuatro cuadras en darme cuenta.

El retrovisor.

Ese espejo rectangular, ancho, que tendría que estar apuntado al pasillo central para que el chofer pudiera vigilar a los pasajeros, estaba inclinado unos pocos grados hacia mi lado. Y en el reflejo, lo único que se veía con claridad eran mis piernas.

Al principio pensé que era casualidad. Que el espejo había quedado mal después de algún frenazo. Crucé una pierna sobre la otra, despacio, y miré el reflejo. Sus ojos estaban ahí. No me miraban a la cara: miraban el movimiento de mi muslo.

Y cuando descrucé las piernas, volvieron a seguir el camino inverso.

Una corriente eléctrica me bajó por la columna. No era miedo. Era otra cosa, más cercana al vértigo. Sentí la sangre subiéndome a las mejillas y bajándome al mismo tiempo a la pelvis, como si el cuerpo no supiera para dónde correr.

Bajé la cara hacia la ventana, fingiendo que miraba la calle. Pero por el rabillo del ojo seguía vigilando el espejo. Él también fingía: tenía la vista al frente, las dos manos firmes en el volante. Cada tantos segundos, los ojos se le iban hacia arriba, hacia el retrovisor, hacia mí.

***

Algo se prendió en mí en ese momento. No fue una decisión consciente. Fue más parecido a destapar una botella que llevaba demasiado tiempo sacudida.

Moví la mochila del regazo al asiento de al lado. Mis piernas quedaron descubiertas, brillando un poco por el sudor. Pasé la palma de la mano por la parte alta del muslo, lentamente, como si me rascara una picadura de mosquito. En el reflejo lo vi tragar saliva. La nuez le subió y le bajó.

El bus dobló en una avenida más larga, sin paradas durante varias cuadras. Los pocos pasajeros que quedaban iban completamente perdidos en sus celulares. Nadie miraba hacia adelante. Nadie iba a mirar hacia adelante.

Acomodé la falda con las dos manos, como quien la ajusta para estar más cómoda, pero en realidad la corrí unos centímetros más arriba. La tela me quedó sobre la mitad del muslo. La brisa entró por la ventana y me acarició la piel, fresca contra el calor que me había ido subiendo desde abajo.

El espejo no se movía. Ahora la mirada del chofer ya no era furtiva. Era una mirada larga, hambrienta, que volvía cada dos o tres segundos. Cada vez se demoraba más.

Yo respiraba más fuerte. Los pezones se me marcaban contra la tela fina de la blusa, y cada bache del bus me los rozaba como si fueran dedos. Me mordí el labio. Sentí la humedad entre las piernas como una traición silenciosa: el cuerpo iba más rápido que mi cabeza.

Decidí probar hasta dónde podía llegar.

Apoyé la espalda contra el respaldo, abrí apenas las rodillas y dejé que la falda subiera sola por la inercia. Mi tanga negra de encaje quedó visible. Tres segundos. Cinco. Diez. El chofer no movió la cabeza, pero los ojos en el espejo se le habían quedado fijos. Vi cómo apretaba los nudillos sobre el volante, blancos contra el cuero negro.

Algo dentro de mí se rompió. O se abrió. No sé cómo decirlo.

Bajé despacio la mano hasta apoyarla sobre la tanga, encima de la tela. La sentí empapada. La presión de mis propios dedos me arrancó un suspiro que tuve que disimular con un carraspeo. Empecé a mover los dedos en círculos pequeños, lentos, sobre la tela. En el espejo, los ojos del chofer eran dos puntos negros y enormes.

***

Lo miré directo. No al espejo: lo miré a él, en el reflejo, sin disimular un segundo más. Quería que supiera que yo sabía. Que esto no era distracción ni descuido. Que esto era para él.

Él respondió con un parpadeo lento, como un gato. La respiración se le había vuelto pesada. Vi cómo el pecho le subía bajo la camisa azul, cómo el aire le entraba por la boca entreabierta. El bus avanzaba en línea recta, los semáforos en verde uno tras otro, como si la ciudad entera fuera cómplice.

Abrí las piernas un poco más. La falda se me subió hasta la cadera. Con dos dedos corrí la tela de la tanga hacia un costado, dejándolo todo al descubierto. El aire caliente del bus me rozó la piel mojada y solté un gemido bajo, casi inaudible, pensado solo para él.

