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Relatos Ardientes

La noche en que me convertí en voyeur sin quererlo

Teníamos treinta y tres años y veintiocho respectivamente cuando ocurrió lo que todavía hoy, algunos sábados a la noche, vuelve a aparecer entre nosotros sin que ninguno de los dos lo haya convocado.

Llevábamos seis años de casados, cuatro de novios antes de eso. Una vida ordenada y sin grandes ambiciones: yo trabajaba en la administración pública, un empleo estable pero sin proyección; Lucía se ocupaba de nuestra hija de cuatro meses y hacía pequeños trabajos de diseño gráfico freelance cuando la nena dormía. Nos alcanzaba para el alquiler, la comida, los pañales y poco más. No éramos pobres, pero administrábamos con cuidado.

Era, por decirlo de algún modo, una vida normal. Lo que pasó esa noche la cambió sin que ninguno de los dos lo eligiera exactamente.

La invitación del licenciado Ferreyra llegó un martes por la mañana. Era el jefe de mi sección en el organismo, un hombre meticuloso de cincuenta y tantos que organizaba cenas en su casa del barrio norte con una regularidad calculada. No ir era, en ese ambiente, una declaración de intenciones. Ir no garantizaba nada, pero quedarte en casa te dejaba afuera de las conversaciones que importaban. Con los cambios de conducción que se avecinaban en el área, me convenía estar presente.

Le avisé a Lucía esa misma noche. Ella miró a la nena, que dormía en el moisés, calculó la logística en silencio durante unos segundos y después dijo:

—Necesito algo para ponerme.

Fuimos el fin de semana a comprar ropa, algo que no hacíamos desde antes del embarazo. Ella eligió un vestido azul oscuro, sobrio, con una falda que le llegaba un poco por debajo de la rodilla. Zapatos cerrados de taco moderado. Y unas medias finas, casi traslúcidas, del tipo que no usaba desde hacía más de un año.

Siempre tuve una fijación con esa clase de ropa. Nunca se lo había dicho directamente a Lucía, por timidez o porque me parecía un detalle demasiado pequeño para mencionarlo. Esa tarde, cuando se vistió en el dormitorio para probar el conjunto, me quedé mirándola desde el umbral sin decir nada.

—¿Qué? —preguntó ella, mirándome por el espejo del ropero.

—Nada. Estás muy bien.

Era verdad. Pero yo ya estaba pensando, sin saber bien por qué, en el viaje de vuelta.

***

La cena fue exactamente lo que esperaba: conversaciones en voz baja sobre política interna del organismo, jerarquías disimuladas bajo brindis formales, el licenciado Ferreyra en el centro de todo con una copa en la mano y la mirada evaluando a todos sin que pareciera que evaluaba a nadie. Me manejé como pude. Lucía se desenvolvió sola con las esposas de los otros empleados, que la miraban con esa mezcla de simpatía y curiosidad reservada para las recién llegadas al círculo.

A las once y cuarto nos despedimos. Afuera hacía frío. Caminamos hasta la estación de subte más cercana y bajamos al andén.

El vagón estaba lleno para ser un viernes a la noche. Nos ubicamos cerca de las puertas del medio, yo detrás de Lucía, su hombro rozando mi pecho. El tren olía a cansancio acumulado, a perfume mezclado con ropa húmeda. En la siguiente parada subió más gente y el espacio entre cuerpos se redujo todavía más.

***

Fue en la tercera estación que entró el hombre del maletín.

Tendría cuarenta y pocos. Traje oscuro, corbata aflojada, maletín de cuero marrón colgando del antebrazo izquierdo. Se ubicó detrás de Lucía con la naturalidad de alguien habituado al transporte en hora punta. No le presté atención al principio.

Fue Lucía la que me hizo sospechar algo.

No dijo nada. Solo noté una tensión en sus hombros que no estaba antes: una forma de mantener el cuerpo quieto que no era relajación sino contención. Conocía ese gesto. Era el de alguien que está concentrándose en no moverse.

