Renata vio por las cámaras lo que jamás imaginó
El champán se mecía con pereza en la copa de cristal labrado. Renata estiró su cuerpo amplio sobre el sofá de terciopelo color burdeos, el kimono de seda azul abierto hasta la cintura, dejando a la vista una franja generosa de piel tibia. En el monitor de setenta pulgadas montado en la pared opuesta, dividido en cuatro cuadrantes nítidos, la casa de sus padres se desplegaba como una telenovela privada. Más entretenida que cualquier serie por suscripción.
Papá revisando contratos, mamá podando los jazmines del patio interior, Bianca en el estudio… Renata frunció los labios pintados de carmín, aburrida. Bianca otra vez. Siempre Bianca, tan perfecta, tan calculada, tan a punto de arruinarlo todo.
Apretó un botón del control remoto y el cuadrante superior derecho ocupó la pantalla entera. La imagen era impecable: las cámaras que ella misma había hecho instalar hacía dos años, con el visto bueno entusiasta de Tomás, su novio, valían cada peso. El sonido también. Se oía el roce de la ropa, el chapoteo húmedo de la boca, los suspiros forzados, el chasquido sucio de la lengua de Bianca trabajando la verga hinchada de Damián.
Su hermana del medio estaba arrodillada sobre la alfombra persa del estudio de papá, con esa postura de modelo de revista que tantas veces Renata le había enseñado frente al espejo de cuerpo entero. La mano enorme de Damián se enredaba en su melena rubia tirando con la fuerza justa para parecer agresivo sin arruinarle el peinado. La otra mano sostenía la base gruesa de la polla, guiándola entre los labios pintados de Bianca, obligándola a abrir más la mandíbula cada vez que empujaba las caderas hacia adelante. La saliva le colgaba del mentón en hilos brillantes, se le acumulaba en la comisura, le mojaba la garganta. Renata podía ver cómo el glande abultado desaparecía entero contra el paladar de su hermana, cómo se marcaba la punta contra la mejilla desde adentro, cómo Bianca cerraba los ojos y respiraba entrecortada por la nariz para no ahogarse.
—Más adentro —gruñó él, y la voz le salió pastosa—. Toda, puta, tragátela toda.
Bianca obedeció apenas medio centímetro más, con esa insolencia de reina que la caracterizaba, y a Damián se le escapó un jadeo furioso. Le clavó los dedos en la nuca y le empujó la cabeza contra la pelvis hasta que ella tosió, hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas y el rímel empezó a correrle en dos surcos negros por los pómulos. Un hilo espeso de baba le cayó desde el mentón a la clavícula, mojándole el escote de la blusa de seda cruda.
Renata se acomodó mejor entre los cojines. Pobre Damián. Ese toro encerrado en un corral demasiado chico. Llevaba meses observándolo. Lo había visto adelgazar, dormir mal, mirar de reojo a la chica del servicio cuando se inclinaba para barrer. Bianca lo tenía a dieta de hambre desde la primera discusión por el anillo de compromiso que él se había negado a comprar. Era un castigo lento, refinado, con horario de oficina.
Y, sin embargo, ahí estaba ella otra vez, hincada sobre la alfombra, prometiendo lo que no pensaba dar. La mano de Bianca subía y bajaba por la base de la verga con una técnica quirúrgica, girando la muñeca en el borde de la corona, apretando justo debajo del glande donde ella sabía que él perdía la cabeza. La otra mano acunaba los huevos hinchados, pesados, tirándolos apenas hacia abajo mientras la boca chupaba con un ritmo hambriento que llenaba el estudio de ruidos obscenos.
Damián empezó a temblar. Los muslos se le tensaron, se le marcaron las venas del cuello, se le puso la cara roja del esfuerzo de aguantar. Cerca. Muy cerca.
—No, no, no —dijo Bianca de pronto, apartándose lo justo, dejándolo balanceándose en el vacío. La polla, dura hasta el dolor, brillante de saliva, latía sola en el aire buscando la boca que se retiraba—. Hoy no.
Renata soltó una risa baja, casi un ronroneo, y se llevó la copa a los labios. Pequeña arpía. Le niega el cierre justo cuando empezaba a entregarse. Vio cómo Damián la agarraba del brazo, cómo ella se zafaba con esa elegancia engreída, cómo él la empujaba contra el escritorio de cedro hasta que la lámpara de bronce temblaba.