Lo dejé mirarme todo. Los labios hinchados, brillantes, abiertos. El clítoris hinchado entre mis dedos. La forma en que la humedad me bajaba lenta por la parte interna del muslo. No oculté nada.

Empecé a acariciarme con el dedo medio, en movimientos lentos, ascendentes, como si dibujara el contorno una y otra vez. Cada paso del dedo me arrancaba un temblor que recorría el bus desde el asiento hasta el techo. En el espejo, él respiraba con la boca abierta. Por un instante temí que clavara el bus contra un poste.

Pero no. Las manos siguieron firmes en el volante. La ruta siguió impecable. Solo los ojos se le movían, ida y vuelta, del asfalto a mi reflejo, como si su cabeza fuera un mecanismo roto.

Yo aceleré. Dos dedos ahora, deslizándose adentro, mientras el pulgar trabajaba el clítoris en círculos. El cuerpo se me arqueó apenas contra el asiento. La cabeza se me cayó hacia atrás, el cuello largo, los ojos a medio cerrar. Lo escuché soltar un sonido — algo entre un gruñido y un suspiro — que se mezcló con el ruido del motor.

***

El orgasmo llegó sin aviso, como cuando frenás un auto y la inercia te tira hacia adelante. Una ola caliente me subió desde la pelvis hasta la garganta, me cerró los ojos a la fuerza, me hizo apretar la mandíbula para no gritar. Las piernas me temblaron contra el plástico del asiento. Los dedos se me empaparon. Sentí el corazón golpeándome contra las costillas como si quisiera salir.

Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue su reflejo. Estaba completamente perdido. Tenía los labios entreabiertos, la frente brillante de sudor, los ojos vidriosos. Por un segundo creí que él también había acabado, ahí, sin tocarse, solo mirándome. No pude confirmarlo. Tampoco quería.

Saqué la mano despacio, con los dedos brillantes, y la apoyé sobre el muslo. La falda volvió sola a su lugar con un par de movimientos discretos. Acomodé la blusa, me sequé la mano con un pañuelo que tenía en la mochila y volví a mirar por la ventana como si nada hubiera pasado.

El bus dobló en mi avenida. Toqué el timbre. Me paré, agarré la mochila y caminé hacia la puerta delantera, la que estaba justo al lado de él. Cuando pasé a su altura para bajar, lo miré una sola vez. De frente. A los ojos.

—Gracias —le dije, en el tono más neutro del mundo.

Él tardó un segundo en contestar. Tenía la voz ronca, áspera, como si llevara horas sin hablar.

—Hasta luego, señorita.

La puerta se abrió. Bajé al sol, sentí el asfalto quemarme las suelas. El bus arrancó detrás de mí y se perdió en el tráfico de la tarde. Caminé las dos cuadras hasta mi casa con las piernas todavía un poco flojas, la espalda mojada y una sonrisa que no podía borrar.

Esa noche, ya en la cama, traté de imaginar qué habría hecho él al terminar el turno. Si se habría metido al baño del garaje a terminar lo que no había podido terminar mientras conducía. Si esa misma noche, en su casa, estaría mirando el techo y pensando en mí. Si la próxima vez que se subiera al bus iba a ajustar el retrovisor con la esperanza secreta de volver a verme.

No sé su nombre. No sé en qué barrio vive. Probablemente no volvamos a cruzarnos nunca. Tomo ese bus dos veces por semana y siempre miro al chofer, pero hasta hoy nunca volvió a ser él.

Y sin embargo, cada vez que paso por esa avenida, cada vez que veo un retrovisor inclinado un poco más de la cuenta, el cuerpo se me acuerda. Se me acuerda de la tela corrida a un costado, del aire caliente, de los nudillos blancos contra el volante. De ese pequeño territorio privado que armamos los dos a noventa kilómetros por hora, en plena tarde, sin tocarnos jamás.

Ese fue nuestro secreto. Y todavía lo es.

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Comentarios (1)

FantaseadorX

Dios mio que situacion!!! el titulo ya te atrapa y despues no podes soltar. Muy bien contado.

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