Me corrí apenas hacia la derecha, unos centímetros. Solo eso.

Y vi la mano del hombre.

No estaba apoyada en la barra. Descansaba sobre la cadera de Lucía, sobre la tela del vestido, con una presión que no tenía nada de accidental. Era una mano que sabía exactamente dónde estaba puesta y que no tenía intención de moverse.

El calor me subió a la cara de golpe. El estómago se me cerró. Y al mismo tiempo, mezclado con todo eso y sin que yo lo hubiera convocado, sentí algo completamente diferente. Una tensión física que no tenía nada que ver con la rabia. La verga se me empezó a hinchar contra el pantalón, dura y pesada, apretada de costado contra la tela, y no había manera de acomodarla sin que se notara.

Tengo que hacer algo. Tengo que llegar hasta ella. Tengo que decirle algo a ese tipo ahora mismo.

No me moví.

El tren frenó en la siguiente estación. Bajó gente, subió más. Quedé aplastado contra la puerta lateral, más lejos de Lucía que antes. Ella seguía con la mirada fija en un punto neutro de la ventana, como si el tren fuera vacío. El hombre del maletín no se había movido.

Lo que pasó en los minutos siguientes lo reconstruí después, porque en el momento solo fui capaz de registrar fragmentos. Vi cómo él desplazaba la mano lentamente desde la cadera hacia la parte posterior del vestido, palpándole el culo por encima de la tela, midiéndoselo con la palma abierta, apretando con los dedos la carne firme de una nalga y después de la otra. Vi cómo Lucía cerraba los ojos, apenas un segundo, como si estuviera concentrándose en algo interno. Vi que separaba los pies un centímetro, quizá dos, quizá menos, lo justo para que la mano del tipo pudiera meterse mejor entre sus muslos. Vi que no se corrió. Que no cambió de posición. Que no hizo ningún gesto que se pudiera leer como rechazo.

El hombre entendió el permiso. Le fue subiendo la falda por atrás, con la palma pegada a la media, arrastrando la tela hacia arriba de a poco, hasta que le quedaron los muslos al aire por debajo del vestido. Le pasó los dedos por el borde de la media, por la piel desnuda que empezaba arriba, y siguió subiendo. Le agarró el culo por encima de la bombacha con las dos manos ahora, una en cada nalga, y las apretó fuerte, separándolas. Lucía tragó saliva. Vi el movimiento en su garganta desde donde estaba.

Tenía la verga dura y no entendía qué me estaba pasando. Se me había humedecido la punta contra el calzoncillo. Estaba mirando cómo un desconocido le manoseaba el culo a mi mujer en un vagón lleno y en vez de moverme para pararlo estaba calculando el ángulo para ver mejor.

El tipo le corrió la bombacha con un dedo. Fue solo un segundo, pero lo vi. Le metió la mano entera por debajo, por atrás, y ahí se quedó, hurgando. Lucía apoyó la frente contra el vidrio de la puerta. El vaho de su respiración empañó una mancha redonda en el vidrio y la mancha empezó a crecer y a achicarse cada vez más rápido. Después vi que ella movía apenas la cadera hacia atrás, un movimiento mínimo, casi imperceptible, para encontrarse con esa mano. Y ahí supe que estaba mojada. Lo supe sin verlo, por la forma en que él movió la muñeca de golpe, más rápido, más adentro.

***

En la siguiente parada grande bajó la mitad del vagón. Quedaron varios asientos libres. Lucía fue hacia uno, cerca de la ventana. El hombre del maletín se sentó a su lado antes de que yo pudiera llegar.

Me quedé parado, a tres metros, agarrado a la barra de arriba.

