Renata vio por las cámaras lo que jamás imaginó
El champán se mecía con pereza en la copa de cristal labrado. Renata estiró su cuerpo amplio sobre el sofá de terciopelo color burdeos, el kimono de seda azul abierto hasta la cintura, dejando a la vista una franja generosa de piel tibia. En el monitor de setenta pulgadas montado en la pared opuesta, dividido en cuatro cuadrantes nítidos, la casa de sus padres se desplegaba como una telenovela privada. Más entretenida que cualquier serie por suscripción.
Papá revisando contratos, mamá podando los jazmines del patio interior, Bianca en el estudio… Renata frunció los labios pintados de carmín, aburrida. Bianca otra vez. Siempre Bianca, tan perfecta, tan calculada, tan a punto de arruinarlo todo.
Apretó un botón del control remoto y el cuadrante superior derecho ocupó la pantalla entera. La imagen era impecable: las cámaras que ella misma había hecho instalar hacía dos años, con el visto bueno entusiasta de Tomás, su novio, valían cada peso. El sonido también. Se oía el roce de la ropa, los suspiros forzados, el chasquido sucio de la lengua de Bianca trabajando.
Su hermana del medio estaba arrodillada sobre la alfombra persa del estudio de papá, con esa postura de modelo de revista que tantas veces Renata le había enseñado frente al espejo de cuerpo entero. La mano enorme de Damián se enredaba en su melena rubia tirando con la fuerza justa para parecer agresivo sin arruinarle el peinado.
—Más adentro —gruñó él, y la voz le salió pastosa.
Renata se acomodó mejor entre los cojines. Pobre Damián. Ese toro encerrado en un corral demasiado chico. Llevaba meses observándolo. Lo había visto adelgazar, dormir mal, mirar de reojo a la chica del servicio cuando se inclinaba para barrer. Bianca lo tenía a dieta de hambre desde la primera discusión por el anillo de compromiso que él se había negado a comprar. Era un castigo lento, refinado, con horario de oficina.
Y, sin embargo, ahí estaba ella otra vez, hincada sobre la alfombra, prometiendo lo que no pensaba dar.
—No, no, no —dijo Bianca de pronto, apartándose lo justo, dejándolo balanceándose en el vacío—. Hoy no.
Renata soltó una risa baja, casi un ronroneo, y se llevó la copa a los labios. Pequeña arpía. Le niega el cierre justo cuando empezaba a entregarse. Vio cómo Damián la agarraba del brazo, cómo ella se zafaba con esa elegancia engreída, cómo él la empujaba contra el escritorio de cedro hasta que la lámpara de bronce temblaba.
***
La memoria fue puntual y física, como un sabor metálico debajo de la lengua. Bianca, recién entrada a la facultad, arrodillada frente a ella en el cuarto compartido de la casa de la sierra. Renata mostrándole con paciencia de profesora cómo respirar por la nariz, cómo abrir la garganta, cómo convertir una boca en moneda corriente. Mi creación. Mis lecciones grabadas a fuego en cada músculo de esa garganta perfecta. Y ahora me sale con escrúpulos de revista católica.
Renata pasó la lengua por el borde dorado de la copa. La hipocresía de Bianca le sabía como un vino añejo que mejora con cada año en la bodega. Amargo, complejo, casi venenoso. Su hermana favorita, su rival favorita, su obra maestra.
Un parpadeo en otro cuadrante la sacó del recuerdo. Renata redujo la pantalla principal y agrandó la del pasillo del primer piso. Una figura pequeña, descalza, se había detenido frente a la puerta entornada del estudio.
Pilar.
Renata se enderezó del todo. La bebota de la familia, la última, la inocente declarada por sus padres en todos los almuerzos del domingo. Dieciocho recién cumplidos en marzo y todavía con esas polleras escolares que la madre insistía en comprarle dos talles más grandes para «disimular» lo que el cuerpo le había hecho de un día para otro.
Renata sintió algo tibio en el pecho que no supo nombrar: ternura, curiosidad, hambre. Las tres a la vez.
La pequeña Pilar se había quedado clavada en el resquicio de la puerta, con las dos manos apoyadas en el marco como si necesitara el sostén. La cámara del pasillo captaba el rubor subiéndole por el cuello, los muslos apretados uno contra el otro debajo de la pollera plisada, los nudillos blancos.
***
Renata cambió de cuadrante con un solo dedo y volvió a la escena del estudio. Damián tenía a Bianca contra el borde del escritorio, las manos hundidas en sus caderas, los dientes en su hombro. Bianca dejó de actuar. Ese gemido largo, ronco, sucio, no era de los que se ensayaban. Renata lo reconocía. Era el grito de su hermana cuando un cuerpo le ganaba por dentro.
Bianca puede fingir cualquier cosa, menos eso.
La mano libre de Renata se deslizó bajo el kimono, sobre el muslo redondo y caliente. No para tocarse todavía, solo para sentirse acompañada del propio cuerpo mientras observaba. Damián ladró una orden que a Bianca le arrancó un insulto, y los dos se hundieron juntos en una de esas peleas verticales que terminan con uno de los dos llorando en el baño.
