Ella sabía que me iban a mirar esa noche
Lucía y yo llevábamos semanas planeando esa noche. No era la primera vez que ella frecuentaba ese tipo de lugares, pero sí la primera vez que veníamos juntas, y eso cambiaba todo. Hay algo diferente en entrar a un club swinger con una amiga: una cómplice, alguien que conoce las reglas sin que tengas que explicarlas, alguien que entiende el silencio antes de que lo construyas.
Nos habíamos conocido ocho meses antes en unas clases de salsa. Ella me preguntó dónde compraba mis zapatos y yo le pregunté si era tan desinhibida fuera del estudio como dentro. Resultó que sí. Más, incluso.
Elegimos los vestidos con cuidado. El mío era negro, ajustado hasta los muslos, con un escote que insinuaba sin revelar demasiado. El de Lucía era verde oscuro, de tirantes finos, el tipo de prenda que hace que la gente se olvide del nombre con el que te presentaron. Completamos el look con botas de caña media: clase y sensualidad en proporciones calculadas.
El club se llamaba Éclipse. Estaba en las afueras, discreto, con una fachada que no anunciaba nada. Dentro, sin embargo, era otro mundo: luz roja tenue, música ambient con un bajo profundo, y parejas distribuidas por la barra y las mesas con esa calma estudiada de quien sabe lo que busca pero no tiene prisa.
Pedimos tragos al llegar. Algo azul, brillante, que combinaba con nuestros vestidos mejor de lo que tenía derecho a combinar. Lucía brindó conmigo sin decir nada y le di el primer sorbo mirando la pista.
Bailamos un rato, sin exagerar, sin llamar la atención de más. En ese tipo de lugares, la seducción funciona al revés: cuanto menos busca una, más consigue. Varias parejas se acercaron, cambiaron unas palabras con nosotras, y se retiraron con cortesía cuando entendieron que no éramos el tipo de conquista fácil que estaban buscando.
Fue alrededor de la medianoche cuando Lucía me tocó el brazo.
—Voy arriba un momento —dijo, señalando con discreción hacia la escalera de madera oscura que conducía al segundo nivel—. Hay unas chicas que llevan rato mirándome y creo que vale la pena investigar.
—¿Me llevas? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Ella sonrió de un modo particular, de costado, con un brillo en los ojos que no era cruel pero tampoco era gentil.
—Este lugar no es para ti, Camila. No el de arriba. El de abajo sí.
Antes de que pudiera responder, ya estaba cruzando la pista hacia las tres mujeres que la esperaban junto a la escalera. Las cuatro desaparecieron arriba sin mirar atrás.
Me quedé con el trago en la mano y una sensación extraña en el pecho. No era abandono. Era otra cosa. Curiosidad, quizás. O anticipación.
***
Los maridos, o compañeros, o como fueran los acompañantes de esas mujeres, se quedaron en la barra. Éramos cuatro ahora: tres hombres y yo. El ambiente entre nosotros era relajado, sin tensión, de esa naturalidad que tienen las personas que llevan mucho tiempo frecuentando el mismo tipo de espacios.
Uno de ellos, moreno, de hombros anchos y una sonrisa que llegaba despacio, se presentó como Marcos. Nombre de manual, pensé, pero no dije nada. Los nombres en ese tipo de lugares son máscaras, y todos lo saben.
—Primera vez que te veo por acá —dijo, apoyando el codo en la barra.
—Primera vez que vengo sin frenos —respondí.
Eso lo hizo reír de verdad.
Hablamos un rato. Los otros dos se integraron gradualmente a la conversación, sin presión, sin el ansia de los que necesitan demostrar algo. Eran hombres acostumbrados a esperar. Eso, en sí mismo, ya era atractivo.
Después de la segunda vuelta de tragos, Marcos me preguntó si quería ver las cabinas del fondo.
—Tienen unos círculos en las paredes —explicó—. Para los que prefieren mirar sin ser vistos. O ser vistos sin ver exactamente a quién.
Lo seguí.
***
Las cabinas estaban en el fondo del local, separadas de la zona principal por un pasillo corto con iluminación mínima. Puertas de madera sin cerradura, apenas entornadas. Marcos abrió una y la luz interior era naranja, cálida, completamente distinta al rojo frío del resto del club.
La primera cosa que noté fueron los huecos en las paredes. Tres círculos, distribuidos a distintas alturas, de unos ocho centímetros de diámetro cada uno. El tipo de detalle que no es accidental.
—¿Quién está al otro lado? —pregunté.
—Otras cabinas —dijo él—. A veces vacías. A veces no.
Me senté en el sofá largo que ocupaba toda la pared del fondo. Era de cuero oscuro, cómodo, con la curva justa para recostarse o arrodillarse, dependiendo de lo que se necesitara. Marcos se sentó a mi lado, sin tocarse, con esa distancia que es más provocadora que el contacto.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Camila —dije—. Como te dije antes.
—No, acá adentro. ¿Cómo te llamas acá adentro?
Pensé un segundo.
—Acá adentro los nombres no importan.
Eso fue suficiente para los dos.
***
Los primeros besos fueron lentos, de exploración, sin conclusión determinada. Sus manos encontraron mi cintura y se quedaron ahí, sin avanzar, como si estuviera preguntando sin palabras si podía seguir. Le respondí acercándome.
