El día que mi mujer se exhibió para un desconocido
Después de lo que ocurrió aquella noche en el autobús, pasamos casi una semana sin mencionarlo de día. Cuando se apagaba la luz y mi mujer se pegaba a mí en la cama, el cuerpo de los dos lo recordaba solo. Hablábamos en voz baja, como si alguien pudiera escucharnos, aunque estábamos solos en el cuarto. Ella describía cada detalle con una voz diferente a la habitual: el roce del desconocido, la rodilla que avanzó despacio sobre su muslo, la manera en que los dos nos quedamos quietos y dejamos que siguiera pasando.
Tardé varios días en admitir lo que eso me había hecho. No era un recuerdo agradable ni exactamente incómodo. Era algo intermedio, algo que me volvía en el autobús de camino al trabajo, cuando observaba a la gente apretujada y empezaba a ver esos espacios de otra manera. A pensar en qué era posible y en quién se atrevía a intentarlo.
Decidí intentarlo yo solo.
Las primeras semanas fueron un fracaso completo. Me sentaba estratégicamente junto a mujeres que llevaban falda y medias, calculaba el momento, acercaba la pierna poco a poco. Y entonces el miedo llegaba antes que cualquier otra cosa: el miedo a que se girara, a que gritara, a las miradas del resto de los pasajeros. Siempre terminaba retirándome a mitad del gesto, fingiendo que buscaba algo en el bolsillo o que me había distraído con el teléfono. Bajaba en mi parada sintiéndome ridículo.
Lo intenté en distintos horarios, en distintas líneas. Elegía bien el asiento, calculaba bien la distancia. Pero en el momento decisivo, algo en mí lo saboteaba siempre. Uno aprende a reconocer su propio miedo cuando lo ve actuar demasiadas veces.
Hasta que llegó un jueves por la tarde.
Iba de regreso a casa cuando subió ella al autobús. Llevaba el uniforme de una cafetería del centro comercial de esa zona: camisa oscura, falda por encima de la rodilla, medias color piel que le marcaban bien las pantorrillas. Se sentó a mi lado sin prestarme atención, con la bolsa en el regazo y la vista en la ventana. El autobús arrancó. Yo respiré despacio y me quedé quieto un momento, midiendo.
Acerqué la pierna a la suya con mucho cuidado, milímetro a milímetro, como si simplemente me estuviera acomodando en el asiento. Cuando el costado de mi rodilla rozó la tela de sus medias, algo en mí se detuvo por completo. No me retiré. Ella tampoco se movió. El contacto era tan leve que cualquiera de los dos podía pretender que no existía, pero estaba ahí, y los dos lo sabíamos.
Así estuvimos varios minutos. El autobús frenaba y arrancaba, la tela se desplazaba levemente contra mi pierna con cada curva. Yo miraba al frente sin ver nada. Cuando ella bajó tres paradas antes que yo, no nos miramos.
Llegué a casa con la mente ocupada. Me senté en el sillón sin quitarme la chaqueta y estuve un buen rato quieto. Repasé cada segundo de esos minutos en el autobús: el ángulo exacto de su rodilla contra la mía, la manera en que la tela se había movido, el hecho de que ella tampoco se hubiera retirado. No sabía qué significaba eso sobre ella. Sí sabía lo que significaba sobre mí.
Había entendido algo sobre mí mismo que no sabía cómo nombrar hasta ese momento. Las medias me obsesionaban. No de manera vaga ni como un detalle entre muchos otros. Era algo concreto y específico: la textura, la transparencia, el color, la manera en que transformaban unas piernas comunes en algo que resultaba imposible ignorar. El tono que en las etiquetas llamaban «natural» era el que más me perturbaba. Después venía el beige, el negro fino, cualquier variante que dejara ver la piel por debajo. Me pregunté cuántas veces había estado delante de mí sin que yo lo notara.
***
Le hablé a mi mujer esa misma semana. Le expliqué que me gustaban las medias, que quería verla usarlas más. Al principio pensó que bromeaba. Le aclaré que no, y le expliqué por qué. La escuché respirar despacio al otro lado del cuarto.
—¿Cuánto más? —preguntó por fin.
—Todos los días, si puedes.
Me miró un momento. Luego asintió sin decir nada. Eso en ella siempre significa que lo está considerando en serio.
Junté algo de dinero ese mes recortando gastos en otras partes y un sábado la llevé al mercado de ropa del centro, uno de esos lugares donde los puestos se apretaban en pasillos estrechos y podías encontrar de todo a buen precio. Recorrí los puestos con calma mientras ella me seguía, eligiendo. Medias en todos los tonos posibles: desde el negro más cerrado hasta el beige casi imperceptible, pasando por ese tono natural que no me había salido de la cabeza desde el jueves. También elegí dos faldas cortas, de las que le quedaban por encima de la rodilla, y unos pantalones de tela ajustada que sabía le sentarían bien.
