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Relatos Ardientes

La mirada que nos encendió en el supermercado

Era el 31 de diciembre y faltaban pocas horas para el año nuevo cuando Valeria y yo salimos al supermercado. No había nada extraordinario en el motivo: necesitábamos fruta, una botella de vino y un poco de queso para la cena que preparábamos en casa. Mi suegro se había quedado cuidando a nuestra hija, así que tuvimos esa rareza que tan pocas veces ocurre en los años que llevamos casados: un momento de libertad sin obligaciones.

Pero la salida no era ordinaria. Nada en esa salida era ordinario.

Antes de irnos, Valeria se había duchado y cambiado con una calma que me resultó sospechosa. Eligió una faldita negra con algo de vuelo que le quedaba a mitad del muslo, una blusa de rayas finas ajustada al cuerpo, y encima se puso el abrigo largo de lana gris. Por dentro, sin embargo, llevaba medias: primero una panty de lycra color natural, y encima otra de red negra que le subía hasta la cintura. Botas altas de tacón medio, negras. Nada de ese conjunto era accidental. Cuando terminó de vestirse, se levantó la falda delante del espejo para revisar cómo le quedaba la red sobre el muslo, y yo, que la miraba desde la puerta del cuarto, sentí la polla endurecerse de golpe dentro del pantalón. Ella me vio en el reflejo, sonrió, y sin girarse me dijo: «esta noche te voy a hacer sufrir un rato, y después te voy a hacer venir como un animal». Se me secó la boca.

Yo también me había vestido bien esa noche. Camisa oscura, pantalón de vestir. Era fin de año, aunque fuera solo para ir al súper de la esquina.

Cuando salimos al frío de diciembre, el aire era seco y cortante. Le pedí que abriera el abrigo al llegar al establecimiento, y ella lo hizo sin decir nada, con esa sonrisa pequeña que tiene cuando sabe exactamente qué está haciendo. Dentro del supermercado la luz blanca la iluminaba de arriba abajo, y no tardé en notar que no era el único que reparaba en lo que llevaba puesto. Dos hombres en la sección de entrada la miraron al pasar. Uno de ellos incluso giró la cabeza.

Hay algo en las medias que me descoloca. No sé si es el brillo sutil de la lycra, la forma en que marcan cada curva de la pierna, o simplemente lo que representan. En Valeria ese efecto se multiplica. Me basta verla así para perder el hilo de cualquier pensamiento racional. Esa noche, rodeados de familias que hacían sus compras de Nochevieja, yo no podía pensar en otra cosa que en arrancarle la panty con los dientes y comerle el coño ahí mismo, contra la góndola de las frutas.

Tomamos lo que necesitábamos con rapidez: la sección de frutas primero, luego el queso en el fondo refrigerado, el pan en la panadería. Nos sobró tiempo y recorrimos el resto sin prisa, empujando el carrito entre gente cargada de bolsas y parejas discutiendo qué vino comprar. Había una energía particular esa noche, esa mezcla de prisa y celebración que convierte el supermercado en algo distinto a lo habitual.

Cuando llegamos al pasillo de licores, el ambiente era de un caos ordenado. Los anaqueles estaban llenos hasta arriba, pero la gente se movía sin parar buscando champán, sidras, algo con burbujas para el brindis de medianoche. Los carros chocaban entre sí. Alguien discutía con un empleado por el precio de algo. Era ruidoso, apresurado, lleno de estímulos.

Fue entonces cuando lo vi.

Estaba al fondo del pasillo, casi agachado sobre el suelo, organizando el último nivel de una torre de sidras que alguien había empezado y dejado a medias. Era joven, tendría unos veintipocos años, con el delantal naranja del supermercado y el pelo algo revuelto. Estaba completamente concentrado en su tarea, acomodando botellas con cuidado para que no se cayeran. Su posición era perfecta: en cuclillas, casi arrodillado, con los ojos justo a la altura de las piernas de quien se detuviera frente a él.

La idea me cruzó la mente en un segundo y se instaló sin pedir permiso.

Le susurré a Valeria que se acercara, que le preguntara algo sobre las sidras o sobre cualquier otra cosa, que cualquier excusa servía. Ella me miró con una ceja levantada.

—¿Solo preguntarle? —dijo en voz baja, con ese tono que mezcla curiosidad con algo más oscuro.

—Solo quedarte parada delante de él —respondí—. Que te mire bien las piernas. Yo me quedo aquí y te miro a los dos.

—¿Y si se le nota que se le para? —murmuró.

—Mejor —le dije al oído—. Después me lo cuentas y te follo pensando en eso.

