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Relatos Ardientes

La fiesta de parejas que no fue lo que esperábamos

Hace unos meses, un compañero de trabajo me contó una historia que no me salió de la cabeza en semanas. Me habló de unas fiestas privadas que organizaba una conocida suya: a veces ella sola, a veces con dos o tres amigas, y llevaban entre diez y quince hombres a un departamento. Copas, música baja y todo lo demás. Me dijo que las chicas siempre terminaban completamente cubiertas, que el nivel de entrega era absoluto. Le brillaban los ojos al contármelo.

Esa imagen se instaló en mi cabeza para no irse. Empecé a susurrarle la fantasía a Marcos mientras nos acostábamos, cada vez con más detalles inventados, con más personas imaginarias. Lo que no esperaba es que él le fuera a dar tantas vueltas. Al principio pensé que era una de esas fantasías de dormitorio que se quedan ahí, entre las sábanas y las palabras. Pero Marcos es de los que hacen las cosas.

Nos metimos de lleno en el mundo del intercambio de parejas. Habíamos ido a algún club antes, pero todo nos parecía lo mismo: parejas que no se miraban entre sí, ambiente tenso, nadie se acercaba. Hasta que Marcos abrió un perfil en un foro privado y empezamos a encontrar cosas distintas. Eventos organizados, fiestas temáticas, grupos con convocatoria real. Una noche dio con la publicación de una exanimaora de un club conocido de la ciudad, que organizaba reuniones privadas mensualmente. Cupo limitado, lista de lo que prometía la velada: sexo en vivo, strippers para todos los gustos, juegos en grupo, más de veinte parejas confirmadas.

La entrada era razonable. Nos apuntamos sin pensarlo dos veces.

Los días que siguieron fueron de anticipación pura. Hablábamos de ello cada noche: qué querías que pasara, qué te gustaría hacer, hasta dónde estábamos dispuestos a llegar. Era ese estado en que la mente se adelanta tanto a los hechos que ya casi parece que todo ha sucedido. Nos excitábamos solo de hablar. Yo le decía qué quería que me hicieran y él qué quería verme hacer. Lo morboseamos durante días enteros.

La noche del evento me puse un vestido negro de tubo, sin tirantes, sin brasier y con una tanga que apenas cubría lo necesario. Marcos llegó con todo preparado en una bolsa: agua, toallas, toallitas húmedas, condones de distintos tipos, lubricante. También paró en un minimarket de camino. Siempre tan meticuloso, siempre tan cuidadoso conmigo en esas cosas.

El lugar quedaba lejos, casi en las afueras. El trayecto fue largo y yo no pude quedarme quieta. Empecé a tocarle el muslo casi sin darme cuenta, después subí la mano. En el primer semáforo en rojo me ayudó a bajarle la cremallera. Así llegamos: yo con la mano ocupada, él mirando el camino con esa concentración fingida que le sale cuando está muy excitado. Me susurraba qué iba a hacerme cuando llegáramos. Yo le decía que se apurara. Venía de lo más mojada.

***

El sitio era un hotel de alquiler por horas con una sala central enorme. Había una barra en un rincón, un tubo de baile, un columpio colgado del techo y los sillones típicos de este tipo de lugares. Tres habitaciones al fondo, dos baños compartidos. Todo estaba lleno. Tanto que nos sacaron sillas adicionales y terminamos sentados casi junto a la puerta, entre el grupo de solteros que habían llegado sin pareja.

Me sorprendió el ambiente. Esperaba algo cargado, eléctrico, casi sin respiración. Encontré gente charlando en grupos, parejas que se conocían poniéndose al día, risas contenidas. Algunos salían a fumar al pasillo. Era la reunión de un grupo de personas que ya tenían historia entre sí, y nosotros éramos los nuevos que no conocían a nadie.

Estuvimos observando un buen rato. Intentábamos descifrar quién nos miraba, quién podría estar interesado, quién estaba completamente en su mundo. Los solteros que nos flanqueaban no tardaron en entablar conversación con Marcos. Él es más suelto que yo en ese tipo de situaciones y se puso a hablar de todo: si era la primera vez de ellos, qué otros eventos conocían, cómo veían el ambiente. Yo escuchaba y miraba sin soltar su mano.