No podía ver bien desde ese ángulo. Pero vi que Lucía recostaba la cabeza contra el vidrio, como si quisiera dormir. Y vi que la mano del tipo reaparecía, esta vez sobre su rodilla, sobre la media traslúcida que brillaba levemente bajo la luz artificial del vagón. La mano subió despacio, muslo arriba, arrastrando el vestido detrás. El maletín le tapaba la escena a cualquiera que mirara desde el pasillo, pero yo estaba en el ángulo justo. Vi que le abría las piernas empujando con la palma la cara interna del muslo derecho. Vi que ella no las cerraba. Vi que dejaba caer una rodilla hacia afuera, apoyada contra la pared del vagón, y que la otra se quedaba abierta hacia el pasillo, contenida solo por el borde del asiento.

La mano se le perdió entre las piernas. Vi los tendones del antebrazo del tipo moviéndose bajo la manga del saco. Vi cómo Lucía apretaba los labios y respiraba por la nariz, tratando de no hacer ningún sonido. Vi que le había abierto la bombacha para el costado con dos dedos y le estaba metiendo uno, después dos, adentro del coño, entrando y saliendo con un ritmo lento y prolijo, sin apuro, como si fuera el dueño del asunto. La bombacha se le había corrido del todo y le quedaba una franja de tela apretada en la ingle. Vi el brillo de humedad en los dedos del tipo cada vez que los sacaba antes de volver a meterlos.

Lucía se mordió el labio de abajo. Después lo soltó. Después se lo mordió otra vez. Tenía la cara pegada al vidrio y los ojos entrecerrados. Yo estaba parado agarrado a la barra con la verga tan dura que me dolía, apretada contra la costura del pantalón, y no me animaba a ponerme la mano ahí para acomodarla. Sentía que si me la tocaba, aunque fuera un segundo por encima de la tela, me iba a correr ahí parado.

El tiempo pasó de otra manera adentro del tren en esos minutos. No sé cuántas estaciones fueron. Vi que en algún momento el tipo le sacó los dedos y se los llevó a la boca, y los chupó despacio, uno por uno, con los ojos fijos en el perfil de Lucía. Vi que después le volvió a meter la mano ahí abajo, esta vez el pulgar apoyado sobre el clítoris, moviéndose en círculos pequeños y rápidos. Vi el momento en que a Lucía se le fue el aire de golpe y le tembló todo el muslo derecho contra el vestido levantado. Se le empañaron los ojos. No hizo un solo ruido.

Entonces Lucía se movió. Un movimiento brusco, el antebrazo que empujó hacia un costado, y le dijo algo al hombre en voz muy baja: dos o tres palabras que no alcancé a escuchar desde donde estaba. El tipo recogió el maletín, se levantó y pidió la bajada antes de la siguiente parada.

Lucía reacomodó el vestido con calma. Se estiró la falda hacia abajo por encima de las medias, se acomodó la bombacha con un gesto rápido de la mano contra el muslo, cerró las rodillas. Levantó la vista y me miró directamente por primera vez desde hacía varios minutos.

Yo tampoco supe qué decirle.

***

Tomamos el colectivo de regreso casi en silencio. Las calles pasaban afuera, iluminadas y casi vacías a esa hora. Cuando llegamos al departamento eran casi las doce y media. La nena dormía. La señora que se había quedado a cuidarla se despidió rápido y se fue.

Lucía fue al baño. Yo me senté en el borde de la cama e intenté ordenar lo que tenía adentro, que era una mezcla de cosas que no deberían estar juntas: confusión, vergüenza, una excitación que todavía no se había ido del todo, y una pregunta que no me animaba a formularle a ella ni a mí mismo.

Ella salió del baño todavía con el vestido puesto, solo descalza. Se quedó parada en el umbral, mirándome.

—¿Qué te pasa? —dijo.

—Nada.

Pero no era convincente y los dos lo sabíamos.

Me acerqué y la tomé de la cintura. Empecé a acariciarle las piernas por encima de las medias, ese tejido fino y frío que esa noche tenía un peso diferente al de siempre. Le pasé la mano por atrás, por el culo, y ahí se lo apreté igual que había hecho el otro, con las dos manos, separándole las nalgas por encima del vestido. Ella no se separó. Apoyó las manos en mis hombros y me dejó. Le levanté la falda hasta la cintura de un tirón. Tenía la bombacha todavía corrida a un lado, exactamente como la había dejado el tipo del subte. No se la había acomodado en el baño.