Hubo un momento de silencio. Luego ella se reajustó la falda con un gesto mínimo, se pasó la lengua por el labio de arriba, soltó el asa del carrito y echó a andar hacia el fondo del pasillo. Yo me quedé donde estaba, a unos dos metros de distancia, fingiendo leer la etiqueta de una botella de vino que no me importaba en absoluto.

La vi acercarse al chico. Lo saludó, y él levantó la vista, y en ese instante noté cómo su expresión cambiaba. Primero el parpadeo de quien no entiende bien lo que ve. Luego el recorrido con los ojos, desde los pies hasta arriba, rapidísimo pero completo, sin ningún disimulo. Y después la quietud: dejó de mover las botellas. Seguía en su posición, en cuclillas, pero ya no estaba organizando nada. Estaba mirando.

Valeria le preguntó algo señalando una repisa lateral. Él respondió, y ella giró la cabeza para ver en la dirección que le indicaba, y en ese medio segundo en que ella miraba hacia otro lado, los ojos de él bajaron directamente a sus piernas y no volvieron a moverse. Era una mirada hambrienta, sostenida, la clase de mirada que un hombre lanza cuando cree que nadie lo está observando. La mirada de un tipo al que se le está poniendo dura en pleno turno de trabajo.

Pero yo sí lo observaba. Desde mis dos metros de distancia, con la botella en la mano y la polla marcándose contra la tela del pantalón, lo veía perfectamente.

Hablaron más de tres minutos. Él gesticulaba de vez en cuando, señalaba productos, explicaba algo, cumplía con lo mínimo que exigía la situación, pero cada vez que Valeria miraba hacia donde le indicaba, sus ojos regresaban al mismo punto. Medias de red sobre lycra. La línea del muslo que la falda dejaba al descubierto. La curva de la pantorrilla marcada por el tacón de la bota. Y más arriba, adonde no llegaba a ver pero seguro se estaba imaginando: la unión del muslo con el pubis, el coño de mi mujer bajo dos capas de tela.

En un momento dado, él hizo un gesto hacia el otro lado del anaquel y ella dio medio paso en esa dirección. La falda se movió apenas, un centímetro, y el chico contuvo la respiración. Lo vi. Un detalle pequeño, imperceptible para cualquiera que no estuviera mirando exactamente lo que yo miraba, pero ahí estaba. Se había tenido que reacomodar el bulto contra el muslo, con la excusa de estirar el delantal.

Yo tenía la erección desde hacía rato. No era una situación cómoda: los pantalones de vestir no están hechos para eso, y el roce de la tela se volvía más intenso con cada segundo. La punta de la polla me chorreaba dentro del bóxer, dejando una mancha húmeda que se pegaba a la piel. Seguía fingiendo leer etiquetas, pero lo único que veía era a ese tipo en el suelo mirando a mi esposa como si fuera lo más valioso del pasillo de licores de un supermercado en Nochevieja.

Lo que me excitaba no era celos. Era exactamente lo contrario: saber que lo que él veía era mío, que Valeria estaba ahí porque yo se lo había pedido, que ella disfrutaba de ese juego tanto como yo. Era un circuito cerrado de deseo que habíamos construido juntos sin decirlo con palabras, y ese tipo era solo el catalizador involuntario de algo que ya existía entre nosotros. Yo era el que iba a follármela esa noche. Él se iba a quedar con la imagen y con la paja que se haría en el baño del supermercado media hora después.

No aguanté mucho más. Me acerqué despacio, sin apurarme, como si nada. Me coloqué a su lado, le puse una mano en la espalda baja, justo donde empezaba la curva del culo, y le hablé al oído.

—¿Encontraste lo que buscabas?

Ella se giró hacia mí con los ojos brillantes y me respondió con un beso breve en la comisura de la boca. Bajó la mano y me apretó el bulto por encima del pantalón, un segundo, lo justo para que el chico lo viera.

El chico se puso de pie de golpe. Se le había trabado la lengua. Abrió la boca, la cerró, y terminó asintiendo como si fuera la respuesta a una pregunta que nadie había hecho. Tenía la cara roja y el delantal caído por delante en un ángulo que no engañaba a nadie. Tomamos una botella de las que él había estado acomodando, la metimos en el carrito y nos fuimos pasillo abajo sin mirar atrás.

***

Salimos del supermercado con las bolsas cargadas y el frío de diciembre en la cara. Caminamos deprisa hacia casa, y ella me contó en detalle todo lo que el chico le había dicho: que las sidras que estaba apilando eran de importación, que recomendaba una en particular, que si necesitaba más información podía llamar al servicio de atención al cliente. Cosas completamente normales, dichas de una manera que dejaba claro que estaba improvisando mientras trataba de no perder el hilo de su propia mirada.

