El vecino del parque y su secreto vergonzoso
Llevo tres años corriendo en el parque de la colonia, desde que decidí tomar en serio mi cuerpo después de los treinta. No es un parque espectacular, pero tiene esa calidad de los parques viejos: árboles grandes, bancas de hierro pintadas de verde, una fuente que funciona bien en época de lluvias. Me gusta salir a las seis de la tarde, cuando el calor ya cedió un poco y todavía hay luz suficiente para correr sin preocupaciones.
Hay una cara familiar en ese parque. Mauricio. Tiene unos cuarenta y tantos años y vive con su madre en la casa azul de la calle paralela a la mía. La señora Consuelo y mi madre se conocen desde hace mucho, desde que éramos niñas, así que el nombre de Mauricio lo escuché toda mi vida en conversaciones de adultos. Él tiene un retraso cognitivo; no sé los detalles médicos porque nunca pregunté, pero me lo explicaron así desde chica y lo asumí sin pensarlo demasiado. Es un hombre grande, de casi un metro ochenta, con el pelo siempre mal cortado y unos lentes de montura gruesa que parecen sacados de otra época. Se mueve despacio y habla con esfuerzo, pero siempre fue amable. Cuando me cruzaba con él en el parque me saludaba con esa sonrisa amplia, un poco infantil, que tienen algunas personas que no han aprendido a disimular lo que sienten.
Ese martes en particular salí a correr con los audífonos puestos y la cabeza llena de trabajo. Había tenido una semana difícil en la oficina y necesitaba descargar el cuerpo para poder dormir. Hice mis cuatro vueltas al circuito del parque, estiré un poco junto a la fuente, y cuando me disponía a volver a casa vi a Mauricio a la distancia agitando la mano con esa energía suya de cachorro. Me acerqué porque no tenía excusa para ignorarlo.
—Sandra, hola —dijo, pronunciando cada sílaba con cuidado como si cada palabra le costara trabajo.
—Hola, Mauricio. ¿Cómo estás? ¿Está tu mamá en casa?
—Mamá fue a misa. Vuelve tarde. Sandra, ¿me ayudas? —Me mostró el celular, uno de esos smartphones viejos con la pantalla agrietada en una esquina—. No sé cómo poner la música, ya no suena.
Pensé que sería cosa de dos minutos. La señora Consuelo era buena gente y Mauricio no representaba ningún peligro; lo conocía de toda la vida. Acepté entrar.
***
La casa tenía ese olor denso de los lugares donde vive gente mayor: una mezcla de colonia barata, medicamentos y algo más difícil de identificar. Estaba un poco sucia, los pisos sin barrer, ropa doblada en el respaldo de las sillas. Mauricio me señaló el sillón de la sala y me entregó el celular con las dos manos, como si fuera algo valioso.
Me senté, desbloqueé la pantalla —no tenía contraseña— y entré a la configuración de audio. Era un problema sencillo: el volumen de los medios estaba en cero. Lo resolví en treinta segundos.
—Ya está, Mauricio —dije, sin levantar los ojos del celular.
Pero mientras lo entregaba de vuelta, mi dedo resbaló hacia la galería de fotos. La abrí sin querer. Y me detuve.
La primera imagen era yo.
Yo corriendo, vista de espaldas, en el parque. Después otra foto mía de frente, tomada sin que yo lo supiera. Otra más de costado. Fui pasando imágenes con el pulgar y no paraban: yo con la ropa deportiva ajustada, yo estirándome junto a la fuente, yo caminando hacia la salida del parque con los audífonos colgando del cuello. Decenas de fotos. Quizá más de cien. Todas tomadas en distintos días, con distintas luces, desde distintos ángulos.
Levanté la vista. Mauricio estaba parado en el umbral de la cocina, mirándome con esa expresión abierta que siempre tenía, sin ningún rastro de culpa ni de miedo.
—Mauricio, ¿estas fotos quién las tomó?
—Yo —dijo, simple, como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Por qué tienes fotos mías?
Tardó un momento. Se sentó despacio en la silla de enfrente, apoyando las manos en las rodillas, y me miró fijamente.
