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Relatos Ardientes

Escondido, espiando al repartidor que la fotografiaba

Llevábamos semanas hablando de eso. En la cama, con las luces apagadas, cuando la conversación fluye sin filtro y las fantasías se vuelven concretas. Ella me preguntaba cómo me imaginaba la escena; yo describía los detalles con una precisión que me hacía difícil seguir hablando. Hasta que una noche dejamos de imaginar y empezamos a planear.

La idea central era simple: que alguien la mirara sin saber que yo estaba mirando también. No un extraño en la calle, donde el control era imposible, sino alguien que llegara hasta nuestra puerta por una razón completamente normal. Alguien que se quedara los minutos justos, que no supiera que detrás del sillón del salón había un hombre que lo estaba viendo todo.

El obstáculo siempre había sido encontrar la oportunidad correcta. No podía ser entre semana, con vecinos en el pasillo y obligaciones en el horizonte. Tenía que ser un domingo por la tarde, con el edificio tranquilo y tiempo suficiente para preparar la escena.

Ese domingo llegó por fin.

Mis suegros se marcharon después del almuerzo, con el coche cargado de fiambreras y la promesa de llamar al llegar a casa. Cuando cerré la puerta del apartamento y me giré hacia el interior, ella ya me estaba mirando desde el pasillo. Con esa expresión que conozco bien: la que mezcla diversión con algo más serio.

—¿Pedimos pizza? —dijo.

No fue una pregunta.

Llamé al local de abajo. Cuarenta minutos aproximados, dijeron. Ella subió a cambiarse. Yo me quedé en el salón con los cuarenta minutos por delante, que ya antes de empezar se me hacían eternos. Se me estaba poniendo dura de solo pensarlo.

Cuando bajó por la escalera interior del apartamento, tuve que apoyarme en el respaldo del sofá para no levantarme. Se había puesto una blusa fina de color crema, casi traslúcida con la luz del pasillo. Sin nada debajo. Podía ver la forma de sus pezones marcándose contra la tela con claridad, duros, empujando el algodón fino como dos puntas. Llevaba una falda de punto negro, de tiro alto y corta, que le llegaba a medio muslo. Medias finas, color carne, que desaparecían bajo la falda con un borde de encaje asomando con cada paso. Zapatos de tacón que tenían que haber bajado esa escalera con mucho cuidado.

Sin bragas. El coño desnudo debajo de esa falda, sabiendo yo que a los treinta minutos un desconocido iba a estar a un metro de él sin saberlo.

—¿Qué te parece? —preguntó, girando despacio para que yo viera el conjunto completo.

—Que me alegro mucho de haber pedido la pizza —dije, con la polla ya empujando contra la bragueta.

Se rio. Ese sonido me descoloca desde el primer día que la conozco. Se acercó al sofá, me clavó los ojos y bajó la mano hasta el bulto que se me marcaba en el pantalón. Lo apretó despacio, midiéndolo con la palma.

—Ya la tienes dura y todavía no ha llegado —dijo en voz baja—. Vas a explotar antes de que suene el timbre.

—No pienso correrme hasta que se vaya —le dije.

—Eso lo veremos.

Se agachó un segundo, me abrió el pantalón, sacó la polla y me la lamió una sola vez, de la base a la punta, con la lengua plana y caliente. Después me lamió el glande dando una vuelta lenta, chupó la gota de líquido que ya asomaba y se la tragó mirándome fijo. Volvió a guardarla y me subió la cremallera con cuidado, como si acabara de firmar un contrato.

—Para que aguantes —dijo—. Ahora ponte en tu sitio.

Habíamos hablado de la posición antes. Detrás del sillón grande del salón, apoyado contra la pared del fondo. Coloqué un par de cojines a un lado y aproveché la ropa que ella había planchado el día anterior para completar el parapeto: desde el umbral de la puerta, nada. Desde mi posición, visión directa al recibidor y a la entrada.

Lo ensayé dos veces mientras ella se cambiaba. Me agaché, verifiqué el ángulo, me levanté, lo ajusté. Lo verifiqué una vez más.

Me quité los pantalones antes de meterme detrás. No hubo mucha deliberación. Los calzoncillos también. Quería tenerla en la mano desde el principio, sentir cada segundo con la polla al aire y la palma apretándola.

Pasaron treinta minutos. Los conté por la incomodidad creciente de la postura y por el estado en que me encontraba: la verga dura como una piedra, el glande brillante, un hilo de líquido preseminal cayéndome por los dedos cada vez que aflojaba el puño. El interfono sonó con su timbre habitual y yo me tensé como si me hubieran dado una descarga.

Ella fue a descolgarlo con una calma que yo estaba muy lejos de tener.

—¿Sí?

—Delivery. Piso tres.

—Sube.