Pero los ojos de Renata, en realidad, ya no estaban ahí.
Volvió al cuadrante del pasillo. Pilar seguía contra el marco, pero algo había cambiado. La pequeña ya no estaba quieta. Renata vio el momento exacto, fotograma por fotograma, como un coreógrafo viendo su mejor número. Cuando Bianca lanzó ese aullido contra la madera del escritorio, Pilar se estremeció entera. Las piernas se le cruzaron con un espasmo, los hombros se le subieron hasta las orejas, la boca se le abrió en una mueca a medio camino entre el llanto y la sonrisa.
—Ay, mi nena —murmuró Renata en voz alta, en la habitación vacía—. Mi nena, mi nena, mi nena.
Una carcajada baja se le escapó de la garganta, mezcla de asombro, ternura y excitación. Su primer orgasmo. Y ni siquiera sabe qué le pasó. Ni siquiera tiene nombre todavía para esto.
La imaginó sin querer: el algodón blanco de la ropa interior empapado, la piel del muslo interno latiendo con un calor que no sabía de dónde venía, la cabeza llena de imágenes que no tenían vocabulario. La presión ardiente, la pulsación, el temblor. Y, encima de todo, el terror de no entender por qué su propio cuerpo había hecho eso sin pedir permiso.
Renata se mordió el labio inferior. Era deliciosamente perverso.
***
En la pantalla del estudio, Bianca salía ya a paso firme, abrochándose la camisa, dejando a Damián plantado con la mirada turbia y la frustración exacta de un toro al que le sacaron a la vaca tres segundos antes del salto. Una imagen casi cómica si no fuera porque a Renata le erizaba la nuca.
En el pasillo, Pilar había desaparecido. Renata rebobinó tres segundos. Vio cómo su hermana menor se desprendía del marco con dificultad, las piernas apenas firmes, y se alejaba hacia su dormitorio sin dejar de mirarse las manos, como si esperara que de ellas saliera la explicación.
Renata apagó la pantalla principal y dejó solo el cuadrante del pasillo, ahora vacío. La luz tibia de la lámpara de pie le pintaba un costado de la cara. Se hundió en los cojines.
El dedo índice empezó a trazar círculos lentos, pensativos, sobre su labio inferior. La imagen de Pilar temblando contra el marco se superponía con la de Damián jadeando contra el escritorio. Dos cuerpos hambrientos, separados por un pasillo de doce metros y una infinidad de prohibiciones. Necesitados los dos. Y yo, Renata, con la llave del corredor entero.
Sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de quien ya tiene el orden de las piezas en el tablero y puede empezar a moverlas sin apurarse.
—Pobre Damián —susurró—. Pobre, tan frustrado. Pobre, tan necesitado. —Hizo una pausa, midió el sabor de las palabras siguientes en la boca como quien prueba un postre—. Y la nena Pilar… tan asustada. Tan mojada. Tan curiosa sin saberlo.
Un plan empezó a tomar forma. Nebuloso pero apetecible. Damián era un animal de apetitos fuertes a quien Bianca estaba hambreando hasta el ridículo. Pilar era un manjar de manzanas verdes, ácidas y maduras a la vez, que olía a colonia infantil y temblaba ante la sola idea de la masculinidad desatada. Y ella, Renata, era una maestra de ceremonias paciente. La que podía regar la curiosidad en la pequeña y avivar el hambre en el grande hasta que las dos cosas se encontraran exactamente donde ella eligiera.
***
Tomás iba a llegar de un momento a otro. Su novio, el cornudo encantador, como ella le decía con cariño quirúrgico, entraría por la puerta del living con la corbata floja y una sonrisa golosa, ansioso por escuchar el resumen del día en el monitor. Renata ya saboreaba la conversación. Le contaría esta historia con cuidado, eligiendo cada palabra, deteniéndose justo en el detalle del muslo apretado, del marco de la puerta, del aullido de Bianca contra la madera.
Tomás iba a gemir contra su nuca, le pediría más detalles, querría que se lo repitiera dos, tres veces, esta vez más despacio, esta vez incluyendo el ruido exacto de la respiración entrecortada de Pilar. A él lo perdía la inocencia accidentada, y Renata le iba a servir el plato perfecto.
Tomó un trago largo de champán. El frío del líquido le bajó por la garganta y se encontró con el calor que le crecía debajo del ombligo. La combinación le sacó un suspiro suave, casi de gata satisfecha.
El juego acababa de volverse mucho más interesante. Bianca jugaba al ajedrez social, con su anillo, sus rabietas y sus orgasmos negados de oficina. Ella, Renata, prefería un juego más visceral, más físico, con piezas que respiraban y temblaban. Y ahora tenía dos nuevas en el tablero: la furia tensa de Damián y el estremecimiento ignorante de Pilar. Solo necesitaba la forma exacta de juntarlas bajo su mirada.
La perspectiva la hizo estremecer de anticipación. El placer, después de todo, era su verdadera diplomacia.