—Se le notaba demasiado —dijo Valeria, riéndose—. Se le marcaba la polla contra el delantal, te lo juro. Cuando me agaché a mirar la etiqueta de una botella, pensé que se iba a correr encima.

—Por eso me gustó —respondí, ya con la mano metida por debajo de su abrigo, buscándole el muslo por encima de la red.

—Tenía los ojos pegados al suelo cada vez que yo miraba para otro lado. Como si creyera que así no me daba cuenta.

—¿Y te diste cuenta?

Ella me miró de reojo con esa sonrisa lateral suya.

—Desde el primer segundo. Estaba mojada antes de llegar al pasillo, cabrón.

En casa, antes de que mi suegro tuviera tiempo de preguntarnos qué habíamos tardado tanto, Valeria me llevó hacia el baño del pasillo con una mano firme en la muñeca. Cerró la puerta con el pestillo.

No hubo preámbulos. Se arrodilló sobre las baldosas frías, me desabotonó el pantalón de un tirón y me bajó el bóxer de un solo movimiento. La polla saltó afuera dura, hinchada, con la punta brillante de la humedad que llevaba acumulando desde el pasillo de licores. Ella la miró un segundo, como si la evaluara, y después levantó los ojos hasta los míos exactamente como él la había mirado a ella desde el suelo de ese supermercado.

—¿Te gustó verlo mirarme así? —susurró, y sin esperar respuesta se metió la polla entera en la boca, hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta.

Gemí contra los azulejos. Ella me la sacó despacio, con los labios apretados, y me la volvió a meter, esta vez más rápido. Me chupaba con hambre, con los dos huevos apretados en la palma de la mano, masajeándomelos mientras la boca subía y bajaba por la verga. La lengua se enroscaba en la corona, después bajaba plana por toda la longitud, después volvía a envolverla. Sabía perfectamente lo que hacía. Diez años de matrimonio le habían enseñado cada punto exacto de mi polla y ella los estaba trabajando todos a la vez.

—Chúpamela así, joder —le dije con la voz rota—. Chúpamela como te la habrías dejado chupar por él.

Ella gimió con la boca llena. Le gustó que se lo dijera. Aceleró. Se sacó la polla un segundo para escupirle encima, la escupitada le cayó en la corona y la esparció con la mano, y volvió a metérsela toda. Con la otra mano se levantó la falda y se metió dos dedos por debajo de la panty de red, directo al coño. La escuché suspirar cuando se tocó. Estaba empapada. La escuché por el sonido de sus dedos moviéndose entre los labios de abajo, un chapoteo pequeño que se mezclaba con el ruido de la boca en mi polla.

—Me voy a correr, Vale —le avisé—. Me voy a correr en tu puta boca.

Ella asintió con la polla dentro, sin sacársela, y aceleró todavía más. La punta me golpeaba contra el paladar, contra la garganta, y ella tragaba cada vez, apretando la boca alrededor. Me apoyé contra los azulejos fríos de la pared y me dejé ir por completo. Me vine en su boca en oleadas largas, tres, cuatro chorros seguidos, apretándole el pelo con las dos manos y aguantando el gemido para que no me oyeran desde el salón. Ella tragó todo, sin perder una gota, y cuando terminé todavía me mantuvo un rato más adentro, chupándome despacio, sacándome hasta la última pulsación.

Se puso de pie, se pasó el pulgar por la comisura, se limpió el hilo mínimo que se le había escapado y se lo llevó a la boca. Se arregló el pelo en el espejo como si nada y abrió la puerta.

—Ahora sí, la cena —dijo.

***

Esa noche brindamos a las doce con la sidra que ese chico había estado apilando, y los dos lo supimos sin decirlo. Nos miramos por encima de las copas con esa complicidad que no necesita palabras. Mi suegro propuso un brindis por el año nuevo y nosotros chocamos los vasos sonriendo, cada uno pensando en algo completamente distinto a lo que él imaginaba.

Más tarde, cuando la casa se quedó en silencio y nos fuimos a la cama, fue ella la que lo sacó a colación.

—¿Qué crees que pensó cuando te vio acercarte?

—Que había cometido un error —dije.

Ella se rio contra mi cuello, un sonido suave que se perdió en la almohada.

Y ahí empezó otra vez todo.

