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Relatos Ardientes

Entré al baño de hombres a que me descubrieran

Había llegado a Guadalajara el jueves por la tarde con la excusa de una conferencia de diseño que en realidad me importaba poco. Lo que sí importaba era la sensación de estar sola, en una ciudad desconocida, donde nadie me conocía ni me iba a reconocer en la calle.

Mi nombre es Valeria. Veintiséis años, diseñadora, y desde hace casi tres llevo un hábito que no tiene nombre cómodo. Soy exhibicionista, supongo, aunque la palabra suena demasiado clínica. No es que quiera que todo el mundo me vea. Es algo más específico: quiero estar en un lugar donde no debería estar desnuda, y que exista la posibilidad —real, no fantaseada— de que alguien me descubra.

Hay una diferencia enorme entre la fantasía de que alguien te vea y la tensión física de saber que podría pasar.

La conferencia terminó el jueves. El viernes lo usé para recorrer el centro histórico, comer sola en un local de tacos, comprar nada en particular. El sábado, con tres horas antes del taxi al aeropuerto, terminé en un centro comercial moderno que quedaba a dos cuadras del hotel.

No tenía ningún plan en ese momento. Solo me aburría.

***

El baño de mujeres del segundo piso estaba vacío cuando entré. Era pasada la una del mediodía, ese momento de transición en que la gente está comiendo y los pasillos quedan temporalmente desiertos. Fui al último cubículo, el más alejado de la puerta, cerré el pestillo y me apoyé contra la pared.

Empecé despacio. Así siempre: primero con la ropa puesta, solo la mano por debajo del tejido, hasta que la tensión se vuelve insoportable y necesito más. Me quité los jeans y la ropa interior y los doblé encima de la mochila. Me toqué durante varios minutos escuchando los pasos de mujeres que entraban y salían, el ruido del secador de manos, conversaciones que llegaban fragmentadas desde el pasillo.

Pero no era suficiente. Nunca lo es cuando la mente empieza a buscar más.

El baño de hombres está en el otro extremo del pasillo.

Lo había visto al entrar. Una puerta idéntica a esta, el mismo gris apagado, sin ventanas. Nadie la vigilaba. Nadie vigilaba nada a esa hora.

Me puse los jeans sin ropa interior, guardé las bragas en la mochila y salí del cubículo.

***

Me detuve frente a la puerta del baño de hombres durante unos veinte segundos. Tiempo suficiente para observar. Salió un hombre de unos cincuenta años, serio, con maletín. No me miró. Luego otro, joven, con auriculares puestos y la vista en el teléfono. Tampoco. Después de que dobló la esquina, no salió nadie más.

Empujé la puerta.

El olor era diferente. No desagradable, pero diferente: un desinfectante con un fondo metálico que no existe en los baños de mujeres. Los urinarios estaban a la izquierda. Tres cubículos a la derecha, todos con las puertas abiertas menos el del fondo, que estaba cerrado. Entré rápido al del medio y pasé el pestillo.

Me quedé inmóvil varios segundos, escuchando. Del cubículo del fondo no llegaba ningún sonido. No sabía si había alguien adentro o si el pestillo estaba echado solo; en ese punto ya no me importaba de la misma manera.

Me quité los jeans. Me quité la blusa. Lo puse todo sobre la mochila, que colgué del gancho de la puerta. Me quedé completamente desnuda en el cubículo del baño de hombres de un centro comercial de una ciudad donde no conocía a nadie.

La temperatura del aire era la misma de siempre. Pero no se sentía igual.

Apoyé la espalda contra el azulejo frío y empecé a tocarme.

***

Escuché la puerta principal abrirse tres minutos después. Pasos sobre las losetas. El sonido del agua en el grifo. Más pasos. La puerta otra vez.

Seguí.

Poco después, de nuevo. Esta vez dos personas. Hablaban en voz baja sobre algo que no entendí. Sus voces rebotaban contra las paredes y llegaban amplificadas, más cercanas de lo que eran en realidad. Moví los dedos más despacio para no hacer ruido, pero el esfuerzo de contenerme también hacía algo: lo intensificaba todo.

Alguien se detuvo frente a los cubículos. Lo escuché por la forma en que los pasos se acortaron y se detuvieron. El cubículo del fondo seguía cerrado. El primero también lo había cerrado yo sin notarlo al entrar. Solo quedaba el mío disponible.

Un instante de silencio. Luego los pasos se alejaron y la puerta principal se abrió y se cerró.

Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo.

***

No sé cuánto tiempo pasé ahí adentro. Diez minutos, tal vez quince. En ese lapso entraron y salieron al menos seis personas. Ninguna intentó abrir mi cubículo. Ninguna dijo nada. Y eso era exactamente lo que necesitaba: la certeza de que existían al otro lado de esa puerta fina de metal, moviéndose sin saberlo, a treinta centímetros de mí.