Antes de ir a la puerta, la vi mirarse un segundo en el espejo del recibidor. Se subió la falda un par de centímetros, ajustándola. Se desabrochó un botón más de la blusa. Se metió dos dedos por debajo de la falda, se tocó rápido el coño y se llevó los dedos a la boca para chupárselos. Estaba mojada. Vi el brillo en las yemas antes de que se los metiera entre los labios. Luego fue a abrir con la misma naturalidad con que habría ido a recibir un paquete cualquier mañana.

Llamaron. Ella abrió.

El chico que apareció en el umbral tendría unos veinte años. Alto, con el uniforme del local un poco arrugado y una mochila térmica colgada al hombro. Desde mi posición no podía ver bien su cara porque ella me tapaba el ángulo. Lo que sí vi fue cómo se detuvo durante un segundo antes de articular palabra. Solo un segundo. Pero el tipo de segundo que lo dice todo: la mirada bajó a las tetas, subió a la boca, volvió a bajar al pezón que empujaba la tela.

—Buenas tardes —dijo él, recuperando el tono profesional.

—Hola —respondió ella, en voz más baja de lo necesario.

Le entregó la caja. Ella la tomó con las dos manos, lo que hizo que la blusa se ajustara de una manera muy precisa por arriba: los pezones se marcaron enteros, redondos, apuntando hacia él. El chico miraba. No de forma obvia ni grosera, sino con esa concentración involuntaria que se instala cuando el cuerpo reacciona antes de que el cerebro pueda ordenarle que mire hacia otro lado. Desde mi rincón vi cómo tragaba saliva. Yo, detrás del sillón, me estaba masturbando despacio, con la polla latiéndome en la mano al ritmo de cada mirada suya.

—Son dieciséis con ochenta —dijo el chico.

Ella asintió y dejó la caja sobre la mesita del recibidor. Fue hacia el salón a buscar el monedero, que había colocado estratégicamente sobre la mesa del fondo, a unos metros. Tuvo que caminar hacia allá con la espalda hacia él: la falda corta, los tacones, el encaje de las medias asomando con cada paso. Cuando se inclinó para tomar el monedero, la falda se le subió más de lo que ella dejó ver, y desde mi ángulo vi lo que él también vio: el borde blanco de la piel del muslo por encima de la media, el pliegue del culo asomando un centímetro, un destello del coño depilado entre los muslos apretados. Se aguantó ahí un segundo más de lo necesario.

Fue entonces cuando lo vi.

El chico sacó el teléfono del bolsillo trasero del pantalón con una naturalidad que habría resultado convincente si no fuera porque lo desbloqueó directamente en la cámara. Apuntó hacia donde estaba ella, inclinada sobre la mesa buscando el monedero, y empezó a fotografiar el culo, la falda subida, los muslos. Los vi ampliarse en la pantalla mientras hacía zoom con dos dedos.

No sé cuántas fotos tomó. Sé que yo dejé de respirar durante todo el proceso y que la mano no se me detuvo un instante sobre la polla.

Ella se irguió y se giró. Él guardó el teléfono con rapidez, pero no la suficiente.

—¿Me acabas de fotografiar? —preguntó ella. Sin enfado en la voz. Con la tranquilidad de quien ya sabe la respuesta y solo espera que el otro la confirme.

—No, señorita, es que me llegó un mensaje y…

—Tengo el mismo modelo que tú. Conozco el sonido del obturador.

Silencio. El chico abrió la boca sin decir nada durante un momento. Vi el bulto en su pantalón: se le marcaba la polla dura contra la tela del uniforme, sin manera de disimularlo.

—Mira —dijo ella, apoyando la cadera en el marco del salón—. No me molesta que lo hayas hecho. Pero si te llevas fotos mías, algo es algo. Me descuentas diez euros del pedido.

Él la miró sin entender del todo.

—¿En serio?

—En serio. Y así no tengo que llamar a tu empresa a contarles lo del teléfono.

El chico asintió y le devolvió el cambio completo, más algo por encima. Ella lo tomó sin mirarlo, como si la transacción fuera la parte más normal de recibir un pedido a domicilio.

Cuando él estaba ya en el umbral, a punto de marcharse, se paró. Se giró despacio.

—Oye… ¿te puedo pedir una cosa?

—Depende de la cosa —dijo ella.

—Si me dejas tomarle dos fotos bien, de frente, te devuelvo todo lo que pagaste.

Ella se cruzó de brazos. El gesto ajustaba la blusa de una manera que no pasó desapercibida: los pezones se le clavaron contra la tela como dos piedras.

—Mi marido llega en cualquier momento.

—Solo cinco minutos. Dos fotos y me voy.

—Una condición: desde el pasillo. No entras.

—Claro, lo que usted diga.