Le metí dos dedos de una. Estaba empapada. Adentro tenía el coño hinchado y ardiendo, latiendo contra mis dedos como si le siguiera pasando algo aunque hubiéramos bajado del tren hacía una hora. Lucía dejó salir un gemido ahogado contra mi cuello. Le saqué los dedos y se los mostré, brillando bajo la luz de la lámpara del dormitorio.

—Mirá cómo estás —le dije.

Ella no me contestó. Me agarró la mano y se llevó mis dedos a la boca, y me los chupó despacio, sin dejar de mirarme, hasta dejarlos limpios.

Nos fuimos a la cama.

La tiré boca abajo sobre el colchón con el vestido todavía enrollado en la cintura y las medias puestas. Le bajé la bombacha hasta los tobillos, se la enredé entre los pies, no se la saqué. Me arrodillé detrás y le abrí las nalgas con los pulgares. Tenía el coño rosado, brillante, con la boca de la vagina apenas abierta de tanto haber estado tocado. Bajé la cara y se lo lamí de una punta a la otra, desde el clítoris hasta el otro agujero, y ella arqueó la espalda y hundió la cara contra la almohada para no gritar y despertar a la nena.

Le comí el coño largo rato, con la lengua metida bien adentro, con los labios chupándole el clítoris hasta hacérselo latir contra la boca. Le pasé la lengua por el ojete también, apretándoselo en círculos, y ahí se estremeció entera y me dijo con la voz apagada contra la almohada que no parara, que siguiera, que le siguiera haciendo eso. Se corrió así, contra mi cara, apretándome la cabeza entre los muslos con las medias raspándome las mejillas, y la sentí temblar de arriba abajo mientras se mordía el brazo para no hacer ruido.

No le di tiempo. Me subí encima, me bajé el pantalón hasta la mitad del muslo y me la metí de una, hasta el fondo, en la misma posición boca abajo. Estaba tan mojada que entré entera de la primera embestida. Ella soltó un quejido largo contra la almohada y levantó el culo para recibirme mejor. La agarré del pelo con una mano y del hombro con la otra y empecé a cogerla fuerte, sin la contención de las otras veces, sin cuidar el ritmo, sin preguntar. El colchón sonaba contra el respaldo. La cabecera daba golpes secos contra la pared. Yo no la escuchaba a ella, la escuchaba a él, escuchaba lo que le había dicho ese tipo al oído en el asiento del subte antes de bajarse, aunque no había escuchado nada, y estaba cogiendo esa versión de mi mujer, la del vagón, la que había separado las rodillas para dejarse tocar por un desconocido.

—Decilo —le pedí, sin saber bien qué le estaba pidiendo.

—¿Qué?

—Lo que sentiste. Cuando te tocaba.

Ella se quedó callada un segundo, con la boca abierta contra la almohada, jadeando.

—Que me lo iba a hacer ahí mismo —dijo—. Que si vos no hacías nada me lo iba a hacer ahí mismo y yo lo iba a dejar.

Me corrí antes de que terminara de decirlo. Se lo llené entero, adentro, en unos espasmos largos y sacudidos que me dejaron sin aire. Cuando salí me di cuenta de que le chorreaba por los muslos, contra las medias, empapando la parte de arriba del elástico. Ella se dio vuelta despacio, con el vestido todavía enrollado, se llevó la mano ahí abajo y se pasó los dedos por el coño lleno de semen, y después se los llevó a la boca. Los chupó igual que había chupado los míos hacía un rato. Me miró todo el tiempo.

Nos quedamos así, mirándonos, respirando. Después seguimos, más despacio esta vez, con la mano metida uno al otro, tocándonos como si estuviéramos revisando algo, como si estuviéramos buscando qué era exactamente lo que había cambiado.