***
La memoria fue puntual y física, como un sabor metálico debajo de la lengua. Bianca, recién entrada a la facultad, arrodillada frente a ella en el cuarto compartido de la casa de la sierra. Renata mostrándole con paciencia de profesora cómo respirar por la nariz, cómo abrir la garganta, cómo relajar la mandíbula para que la verga pudiera entrar hasta la campanilla sin arcada. Le había puesto en la boca un pepino primero, después un consolador grueso de silicona rosa, después la propia mano cerrada en puño. Chupá acá, hasta el fondo. Sentí la punta contra el paladar. Ahora empujá con la lengua, ahora tragá como si te bajara agua. Eso, mi amor, eso. Le había enseñado a mamar con los ojos abiertos, a mirar de abajo hacia arriba con carita de niña buena mientras se la comía entera. Le había enseñado a jugar con los huevos, a chupetear el frenillo, a tocarse el coño mientras chupaba para que el hombre viera el hambre completa. Mi creación. Mis lecciones grabadas a fuego en cada músculo de esa garganta perfecta. Y ahora me sale con escrúpulos de revista católica.
Renata pasó la lengua por el borde dorado de la copa. La hipocresía de Bianca le sabía como un vino añejo que mejora con cada año en la bodega. Amargo, complejo, casi venenoso. Su hermana favorita, su rival favorita, su obra maestra.
Un parpadeo en otro cuadrante la sacó del recuerdo. Renata redujo la pantalla principal y agrandó la del pasillo del primer piso. Una figura pequeña, descalza, se había detenido frente a la puerta entornada del estudio.
Pilar.
Renata se enderezó del todo. La bebota de la familia, la última, la inocente declarada por sus padres en todos los almuerzos del domingo. Dieciocho recién cumplidos en marzo y todavía con esas polleras escolares que la madre insistía en comprarle dos talles más grandes para «disimular» lo que el cuerpo le había hecho de un día para otro.
Renata sintió algo tibio en el pecho que no supo nombrar: ternura, curiosidad, hambre. Las tres a la vez.
La pequeña Pilar se había quedado clavada en el resquicio de la puerta, con las dos manos apoyadas en el marco como si necesitara el sostén. La cámara del pasillo captaba el rubor subiéndole por el cuello, los muslos apretados uno contra el otro debajo de la pollera plisada, los nudillos blancos. Renata, con un zoom del control remoto, le vio los pezones marcarse duros contra la tela liviana de la blusa, dos puntos tensos que se movían con el vaivén agitado de la respiración.
***
Renata cambió de cuadrante con un solo dedo y volvió a la escena del estudio. Damián tenía a Bianca contra el borde del escritorio, las manos hundidas en sus caderas, los dientes en su hombro. Le había subido la falda de tubo hasta la cintura de un tirón, le había arrancado la tanga negra con un solo movimiento seco, y ahora le abría los muslos con la rodilla mientras se acomodaba la polla entre las nalgas. Bianca dejó de actuar. Ese gemido largo, ronco, sucio, no era de los que se ensayaban. Renata lo reconocía. Era el grito de su hermana cuando un cuerpo le ganaba por dentro.
Damián la penetró de una sola embestida, hasta el fondo, sin preámbulo, y Bianca aulló contra la madera del escritorio con la boca abierta. Le clavó las uñas al borde de cedro, arqueó la espalda, se le levantó el culo redondo pidiendo más. Damián la agarró de la cintura con las dos manos y empezó a follarla a un ritmo furioso, castigador, la polla entrando y saliendo brillante del coño, los huevos golpeándole el clítoris hinchado con cada embestida, el chapoteo mojado llenando el estudio de un ruido que a Renata le puso la piel de gallina en los brazos.
—¿Ahora sí, puta? —le gruñó él contra la nuca, agarrándola del pelo—. ¿Ahora sí querés? Decilo. Decí que se te chorrea todo.
—Callate y seguí —jadeó Bianca, y se le quebró la voz en la última sílaba porque él le clavó una embestida más profunda, más lenta, girando las caderas para restregarle el glande contra un punto exacto del interior. Bianca se convulsionó entera. Se le doblaron las rodillas, le tembló el vientre, se le escapó un chillido que no supo tragar.
Bianca puede fingir cualquier cosa, menos eso.