Mi mujer me miraba de reojo mientras yo comparaba colores con más concentración de la que normalmente le dedico a las cosas.
—Parece que llevas tiempo pensando en esto —dijo.
—Bastante —admití.
No dijo nada más. Eso en ella es una forma de aprobar.
Le hablé del resto unos días después. Le propuse que se pusiera la falda nueva y unas medias color natural y que saliéramos juntos, como cualquier tarde. Que cuando subiéramos al autobús, ella se sentara en el asiento del fondo y, si subía algún hombre, abriera un poco las piernas. No mucho. Solo lo suficiente.
Me miró un rato antes de responder.
—¿Para que lo veas tú o para que lo vean ellos?
—Para los dos —dije.
***
La prueba llegó una tarde de entre semana. Tomamos el autobús hacia el supermercado, que quedaba a unos veinte minutos. Al subir, la guié hacia el asiento corrido del fondo. Nos sentamos en el extremo izquierdo. Le puse la mano sobre el muslo, por encima de la tela de las medias, y le hablé en voz muy baja para recordarle lo que habíamos hablado.
En la siguiente parada subieron varias personas. Un hombre de unos cuarenta años eligió el asiento de en medio de nuestra fila. Desde donde estaba, con un leve giro de cabeza, le quedaba una visión directa de los muslos de mi mujer.
Ella respiró despacio. Y entonces lo hizo.
No fue un movimiento grande. Fue simplemente dejar que sus piernas dejaran de estar completamente juntas. Unos centímetros, no más. Las medias recogían la luz de la tarde que entraba por las ventanas. El hombre miró. Desvió la vista. Volvió a mirar.
Sentí cómo la mano de mi mujer se apretaba sobre la mía.
La vuelta fue diferente porque ya no había que explicar nada. Mi mujer se sentó en el mismo tipo de asiento y actuó con más soltura, con esa calma tranquila que tiene cuando algo le parece bien aunque no lo diga en voz alta. Tardó un poco en encontrar al pasajero adecuado, como si estuviera esperando al correcto. Un muchacho joven, que no llevaría más de treinta años, quedó sentado frente a nosotros en algún punto del trayecto. Iba con una mochila en el regazo y la cabeza inclinada hacia el teléfono. Pero cada cuarenta o cincuenta segundos sus ojos volvían al mismo punto: los muslos de mi mujer, las medias, la falda que había subido un centímetro desde que se sentó. Y cada vez que él miraba, ella lo notaba, lo notaba yo en la ligera tensión de su mano sobre la mía. Y sus piernas se abrían un poco más.
No cruzamos palabra en todo el camino de vuelta.
***
En cuanto cerré la puerta, le rodeé la cintura con las manos. La tuve apoyada contra la pared del pasillo con la falda arriba sobre las caderas, las medias todavía intactas. Cuando le pasé los dedos entre las piernas, la tela estaba húmeda.
La llevé al sofá. Le bajé la ropa interior y las medias en un solo movimiento y la penetré despacio al principio, sintiendo cómo me apretaba por dentro, y después con más fuerza cuando ella levantó las caderas y empezó a responder con el mismo ritmo. No duró mucho. Los dos estábamos demasiado al límite para que durara.
Nos quedamos quietos en el sofá con la ropa a medio quitar y la respiración todavía agitada.
***
Fue ella quien habló primero.
—Ese chico del final —dijo.
—¿El joven de enfrente?
—Ese. —Hizo una pausa—. Hubo un momento en que quise que se acercara.
No dije nada. La dejé continuar.
—Que viniera a abrirme las piernas él mismo para mirarme bien. —Otra pausa—. No pensé que pudiera sentir eso estando tú ahí.
—¿Y te gustó?
Tardó en responder.
—Más de lo que debería.
Le puse la mano en el pelo y no dije nada más. No hacía falta.
***
Desde entonces hemos repetido la experiencia varias veces, con variaciones. Rutas más largas, horarios distintos. Algunas tardes terminan sin que pase nada especialmente notable: un viaje en autobús con las manos entrelazadas y el resto de los pasajeros ajenos a todo. Otras tardes terminan exactamente como aquella primera vez, con la puerta cerrada y la falda arrugada y los dos sin palabras.
Hemos aprendido a comunicarnos durante esos trayectos sin hablar, a leer en un gesto pequeño si vale la pena seguir o si es mejor dejarlo para otro día. Hemos descubierto juntos cuánto puede caber en algo aparentemente tan sencillo como un viaje en autobús.
Hay cosas de uno mismo que se descubren tarde. Esa tarde en el colectivo, cuando la mano de mi mujer se apretó sobre la mía y el chico del fondo no podía dejar de mirarla, entendí que estábamos solo al principio de algo que los dos íbamos a seguir explorando durante mucho tiempo.