Ella se colocó en el marco de la puerta, una pierna ligeramente adelantada, la cadera ladeada. El chico levantó el teléfono y empezó a fotografiar. Cambiaba el ángulo cada pocos segundos: bajaba un poco la cámara, la subía, daba un paso a un lado. Lo hacía con más método de lo que yo esperaba.

—¿Te puedo pedir que te desabroches otro botón? —dijo él, con la voz un poco rota.

Ella lo hizo. Se soltó el botón siguiente, y el siguiente, hasta que la blusa se abrió lo suficiente para que se le vieran las tetas enteras, los pezones duros, la curva de abajo blanca contra el crema de la tela. No se la quitó. Solo la dejó abierta.

—Así —dijo él, disparando ráfagas—. Así, quieta.

—¿Puedo pedirte que te sientes un momento? En esa silla, ahí en el recibidor.

Ella hizo una pausa. Lo miró un segundo. Luego se sentó. Cruzó las piernas con esa calma que me desquicia porque sé perfectamente lo que hay detrás de ella. La falda quedó a una altura que hizo que el chico perdiera el hilo de lo que iba a decir a continuación. Después las descruzó, muy despacio, y las volvió a cruzar del otro lado. En ese instante entre una postura y otra, con las rodillas separadas un segundo, se le vio el coño entero: rosado, mojado, brillando bajo la luz del recibidor. El chico bajó el teléfono un segundo, se lamió los labios y volvió a subirlo. Disparó cinco o seis veces seguidas.

Yo detrás del sillón me estaba mordiendo el dorso de la mano libre para no gemir. Con la otra me apretaba la polla desde la base, aguantando la corrida a duras penas. Sentía el semen subiendo y bajando, listo para salir a la primera distracción.

—Abre un poco las piernas —dijo él, casi susurrando.

Ella las abrió. Dos dedos. Después cuatro. La falda se le subió sola con el gesto y él le enfocó el coño de frente durante lo que a mí me parecieron minutos. La oí respirar más hondo. Vi cómo apretaba el borde de la silla con los dedos.

Siguió fotografiando durante un par de minutos. Ella esperaba sin moverse, mirándolo con una expresión neutra que era todo menos neutral. Estaba tan mojada que había una mancha oscura en el borde de la silla debajo de ella.

—Bueno —dijo ella por fin, cerrando las piernas y levantándose—. Eso es suficiente. Tienes que irte.

—Sí, claro. Muchas gracias, en serio.

—Cuídate.

Cerró la puerta.

***

Me quedé detrás del sillón unos treinta segundos más, sin moverme, con las rodillas entumecidas, el corazón todavía en la garganta y la polla goteando sobre el suelo. Cuando me incorporé, ella estaba apoyada en la puerta cerrada con los ojos entrecerrados, la blusa aún abierta y una sonrisa pequeña en la comisura.

—¿Cuánto has visto? —preguntó sin abrir los ojos.

—Todo —dije, saliendo con la verga en la mano, dura, brillante, apuntándole a ella desde tres metros.

Abrió los ojos. Me miró de arriba abajo, notando el estado en que me encontraba.

—Todo —repitió, como si sopesara la palabra, con la mirada clavada en mi polla.

—Desde el primer segundo.

Se separó de la puerta y vino hacia mí. Me tomó la cara con las dos manos y me besó despacio, con la lengua entera dentro de mi boca, sin apuro, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Después bajó por el cuello, por el pecho, se arrodilló ahí mismo, en el pasillo, y me metió la polla en la boca hasta el fondo. Sentí el paladar, la garganta, la lengua apretándome por debajo. Chupó con hambre, con saliva cayéndole por la barbilla, sacándomela y volviéndola a meter con un ruido húmedo que me subía por la columna.

—Todavía no —le dije, tirándole del pelo para levantarla—. Al sofá.

La empujé al sofá. Se tumbó de espaldas, con las piernas abiertas y las medias intactas, la falda arrugada en la cintura, la blusa abierta a los lados. El coño mojado, hinchado, esperando. Me arrodillé entre sus piernas y le pasé la lengua desde el culo hasta el clítoris de una sola vez, larga, lenta. Ella cerró los muslos alrededor de mi cabeza y soltó un gemido que había estado guardando durante media hora.

—Cómemelo entero —dijo—. Como si me lo hubiera comido él.

Le chupé el clítoris hasta dejárselo hinchado, le metí la lengua en el coño buscando el sabor, le mordí los labios interiores muy despacio. Le metí dos dedos y se la follé con ellos mientras le lamía por arriba, curvándolos hacia dentro hasta que empezó a gemir corto, apretado, con las caderas subiendo hacia mi cara. Cuando estaba a punto de correrse, saqué los dedos y le clavé la polla de golpe, hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se cerraba alrededor de la verga en el mismo empujón.

—Joder —dijo—. Joder, así.