La anfitriona tomó el micrófono en algún momento de la noche. Pidió que cada pareja se presentara y dijera qué buscaba. Repartió shots. Después, con una sonrisa estudiada, pidió a las mujeres que se quedaran en topless para animar la sala.

Nadie se movió.

Marcos se giró hacia mí con esa sonrisa que ya conozco de memoria.

—Quítatelo todo, es más fácil que andar a medias.

Fue un pequeño espectáculo sin quererlo. Yo era la única que se sacaba el vestido en una sala de casi treinta personas sentadas en silencio absoluto. Me quedé en tanga. Los solteros que teníamos a los lados me miraban sin ningún disimulo. Un par me hicieron algún comentario sobre mis pechos. Otro le preguntó a Marcos directamente si podía tocarme. Marcos los escuchaba, los provocaba un poco, y mientras charlaba con ellos me pasaba un brazo por los hombros y me apretaba contra él, agarrándome las tetas con la tranquilidad de quien sabe que es suyo todo lo que hay delante. Yo sentía el calor de todas esas miradas y algo se me encendía por dentro sin que pudiera evitarlo.

La sala siguió tranquila. Las promesas del póster no llegaban. La anfitriona intentó una segunda actividad para mover el ambiente: sacó una fusta de cuero y empezó a convocar voluntarios al centro. El que recibiera el golpe elegiría a quién se lo daba después. Eso sí generó reacción. La gente se fue soltando, había risas, algunas exclamaciones cuando el chasquido era fuerte.

Me llamó la atención una chica de cabello negro largo hasta la cintura y un vestido color vino que le marcaba la figura. Llevaba la fusta con una confianza que no había visto en nadie más en toda esa sala. Tenía a un voluntario inclinado hacia adelante con los pantalones a la altura de los muslos y lo hacía esperar, cotorreaba con el público, lo ponía nervioso. Cuando por fin descargó el golpe, el sonido llegó hasta el fondo donde estábamos nosotros. Todos lo sentimos en el estómago.

Me incliné hacia Marcos.

—Quiero que me lo dé ella.

Él me miró un segundo. Después se levantó sin decir nada y fue a hablar con la chica.

Me arrodillé en el centro de la sala. Vestido subido a la cintura. La tanga al descubierto, el culo apuntando hacia el grupo de solteros que estaban detrás. Yo sabía exactamente cómo se veía eso y no hice nada por cambiarlo. Sentía la mirada de treinta personas como algo físico sobre la piel.

La chica del cabello negro jugó antes de golpear. Me pasaba la fusta por la curva de la cadera, daba pequeños golpes suaves en la palma de su propia mano, le preguntaba al público si quería fuerte o suave. Yo tenía un nudo en el estómago que no era exactamente miedo. Era una mezcla de anticipación y de algo muy cercano al deseo. Cuando el golpe llegó fue seco, limpio, sin aviso. Me dolió de una manera que dejó marca durante días.

Marcos se acercó, me ayudó a bajarme el vestido y me devolvió a mi silla con una nalgada. Habíamos llamado más la atención de toda la sala.

***

La reunión volvió a su ritmo. Grupos, conversaciones, música de fondo. La prometida orgía no llegaba y ya llevábamos horas. Marcos me tenía la mano en el muslo y cada vez la subía un poco más. Me susurraba al oído que fuéramos al baño, que lo acompañara a una de las habitaciones. Yo sentía vergüenza de ser los primeros en moverse hacia allá. Él sabía exactamente qué decirme para convertir esa vergüenza en otra cosa.

Cuando fui al baño, me siguió.

Se cerró la puerta y él se quedó apoyado en el marco, mirándome sin decir nada mientras me bajaba la ropa interior y me sentaba. Solo mirando. Eso lo pone más encendido que cualquier otra cosa y los dos lo sabemos perfectamente.

En cuanto me levanté y me acerqué al lavabo, se colocó detrás de mí. Yo apoyé las manos en la loza y lo miré a través del espejo. Él me subió el vestido con una mano y me buscó con la otra. Primero el borde de la tela, después por debajo. Lento, a propósito, disfrutando de hacerme esperar.

—Esto sobra —dijo, y me sacó la tanga.