Tenía una pierna apoyada sobre la tapa del inodoro para tener mejor ángulo. La espalda me resbalaba ligeramente sobre el azulejo cada vez que arqueaba la cadera. El sonido que hacía era claro y húmedo, y tuve que presionarme los labios para no dejar escapar más de lo que ya salía entre los dedos.

Cuando sentí que me estaba acercando no pude resistirlo más.

Empujé el pestillo hacia atrás con el pulgar.

No abrí la puerta de golpe. La dejé entreabierta solo lo suficiente para que se viera una línea de luz del otro lado: dos centímetros, tres. Desde ese ángulo podía ver un fragmento del pasillo de los lavamanos. Vacío en ese segundo.

Pero el sonido que hacía ya no estaba amortiguado por el metal de la puerta. Salía sin obstáculos.

Me vine así: con la puerta entreabierta, los ojos fijos en esa franja de luz, sabiendo que si alguien entraba en ese momento exacto iba a verme sin ninguna duda. El orgasmo llegó en dos oleadas. La segunda fue más fuerte que la primera, y no pude controlar completamente lo que hice con la voz. No fue un grito; fue algo más bajo y concentrado, que rebotó contra las losetas de una forma que no dejaba lugar a interpretaciones.

Escuché la puerta principal del baño abrirse justo cuando terminaba.

Cerré el pestillo con el pulgar. Todavía temblaba.

***

Me quedé inmóvil durante dos minutos completos, con la respiración entrecortada, escuchando. Pasos. El grifo. La secadora de manos. Silencio. La puerta.

Me vestí despacio. Jeans, blusa. Las bragas las dejé dentro de la mochila. No por ningún plan en particular, sino porque en ese momento ponerme la ropa interior me parecía absurdo después de todo lo que acababa de pasar.

Antes de salir las saqué de la mochila y las sostuve un momento en la mano.

Abrí el pestillo y salí del cubículo.

Había dos hombres en la sección de los lavamanos. Uno se estaba lavando las manos, de espaldas. El otro, de pie junto a la secadora, se giró hacia mí con la expresión que tarda un segundo en completarse: desconcierto primero, luego algo diferente.

Lo miré de frente. Caminé hacia la secadora, coloqué las bragas encima del aparato y seguí caminando hacia la salida.

No me detuve. No miré atrás.

***

Fuera del baño el centro comercial seguía igual: familias con carritos de bebé, adolescentes en grupos, música de tienda filtrándose desde todas las direcciones a la vez. Nadie me miró de forma especial. Nadie sabía nada.

Caminé despacio hacia la salida con los jeans rozándome los muslos y la certeza de que no llevaba nada debajo. Esa sensación —el tejido, la corriente de aire que subía desde abajo, la conciencia plena de lo que acababa de pasar— se extendía a cada paso que daba.

Tomé un taxi al hotel, hice la maleta y llegué al aeropuerto con tres horas de margen.

***

No es la primera vez que hago algo así, ni de cerca la décima. En casi tres años he acumulado suficientes historias como para llenar algo más que una conversación.

La tarde que entré sola a los vestuarios de un gimnasio vacío y entrené veinte minutos frente al espejo sin una sola prenda de ropa. La noche que me quedé quieta durante media hora en un parque público a las dos de la madrugada, el corazón desbocado con cada par de pasos que se acercaba en la oscuridad. El mediodía en el que me quité todo en el probador de una tienda de ropa mientras una vendedora golpeaba la puerta cada cinco minutos para preguntar si necesitaba otra talla.

No sé exactamente qué une a todas esas experiencias, fuera de esto: la tensión específica de que el mundo normal está a centímetros y no tiene la menor idea de lo que estoy haciendo. Que hay un borde muy fino entre estar completamente invisible y ser descubierta, y que yo me muevo deliberadamente hacia ese borde.

No lo busco en situaciones que puedan terminar mal. He aprendido a leer los espacios: cuándo hay gente pero poca, cuándo hay salidas accesibles, cuándo el riesgo es real pero acotado. No soy imprudente.

Solo soy exactamente lo que soy.

Pero cuando la situación se da bien —como ese sábado en Guadalajara, con el olor a desinfectante y las losetas frías y ese hombre junto a la secadora que me miró sin terminar de entender qué estaba viendo— no hay nada que se le parezca.

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Comentarios (6)

CuriosaNoche

increible!!! de los mejores que lei en esta categoria

Fausto_Lect

Muy bien escrito, tiene esa tension que te engancha desde el principio. Ojala haya segunda parte

NachoBaires

jajaja qué atrevida, me rei con el final. Tremendo relato

SilviaMar77

Uf, esa sensacion de saber que te pueden descubrir en cualquier momento... lo describiste perfecto. Me encanto

Maxi_78

Excelente, se siente muy autentico. Sigue escribiendo!

ClarisaM

Me recordo a algo que me paso hace años pero mucho menos extremo jaja. Muy bueno

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