La follé duro. No pude ir despacio ni un segundo. Media hora aguantando, con la imagen del chico enfocándole el coño todavía en la cabeza, me hicieron entrarle a ritmo de martillo desde el primer envite. Las tetas se le movían con cada golpe, se le salían por los lados de la blusa abierta, los pezones rojos, duros. Le agarré una y se la apreté hasta que gimió más fuerte.

—Dime lo que viste —le dije al oído sin parar de moverme.

—Vi cómo me miraba las tetas cuando le di la caja —dijo, con la voz cortada por los empujones—. Vi cómo se le puso dura contra el pantalón. Vi cómo se lamía los labios cuando le abrí las piernas.

—¿Querías que te la sacara?

—Sí —dijo—. Sí, la quería. La quería aquí, donde tienes tú la tuya.

—¿Le habrías dejado?

—Si tú lo hubieras dicho, sí.

La puse boca abajo, de rodillas sobre el sofá, y le levanté la falda del todo. Le vi el culo, las medias hasta el muslo, el coño abierto y goteando. Se la metí desde atrás y le agarré las caderas para tirarla contra mí a cada envite. Ella metió la cara en el cojín y gritó ahí dentro, gritó fuerte, con la voz amortiguada por la tela. Le pasé el pulgar por el culo, mojado del propio flujo de ella, y se lo empujé despacio hasta la primera falange. El coño se le cerró de golpe alrededor de la polla y se corrió con un temblor largo, apretándome tanto que casi me arrastra con ella.

—Córrete dentro —dijo cuando pudo hablar—. Dentro. Que se me caiga por las medias.

Aguanté tres o cuatro embestidas más y me corrí a chorros, largo, vaciándome dentro de ella con la mano apretándole la cintura. Sentí el semen saliendo en pulsos, ella todavía temblando, el sofá manchado debajo. Cuando saqué la polla, un hilo blanco le bajó por el muslo hasta el borde de la media, exactamente como ella lo había pedido.

Nos dejamos caer en el sofá y hablamos de lo que había pasado con esa mezcla de excitación y análisis que tenemos después de estas cosas: qué había funcionado, qué nos había sorprendido, en qué momento exacto la tensión había llegado al punto más alto. Ella dijo que lo mejor había sido ese instante en que él guardó el teléfono al verla girarse. Ese segundo de pánico en alguien que se creía invisible.

Yo le dije que lo mejor de ella había sido la naturalidad. La manera en que negoció sin perder la calma, sin subir el tono, como si tener fotos no autorizadas fuera algo que se resolviera con un simple ajuste en el precio del pedido.

—¿Estabas nerviosa? —le pregunté.

—Mucho —dijo—. Mucho más de lo que se notó. Cuando le abrí las piernas en la silla creí que me iba a correr sin tocarme.

—No se notó nada.

—Bien. Para eso era.

La pizza seguía sobre la mesita del recibidor, completamente fría. Nos quedamos en el sofá mucho más tiempo del que habíamos calculado, y cuando por fin nos levantamos a buscarla, afuera ya había oscurecido. Antes de cenar la puse contra la pared de la cocina y se la metí otra vez, de pie, con las medias todavía puestas, mientras ella se agarraba al borde de la encimera y me repetía en la oreja lo mojada que había estado con el teléfono del chico enfocándole el coño.

Esa noche, con las luces apagadas, volvimos a hablar. No sobre lo que podría pasar en otra ocasión, sino sobre lo que había pasado esa tarde, repasando cada detalle. Construyendo la escena de nuevo desde el principio. Terminé con la cabeza entre sus piernas, comiéndoselo otra vez muy despacio, mientras ella me contaba, en voz baja y entrecortada, lo que habría hecho si yo no hubiera estado detrás del sillón.

En algún lugar de la ciudad, un chico de reparto revisaba las fotos de su teléfono sin saber que había un tercer par de ojos que lo había visto todo.

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Comentarios(8)

MiradorFurtivo

excelente!!! me dejo temblando jajaja

Fede_Cba

Segunda parte urgente!! Quede con ganas de saber como termino todo, no puede quedar asi jaja

RubenMDZ

Este tipo de relatos me fascinan, simples pero muy efectivos. Bien escrito, gracias por compartir

Pato_Salta

jajaja el titulo ya me vendio y no me defraudo para nada. Muy bueno

CarlosK_91

Me recordo a algo parecido que casi nos pasa a nosotros, aunque no llegamos a tanto. Gracias por compartirlo

NocheDePlata

La tension que construiste desde el principio esta increible. Se hizo corto, quiero mas!!

Klaudia_M

Eso de esconderse y mirar todo... demasiado morboso jajaj. Buenisimo, segui asi

TokyoDreams

las fotos las vieron despues?? Me muero de curiosidad jeje. Excelente historia

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