Fue entonces cuando escuché el primer sonido del otro lado de la pared. Un roce suave, una respiración contenida. Alguien estaba mirando por uno de los huecos.
La sensación me recorrió la espalda de arriba abajo. No era miedo. Era exactamente lo opuesto al miedo.
Marcos lo notó en mi cuerpo antes de que yo lo procesara con la cabeza.
—A la gente le gusta mirar —dijo en voz baja, casi contra mi oído—. No pasa nada. Podemos darles algo que valga la pena ver.
Me ayudó a quitarme el vestido con la paciencia de alguien que no tiene prisa. Lo dobló sobre el brazo del sofá como si fuera un gesto de respeto. Las botas me las dejé puestas; él no lo cuestionó y yo tampoco.
Alguien pasó un trago por uno de los huecos. El mismo azul brillante que había estado bebiendo toda la noche. Lo recibí, le di un sorbo lento y dejé caer el resto sobre el pecho de Marcos, que estaba de pie ahora frente a mí, con la camisa abierta.
Me arrodillé.
No por obligación ni por seducción calculada, sino porque en ese momento era exactamente lo que quería hacer. Lo que tenía frente a mí era real, presente, urgente. Y yo tenía toda la habilidad y toda la disposición del mundo.
Por los huecos de las paredes empezaron a asomarse otras cosas. Tres en total, anónimas, pertenecientes a personas cuyos rostros no vería esa noche. Uno de ellos, según me enteraría más tarde, era el cantinero que nos había preparado los tragos desde que llegamos.
Los atendí a todos.
Hubo algo casi artístico en el orden, en la cadencia, en la forma en que alternaba sin perder el ritmo. Los sonidos que llegaban del otro lado de la pared eran de agradecimiento, de asombro contenido, de esa clase de elogio que no necesita palabras pero las tiene igual: eres increíble, no lo puedo creer, no pares.
Marcos me acariciaba el cabello con una mano. No para dirigirme, sino para estar presente, para que supiera que él seguía siendo el centro de esa cabina aunque los demás participaran desde la distancia.
—Eres la mujer más segura que he visto acá adentro —me dijo en algún momento.
No respondí. Pero guardé el comentario.
***
Cuando terminaron los otros, la cabina quedó en silencio. Los huecos seguían abiertos pero vacíos, o eso parecía. Me recompuse, me acomodé, y miré a Marcos que me observaba desde el otro extremo del sofá con una expresión difícil de clasificar.
—Hay un privado chico a veinte metros —dijo.
—Sé que lo hay —respondí.
Lo seguí.
En el privado no había huecos en las paredes. Solo una cama angosta, una lamparita en el suelo y la certeza de que esta parte era exclusivamente para nosotros dos. Lo que pasó ahí no tenía nada de espectáculo: fue lento, directo, honesto en el modo en que solo puede ser algo sin audiencia.
Marcos no me preguntó nada que no necesitara preguntar. Yo no le expliqué nada que no necesitara explicación. Nos encontramos en el medio con la simplicidad de dos personas que saben lo que quieren y no le tienen miedo a tenerlo.
Fue breve. Fue suficiente.
***
Lucía ya estaba en la barra cuando salí. Estaba levemente despeinada, con los tirantes del vestido acomodados con la asimetría de algo recién corregido. Las otras tres mujeres estaban con ella, todas con vasos en la mano, todas con esa expresión de satisfacción tranquila que no necesita comentario.
Me invitaron a unirme. Pedí el mismo trago azul, que a esa altura ya tenía algo de ritual.
—¿Por qué no me avisaste que ibas a quedarte acá arriba y dejarme sola? —le pregunté cuando las otras se alejaron un momento.
Lucía me miró con esa misma sonrisa de costado.
—Porque sabía que si te lo decía, ibas a venir arriba por solidaridad. Y arriba no era tu lugar esta noche.
—¿Y cómo sabías cuál era mi lugar?
—Porque te conozco —dijo, con una simpleza que no admitía réplica—. Yo acá arriba soy la que reina. Vos acá abajo también. Las dos ganamos.
No supe si reír o molestarme. Al final no hice ninguna de las dos cosas.
Terminamos los tragos sin pedir números de teléfono, sin intercambiar apellidos, sin hacer planes. Esa noche tenía la estructura perfecta de algo que no necesita continuación. Nos despedimos de Marcos y los demás con la misma cordialidad con que nos habíamos saludado al llegar.
En el taxi de regreso, Lucía se quedó dormida contra la ventana antes de que llegáramos a la autopista. Yo la miré un momento y después miré hacia afuera, hacia las luces de la ciudad que pasaban.
Pensé en los huecos de la cabina. En la sensación de saber que alguien me miraba sin poder verlo. En el modo en que eso había cambiado algo en mí, no de forma dramática sino de un modo silencioso y permanente, como cuando aprendés algo que no sabías que necesitabas saber.
No volví al Éclipse. No porque la noche hubiera sido mala, sino exactamente por lo contrario: hay ciertas cosas que pierden algo si se repiten, y esa noche había sido perfecta en su unicidad. Me gustaba más guardarla como era: completa, irrepetible, mía.
Lucía lo entendería. Ella siempre entendía esas cosas.