En algún momento me escuché a mí mismo preguntar, sin haberlo planeado:

—¿Qué sentiste ahí en el subte?

Lucía se detuvo.

—¿Cuánto viste? —preguntó.

—Suficiente. Te vi correrte.

Hubo un silencio que duró varios segundos.

—No sé por qué no lo detuve antes —dijo, con una voz que no era exactamente una confesión pero tampoco una explicación—. Al principio pensé que era el movimiento del vagón. Después supe que no. Y no me moví igual. Me abrió la bombacha con dos dedos y yo separé las piernas más. Yo sola. Nadie me obligó.

—¿Te gustó? —pregunté.

Otra pausa. Más larga que la anterior.

—Me asustó que me gustara —dijo—. No sé si eso son cosas distintas. Me terminé encima de la mano de un tipo que no sabía cómo se llamaba. Con vos mirando.

Le pregunté si quería que dejara de hablar del tema. Me dijo que no. Le pregunté si lo había pasado mal cuando finalmente lo apartó. Me dijo que no, que en el momento de hacerlo se sintió bien, pero que antes, en esos minutos de no moverse, había algo que tampoco sabía cómo llamar.

—Igual que yo —dije—. Estaba duro. No podía hacer nada. Estaba duro mirando.

No sé si eso la sorprendió o si ya lo sabía. Se quedó callada un momento y después se subió arriba mío otra vez, sin dejar de mirarme, y se me sentó encima de la verga que se me había vuelto a poner dura de solo hablar del tema. Se movió despacio, con las manos apoyadas en mi pecho, mirándome a los ojos todo el tiempo, y ahí seguimos hablando en voz baja, entre jadeo y jadeo, hasta que los dos nos volvimos a correr casi juntos y ella se quedó dormida sobre mí sin bajarse.

Algo había cambiado entre nosotros. No de manera dramática, no con promesas ni declaraciones. Solo un cambio en la temperatura de lo que éramos juntos, como cuando se abre una ventana que llevaba tiempo cerrada y el aire de afuera entra y lo modifica todo sin que puedas señalar exactamente qué.

***

No volvimos a hablar de eso directamente durante los días que siguieron. Pero estaba ahí, en los silencios de las cenas y en la forma en que a veces nos mirábamos cuando creíamos que el otro no prestaba atención.

Una semana después, en la cocina un domingo a la tarde, Lucía dijo sin levantar la vista de la taza:

—Si alguna vez quisieras que volviéramos a explorar algo así...

No terminó la frase.

—Tendría que ser con reglas —dije.

—Sí —dijo—. Con reglas.

No acordamos nada concreto esa tarde. Pero habíamos dicho en voz alta algo que hasta entonces solo había existido como una incomodidad sin nombre entre los dos. A veces pienso que esa noche en el subte no nos cambió: solo iluminó algo que ya estaba ahí, esperando el momento justo para ser visto.

No sé si eso lo hace mejor o peor.

Creo que tampoco importa.

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Comentarios(9)

NochesBsAs

Increible, te quedó muy real. Casi incomodo de leer por lo honesto jaja. Mas de esto!

Marquitos_92

El primer párrafo me enganchó de entrada y ya no pude parar. Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas.

ClaroOscuro

Me recordó una situación parecida que viví en un colectivo. Ese momento donde no sabés si mirar o desviar la vista... muy bien capturado.

Mati_88

buenísimo!!!

SilvinaR_ok

Lo que más me gustó es como capturás esa mezcla de culpa y curiosidad sin hacerlo obvio. No es facil lograr eso y acá se siente muy natural. Seguí escribiendo!

Pato77

jaja la honestidad del narrador me mató, muy distinto a lo que suele haber en esta categoria. Excelente.

Lola_del_norte

Se hizo corto, quiero mas!! :)

FreddyLec

¿Hay segunda parte? Quede con muchas ganas de saber como termina esto para el protagonista.

GusLector

Hacia tiempo que no leía algo así en esta sección. Muy buen trabajo, saludos desde Córdoba.

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