Espiar por la cerradura se volvió costumbre
La casa tenía tres pisos y un baño compartido en el segundo. Cuando Daniel llegó a verla por primera vez, el casero le explicó con total normalidad que la cerradura del baño no funcionaba desde hacía meses. No era grave, dijo. La puerta cerraba. Simplemente no tenía seguro.
Daniel firmó el contrato de alquiler esa misma tarde.
Llevaba cinco semanas viviendo ahí cuando llegó ella. El casero se lo mencionó el martes por la mañana: a partir del viernes había otra inquilina en el cuarto del fondo del segundo piso. Que era tranquila, que trabajaba de día, que el cuarto llevaba dos meses vacío.
Todo eso resultó ser verdad.
Sofía era tranquila. Callada. Subía y bajaba las escaleras sin hacer apenas ruido, cosa que para una casa de madera antigua era casi un arte. Cocinaba a horas razonables, dejaba la encimera limpia y cada noche, alrededor de las once, subía al baño compartido para ducharse antes de dormir.
Daniel lo supo la primera noche porque estaba despierto, como casi siempre que tardaba en dormirse, y escuchó sus pasos en el pasillo, el suave clic de la puerta del baño al cerrarse, el sonido del agua caliente corriendo por las cañerías viejas de la casa. Nada extraordinario. El ruido de alguien duchándose en el cuarto de al lado.
Cerró los ojos y tardó unos minutos más de lo habitual en dormirse.
***
La segunda noche dejó el libro en la mesita más pronto de lo habitual.
La tercera noche apagó la luz antes de que ella subiera y se quedó sentado en la oscuridad, escuchando. Escuchó los pasos en la escalera, el suave chirrido del tercer escalón, el clic de la puerta. El agua.
La cuarta noche se paró en el pasillo.
No había ningún plan. Simplemente salió de su cuarto con la excusa más transparente que había usado en su vida —ir a la cocina a por agua— y cuando pasó frente a la puerta del baño se detuvo. Desde dentro llegaba el sonido del agua todavía apagada. Ella se estaba desvistiendo.
La cerradura del baño era de las antiguas, con una llave grande de hierro y un agujero de bocallave que el casero nunca había tapado. Daniel lo miró un momento. Luego miró el pasillo en ambas direcciones. Luego volvió a mirar el agujero.
Se agachó.
***
No era un ángulo perfecto. Se veía una franja del baño: el suelo de baldosas blancas, una parte del lavabo, y si ajustaba la posición de la cabeza, la zona frente al espejo.
Sofía estaba frente al espejo.
Tenía el pelo castaño hasta los hombros y se lo recogía para meterse en la ducha. Pero todavía no lo había recogido. Estaba mirándose en el espejo con esa expresión que tienen las personas cuando están solas de verdad, cuando no hay nadie que las observe. Sin esfuerzo, sin forma.
Se quitó la camiseta de tirantes que llevaba como pijama.
Daniel no respiró.
Tenía la espalda recta y los hombros todavía morenos del verano. Se miró un momento en el espejo sin ningún gesto de exhibición, simplemente mirándose, y luego dobló la camiseta con un gesto mecánico y la dejó sobre el borde del lavabo.
Los pantalones cortos cayeron después.
Llevaba ropa interior beige, sencilla. Se la quitó también sin ceremonias, como alguien que no tiene nada que ocultar porque está sola, y de repente Sofía estaba completamente desnuda a tres metros de él con solo una puerta entre los dos.
Daniel apoyó la palma de la mano en la pared.
Sofía se recogió el pelo, giró el grifo de la ducha, y esperó con la mano bajo el chorro a que el agua se calentara. En ese gesto cotidiano, de pie con un brazo extendido y el cuerpo relajado, Daniel pensó que era la cosa más íntima que había visto en su vida. No porque fuera especialmente erótica. Sino porque era completamente real.
***
Cuando entró a la ducha, la mampara cubrió la mayor parte de lo que se podía ver. Era translúcida pero no transparente: una silueta, formas que el vapor fue volviendo más imprecisas a medida que el baño se llenó de niebla.
Daniel seguía en el pasillo.
Escuchaba. El sonido del agua cambiaba cuando ella se movía: diferente ritmo cuando el chorro caía sobre los hombros, diferente presión cuando lo desviaba hacia abajo. Cerró los ojos y completó lo que no veía con lo que había visto antes, y lo que imaginaba era más nítido que cualquier imagen real.
Deslizó la mano dentro del pantalón del pijama casi sin decidirlo.
