Cuando mi padre se bañó con mi esposa
La decisión de que mi padre se mudara con nosotros no fue especialmente complicada. Cuando quedó viudo y la casa grande empezó a pesarle, fue Verónica quien lo propuso primero, una noche de entre semana mientras yo fregaba los platos y ella leía en el sofá.
—¿Por qué no lo invitamos a vivir aquí? —dijo sin levantar la vista del libro—. Hay cuarto de sobra y no me gusta la idea de que esté solo.
Yo no tenía objeciones. Mi padre era un hombre tranquilo, sin manías, que no daba problemas. Y la dinámica entre los tres funcionó desde el primer día mejor de lo que yo esperaba. Cenábamos juntos casi todas las noches, veíamos el fútbol los domingos, y Verónica lo trataba con esa mezcla de cariño y familiaridad que, a veces, me parecía demasiado natural para dos personas que se conocían desde hacía poco más de dos años.
Lo noté en detalles pequeños, de esos que uno no sabe bien cómo nombrar. En cómo ella dejaba la mano un segundo de más sobre su hombro cuando le servía el café. En cómo él la miraba cuando creía que yo no prestaba atención. No era nada concreto, nada que yo pudiera señalar con el dedo. Solo una corriente que circulaba entre ellos en silencio, y que yo prefería no examinar demasiado.
Hasta esa noche.
***
Era un martes sin nada especial. Habíamos cenado los tres, visto un rato de televisión y a las once cada uno se retiró a su cuarto. Yo subí con Verónica, pero a los veinte minutos ella dijo que quería darse una ducha antes de dormir. Me dio un beso en la frente, tomó la toalla de la silla y bajó por las escaleras.
Estaba a punto de quedarme dormido cuando escuché que mi padre también se levantaba. Sus pasos cruzaron el pasillo. Se detuvieron frente al baño. Escuché voces apagadas, el ruido suave de la puerta al cerrarse, y luego el sonido del agua.
No sé por qué me levanté.
No sé por qué, en lugar de girarme en la cama y cerrar los ojos, me puse de pie, salí al pasillo en calcetines y caminé sin encender la luz hasta la ventana lateral que daba al cuarto de baño. Era una ventana pequeña, de ventilación, que quedaba a la altura de los ojos si uno se ponía de puntillas. El cristal estaba empañado por el vapor, pero no del todo. Las siluetas se movían dentro, nítidas cuando se acercaban al cristal, difusas cuando se alejaban hacia la ducha.
Bastaba para ver.
***
Verónica estaba de espaldas al cristal, quitándose el camisón. Lo levantó por encima de la cabeza con ese movimiento que yo conocía de memoria, y su espalda quedó desnuda bajo la luz amarilla del baño. La piel clara, los hombros anchos, la cintura marcándose antes de abrirse en las caderas. Se desabrochó el sujetador con un gesto limpio y lo dejó caer sobre el cesto de la ropa. Luego se bajó las braguitas y las dejó junto a las demás prendas.
Mi padre estaba de pie junto a la mampara, con una toalla todavía en la mano, mirándola.
Ella se giró hacia él. No dijo nada. Solo le tendió la mano y él la tomó, y los dos entraron bajo el chorro como si llevaran haciéndolo toda la vida.
Tuve que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio.
El vapor seguía cubriendo el cristal por arriba, pero podía ver lo suficiente: el agua cayéndoles por los hombros, la espuma blanca que Verónica distribuía con las palmas por el pecho de mi padre. Él tenía el cuerpo de un hombre que había trabajado con las manos toda su vida, no musculoso pero sí firme, con esa solidez que viene de la costumbre y no del gimnasio. Ella le lavó los brazos despacio, con cuidado, sin prisa. Le recorrió las costillas, el abdomen, los costados.
Luego bajó la mano.
Cuando lo rodeó y empezó a moverse, él apoyó la cabeza contra los azulejos y cerró los ojos. Los labios le formaron algo que yo no pude escuchar por encima del ruido del agua.
Ella sabía exactamente lo que estaba haciendo: ralentizaba cuando él empezaba a tensarse demasiado, aceleraba en los momentos en que él soltaba el aire por la nariz. Le conocía el cuerpo. No supe cuándo ni cómo había llegado a eso, pero lo conocía.
***
Luego los roles cambiaron.
Mi padre tomó el jabón y empezó a devolverle el gesto. Le pasó las manos por los hombros, por la espalda, bajó despacio hasta los glúteos y los apretó con una firmeza que hizo que ella se arqueara ligeramente hacia él. Le lavó los pechos con espuma, se detuvo en los pezones hasta que ella apoyó la frente en su hombro.
—Héctor —lo escuché decir en voz baja, solo eso, su nombre, con una entonación que yo nunca le había oído.
Él le separó las piernas un poco más y deslizó los dedos entre ellas. Ella respiró fuerte. Él le habló al oído, demasiado bajo para que yo distinguiera las palabras, y ella asintió con la cabeza.
Luego la giró despacio.
Verónica quedó de frente a la pared, las palmas apoyadas en los azulejos blancos, el agua cayéndole por la espalda. Mi padre se colocó detrás de ella, le puso una mano en la cadera, y cuando empezó a entrar —despacio, en pequeños avances— ella dobló la cabeza hacia abajo y soltó el aire entre los dientes.