Me metió los dedos mientras me besaba el cuello. Yo intentaba no hacer demasiado ruido y no siempre lo conseguía. Me pedía que me quitara el vestido. Yo lo distraía agarrándolo por encima de la ropa. Él me decía que no lo distrajera, que eligiera entre chupársela o quedarme sin nada. No me lo tuvo que repetir.

Me arrodillé en el suelo del baño. Él me sostenía la cabeza con las dos manos y me la daba sin apuros, mirándome desde arriba. Yo estaba completamente metida en eso, en ese olor, en ese ritmo, cuando recordé que quería público y que ahí no había nadie.

Me levanté, lo besé y lo llevé a una de las habitaciones.

Me puso boca abajo, me abrió de piernas y me lamió despacio, de abajo hacia arriba, tomándose el tiempo. Después cambió de posición y entró. Yo miraba hacia la puerta.

No tardó mucho en abrirse.

Primero una pareja. Después otra. Después varios solteros que se quedaron en el marco apoyados en la pared, mirando. Algunos se tocaban encima del pantalón. Otros directamente se lo habían sacado y se masturbaban en silencio. Marcos me giró y me puso de rodillas en la cama, de cara a la puerta, para que todos me vieran bien.

—Córrete —me dijo al oído—. Quiero que te vean.

Fue uno de los orgasmos más intensos que recuerdo. Después el cuarto se fue llenando hasta que ya no cabíamos con comodidad. Había dos parejas más en la cama y otras dos en el baño. Recogimos sin hacer ruido y nos fuimos al segundo baño.

***

Este tenía una pared de cristal traslúcido que daba al pasillo. Marcos se dio cuenta antes que yo y no dijo nada, solo sonrió.

Me subió al borde del lavabo, me abrió las piernas y entró de pie. Yo lo veía a él y al espejo al mismo tiempo, sus manos en mis caderas, su cara concentrada. Él miraba el cristal con una calma que me ponía furiosa de ganas.

Al otro lado había dos hombres pegando la cara al vidrio, haciendo señas de que querían entrar. Marcos los ignoró completamente. Era una decisión suya y yo lo sabía: le divertía tenerlos ahí, que nos vieran, pero sin dejar que nada cambiara lo que pasaba entre nosotros.

Me bajó del lavabo, me giró, me inclinó hacia adelante y la siguió metiendo. Yo lo miraba en el espejo. Él se miraba a sí mismo haciéndolo. Se divertía separando mis caderas, abriendo lo que quería abrir, poniendo una mano plana en mi espalda para bajarme más. Ya no me importaba el ruido que hacía.

Me arrodillé de nuevo. Quería su leche y se lo decía sin vergüenza. Él jugaba con eso.

—No creo que te la hayas ganado todavía.

—Por favor.

—¿Por favor qué?

—Por favor, Marcos. Ya la extraño.

Se rio. Se guardó todo. Me dio un beso largo y lento.

—En casa. Como debe ser.

***

Cuando salimos del baño había dos solteros esperándonos con una propuesta para continuar la noche en otro sitio. Marcos agarró nuestras cosas, me puso la mano en la parte baja de la espalda y salimos sin mirar atrás.

En el coche íbamos en silencio. Yo con las piernas cruzadas, todavía húmeda, sin tanga, sintiendo cada curva del camino de regreso.

La orgía prometida no había pasado. Yo no había estado con nadie más que con Marcos. Y aun así, o quizás exactamente por eso, llegué a casa con más ganas que ninguna otra noche.

Hay veces en que lo que no ocurre es lo que más te enciende.

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Comentarios (5)

Pamela_77

Buenisimo!!! me quede con ganas de mas, espero que haya segunda parte

GabiN_23

jajaja el titulo dice todo, entre pensando que iba a ser una cosa y fue otra completamente distinta. Me encanto el giro

RaulLector

Me recordo a una vez que fui a algo parecido con mi pareja, esa sensacion cuando algo no sale como lo planeaste pero termina siendo mejor de lo que imaginabas. Muy bien contado, se siente autentico.

NinaK_ok

increible!!!

lectorx77

Y despues volvieron a verse con esa gente o fue solo esa noche? me pico la curiosidad jaja

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