—Porque me gustas mucho, Sandra. Cuando no puedo dormir, las veo y me siento bien.
Quise reaccionar con enojo. Era lo correcto. Pero había algo en su tono —esa ausencia total de malicia, esa honestidad sin filtro que viene de no haber aprendido a mentir— que me desarmó antes de que pudiera armarme.
—¿Cómo que te sientes bien?
Se puso un poco rojo. Miró al suelo un momento y después volvió a mirarme.
—Me toco —dijo—. Aquí. —Se señaló la entrepierna, sin pudor pero también sin ninguna intención de provocar—. Cuando veo tus fotos me pasa algo rico y después me quedo dormido pensando en ti. Mamá no sabe, nunca le digo. ¿Tú me vas a decir?
Debería haberme levantado ahí mismo. Debería haber tomado el celular, borrado las fotos y salido de esa casa. Pero no lo hice. Me quedé sentada, procesando lo que acababa de escuchar, y sentí algo que no esperaba sentir: una curiosidad que me bajó por el pecho y se instaló más abajo.
—¿Y qué imaginas cuando te tocas?
—Imagino que tú pones tu boca aquí —se señaló de nuevo, con la misma literalidad de siempre—. Como en las películas que veo de noche en el iPad.
No dijo nada más. No necesitó decir más.
Seguí pasando las fotos, sin saber bien por qué seguía ahí sentada. Y entonces las encontré: al final del rollo, mezcladas con imágenes de su madre y de la calle y de un perro callejero, había fotos de él. Fotos que se había tomado solo, con el brazo extendido hacia abajo, y en las que aparecía sin ropa de la cintura para abajo.
Me detuve en la primera. Luego en la segunda.
Mauricio tenía una verga enorme. No exagerada como en el porno, sino proporcional a su cuerpo grande y lo suficientemente gruesa como para que me resultara imposible apartar los ojos. Llena de venas marcadas, con una cabeza ancha y encendida. La foto siguiente la había tomado desde otro ángulo, más de cerca, con la mano rodeándola para mostrar la diferencia de tamaño.
Cerré la galería. Le devolví el celular. Y permanecí sentada sin decir nada durante unos segundos que se sintieron muy largos.
—Mauricio —dije al fin—, ¿tú sabes guardar un secreto?
Asintió de inmediato, con esa seriedad repentina que a veces tienen las personas que no saben fingir.
—Mis secretos son muy buenos —dijo—. Nadie sabe lo de las fotos ni lo de las películas. Son mis secretos.
—Si hacemos algo aquí, no le puedes decir a nadie. Ni a tu madre, ni a nadie que venga a esta casa. ¿Entiendes?
Volvió a asentir, esta vez más despacio, como si estuviera evaluando el peso de lo que le pedía.
—Entiendo, Sandra.
***
Me puse de pie y me acerqué a él. Él no se movió; me miraba desde la silla, con las manos quietas sobre las rodillas, con esa calma suya que no era indiferencia sino simplemente que no sabía qué otra cosa hacer. Me quité la sudadera despacio. Llevaba debajo un top de tirantes deportivo, ajustado, y con el sudor de la carrera se me marcaba la forma de los pechos con mucha claridad. Mauricio no intentó disimular: bajó la vista y la mantuvo ahí.
—Párate —le dije.
Se paró.
—Bájate el pantalón.
Lo hizo sin dudar, con esa obediencia suya que no era sumisión sino literalidad pura: le habían pedido algo y lo hacía. El pantalón de algodón cayó al suelo y su erección apareció delante de mí exactamente como en la foto, aunque la foto no le hacía justicia. Era impresionante. La piel tensa, el color encendido de quien llevaba mucho tiempo pensando en este momento.
Me arrodillé frente a él.
El olor llegó antes que cualquier otra cosa: fuerte, orgánico, sin ningún disimulo. Otro día, en otro contexto, quizás me habría levantado y salido sin decir nada. Pero en ese momento, en esa sala medio sucia con la luz de la tarde entrando sesgada por la ventana, el olor me pareció completamente honesto. No había perfume encima, no había artificio. Era solo él, sin capas.