La mano libre de Renata se deslizó bajo el kimono, sobre el muslo redondo y caliente. No para tocarse todavía, solo para sentirse acompañada del propio cuerpo mientras observaba. Damián ladró una orden que a Bianca le arrancó un insulto, la sacó de un tirón, la volteó boca arriba sobre el escritorio, le abrió las piernas con las dos manos y le hundió la cara entre los muslos. Renata lo vio comerle el coño con hambre de meses, la lengua trabajando el clítoris con un ritmo enloquecido, dos dedos hundidos hasta los nudillos entrando y saliendo con un ruido líquido. Bianca se arqueó, cerró los ojos, se llevó una mano a la boca para no gritar. Estaba a segundos, se le veía en el temblor de los muslos alrededor de la cabeza de Damián.
Y entonces, con una crueldad quirúrgica que Renata casi aplaudió, Bianca lo empujó por la frente. Lo apartó del coño palpitante justo antes del final. Se bajó del escritorio con las piernas temblando y una sonrisa vengativa en los labios mojados.
Los dos se hundieron juntos en una de esas peleas verticales que terminan con uno de los dos llorando en el baño.
Pero los ojos de Renata, en realidad, ya no estaban ahí.
Volvió al cuadrante del pasillo. Pilar seguía contra el marco, pero algo había cambiado. La pequeña ya no estaba quieta. Renata vio el momento exacto, fotograma por fotograma, como un coreógrafo viendo su mejor número. Cuando Bianca lanzó ese aullido contra la madera del escritorio, Pilar se estremeció entera. Las piernas se le cruzaron con un espasmo, los hombros se le subieron hasta las orejas, la boca se le abrió en una mueca a medio camino entre el llanto y la sonrisa. Se dobló apenas hacia adelante, se apretó los muslos uno contra el otro con una fuerza casi dolorosa, y Renata vio con claridad de cazador cómo un temblor le recorría la pelvis en olas cortas y sucesivas.
—Ay, mi nena —murmuró Renata en voz alta, en la habitación vacía—. Mi nena, mi nena, mi nena.
Una carcajada baja se le escapó de la garganta, mezcla de asombro, ternura y excitación. Su primer orgasmo. Y ni siquiera sabe qué le pasó. Ni siquiera tiene nombre todavía para esto.
La imaginó sin querer: el algodón blanco de la bombacha empapado de un flujo pegajoso y caliente que le corría por el muslo interno, el coñito virgen contrayéndose solo con espasmos que no sabía controlar, el clítoris palpitando contra la costura de la ropa interior con un latido nuevo y aterrador. La piel del muslo interno latiendo con un calor que no sabía de dónde venía, la cabeza llena de imágenes que no tenían vocabulario: la polla hinchada de Damián, los labios pintados de Bianca alrededor del glande, el aullido gutural de su hermana empalada contra el escritorio. La presión ardiente, la pulsación, el temblor. Y, encima de todo, el terror de no entender por qué su propio cuerpo había hecho eso sin pedir permiso, por qué se había mojado como una perra en celo espiando a su cuñado.
Renata se mordió el labio inferior. Era deliciosamente perverso.
***
En la pantalla del estudio, Bianca salía ya a paso firme, abrochándose la camisa, dejando a Damián plantado con la polla dura chorreando saliva y flujo ajeno, la mirada turbia y la frustración exacta de un toro al que le sacaron a la vaca tres segundos antes del salto. Una imagen casi cómica si no fuera porque a Renata le erizaba la nuca. Lo vio agarrarse la verga con la mano derecha, apretarla en la base con rabia, dudar un segundo si terminaba solo ahí mismo o si se guardaba el hambre para más tarde. Optó por lo segundo. Se acomodó los pantalones sobre el bulto imposible, se pasó las manos por el pelo, y salió del estudio dando un portazo que Renata escuchó por el altavoz con una satisfacción física.
En el pasillo, Pilar había desaparecido. Renata rebobinó tres segundos. Vio cómo su hermana menor se desprendía del marco con dificultad, las piernas apenas firmes, y se alejaba hacia su dormitorio sin dejar de mirarse las manos, como si esperara que de ellas saliera la explicación. Una de esas manos, notó Renata con un cosquilleo dulce en el pecho, seguía instintivamente pegada al pubis por encima de la pollera, apretándose contra el coño palpitante como si tuviera miedo de que algo se le escapara por ahí.