Le arranqué el pantalón del pijama de un tirón. Debajo se había vuelto a poner las medias de red, sin la panty de lycra esta vez, solo la red directa sobre la piel, y nada más. El coño desnudo asomaba por el rombo del entramado, brillante, ya hinchado, con los labios abiertos por lo poco que había hecho falta para calentarla otra vez. La imagen del chico en cuclillas todavía nos rondaba a los dos.

—Cómemelo —me pidió, y me empujó la cabeza hacia abajo con las dos manos—. Cómemelo pensando en cómo me miraba.

Le abrí las piernas, le levanté el culo con las dos manos por debajo y le hundí la cara en el coño. Tenía el sabor concentrado de una mujer que llevaba horas mojada. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, desde el borde del culo hasta el clítoris, y ella se arqueó soltando un gemido largo que se comió con la almohada. Me quedé arriba, en el clítoris, chupándoselo con los labios como si fuera una polla en miniatura, mientras le metía dos dedos y se los curvaba buscándole el punto de adentro. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, restregándose, sin ningún control.

—Así, así, no pares, cabrón, no pares.

Se corrió en mi boca a los pocos minutos, con las piernas apretándome la cabeza y las medias de red raspándome las orejas. Se corrió con un temblor que le subió desde los muslos hasta el vientre, mordiendo la almohada para no despertar a nadie. Todavía estaba temblando cuando yo me subí encima y le metí la polla de una sola embestida, hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se le contraía todavía por el orgasmo.

—Ay, joder —soltó—. Fóllame así.

La follé despacio al principio, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta chocarle contra el fondo. Ella me clavó las uñas en la espalda. Le levanté una pierna y me la puse en el hombro para entrar más profundo, y desde ese ángulo se veía perfecto: las medias de red subiendo por el muslo, la polla mía entrando y saliendo cubierta de sus flujos, el coño abriéndose alrededor cada vez que empujaba.

—Cuéntame lo que le hubieras dejado hacer —le dije al oído, sin parar de embestir—. Si yo no hubiera estado ahí. Cuéntamelo.

Ella cerró los ojos y jadeó.

—Le hubiera dejado meter la cabeza debajo de la falda ahí mismo, entre las cajas de sidras. Que me chupara el coño en el suelo del supermercado, arrodillado con el delantal puesto.

—Cabrona —gruñí—. Sigue.

—Y después le hubiera dejado sacarse la polla y metérmela contra la góndola, con la falda arriba, con las medias puestas, mientras tú me mirabas desde el otro lado del pasillo.

Empecé a follármela más rápido, con la mano en la garganta, apretando lo justo. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos entre nuestros cuerpos, moviéndolos en círculos rápidos.

—Me voy a correr otra vez —jadeó.

—Córrete, córrete apretándome la polla adentro.

Se corrió por segunda vez esa noche con un espasmo que me apretó la verga como un puño. Yo aguanté tres embestidas más y me vine dentro, con toda la fuerza que me quedaba, vaciándome hasta que no me quedó nada. Nos quedamos así, pegados, sudados, con las medias de red todavía puestas y la imagen de ese chico en cuclillas dando vueltas en los dos. Lo recordamos entre susurros, añadiéndole detalles que probablemente no pasaron, construyendo una versión del episodio más intensa que la real, más cargada, más nuestra.

Es lo mejor que tenemos: esa película que solo existe entre nosotros dos, que se pone mejor cada vez que la volvemos a ver.

Todavía hoy, cuando uno de los dos dice «¿te acuerdas de la Nochevieja del supermercado?», el otro ya sabe adónde va a terminar la noche.

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Comentarios(8)

MiradaFurtiva

que buen relato!! me atrapó desde el primer párrafo

NocturnoPerdido

Lo de las medias de red es un detalle que pocos saben usar bien en un relato. Acá queda perfecto, le da toda la atmósfera necesaria sin necesidad de decir mas nada.

Marcos_77

segunda parte por favor!!! quede con ganas de saber como termino todo

Laurita_88

me recordó a una vez en un shopping que me pasó algo parecido jajaja... el morbo de saber que alguien te está mirando sin que nada pase. Muy bien escrito!

GonzaFl

increible como con tan poco decis tanto. muy bueno

DiegoCba23

Excelente, tiene una tension muy bien manejada. No hace falta ser explicito para que sea excitante, y acá se nota.

Torvaldo

Pocas veces un relato de esta categoria logra transmitir esa tension sin resolver nada de manera explicita. La escena del super es cotidiana y eso la hace mas morbosa todavia. Esperando la continuacion con ganas.

Nacho_Baires

el titulo ya dice todo, me enganché solo de leerlo. buenísimo

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