Lo tomé con la mano derecha. Era tan grueso que mis dedos no se cerraban del todo alrededor. Lo moví despacio, sintiéndolo latir entre los dedos, y escuché que él soltaba el aire por la nariz como si llevara mucho tiempo aguantándolo.
—¿Es lo que pensabas? —le pregunté, mirándolo desde abajo.
—Mejor —dijo—. Mucho mejor que en los sueños.
Le pasé la lengua por la punta. Él hizo un sonido que no era exactamente un gemido, más bien el sonido de alguien que acaba de reconocer algo que esperaba desde hace tiempo. Le recorrí el largo con la lengua abierta, sin apurarme, sintiendo cómo palpitaba bajo el contacto, y noté que su mano se apoyaba con cuidado en mi pelo. Sin empujar. Solo descansando ahí, pesada y cálida.
Lo tomé en la boca despacio. La anchura era un obstáculo real; tuve que adaptar la mandíbula y trabajar con la lengua para compensar lo que no podía abarcar. Él se quedó completamente quieto, como si tuviera miedo de que cualquier movimiento fuera a terminar con todo.
—¿Te gusta? —preguntó con la voz cambiada.
No respondí de palabra. Seguí.
Alterné entre tomarlo profundo en la boca y trabajarlo con la mano, usando la saliva como lubricante. Sus muslos se tensaban cada vez que aumentaba el ritmo y se relajaban cuando yo reducía la velocidad. Era completamente manejable: respondía a cada variación sin tratar de imponer nada, sin agarrarme la cabeza ni empujar. Solo recibía.
En un momento dado me retiré un segundo para tomar aire y le miré la cara. Tenía los ojos entrecerrados y una expresión de concentración intensa, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por quedarse presente y no perder el hilo de lo que estaba pasando. Me pareció, en ese instante, algo genuinamente hermoso: alguien que no sabe fingir ni disimular, que recibe sin pretender que le pasa menos de lo que le pasa.
—Muéstrame tus pechos —dijo, con esa voz suya grave y trabajosa—. Por favor.
Me levanté el top. Los tenía blancos, con el frío del sudor ya seco en la piel. Extendió una mano enorme y los rozó con las yemas de los dedos, casi con reverencia, y después hizo exactamente lo que me había dicho que hacía con sus fotos: se llevó la mano a la nariz y la olió, cerrando los ojos.
Qué locura estoy haciendo, pensé. Pero no me moví.
Volví a mi posición y retomé el ritmo con más intensidad. Él acercó los dedos a mi cabeza de nuevo, y esta vez sí apretó un poco, no con fuerza pero sí con urgencia, como alguien que está a punto de caerse y busca donde agarrarse. Su respiración se había vuelto completamente irregular. Lo tomé profundo y mantuve el movimiento sin pausas, y escuché un sonido largo, casi sorprendido, antes de que todo su cuerpo se pusiera rígido por un segundo y luego se rompiera.
Fue mucho. Lo tragué despacio, sin prisa, y lo que rebasó lo recogí con los dedos. Él seguía respirando fuerte, con los ojos cerrados, apoyado hacia atrás en la silla, con las manos sueltas a los costados.
Me puse de pie. Me acomodé el top y la sudadera. Fui al baño a limpiarme la cara y la boca. Cuando salí, él todavía estaba en la misma posición, recuperando el aliento.
—Mauricio —dije desde el umbral—, ¿recuerdas lo que hablamos sobre los secretos?
Abrió los ojos. Asintió.
—Las fotos las borras hoy. Todas.
Asintió de nuevo, con esa seriedad repentina que le aparecía cuando algo era importante.
—Y si alguna vez quieres que esto se repita, me lo dices a mí. Sin decirle a nadie más. ¿Entendido?
—Entendido, Sandra.
Me despedí y salí a la calle. El sol todavía estaba tibio y la colonia tenía ese silencio de las tardes de entresemana. Caminé los dos minutos que separaban su casa de la mía sin pensar en nada concreto, solo sintiendo el aire en la cara y ese estado raro de claridad que a veces viene después de hacer algo que no tenías planeado.
Esa noche dormí bien. Mejor que en semanas.