El frío del pasillo le alcanzaba los pies descalzos pero no lo hacía moverse. Tenía la frente apoyada contra la madera de la puerta y el único pensamiento claro que le quedaba era escuchar, seguir escuchando cada matiz del agua.
Entonces el sonido cambió.
No de golpe. Gradualmente. El chorro del agua seguía cayendo, pero había algo más, algo debajo de ese sonido, una diferencia de ritmo que tardó unos segundos en identificar. Cuando lo entendió, apretó los ojos con fuerza.
Sofía no estaba simplemente duchándose.
No podía verla. Podía escuchar, apenas, algo diferente mezclado con el ruido del agua. No era un gemido claro, nada que hubiera llegado hasta su cuarto con la puerta cerrada, pero en el pasillo, con la atención afinada hasta el límite, era inconfundible.
Daniel terminó antes de que ella terminara.
Se quedó un momento inmóvil, apoyado en la puerta, con la mano quieta y el corazón golpeándole las costillas. Desde dentro llegaba todavía el sonido del agua, el ritmo cambiante de ella.
Luego se fue.
***
Entró a su cuarto sin encender la luz y se sentó en el borde de la cama. Escuchó el grifo cerrarse. La mampara al correrse. Los pasos sobre las baldosas. La toalla siendo descolgada del gancho.
La puerta del baño abriéndose.
Los pasos de Sofía cruzando el pasillo hasta su cuarto.
El clic suave de su puerta al cerrarse.
La casa quedó en silencio.
Daniel se tumbó de espaldas en la oscuridad con los ojos abiertos. El techo no se veía, pero lo miraba de todas formas. Pensó que debería sentir vergüenza, y de hecho algo parecido a la vergüenza estaba ahí, mezclado con otra cosa que no le dejaba espacio.
Tardó casi dos horas en dormirse.
Y mientras esperaba al sueño, en algún momento entre la medianoche y las dos de la mañana, llegó a una conclusión tan simple que casi le pareció extraña: mañana noche iba a volver a estar en ese pasillo. No era una decisión. Era simplemente lo que iba a pasar.
Esta vez se quedaría hasta el final.
***
La quinta noche llegó con la misma puntualidad que las anteriores.
Daniel cenó rápido. Fingió leer durante una hora. A las diez y media apagó la luz de su cuarto y se sentó en la oscuridad, esperando. Si por algún motivo Sofía abría la puerta del baño y miraba al pasillo, vería solo oscuridad en la rendija bajo su puerta. Nada que llamara la atención.
Cuando escuchó sus pasos subir la escalera, el tercer escalón crujir, la puerta del baño abrirse, se puso de pie.
Se plantó en el pasillo sin excusas esta vez. Sin la historia del agua en la cocina. Se agachó frente a la bocallave y ajustó el ángulo hasta encontrar la franja que buscaba.
Sofía ya estaba quitándose el pijama.
Esta vez la veía de frente. El vientre primero, liso bajo la luz amarilla del baño. Luego el torso cuando se quitó la parte de arriba, y se tocó brevemente con las dos manos, no con intención, solo el gesto automático de alguien que comprueba si tiene frío. En esa falta de intención había algo que a Daniel le resultó más contundente que cualquier otra cosa.
Sofía se miró en el espejo.
Él la observó observarse.
Luego ella bajó la mirada, se soltó el pelo, y empezó a pasarse los dedos por el cuero cabelludo como si se estuviera masajeando. Cerró los ojos un momento. Abrió la boca levemente. Era un gesto pequeño, sin importancia, el tipo de cosa que hace alguien al final de un día largo cuando por fin está sola.
Daniel notó que llevaba demasiado tiempo sin respirar.
Sofía abrió los ojos, miró el grifo, y lo giró. El agua empezó a caer. Ella esperó a que se calentara con una mano extendida bajo el chorro, y cuando la temperatura le pareció correcta entró a la ducha y cerró la mampara detrás de ella.
La silueta de su cuerpo apareció al otro lado del cristal empañado.
Daniel apoyó una rodilla en el suelo para mantener el ángulo, con los ojos fijos en la bocallave, aunque ya no había mucho que ver. Solo la sombra de ella moviéndose bajo el agua. Pero algo en él seguía ahí, agachado en el frío, incapaz de irse.
Mañana también estaré aquí, pensó.
Y la semana que viene. Y la siguiente.
Hasta que algo cambiara. O hasta que él cambiara. O hasta que la cerradura dejara de estar rota, cosa que el casero llevaba meses prometiendo y que, de repente, Daniel esperaba que nunca ocurriera.
El agua siguió cayendo.
Él siguió esperando.