Renata apagó la pantalla principal y dejó solo el cuadrante del pasillo, ahora vacío. La luz tibia de la lámpara de pie le pintaba un costado de la cara. Se hundió en los cojines.
El dedo índice empezó a trazar círculos lentos, pensativos, sobre su labio inferior. La imagen de Pilar temblando contra el marco se superponía con la de Damián jadeando contra el escritorio. Dos cuerpos hambrientos, separados por un pasillo de doce metros y una infinidad de prohibiciones. Necesitados los dos. Y yo, Renata, con la llave del corredor entero.
La otra mano se le fue sola por debajo del kimono, subió por el muslo abierto, encontró el coño mojado. Renata se pasó dos dedos por la raja, se los untó en la humedad tibia, se los llevó a la boca. El sabor le confirmó lo que ya sabía: la película que acababa de ver la había excitado hasta la médula.
Sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de quien ya tiene el orden de las piezas en el tablero y puede empezar a moverlas sin apurarse.
—Pobre Damián —susurró—. Pobre, tan frustrado. Pobre, tan necesitado, con los huevos hinchados y la verga sin baño. —Hizo una pausa, midió el sabor de las palabras siguientes en la boca como quien prueba un postre—. Y la nena Pilar… tan asustada. Tan mojada. Tan curiosa sin saberlo. Con el coñito nuevo temblando por primera vez.
Un plan empezó a tomar forma. Nebuloso pero apetecible. Damián era un animal de apetitos fuertes a quien Bianca estaba hambreando hasta el ridículo. Pilar era un manjar de manzanas verdes, ácidas y maduras a la vez, que olía a colonia infantil y temblaba ante la sola idea de la masculinidad desatada. Y ella, Renata, era una maestra de ceremonias paciente. La que podía regar la curiosidad en la pequeña y avivar el hambre en el grande hasta que las dos cosas se encontraran exactamente donde ella eligiera. Ya imaginaba la escena: Damián con la polla afuera, hinchada y goteando, y la boca virgen de Pilar aprendiendo a abrirse. Ella misma guiándole la mano, la cabeza, el ritmo, como había hecho con Bianca en aquella habitación de la sierra. Enseñándole a la nena a mamar con los ojos abiertos, a tragar sin miedo, a pedir más. Y después, cuando la chiquita ya estuviera lista, abrirle las piernas, guiarle la verga de Damián al coño mojado, ver cómo la desvirgaba de una sola embestida mientras ella, Renata, le sostenía la cara y le lamía las lágrimas.
***
Tomás iba a llegar de un momento a otro. Su novio, el cornudo encantador, como ella le decía con cariño quirúrgico, entraría por la puerta del living con la corbata floja y una sonrisa golosa, ansioso por escuchar el resumen del día en el monitor. Renata ya saboreaba la conversación. Le contaría esta historia con cuidado, eligiendo cada palabra, deteniéndose justo en el detalle del muslo apretado, del marco de la puerta, del aullido de Bianca contra la madera, de la verga chorreando de Damián sin final feliz.
Tomás iba a gemir contra su nuca, le pediría más detalles, querría que se lo repitiera dos, tres veces, esta vez más despacio, esta vez incluyendo el ruido exacto de la respiración entrecortada de Pilar, el chapoteo húmedo del coño de Bianca al ser penetrado, el gruñido animal de Damián lamiéndoselo. A él lo perdía la inocencia accidentada, y Renata le iba a servir el plato perfecto. Se lo iba a coger montada encima mientras se lo contaba, dejando que él le chupara los pezones duros y le clavara los dedos en el culo, dictándole al oído cada detalle sucio hasta que los dos se corrieran al mismo tiempo pensando en Pilar temblando contra el marco.
Tomó un trago largo de champán. El frío del líquido le bajó por la garganta y se encontró con el calor que le crecía debajo del ombligo. La combinación le sacó un suspiro suave, casi de gata satisfecha.
El juego acababa de volverse mucho más interesante. Bianca jugaba al ajedrez social, con su anillo, sus rabietas y sus orgasmos negados de oficina. Ella, Renata, prefería un juego más visceral, más físico, con piezas que respiraban y temblaban y se corrían. Y ahora tenía dos nuevas en el tablero: la furia tensa de Damián y el estremecimiento ignorante de Pilar. Solo necesitaba la forma exacta de juntarlas bajo su mirada.
La perspectiva la hizo estremecer de anticipación. El placer, después de todo, era su verdadera diplomacia.