Era anal. Lo supe por el ángulo, por cómo ella flexionó las rodillas, por cómo él avanzaba en movimientos controlados y cortos hasta que los dos encontraron el ritmo.
Yo estaba apoyado en la pared del pasillo con la mano dentro del pantalón del pijama, completamente consciente de lo absurdo de la situación y completamente incapaz de hacer otra cosa.
***
—¿Estás bien? —preguntó él, deteniéndose.
—Sí —respondió ella—. No pares.
Él reanudó el movimiento, más amplio ahora, con las manos firmes en sus caderas. Ella empezó a pedirle más, con palabras cortas y directas que yo no le conocía, y él le respondía en el mismo tono, sin adornos, sin artificios.
—Llevas tiempo esperando esto, ¿verdad? —dijo él con voz ronca.
—Desde el primer día que te vi —respondió ella, y soltó una carcajada baja que se mezcló con un gemido.
—Mi hijo tiene muy buen gusto —dijo él—. Eso siempre lo supe.
—Tu hijo me enseñó bien —dijo ella—. Pero tú tienes más paciencia.
El escucharla hablar de mí así, en ese momento, fue algo que no supe cómo procesar. Me excitó de una forma que no esperaba y me puso incómodo al mismo tiempo, y la combinación de las dos cosas resultó más intensa que cualquiera de ellas por separado.
Los escuchaba. Escuchaba el ritmo del agua, el golpe suave de sus cuerpos, los sonidos que ella hacía cuando él llegaba a cierto ángulo. Duró bastante más de lo que yo habría esperado. Cuando ella llegó al orgasmo, lo hizo en voz alta, sin importarle nada, con esa libertad que a mí me había costado años conseguirle. Se quedó inclinada sobre los azulejos unos segundos, recuperando el aliento, y luego se giró y se arrodilló frente a él.
Lo que siguió fue breve. Mi padre terminó con la mano de ella guiándolo, el agua diluyendo todo, y un silencio que duró exactamente lo que tardaron en volver a respirar con normalidad.
Yo me aparté de la ventana antes de que salieran y fui al baño del cuarto de los invitados a limpiarme.
***
Me miré en el espejo un momento sin saber muy bien qué pensar, y decidí que ya pensaría después. Volví a la habitación y me metí en la cama. Verónica tardó otros veinte minutos.
Cuando entró, olía a jabón y llevaba el pelo recogido en una toalla. Se sentó en el borde de la cama y empezó a peinárselo en silencio. Tenía ese brillo que yo asociaba con las noches buenas: la espalda relajada, los ojos brillantes, una media sonrisa que no era para nadie en particular. La espalda desnuda por encima de la toalla, las piernas húmedas todavía, el gesto tranquilo de quien acaba de hacer exactamente lo que quería hacer.
—¿Dormías? —preguntó sin girarse.
—No —dije.
Ella se giró a mirarme. Hubo un silencio de tres o cuatro segundos en el que los dos entendimos que el otro sabía.
—¿Cuánto tiempo llevas en la ventana del pasillo? —preguntó sin alterarse.
—El suficiente.
Ella sonrió. No era una sonrisa de disculpa.
—¿Y? —dijo.
—Y nada —respondí—. Estaba bien.
Ella soltó una carcajada corta y se tumbó a mi lado. Durante un momento los dos nos quedamos mirando el techo en silencio. Por la ventana entraba el ruido apagado de la calle.
—Lleva tiempo queriéndolo —dijo al fin—. Desde que lo conocí, supongo. No sabía muy bien qué hacer con eso, y luego un día dejé de necesitar saberlo.
—¿Y él?
—Él también. Lo supo antes que yo, creo.
Otra pausa. Yo seguía mirando el techo.
—Estaba pensando —dijo ella— que gastaríamos mucho menos agua si nos ducháramos los tres juntos.
Lo dijo con la misma naturalidad con que se podría proponer cambiar de supermercado. Yo me quedé mirando el techo un poco más antes de responder.
—Eso ahorraría bastante —dije.
—Y podríamos salir los fines de semana. Los tres. Hay cosas que se disfrutan más en compañía.
—¿Como ver películas?
—Como ver películas —confirmó ella, y esa sonrisa volvió, más amplia esta vez.
Me giré hacia ella. Tenía los ojos abiertos en la oscuridad, tranquilos, esperando. Le aparté un mechón húmedo de la cara.
—¿Desde cuándo lo teníais pensado? —pregunté.
—No estaba pensado —dijo—. Pasó. Pero creo que los tres lo queríamos de alguna forma, aunque ninguno lo hubiera dicho en voz alta.
Pensé en mi padre llegando tres meses atrás con sus dos maletas y su cara de no querer dar molestias. Pensé en las cenas, en el fútbol de los domingos, en la forma en que Verónica le llenaba el café sin que él tuviera que pedirlo. Pensé en los detalles pequeños que yo había elegido no examinar. Pensé en la ventana del pasillo y en lo que yo había hecho al otro lado del cristal mientras los escuchaba.
—Sí —dije—. Creo que sí.
Ella no respondió. Se acurrucó contra mí y cerró los ojos. En dos minutos estaba dormida, con esa facilidad que siempre me había dado envidia.
Yo tardé bastante más.
Pero no porque estuviera arrepentido.